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Inicio / Cuenteros Locales / Invierno / Nota de despedida

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Hoy salí con mi amiga, fuimos por un café y charlamos un poco en la tarde. Llegue a casa agotada y vacía. Solo tuve fuerzas para declararme algo indispuesta y ocultarme en la cama. Mi pareja se preocupó y preparo la cena mientras yo "dormía". No puedo decirle que me siento tan triste, tan vacía. Que solo quería estar sola y quieta dándole vueltas al dolor, buscando una solución que no aparece.

No puedo recordar claramente cuando empezó todo esto, solo fue pasando calladamente hasta que se volvió constante; el frío en el corazón, la sonrisa fingida, la vida perfecta que no me llena. Cada día me es más difícil salir de la cama, salir de casa, ponerme la mascara al despertar y sonreírle. Darme un baño entre sollozos y salir a servirle un café. Verlo en el computador sentado tranquilo y estar muy quieta para no llorar.

Todos creen que mi vida es perfecta, que esta sonrisa diaria es real, que cada chiste es una muestra de buen humor. Pero todo se volvió una cortina de humo. Todo se derrumba y no puedo hacer nada para detenerlo. No soporto más la mentira y no quiero fingir más

Estoy muy agotada. No quiero hablar con nadie. Odio mi desprecio. Odio mi constante devenir entre la amabilidad y el fastidio. Quiero salir corriendo y me siento tan débil que no sé cómo hacerlo. Estoy asustada. Aterrada sobre que va a pasar después. Me siento devastada y ni siquiera me puedo quitar la máscara y demostrarlo. No puedo hablarlo con nadie. No sé cómo salir de todo esto y seguir respirando.

Ya no puedo más, esta situación está muy por encima de lo que puedo manejar. Así que preparé mi despedida. Me levanté temprano, prepare café mocca y se lo llevé a mi pareja a la cama, con galletitas de mantequilla y un montón de besos. Se levantó sonriente, esa era la última imagen que quería de él. Me di un baño profundo y largo, con sales de baño y una rica espuma con olor a vainilla; ese era el último perfume que quería que él recordara en mi piel.
Me puse mi ropa preferida, mis tacones predilectos y salí. Por primera vez en mucho tiempo la sonrisa no era fingida. Estaba tranquila con la certeza que sería el último día. Me reporté indispuesta en el trabajo, una pequeña mentira por tener un buen día merecía la pena.

Salí a conducir por la ciudad, me disfruté el tráfico pesado pensando que sería la última vez que pasaría por eso. Compré una botella de mi vino favorito (una reserva de undurraga blanco), no es el más fino, pero si el que más me apetece. Volví a casa extasiada con la idea de volar definitivamente y no volver jamás.

Mezcle el vino con algunas pastas, cambió el sabor y el aroma, pero una segunda copa limpia borró de mis labios el sabor amargo y en su lugar dejó el bouquet cítrico del vino.

Luego me recosté en la cama y lentamente, entre el dolor y la dicha, me empecé a sentir muy débil y me quede dormida.

Desperté hace un par de horas, creo que nadie se ha dado cuenta de lo que paso, mi casa permanece vacía... Llego un auto a la puerta, es mi pareja, no recuerdo que está mañana vistiera traje... Se ve tan triste, no quiere decirme qué pasa, no me dirige ni una mirada; encontró el vino, las pastas, debe estar muy molesto conmigo... Solo aprieta con fuerza mi nota en sus manos... Se está durmiendo... Lentamente, dulcemente, pronto le preguntaré si él sentía lo mismo que yo.

Texto agregado el 12-07-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2018-07-12 23:01:28 El callar mata. Me encantó tu relato. Magda gmmagdalena
 
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