La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / bamaka / Ahí estaba ella, ella estaba ahí

 Imprimir  Recomendar
  [C:590532]

Ahí estaba ella, no sé las circunstancias en que discretamente se fue a acomodar sensual y sutilmente en su cama, pero ahí estaba cuando él volvió, al ingresar esa vieja llave de metal o de hojalata en el cerrojo de esa puerta, ella estaba ahí sin que le importara nada, absolutamente nada, estaba a sus anchas, a pierna suelta, fumando un cigarrillo, y prendida de su móvil como siempre solía hacerlo, observando como el humo que expiraba iba formando letras, palabras, frases e historias que él nunca imaginó. Sus pies rozaban la pared, ella desentendida de todo lo que ocurría a su alrededor, aparentemente todo le valía, menos él, -por quién había huido y llegado hasta esos extremos inimaginables de dejar padre, madre, hermanos, amigos y el terruño de su infancia. Era inconfundible su esencia, su olor, su sudor, ese hálito que siempre lo había embriago y transportado a ese paraíso del cual inconscientemente desde siglos había sido expulsado.

Ella guardó silencio, él guardó silencio, por un instante ambos perdieron el habla, pero sus demás sentidos todos, alertas, afinados y al acecho… imaginariamente repasó el contorno de su cuerpo, palmo a palmo deslizó sus dedos por sus cabellos mojados, estaba recién bañada, fresca como esa tierra fértil que acabada de recibir las primeras lluvias de abril, lentamente palpó su sien, por un momento pensó adivinar lo que ella pensaba, y controlar lo que su juicio inundaba por todo su cuerpo y su ser, pudo más la pasión y el sentimiento, besó su frente en son de agradecimiento y bienvenida, lenta y delicadamente pasó las yemas de sus dedos por sus párpados, sus pestañas que se movían como alas de colibrí. Ella no dijo nada, no decía nada, simplemente se dejó poseer, como esa materia viva sobre la cual oficiaría esa milagrosa ceremonia.
Él tampoco necesitó de esos procesos profundos de abstracción, sin pensarlo, y sin quererlo se había investido de oficiante, de alfarero frente a ese barro vivo, polvo enamorado que jadeaba y se estremecía al leve movimiento, susurro o resuello de su piel, cual caballo desbocado que emprende carrera ante el mínimo bocado que se divisa a la distancia, rozó su frente, su nariz, sus carnosos labios rojizos de los cuales levemente emanaba ese suave y sutil estertor con aroma a ricina, mirra, almizcle y pachulí que embriagaba e impregnaba sutilmente todo el aposento, acarició y ciñó la estructura ósea de su cabeza.

Por sus poros brotaba sutilmente esa lava adictiva, era algo recíproco, que ni ella ni él sabían distinguir el sudor, el aroma y el cuerpo de uno y del otro, literalmente parecían una sola carne, lentamente acarició el contorno tierno y suave de sus orejas, ambos dejando sentir el tenue resuello que salía de su boca y su nariz, tocó sus hombros y deslizó ese vestido negro que contrastaba con su piel blanca rosa, que por fuerza de gravedad cayó al suelo, besó palmo a palmo su cuello, su pechos y pezones, cual volcánicas protuberancias en cuyo interior se gestaba y burbujeaba esa deliciosa y alucinante magma de pasión y fuego abrazador.

A lo lejos se escuchaba esa lluvia torrencial después de un día caluroso, el viento soplaba fuertemente, la procesión deslizaba lentamente frente a su balcón, haciendo aún más solemne y misteriosa aquella escena en que un par de cuerpos y de almas se devoraban insaciablemente, como si el mundo se acabara. Ni una sola palabra, ni un solo gesto de reproche o exigencia de ambos colegiales se pudo notar esa noche, como si fuese la consumación de algo que ambos añoraban con alevosía y premeditación.

Ciño sus acogedores brazos, deslizó sus manos sobre ellos, hasta cazar con cada uno de sus dedos, sintiendo correr y palpitar la sangre por sus venas, le besó las manos, y ascendentemente deslizó las yemas de sus dedos hasta guarecerse en sus axilas, su ombligo, acarició lentamente sus rollizos muslos ascendiendo y descendiendo sus manos, deslizando la palma de sus manos por sus glúteos, estallando ambos en gemidos y quejidos de placer.

[Ahí estaba ella, ella estaba ahí]

Texto agregado el 11-10-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2018-10-11 13:36:53 Hermoso, delicado y sensual encuentro. Me gustó. Magda gmmagdalena
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]