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Inicio / Cuenteros Locales / cafeina / La familia

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La familia

Llevaba varios años evitando las reuniones familiares de mi mujer. La última vez que participé reproché los temas gastados, las discusiones estériles, las posturas inflexibles. Nos hice un favor a todos alejándome durante años. Esa noche mi mujer insistió hasta que la acompañé sin ganas, a lo que imaginé sería una cena aburrida, plagada de suspicacias como la homosexualidad de los artistas o la negligencia del gobierno.

Me recibieron con amabilidad. Me había alejado casi diez años sin que nadie notara realmente mi ausencia. Evité cualquier discusión de las habituales. Al cabo de un rato de formalidades fui a recorrer el camino de piedra del parque, sutilmente escondido entre la vegetación.
Presentí que alguien me espiaba. Me detuve dos veces a mirar hacia atrás pero no pude identificar a mi perseguidor. Me senté en un banco de piedra muy alejado del bullicio de la fiesta. Miré hacia el cielo absorto en mi fuga mental, hasta que una voz me sacó del letargo.

-¿Así que tú eres il pecora nera? –preguntó, sobresaltándome.

Era una voz desconocida, de mujer joven, delicada, cristalina.
Miré la cara que asomó entre las plantas. Sonreí por el mote italiano que la familia me había puesto. Le contesté que sí, porque siempre hay una oveja negra que lava las culpas familiares ¿Y tú quién eres?
Se acercó mostrando su plenitud frente a mis ojos. Era soberbia. Llevaba una entallada remera de algodón que casi transparentaba los pechos, prisioneros de un corpiño beige. Tenía un delicado chaleco gris pegado a su cuerpo. La falda rosado pálido resaltaba sus piernas, entrecruzadas hábilmente para mostrarme las curvas perfectas de sus caderas, los muslos increíblemente deseables y el descenso pronunciado de su pubis.

-¿No sabes quién soy, verdad? Te tomaste unas vacaciones tan largas… ¡que te perdiste de todo! –rió con maliciosa dulzura.

Tendría unos veinte años. Supuse que no sería integrante de la familia, aunque las cejas provocativas, los ojos suspicaces y la mirada traviesa me resultaban conocidos. No me dio tiempo a contestarle. Se alejó caprichosamente entre el susurro de las plantas. Quedé extasiado observando que su cuerpo también era increíblemente perfecto visto desde atrás.

Durante la cena la busqué entre los rostros de todas las mesas, mientras algunos cantaban, otros festejaban ruidosamente y la mayoría –gracias Señor-, simplemente me ignoraba. En el centro del jardín donde cenábamos habían improvisado un escenario, con un piano que no había visto en los años anteriores. Al promediar los postres alguien subió al escenario, pidió la palabra, dijo algo que no escuché y todos aplaudieron. Repentinamente la vi. Había cambiado su falda por un apretado pantalón celeste y se había quitado el chaleco. Sentí una puntada de ardor en mi pecho. Una descarga de ansiedad recorrió todo mi cuerpo.

-¿¡Quién es!? –le pregunté a mi mujer, tratando de disimular la reacción animal que se adueñó de mi ser.

Mi mujer me miró sin comprender, burlándose de mi cara: ¡Es María, mi sobrina!
Estaba dispuesto a ser arrastrado y azotado en todos los círculos del infierno por culpa de María. La sobrina que había ido a estudiar música a la universidad de no recuerdo dónde. María… ¿cómo ha pasado ésto, María? ¿Dónde está la niña de cejas delicadas que se insinuaban provocativas cuando tenía diez años? María…, la de los ojos verdes, la de la risa infantil. María acarició el piano y me paré a observarla.

-¿¿Qué haces?? –me reprochó mi mujer, turbada por la cantidad de miradas airadas que nos observaron.

