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Inicio / Cuenteros Locales / sheisan / Relatos de mujeres cornudas

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Caso 1. La esposa astuta y vengativa.


Note movimientos extraños en la conducta del infeliz a fines de septiembre, cuando me percaté de un significativo aumento en el kilometraje del auto —vehículo que yo también conduzco en ocasiones. A pesar de no haber cambiado de dirección de trabajo el muy desgraciado se estaba tomaba ciertos “atajos” que le significaban más tiempo y kilómetros… ¡Ja! Este qué se ha creído.

Busqué fórmulas para saber cómo, cuándo y con quién. Tanto el laptop como su celular poseían clave por lo que por ahí no obtendría nada. Cuando llegó la factura de los tag (peaje) tomé el recibo y llamé indignada a la empresa exigiendo un detalle de horarios y peajes cobrados con la excusa de un valor desmedido. Al recibir los respaldos, observé que en ellos aparece también la ubicación exacta de cada pórtico. Eso me facilitaba al menos conocer hacía qué sector de la ciudad volaba el pajarito.

Aquella misma tarde lo enfrenté, pero negó todo. En mi arrebato le quite el teléfono y lo lancé con furia contra el muro. Quedó hecho añicos en el piso. El tomo el auto y se fue indignado, atravesando la noche. Ignoro con qué destino. Recogí los restos de su fono. Al recuperar el chip tuve la idea de ponerlo en el mío, lo que me dio acceso a los números a los que llamaba con más frecuencia. Tomé nota, aparecían 2; uno era un celular, el otro residencial. Al celular le mandé un mensaje haciéndome pasar por él, —más que mal seguía siendo su número— Escribí sólo una frase “te extraño tanto, que duele”, ella respondió casi de inmediato con un mimoso mensaje, yo también además de muchos besos. Quedé estupefacta; lo tenía comprobado.

Exacto a la media hora marqué el celular de la susodicha desde mi propio número, cuando contestó reconocí la voz de inmediato, era colega de él en su trabajo. Yo la conocía muy bien. No dije nada, sólo la escuche decir repetidamente Hola? Diga? Aló, no escucho. Corte la comunicación. A partir de ese momento yo era una loca arañando las paredes de la casa, cual fiera enjaulada.

Sacando coraje de mis vísceras marqué el fono de su casa, eran pasadas las 2 de la madrugada. Contestó su esposo. — ¿La casa de fulanita de tal? — Pregunté. Sí, respondió él, y me lancé. Deje de lado lo dama, mi educación y dignidad. Con voz alzada le dije: Dile a la maraca de tu esposa que deje de meterse en mi matrimonio. El apenas hablaba, junto a él, pude escuchar a la susodicha que somnolienta le preguntaba ¿Qué pasó? ¿Quién es? Yo repetí ¡¡A ESA!! A la sinvergüenza que ahora está durmiendo junto a ti en tu cama, la que se acuesta con mi marido, dile que deje de meterse en mi matrimonio y corté. Habrán pasado un par de días. Mi marido estaba en la casa de su madre, mientras nuestra pequeña hija lo extrañaba horrores ¡Pedazo de bestia mamón!. Al cabo de unos días volvió manso como cordero, prometiendo que nunca más. ¿De ella? Supe que tras el incidente abandonó la empresa en un plazo muy breve. Sigo casada, por supuesto nunca volví a confiar en él y obviamente no, no le he guardado fidelidad desde entonces.


Caso 2: La esposa racional.


Joaquín era del tipo de hombre que de la casa al trabajo, del trabajo a la casa. No se desviaba. Era descuidado, su celular lo dejaba tirado en cualquier parte y la verdad a mis ojos era un niño en el cuerpo de un hombre. Su máxima entretención eran los mangas de animé por lo que no era de extrañar que cada tanto se reuniese ya sea en nuestro propio departamento, o en casa de alguno de sus amigos para compartir historietas. En la pantalla del ordenador siempre había páginas y páginas abiertas sobre el mismo tema; Animé.

Yo confiaba ciegamente en él y jamás de los jamases pasó por mi mente pensar que el tuviera siquiera intención, ideas o sueños de retozar en otras praderas.

En cierta ocasión habíamos concluido la cena y tocaron el timbre. Al abrir me encuentro a una mujer vestida entera de negro. Su rostro denotaba evidentes signos de haber llorado profusamente. Con voz quebrada me preguntó si yo era la esposa de… no alcancé a responder. Por mi costado apareció el susodicho que sin decir agua va comenzó a repetir como loro borracho “no la conozco, no la conozco” ella se lanzó sobre el a darle de manotazos gritando enajenada ¡¡¿¿Con que no?!!

Mientras mi querido e infantil esposo recobraba la memoria a fuerza de golpes, generosamente me fui al closet del dormitorio e hice su maleta. En ella puse todas sus prendas más viejas, también su shampoo y crema de afeitar convenientemente abiertas. La ropa que yo sabía que le gustaba la tiré a la basura. Al cabo del tiempo me preguntó por cada una de ellas a lo que yo invariable respondía indiferente; no la conozco, no la conozco...


Caso 3. La esposa serena.


