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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / La Búsqueda de Raquel

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La luz del sol me había encandilado, apenas alcancé a ubicar una mesa dentro del local en semi penumbras, intentando paliar el sofocante calor de la calle. Me sobresaltó la voz de un mozo.

–¿Qué le sirvo?

–Un café y un vaso de agua helada.

El mozo se retiró hacia un enorme mostrador, tras él, un gordo barman secaba displicente unos vasos. A un costado del mostrador una antigua máquina exprés esperaba la orden para llenar un pocillo de aromático café. El bar olía a tiempo pasado.

Desde el techo un destartalado ventilador lanzaba desmayados soplos de aire. Sentí la camisa pegada y el sudor corriendo entre mis pechos.

–¿Qué estoy haciendo?

Me lo preguntaba desde la mañana, cuando salí sin rumbo del elegante departamento en pleno centro. Apenas una nota garabateada para Andrés, el amante de turno.

–¿Qué busco tomando el subte y luego un tren suburbano hasta este barrio mugroso y maloliente?

–¿Qué busco insolándome cuando hasta los perros han desaparecido de las calles?

De reojo vi al barman y el mozo cuchicheando, seguro me habían reconocido, no importaba. Llamé y pedí la cuenta.
Cuando salí el sol volvió a abrazarme prepotente. Comencé a caminar; una, dos, tres cuadras, media a la derecha. Allí las calles eran aún de tierra, nada había cambiado.

Estaba sentada bajo la parra, con el mate en la mano, como la última vez que la vi. Sabía que no me veía, era ciega desde su primer parto y había tenido diez. Me quedé mirándola, no la vi más vieja, era como si se hubiera inmortalizado en una estampa, siempre igual. Yo sí había envejecido.

–¿Qué hago acá?

Así como un día me fui buscando algo, hoy volvía de la misma manera. Buscando. Con rabia sentí humedad en los ojos, de un manotazo sequé esas inoportunas lágrimas.
Me paré contra el tejido que separaba el patio de la vereda, un cuzco comenzó a ladrar queriendo intimidarme. Abrí la puerta cancel y el perro se vino como una luz a tarasquear mis talones.

–¡Fuera!, ¡fuera!, ¡salí de acá perro desgraciado, no muerdas!

La vi que giraba la cabeza hacia el sonido de mi voz, como queriendo ver.

–Raquel, ¿sos vos?

–Sí, vieja, soy yo...

–Dale... , vení, tomate un mate que hace mucho calor.

El perro se tranquilizó al ver que su dueña me reconocía.


María Magdalena Gabetta

Del libro “Lo que llega a la playa” - Editorial Dunken - Argentina

Texto agregado el 27-09-2018, y leído por 0 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
2018-09-28 16:08:12 El ser humano en su periplo por la vida siempre va pensando en el regreso al origen, muchas veces logra volver y otras tantas no alcanza a subir al tren del regreso y... sólo lo hace en pensamiento. vicenterreramarquez
2018-09-27 22:34:00 Como dice el cuento nos vamos buscando algo y regresamos por la misma razón. Faltó decir que no con los mismos sentimientos, en la segunda búsqueda se regresa más emotivos, nostalgicos y muchisimas veces con un vacio en el corazón que solo se puede llenar allí. Abrazos, Roxanna unabrazo
2018-09-27 22:28:47 No hay como el regreso. Hermoso texto ***** grilo
2018-09-27 21:42:31 Hermosísimo relato, que me deja con ganas de más. Marcelo_Arrizabalaga
2018-09-27 20:54:49 Ohhh interesante cuento :) Kahedi
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