María movió sus brazos con movimientos delicados, estudiados, perfectos. Comencé a caminar hacia el piano esquivando la mano de mi mujer que intentó retenerme. Me acerqué y me senté sobre el piso, al costado del piano. María me miró de reojo. Prosiguió con Chopin, Mendelssohn, Schubert, Schumann. El contorno de sus pechos, que ahora lucía sin obstáculos, era absolutamente perfecto, balanceado, firme. María…, algún día debieras contarme qué ocurrió con el pelo enrulado que recuerdo de tu infancia.

Las piernas revelaban un trabajo cuidadoso, finamente torneadas, incitando a ser acariciadas noche tras noche. El vientre tenía la más absoluta armonía, anticipando un pubis perfecto, como si fuera una diosa griega. La miré sin ocultar mi deseo, la miré a ella, a María. Mi mirada lubricó su cuerpo entero. La penetró sin resistencia ofreciéndole un placer descontrolado, único, absoluto en su intensidad. La habría sentado sobre mis piernas en el taburete del piano. Habría apoyado mis manos sobre las suyas siguiendo cada movimiento sobre el teclado o acariciando sus hombros, lamiendo su espalda, su cuello. Mordiendo suavemente una oreja, murmurando palabras dulces.
Cerré los ojos cuando María interpretó un impromptu de Schubert. Imaginé mis manos descendiendo sobre sus pechos, dibujándolos, obligándolos a conocerme. Deslicé una mano sobre su cintura y recorrí el borde del pantalón celeste con mis dedos. Desprendí el botón. Bajé despacio el cierre, separé lentamente cada lado de la tela para introducir mi mano. Acaricié su ropa interior sin invadirla. Mis dedos se deslizaron entre el límite de sus bragas y el comienzo de la piel húmeda, suave, anhelante.

El aplauso fue magnífico, merecido. Se levantó con agilidad inclinándose hacia el público, exhibiendo una vez más, sólo para mí, su absoluta perfección. Cuando los aplausos se acallaron se acercó con su sonrisa sensual y cómplice. Se agachó a mi lado para susurrarme en la oreja: si mi tía supiera lo que estás pensando, ¡te asesina! Se alejó risueña a recibir los abrazos de la familia que ya se acercaba en gran número.

Esa misma noche le hice el amor dos veces a mi mujer, frenéticamente, desquiciadamente, sin encontrar desahogo ni paz. Cuando la desperté para acometerla por tercera vez, me detuvo poniéndome una mano en la mejilla.

-Basta… -me dijo somnolienta-, dormite…, yo no soy María.

Se dio media vuelta dándome la espalda y volvió a dormirse.

Texto agregado el 28-11-2018, y leído por 0 visitantes. (16 votos)


Lectores Opinan
2019-01-12 07:16:13 que me ataca. Veamos: "Me había alejado casi diez años sin que nadie notara realmente mi ausencia". Qué insignificancia de minusválido mental, diez años de ausencia y nadie se dio cuenta que el imbécil se había ido de casa? Y yo debo leer este bodrio? Basura reciclada de pésimas lecturas. Ninguna posibilidad de seguir perdiendo el tiempo. Punto. 0* henrym
2019-01-12 07:11:23 Otro immane esfuerzo contra el feroz tedio . henrym
2019-01-12 07:10:17 Veamos si logro pasar de las primeras frases. "... reproché los temas gastados, las discusiones estériles, las posturas inflexibles". Qué frase más aguevonada, maestro. No es posible, esto produce vergüenza ajena. Aquí ya me empantané. henrym
2019-01-03 21:45:35 Cafeína eres lo único que sirve en esta Página de manera intelectual, provocadora, lleno de sorpresas y que tiene un Temple de acero. Sin dejar de lado lo lindo que eres. VIVA NICARAGUA!!! PS:LE GANAS POR LEGUAS A ERRE. MUA!! palabrera
2018-12-15 19:56:32 Hay algo patético en el hablante que enternece. Será que todos en alguna medida cargamos con un deseo que se nos escapa y nunca se satisface. eride
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