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Inicio / Lista de Foros / Literatura :: Cuentos *SUPER* cortos / Fragmentos cortos de libros - [F:2:7602]


cramberria,16.11.2006
bUna odisea espacial 2.001/b, de Arthur C. Clarke


I. NOCHE PRIMITIVA


Prefacio



Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.

Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido luce un estrella en ese Universo.

Pero, cada una de esas estrellas es un sol, a menudo mucho más brillante y magnífico que la pequeña y cercana a la que denominamos iel/i Sol. Y muchos -quizá la mayoría- de esos soles lejanos tienen planetas cincundándolos. Así casi con seguridad hay suelo suficiente en el firmamento para ofrecer a cada miembro de las especies humanas, desde el primer hombre-mono, su propio mundo particular: cielo... o infierno................
 
Balthamos,16.11.2006
bEl catalejo lacado/b última parte de la trilogía bLa materia oscura/b de Phillip Pullman

Había visto forjas, fundiciones y fábricas siderúrgicas en su mundo, pero hasta las más grandes parecían una herrería de pueblo comparadas con aquello. Unos martillos grandes como casas se alzaban raudos hasta el techo para luego caer sobre unas vigas de hierro grandes como troncos de árboles, que aplastaban en una fracción de segundo con un estruendo que hacía temblar la montaña. Por una abertura del rocoso muro fluía un río de metal sulfuroso hasta que una puerta increíblemente resistente detenía su curso; luego el brillante y borboteante líquido se desparramaba a través de diversos canales para acabar desembocando en un sinfín de moldes, donde se enfriaba envuelto en una horrible nube de humo. Unas gigantescas máquinas de cortar y unos rodillos separaban, plegaban y comprimían unas láminas de hierro de más de dos centímetros de grosor como si se tratase de papel, tras lo cual los monstruosos martillos volvían a aplastarlas, depositando una lámina sobre otra con tal fuerza que las distintas capas de metal se convertían en una sola, más resistente, en un proceso mecánico que se repetía sin solución de continuidad.
 
mifune,16.11.2006
Ciudadela de Antoine de Saint-Exupery:

No me interesa aquel que haya conocido, llevado en litera, mil cimas de montañas y así observado mil paisajes porque, en primer lugar, no conocerá uno solo verdaderamente y, luego, porque mil paisajes no constituyen más que una partícula de polvo en la inmensidad del mundo.

Me interesará sólo el que haya ejercitado sus músculos en la ascensión de una montaña, aunque sea la única, y así estar capacitado para comprender todos los paisajes por venir y, mejor que el otro, los mil paisajes que le han enseñado.

 
magocaju,18.11.2006

Uno aprende cuando dejar que una mujer se vaya si quieres conservarla y si no quieres conservarla la dejas irse de todos modos o sea que siempre es un proceso de dejar que se vayan, por lo uno o lo otro. (Bukowski)
 
cramberria,20.11.2006
bEl Puente Sobre el Río del Buho/b, Ambrose Bierce, extraído de Cuentos de Soldados y Civiles


III

Cuando cayó al agua desde el puente, Peyton Farkuhar perdió conciencia como si estuviera muerto. De aquél estado le pareció salir siglos después por el sufrimiento de una presión violenta en la garganta, seguido de una sensación de ahogo. Dolores atroces, fulgurantes, atravesaban todas las fibras de su cuerpo de la cabeza a los pies. Se hubiera dicho que recorrían las líneas bien determinadas de su sistema nervioso y latían a un ritmo increíblemente rápido. Tenía la impresión de que un torrente de fuego llevaba su cuerpo hasta una temperatura intolerable. Su cabeza congestionada estaba a punto de estallar. Estas sensaciones excluían todo pensamiento, borraban todo lo que había de intelectual en él: solo le quedaba la facultad de sentir, y sentir era una tortura. Pero se daba cuenta de que se movía; rodeado de un halo luminoso del cual no era más que el corazón ardiente, se balanceaba como un vasto péndulo según arcos de oscilaciones inimaginables. Después, de un solo golpe, terriblemente brusco, la luz que lo rodeaba subió hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido atroz en sus oídos, y todo fue tinieblas y frío. Habiendo recuperado la facultad de pensar, supo que la cuerda se había roto y que acababa de caer al río. Ya no aumentaba la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su cuello, a la par que lo sofocaba, impedía que el agua entrara en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le pareció absurda. Abrió los ojos en las tinieblas y vio una luz encima de él, ¡pero de tal modo lejana, de tal modo inaccesible! Se hundía siempre, porque la luz disminuía cada vez más hasta convertirse en un pálido resplandor. Después aumentó la intensidad y compendió de mala gana que remontaba a la superficie, porque ahora estaba muy cómodo. "Ser ahorcado y ahogado -pensó-, ya no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo".

