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Inicio / Cuenteros Locales / vaya_vaya_las_palabras / Cómo conocí a Mariel, parte 2 ("Magic Eyes")

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Gracias a Dios, terminé siguiendo el consejo de ese anciano tan misterioso. Tenía algo, no sé, algo en su mirada que despertaba curiosidad e inspiraba confianza. Por algún motivo me resultaba difícil asociarlo con las palabras «malo» o «peligroso». Por simple asociación, entonces, «Magic Eyes» sería un lugar con muy buena reputación y productos excelentes a precios accesibles. El único inconveniente era que quedaba muy lejos. Solamente cuando leí atentamente la tarjeta, descubrí que la dirección no era de Capital. Decía Zona Norte, y eso significaba un viaje bastante largo. Le calculé cuatro horas de ida y vuelta. Estaba indeciso. Entonces decidí una cosa sencilla pero efectiva: si esa noche soñaba con una cosa linda sobre mi almohada, a la mañana siguiente seguiría el consejo del anciano misterioso, caso contrario empezaría el día como si nada hubiera ocurrido.

Esa noche soñé algo hermoso. Hacía mucho tiempo que nada ni nadie me conmovía hasta el punto de hacerme llorar. Pero ese amanecer tuve que secarme las lágrimas con el pliegue de las sábanas.

Sin embargo la fachada de «Magic Eyes», uf, no era como la había imaginado. Resultó ser un enorme galpón justo frente al río, que estaba ahí nomás, unos metros atravesando la calle y el paseo de la rambla. Esa mañana las aguas estaban grises y picadas, y solamente unos pocos valientes se atrevían a navegar a la distancia. Había viento y por momentos soplaba fuerte.

Era un escenario peculiar, ideal para una película de Chaplin o Buster Keaton. Pero no tenía nada de gracioso. Estar ahí significaba sentirse aislado, no había transeúntes a la vista y pocos autos estacionados. Lo único bueno era estar al costado del río. Sin el río ahí, creo que no hubiera tocado el timbre del galpón, y jamás habría conocido el interior de «Magic Eyes».

Pero la puerta se abrió sola, igual que una película de misterio. Adentro había poca luz y un mostrador ahí cerquita. Si en ese momento hubiera aparecido un personaje de Tim Burton no me hubiera agarrado desprevenido. Pero en lugar de eso apareció un hombre, un hombre de lo más común y corriente, que sin demora se puso un delantal blanco y me pidió disculpas por el desorden y lo oscuro del lugar, producto de la refacción general que el dueño de «Magic Eyes» supuestamente estaba llevando a cabo.

Perplejo, me limité a mostrarle la tarjeta de color azul. Entonces el hombre se quedó admirado y me preguntó de quién la había recibido. Yo le respondí que de un anciano que caminaba muy muy despacio. El hombre dijo «muy bien» y sin decirme nada más se fue para el fondo del galpón, perdiéndose de a poco entre muchas góndolas y estantes.

Tardó en regresar, el tiempo suficiente para sentirme arrepentido. Mi impresión era la de estar metido en un cuento, uno de esos tridimensionales que escribió Jorge Luis Borges. Pero los personajes de un cuento tienen la ventaja del tiempo y el espacio. Pueden estar paseando por una calle de Dublin y al párrafo siguiente estar bañándose en la costa australiana sin ningún escándalo. Yo en cambio había demorado dos horas en llegar y me faltaban otras dos para volver. Y no dejaba de pensar en la zapatería cerrada, en Mariel, y en la óptica que ella me había recomendado tan sensatamente.

Seguía parado frente al mostrador, esperando. Mi paciencia estaba a punto de llegar a su fin. Después de contar hasta diez muy lentamente, decidí abrir la puerta y salir de ese disparate que se llamaba «Magic Eyes». Afuera, lo primero que vi fue el río picado y una bandada de pájaros cruzando el cielo. Me puse a caminar por la rambla procurando no soltar ese paisaje, pero enseguida escuché a alguien correr atrás mío. Era el hombre de delantal blanco, que me decía en voz alta «disculpe la tardanza, es que allá está todo tan oscuro». Verlo así, corriendo tan compungido, me hizo comprender que los hombres de delantal blanco nunca estarán lo suficientemente preparados para correr. Traía la cara muy colorada. Por eso le di tiempo de tomar aire y recuperarse. Cuando estuvo listo, me mostró algo que traía en la mano, algo que me entregó diciendo: «Téngales paciencia, el efecto no es instantáneo. Adiós». En ese momento no entendí lo que me quiso decir. El hombre de delantal blanco empezó a alejarse, habiendo dejado en mis manos un pequeño estuche que contenía unos anteojos nuevos-nuevos, super-impecables.

Continuará...

Texto agregado el 17-05-2018, y leído por 0 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2018-05-17 15:16:11 Me gustan mucho tus descripciones y los recursos literarios que incorporas, vamos por más... Un abrazo, sheisan
2018-05-17 13:10:10 Que emocionante.Por momentos pensé que los lentes no llegarían pero... Admiro tu forma de expresarte,pareciera ser que una se desliza por tus letras tan grata y suave ente que al llegar al final,se desea mas. Pienso que el viejito dijo la verdad... Espero el próximo capítulo. Un fuerte abrazo y mis felicitaciones. Victoria 6236013
2018-05-17 09:08:40 espero ansiosa yosoyasi
2018-05-17 04:43:10 Es - tu - pen - do. Recreas los ambientes y lugares de manera asertiva y agradable. Lo leo poco antes de dormir, con la expectativa de lo que seguirá. Cinco aullidos secuenciales yar-
 
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