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Inicio / Cuenteros Locales / DesRentor / Relato ficticio #9, año 2051

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Relato Ficticio IX, año 2051.

Lo que más recuerdo de ese día eran mis manos rojas frente a mi cara y estar reaccionando después de un momento por una bala que acababa la vida de una persona a menos de dos metros y medio de mí, ahí tirada en el piso mientras el eco del disparo se perdía en las montañas que se veían a lo lejos. Recuerdo el grito abruptamente silenciado, como si esa persona realmente supiera que fuese a morir esa noche, el último grito de su vida pidiendo por su vida.

Éramos pobres, éramos del campo, de la tierra, como decían algunos en esos años. Estuvimos antes que ellos y durante su llegada. Estábamos ahora ahí y si no terminábamos muertos como aquella mujer, probablemente hiciéramos lo imposible por seguir vivos en un futuro. Y así fue.

Mis manos estaban rojas porque me habían hecho arrastrarme como perro hasta el campamento. Por aquellos caminos pedregosos, llenos de tierra y barro donde se ha alimentado la historia de este pueblo. Me tomaron del pelo y me arrojaron al suelo. Dieron vuelta mis cosas al mismo tiempo que mis ojos daban vuelta lágrimas sobre el rostro arrugado y viejo que poseo. No dije nada. Siempre fuimos así en esta parte del planeta. Nos rajaron las vestimentas, nos desnudaron y nos bañaron con agua de pozo. Nos dejaron ahí por un par de días y lo único que ellos querían era saber si escondíamos armas. Yo cada día que respondí, contestaba con mis manos empuñadas y levantaba el dedo del medio en silencio, pero con rabia tanto en mis pupilas como en mis entrañas. Me amenazaban con un arma cada vez y jamás les tuve miedo ni produje una sola palabra. Me trataban de muda, pero sabían que podía hablar porque cuando me tomaron estaba vendiendo verduras en la plaza. Gritando a todo pulmón. Me pidieron escribir y tampoco lo hice, me golpeaban las manos y yo respiraba hondo para tragarme el dolor como si fuera el vino que traía hace unos años mi marido después del trabajo, tratando de acordarme de los buenos ratos antes de que llegaran estos soldados.

Como entenderán y probablemente sabrán ya contándoles esto, mi marido murió empuñando sus manos también. Carpintero de oficio heredado, suspiraba aserrín y astillas tanto en la cama como en el laburo. Trabajó tanto la madera que a veces creía poder hablarle a la casa y ahora creo que la casa lo extraña tanto como yo. Apuñaló a un soldado en la garganta defendiéndose de un allanamiento con una estaca fabricada con perfección y velocidad nacidas de su propio odio, como si estuviera destinada a aquel hombre, y la vida le devolvió todo su trabajo de manera injusta con un culatazo de madera de ametralla en la nuca por la espalda, quizás vivió unos cuantos minutos después del golpe, pero cuando no llegó con el vino a cierta hora, yo ya asumía su muerte sentada en la cama, mirando por la ventana mientras el cielo se ponía naranjo oscuro y en el campo soplaba el viento en dirección contraria anunciando lluvia por la noche y la madrugada. Llovió a cantaros. Con esa misma rabia de mis puños combinados con los de todas las almas. Con el viento gritando los nombres de todos los que nunca volverían a casa. Con los ventanales golpeándose opacando los sonidos de las armas. Generando ese barro que después costaba tanto sacarse de las botas, la ropa y la cara.

No dije ni una sola palabra. Dejé la voz de lado y me dediqué a sobrevivir cuando me dejaron botada en la pampa siendo testigo de diecisiete disparos que dejaron mudos a otros cuerpos de extraños cubiertos con lonas sobre sus cabezas, pero que se hicieron conocidos cuando la mañana siguiente se levantaba y pude reconocer aquellas pequeñas caras llenas de esfuerzo, llenas de mí, llenas de ti, llenas de todo lo que la vida nos había entregado. Ahora cuando los libros se comienzan a escribir de nuevo. Cuando la edad ya no me da la pelea para caer de un día para otro despidiendo la vida ni detener la marea de estos recuerdos que se encaraman con lágrimas nuevamente puedo contar que ninguno de esos cuerpos fallecidos fue abandonado por éste que vive en ese momento. Caminé y busqué ayuda donde pude. Rescaté cada uno de esos cuerpos y les dimos entierro con los que fui encontrando en el camino, algunos abandonados vivos también, mientras la caravana de balas teñía el valle de negro, maldiciendo las manos de aquellos que nunca rindieron respeto por la tierra ni devolvieron a ella oficio ni trabajo, como lo hizo mi viejito lindo que yace ahí, en ese mismo valle. Aquellos que devuelven muerte a la tierra, diez veces caerá la muerte sobre ellos. Hace tiempo que no maldecíamos con tanto corazón y canto. El espíritu no se nos quebró en ningún momento, pero la pena invadió los campos de nuestro pueblo y nos dedicamos a cultivar silencio después de cada ritual, para cosechar palabras con las que contar todo esto cuando llegara el momento.

Hoy sé que estamos a salvo. Sé que no viviré otra vez para contarlo. Pero espero de verdad que nuestros recuerdos y memorias no se pierdan tampoco con el paso del tiempo. Que recuerden a los que volvimos a levantar esta tierra y las que están más allá de los ríos, el horizonte y las montañas. Que se haga justicia con estos hechos que atestiguan la violencia de aquellos que creyeron ser más fuertes por medio de las armas. Que nadie nunca se olvide que en silencio sobrevivimos para poder utilizar las palabras. Y que cuando no quede nada qué contar, el silencio acompañe también a los que quieran encontrar la muerte y descansar en paz.

Texto agregado el 14-05-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


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