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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / El Secreto

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Uno, dos, tres....., la niña juega con su soga en la vereda mientras cuenta a viva voz cada cada pequeño salto.

Desde mi cocina puedo escucharla; uno, dos, tres ...., me siento tranquila. Miro por la pequeña ventana que da al patio y lo veo allí, sentado en el viejo banco de plaza que una vez instaló bajo la sombra del olivo; está con la mirada fija en el paredón que nos separa de los curiosos vecinos, como si estuviera vislumbrando algún paisaje maravilloso; la blancura de sus cabellos semeja una corona que adorna su cabeza; lo miro con ternura ....... ¡ya es un anciano! Pero siempre indómito, no pierde su carácter, mantiene la altivez de la juventud y aunque se mueve con un bastón, lo hace con la soltura y elegancia que lo caracterizó siempre.

Aún le molesta que yo ingrese a su santo recinto, su biblioteca. Al pensar en la biblioteca y verlo en el patio, veo mi oportunidad para pasar un trapo en los desvencijados muebles que él tanto adora, sacar un poco del polvo estancado en el recinto; una tarea que cada tanto me permite hacer siempre y cuando él esté cerca, no vaya a ser que mueva alguno de sus libros y lo ponga en el lugar equivocado.

Uno, dos, tres ....., la niña sigue en la vereda. Tomo un plumero y una gamuza e ingreso a su santuario.

El olor a humedad, tabaco rancio y libros viejos azota mi olfato, con gusto abriría las ventanas para permitir el ingreso del aire matinal, puro y alegre; pero sé que él lo detesta.

Mientras repaso los muebles, veo con sorpresa que el cajón de su escritorio está abierto; es la primera vez en mi vida que lo veo así, a medio cerrar; él nunca lo dejó abierto y si cuando era niña ingresaba abruptamente a la habitación, rápidamente lo cerraba mientras me miraba serio, desaprobando mi invasión y yo escapaba llorosa al lado de mi madre, que me acariciaba la cabeza comprensiva mientras decía, “No lo molestes, está con sus cosas”. Nunca supe si su comprensión era hacia mí o hacia los secretos de él.

Cuando era pequeña, sospechaba que mi padre guardaba allí los caramelos que luego, como al descuido, dejaba todas las noches bajo mi almohada; a medida que iba creciendo, fui pensando cosas más arriesgadas; que él era un espía y guardaba allí tremendos secretos militares o que tenía una amante y escondía sus cartas de amor, o que yo era adoptaba y allí se encontraban mis orígenes; pensé miles de cosas y ahora estaba su secreto al alcance de mis manos y de mis ojos, podría develarlo, sin que él ni siquiera lo sospechara.

Recordé en ese instante sus tristes ojos cuando mi madre, joven y bella, se fue tras los pasos de un amante que seguramente no ocultaba secretos para con ella.

Recordé mi primer período, cuando él me explicó, dulce y tranquilo, que no estaba muriendo desangrada, que estaba transitando el camino hacia la madurez de mi cuerpo.

Recordé mi primer baile, mi primer cita; él siempre callado, acompañándome en cada momento de mi vida; a su manera, pero tan cerca, que no podía ni puedo aún imaginar mi vida sin su presencia.

También vino a mi mente, cuando caí engañada por un don Juan barrial, que desgranó palabras de amor en mis oídos, más lentamente que lo rápido que me desnudó; para luego abandonarme con la misma rapidez con que desabrochó mi blusa, dejándome solo el recuerdo de sus jadeos y la niña que jugaba en la vereda.

Cuando corrí hacia mi padre, avergonzada y asustada, él me miró con sus ojos tristes (siempre los tenía tristes cuando me miraba) pero sus labios no emitieron ni preguntas ni reproches, sólo me envolvió en un abrazo protector y no se despegó de mi lado hasta que la partera lo sacó a los empujones de la sala de partos. Luego, por primera vez en mucho tiempo, lo vi sonreír, al ver ese capullo rosa que era mi niña.

Esa sonrisa entre dulce y nostálgica siempre estaba dirigida a ella, jamás la regañaba, salvo que quisiera entrar a la biblioteca. Y allí estaba ahora, a mi alcance ..... el secreto; podría conocerlo, saber el porqué de sus silencios, su tristeza, sus encierros; podría saber todo lo que siempre me había intrigado, lo que él escondía.....

Acaricié con suavidad la madera. Uno, dos, tres......, la niña jugaba en la vereda; pensé en el hombre del cabello blanco y cerré el cajón, ya no me interesa conocer su secreto.-

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 23-09-2018, y leído por 0 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
2018-09-24 17:08:03 buena historia bien contada . Este texto demuestra que no todo relato tiene que tener final sorpresa. En la sencillez está la clave. Te felicito. La maestruci que es muy pesada tendría algo que decir en privado. Yvette27
2018-09-24 15:09:25 —A medida que iba leyendo más me iba interesando en el secreto hasta que al llegar al final primero me puse triste por no saberlo, pero luego me alegré por esa sabia decisión. —Muy, muy bueno. vicenterreramarquez
2018-09-24 14:42:12 Un retrato emocional con toda la magia de la vida. Un abrazo, me encantó! sheisan
2018-09-24 14:37:35 ¡Me resulta tan fácil leerte! Y no es que sean fáciles tus escritos, ní tus títulos guías, ní adivinables tus desenlaces. Es que tu talento consiste en éllo: No precisar de revelar secretos, es mejor así. Te felicito. peco
2018-09-24 14:31:49 emocionante historia, me estremeció yosoyasi
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