Teníamos una relación basados en la confianza. Por trabajo él viajaba con regularidad, además gustaba de practicar deportes por lo que era frecuente que se ausentase los viernes a un partido de fútbol o los sábado para jugar tenis. Una tarde de verano él se encontraba en el patio delantero lavando el auto. Timbró el teléfono de casa, se trataba de un amigo que quería hablar con él. Le fui a llamar y vino a atender. De cooperadora que soy tome la aspiradora y me fui al auto para continuar limpiándolo. Estoy en eso cuando me encuentro debajo del asiento trasero una bolsa de farmacia. Al mirar en su interior había unos estuches de preservativo usado, papel higiénico… la vista se me nubló. Sentí las manos de mi marido sobre mis brazos y su voz diciéndome con firmeza deje ahí, yo sigo… elevé la bolsa y le dije; ¿¿Me puede explicar que hace esto en nuestro auto??? Mi marido me miró, luego comenzó a respirar agitado y a desvanecerse apretándose el pecho. Ay, ay me siento mal —decía entre balbuceos. Luego cayó y perdió la conciencia. Aterrada, pensando que estaba sufriendo un ataque cardíaco, pedí ayuda a una vecina. Lo introdujimos al auto y me lo llevé a la clínica a toda velocidad a riesgo de mi propia vida. De reojo lo miraba. Iba totalmente colapsado. Llegamos al centro médico, a los gritos pedí una camilla advirtiendo a los cuatro vientos ¡¡VIENE HACIENDO UN INFARTO!! Al cabo de un par de horas salió el médico a hablarme. Señora su marido está bien, le hicimos varias pruebas y no detectamos daño, no se trató de un infarto, seguramente fue un cuadro severo de estrés. Quiere hablar con usted. Me negué rotundamente, el médico insistió…

Entré a la habitación, él se mostraba como el más canalla de los sobrevivientes. Con la voz más amorosa que le era posible gesticular me dijo gordita, no es lo que usted cree. —Mire, le dije yo, en este momento usted tiene que estar bien, tiene que calmarse, ya tendremos tiempo de hablar en casa. Dicho esto salí y le pedí al doctor que por favor le diera un relajante o somnífero para que durmiese de forma prolongada, bajo la excusa de que necesitaba llevármelo de regreso con total calma.

Ya casi amanecía cuando llegamos a casa; él en estado peso muerto, yo en estado mujer con cuernos.

Fueron pasando los días. En vista que él no se pronunciaba respecto a dar explicaciones y viéndole totalmente repuesto lo llame al dormitorio y le dije usted y yo tenemos una conversación pendiente. Me dijo gordita, no es lo que parece. Esa bolsa debió caer de alguno de mis colegas cuando los reparto tras finalizar algún partido, ¿Se acuerda que esa semana jugamos un miércoles?

¿Ah sí? Le dije molesta. Tráigame a ese colega. Cuéntele de todo lo que por su culpa tuvimos que pasar y la gran pelea que generó su descuido. Por supuesto el famoso colega nunca apareció.

Mi esposo, intentando reconquistarme, me invitó al cine, a bailar y a comer de forma frecuente. Hicimos el amor como conejos. En uno de nuestros encuentros me percaté que el muy bandido usaba la pastillita azul. En fin, que la noche de mi cumpleaños llegó provisto de un enorme ramo de rosas y como sorpresa portaba una sunga con dibujos sexuales alusivos que me provocaron mucha risa. Estábamos en lo mejor cuando repentinamente comenzó a respirar agitado, se llevó la mano al pecho presionándolo, luego cayó al piso mientras balbuceaba: — Me siento mal, me siento mal. Lo miré, le dije, gordito, recuerde lo caro que salió la clínica la última vez con su show. — Es en serio Ana... siento que me estoy muriendo... y en efecto, se murió. Quedé con la casa, los autos, una póliza de seguros y el gusto dulce en la boca de que todo se paga en la vida; en esta vida.




M.D

Texto agregado el 28-02-2018, y leído por 0 visitantes. (23 votos)


Lectores Opinan
2018-03-09 11:47:33 Ah Sheisan: Debo decir que el primer relato, por razones que me voy a guardar, me dolió un poco, El segundo me entretuvo y me gustó al igual que el tercero, sólo que en este último, diría que me faltó algo, podría sugerir quizás que la narradora insinuara que algo hizo para que su "gordo" terminara sus días como terminó Sin embargo, son historias entretenidas, bien contadas, de lectura fácil, una prosa interesante que habla de que aqui hay oficio Felicitaciones y mis cinco estrellas Randal-Tor
2018-03-06 22:47:42 Complicarse la vida, buscar la muerte y todo por un agujerito similar en todas las féminas. Transgredir es adrenalina. Muy buen escrito sobre seres mediocres. El_Quinto_jinete
2018-03-06 21:06:28 Peripecias del matrimonio, el primer caso una mujer desconfiada, los otros dos casos: un error en el manejo de la amante por parte del sujeto y el ter caso un pendejo de dejar evidencia en el carro. Abrazo grande y me gustó tu prosa. sendero
2018-03-06 14:55:47 ¡Ops! Jajajajjaja Bien. rhcastro
2018-03-05 22:23:06 Dicen que una frente sin cuernos es como un jardín sin flores. Y yo añado: no importa el sexo (ni el seso) de la frente en cuestión. Tú has dejado una triple muestra. Tenemos donde elegir.+++++ crazymouse
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