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Inicio / Cuenteros Locales / DesRentor / Relato ficiticio #6, año 2080.

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Es una pesadilla despertarse a cualquier hora moviéndose y no encontrar a la persona que una ama a su lado en el otro lado de la cama, palpar esas frazadas vacías como el tarro permanente de leche en la cocina donde ella solía cocinar los fines de semana cuando aparecían los amigos y parte de la familia. Esa familia que aún la llora y la busca como yo ahora la busco también entre las sábanas heladas de ese costado con los ojos cerrados esperando que sea eso, una pesadilla.

Yo creo que para ninguna persona es fácil sobrevivir a la noticia de tener que recibir a la milicia en esos tiempos en su propia casa y que te la den vuelta como una caja de zapatos llena de adornos navideños que se cae de la altura, con una sonajera profunda, dejando un desastre en el piso y una no saber por dónde empezar. Recuerdo haberme sentado en silencio mirando hacia el suelo mientras veía las botas y botines paseándose como tigres enjaulados, desesperados por encontrar algo y llevarme a mí también como presa de la cacería, pero no fue así.

"Aún tenemos cabeza para esto", me dijo una vez casi gritando desde la pieza, escondiendo los libros, las revistas y algunos papeles dentro del colchón que esperaba yo para volver a coser, "Son estúpidos, están lavados de mente", repetía convenciéndome de que mi mejor tarea sería esa: guardar silencio cuando llegara el momento, "Tarea difícil", me dijo al final pasándome la aguja gruesa con el nylon atada a ella. Pero también se hace difícil no llorar, y una sabe que llorar de rabia, pena y amor, mete más bulla que una caja de zapatos llena de adornos navideños.

Las botas marchan y dejan la puerta abierta. Un último soldado portando una carta me mira serio desde el centro del living mientras las lágrimas caen sobre mi rostro. Se acerca silencioso, me entrega el sobre y al menos tiene la decencia de sacarse el casco en señal de respeto. "Lo siento, dama, son órdenes". Escucho mi respiración agitada mientras rajo el papel y amortiguo una última mirada hacia arriba encontrándome con sus ojos llenos de arrepentimiento. Le doy las gracias y se gira antes de que el desgarro se materialice.

Ella está muerta y son ellos los asesinos.

La casa quedó desierta cuando salí camino a la de sus padres con la garganta con algo que más que un nudo era un puño que a ratos no me dejaba ni siquiera hablar. Ahogaba mis suspiros y nublaba mis ojos dejando abierta la llave de mis ojos una vez más. Tenía tantas lágrimas de odio y tristeza que podría haber llenado el lavaplatos donde quedaron los últimos platos sucios que no pude atender antes de que esos soldados llegaran desordenando el espacio que jamás volvería a ocupar su cuerpo, ese cuerpo que ese día ya no me abrazaba y que dejó de abrazarme para siempre después de semanas de despertar sin él. Su cuerpo acribillado en fotografías imaginarias y reales que aparecían en mi mente se convirtieron en las pesadillas del futuro que por lo menos llenaron algo: el gran vacío que generó el perderla de manera violenta.

Sus padres me recibieron y sin palabras entendieron todo cuando los espasmos llenos de oscuridad se reactivaron al verles la cara esperando una noticia de ella, pero jamás su muerte. Me abrazaron con fuerza uniéndose al coro de balbuceos y sonidos funerarios que rodeaba el umbral del hogar. Algunos vecinos salieron a ver la escena y ni si quiera nos importó que algunos entraran al patio a abrazar también la pena junto con nosotros. "La Julia era de esas cabras buenas y fuertes, llenas de valor y energía. Sabemos todos que murió protegiendo a su gente y luchando en el frente", escuché decir a alguien y a mí me daban ganas de echarme al suelo como la maldita caja de zapatos. Hacerme añicos en el suelo y no vivir más.

"Los papeles, Karen. ¿Dónde están?", me preguntó al otro día su padre que siempre todo lo supo, con una cara de determinación y semblante sereno, lleno de una esperanza ciega y una convicción de acero. Contesté y lo acompañé a la casa de vuelta. Eran documentos legalizados para el porte de armas, armas que también estaban documentadas y reservadas con nombre para cada integrante de la familia, yo y esos vecinos que la conocían. Una revolución armada para pagar con el trueque del ojo por ojo, diente por diente. Manos inexpertas que se volverían profesionales con la pena y la idea de devolverle a los que quedábamos la luz para abrir los ojos de esa esperanza. Sin pensarlo dos veces disparé balas por ella y recibí balas también por ella. Con una violenta forma le devolvimos al país la libertad de vivir en paz, suena paradójico pero es la pura y santa verdad.

Jamás he esperado el perdón de nadie, porque yo jamás los perdonaré a ellos, ni tampoco perdonaré la inmensa falta que me hace hasta el día de hoy su cuerpo.

Texto agregado el 08-02-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2018-02-08 23:13:27 "Con una violenta forma le devolvimos al país la libertad de vivir en paz".hermoso relato,frlicitaciones juliocorvera
 
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