Aunque inconsciente del esfuerzo, un agudo dolor en las muñecas le indicó que trataba de zafarse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como un espectador ocioso podía mirar la hazaña de un malabarista sin interesarse en el resultado. Qué magnífico esfuerzo. Que espléndida, sobrehumana energía. Ah, era una tentativa admirable. ¡Bravo! Cayó la cuerda: Sus brazos se apartaron y flotaron hasta la superficie. Pudo distinguir vagamente sus manos de cada lado, en la luz creciente. Con nuevo interés las vio aferrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la arrojaron lejos, con furor, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. "¡Ponedla de nuevo, ponedla de nuevo!" Le pareció gritar estas palabras a sus manos, porque después de haber deshecho el nudo tuvo el dolor más atroz que había sentido hasta entonces. El cuello lo hacía sufrir terriblemente; su cerebro ardía, su corazón, que palpitaba apenas, estalló de pronto como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia intolerable torturó y retorció su cuerpo entero. Pero sus manos desobedientes no hicieron caso de la orden. Golpeaban el agua con vigor, en rápidas brazadas, de arriba abajo, y lo sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. La claridad del solo lo encegueció; su pecho se dilató convulsivamente. Después, dolor supremo y culminante, sus pulmones tragaron una gran bocanada de aire que inmediatamente exhalaron en un grito.
 
nonneli,01.12.2006
"Tú crees que un corazón lleno de amor es bastante y quizá lo sea, para la mujer adecuada...
pero tú no tienes corazón!" Henry Miller - Trópico de cáncer

(espero no me haya fallado la memoria)
 
cramberria,01.12.2006
yo dejo este relato que me resultó divino cuando lo leí

Al otro lado de la pared, de Ambroise Bierce

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/bierce/alotro.htm
 
parko,02.12.2006
-¡Ay, señor!-dijo la sobrina-, bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor, y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza.

Del Quijote, en el capítulo VI, cuando le queman los libros de caballería...
 
alondratolondrada,02.12.2006
i -Estoy ... ¡ah!-/i- suspiré, llevándome las manos al pecho, ruborizada hasta la raíz de los cabellos.
durante muchos días viví aturdida por la felicidad. Me habías marcado para siempre. Aunque me repudiaras, seguías poseyendo mi carne humillada, acariciándola con tus manos ausentes, modificándola.
Ni un momento pensé en las consecuencias de todo aquello. No pensaba sino en disfrutar de esta presencia tuya en mis entrañas. Y escuchaba tu beso, lo dejaba crecer dentro de mi.

b "La Amortajada"- de Maria Luisa Bombal /b
 
saraeliana,03.12.2006
- Oye, Anita. ¿Sabes a quien enterraron hoy?

- No, tío.

- ¿Te acuerdas de Miguel Páramo?

- Sí, tío.

- Pues a él.

Ana agachó la cabeza.

- Estás segura de que él fue, ¿verdad?

- Segura no, tío. No le vi la cara. Me agarró de noche y en lo oscuro.

- Entonces, ¿cómo supiste que era Miguel Páramo?

- Porque él me lo dijo: "Soy Miguel Páramo, Ana. No te asustes." Eso me dijo.

- ¿ Pero sabías que era el autor de la muerte de tu padre, no?

- Sí, tío.

- ¿Entonces qué hiciste para alejarlo?

- No hice nada.

Los dos guardaron silencio por un rato. Se oía el aire tibio entre las ojas del arrayán.

- Me dijo que precisamente a eso venía: a pedirme disculpas y a que yo lo perdonara. Sin moverme de la cama le avisé: "La ventana está abierta". Y él entró. Llegó abrazándome como si esa fuera la forma de disculparse por lo que había hecho. Y yo le sonreí. Pensé en lo que usted me había enseñado: que nunca hay que odiar a nadie. Le sonreí para decírselo; pero después pensé que él no pudo ver mi sonrisa, porque yo no lo veía a él, por lo negra que estaba la noche. Solamente lo sentí encima de mí y que comenzaba a hacer cosas malas conmigo.

. . . .

Rulfo, Juan, PEDRO PÁRAMO, Barcelona, Planeta, 1974.

 
saraeliana,07.12.2006
fe de erratas:

"Se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán"

pido disculpas por el error de escritura

 
daniluna,15.12.2006
entonces los golpes de la puerta fueron eco en su atribulado corazón
te vas porque yo quiero que te vayas
y a la hora que yo quiero te detengo
yo sé que mi cariño te hace falta
aunque quieras o no, yo soy tu dueño.

Mientras bajaba la escalera, arreglándose las cuatro mechas, sabía que no le diría nada, ni siquiera haría mención del asunto. Total Carlos era tan descuidado que todo se le podía perdonar, con tal de verlo aparecer de nuevo en el marco de la puerta como un sol sofocado dando explicaciones. Diciendo que no se enojara con él por ese detalle, que se había presentado un imprevisto, que se había hecho tarde y el auto tenía que devolverlo temprano, que no fuera tan sentimental, que no fuera taimado, que volviera a mirarlo, ya pues, a ver, una risita, le pedía el mocoso hermosos como una esmeralda marina. A ver, un puchero, le decía con esa boca de fresa, conquistándola otra vez con sus niñerías de cachorro. ¿Que pensabas que me había enojado? ¡si lo pasamos tan bien en el paseo! ¿no te gustó? Además, cuando me vaya, capaz que sea para siempre. Carlos bajó la voz mirando las cajas del misterio, y una cortina de vacío alfelpó el instante. Entonces algo gatilló en su alma de loca - mater. Algo le estaba diciendo Carlos que le provocaba una trizadura de verdad. Un miedo, un presentimiento, algo intangible que opacaba su risa de niño bueno. ¿Cuándo será? La pregunta pilló a Carlos desprevenido. ¿Qué cosa? Tu cumpleaños. Carlos se relajó con una sonrisa de cómplice. Falta todavía. ¿Qué me vas a regalar? Una flecha. ¿Y el arco? Yo seré tu arco.

- - -

Pedro Lemebel, TENGO MIEDO TORERO. Página 41
 



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