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Inicio / Cuenteros Locales / -ZEPOL / EL CIELO CIERRA A LAS CUATRO

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Doña Guadalupe era loca profesional, sólidamente empeñada en mantener un antagonismo total en contra de la razón. La anciana no era como esas pobres desquiciadas que de vez en cuando tienen relámpagos de formalidad, momentos de horrible cordura en los que pretenden ser normales.

No. Ella era loca a tiempo completo y más aun cuando estaba dormida. Sus pesadillas eran insanas, es decir cuerdas, porque todo el mundo sabe que los locos imaginan al revés, tienen sueños correctos, no disparatados, fragmentados o surrealistas como los nuestros que presumimos de juiciosos y reflexivos.

Los locos ¿quién ignora esto? sueñan historias con principio, nudo y desenlace como debe ser una historia bien contada. Y hasta en su desarrollo reflejan su condición sensata, comienzan por el final ahorrando al durmiente la preocupación por conocer el desenlace. Las escenas se muestran en colores complementarios, el azul es suplantado por el rojo y los verdes de las colinas se tiñen de un anaranjado eléctrico sin que nadie sepa quién les ha enseñado la rueda cromática con tanta precisión.

La locura de doña Guadalupe no fue gradual y progresiva como establecen los manuales clínicos que mandan se comience por ligeros deslices del pensamiento hacia un lado de la calzada hasta lograr altos niveles de experticia en donde la persona se desplace con seguridad por el ancho mundo de la sinrazón. Contraviniendo todas las normas, la anciana se volvió loca de forma tan repentina que algunas de sus vecinas la calificaron de irresponsable, fue una locura súbita como si una mano inmisericorde le hubiera accionado el interruptor del entendimiento y apagado la luz de la inteligencia por falta de pago.


Aquel fatídico día se levantó a las cinco y media, malhumorada y quejumbrosa como todos los días, encendió la radio y desplazó la aguja del dial hasta la estación de las rancheras que dan cólera. Se entonaba escuchando a Los Tacuacines del Norte y con ese fondo musical rural y campirano murmuraba sus oraciones de costumbre, tan aceleradas y automatizadas que se habían vuelto ininteligibles, aún para ella misma y enseguida se disponía a bregar con los quehaceres de otro día más.

La cosa pasó a media tarde mientras escuchaba las noticias y fue algo repentino como cuando a uno le da un piquetazo en las costillas. No le dio tiempo ni siquiera de recoger la ropa tendida ante la inminencia de la tormenta. Simplemente a Doña Lupe se le disparó el fusible de la cordura y se cortocircuitó de por vida.

Su práctica, de la que presumía abiertamente, de mantener una información actualizada sobre los movimientos de la izquierda se fue por el caño, se declaró subversiva de la lógica y se fugó sin documentos al país del nunca jamás. Su vida se convirtió en una canción de protesta a favor de la emancipación y hasta sus cabellos despeinados proclamaban total libertad de expresión. No escucharía más los anuncios gritados por locutores fingidamente entusiasmados. No habría más radionovelas con actrices lloronas entrampadas en dramas de emociones primitivas y sin control, no más preocupaciones por el costo de la vida ni por el resultado de las campañas electorales. Ni jamás volvería a cometer el insensato desvarío de celebrar los cumpleaños.

Esas cosas, como las oscuras golondrinas que aprendieron nuestros nombres, ya no volverían. Quizá porque ella no tenía balcón, ni enredaderas, ni cristales en la ventana, sino simplemente un cuadrado de luz menguado al mediodía por una cortina de tela para mantel.

A partir de aquel día se graduó de incoherente, fue vecina del disparate y confidente de lo absurdo. Según cuentan aquellos que especulando aciertan con más tino que los científicos que presumen de pronosticar si lloverá hoy por la noche, la causa de su locura fue la noticia de la muerte de su hijo, abatido por los caza inmigrantes mientras trataba de ingresar ilegalmente al país donde le mintieron florecía el sueño americano.

No me fue difícil dar con su dirección. Encontré a la anciana sentada en medio de su pieza con la mirada fija en el piso, ocupada en descifrar con tozuda concentración el misterio de aquel cuadrado de sol que se había resbalado desde la ventana. No se volvió para mirarme cuando entré ni dio muestras de curiosidad o de temor cuando arrimé una silla.

Contra toda opinión especializada, algo me decía que aquella anciana me entendería y que mis palabras se escribirían con claridad en las crepusculares paredes de su laberinto mental. O quizá más bien ese era mi deseo.

Loco yo por intentarlo, loca ella por definición, lo peor que podría suceder es que perdiera una tarde, lo cual, después de todo, no sería una pérdida teniendo en cuenta que estaba cumpliendo la voluntad de un moribundo. Y aunque mi sentido común me tildaba de inconsecuente, igual comencé a hilvanar mi historia como empiezan los que no saben por dónde comenzar, con una excusa, que si bien no es creíble, al menos nos da pié y entrada en la conversación.

– Bueno... Verá Doña Guadalupe... en realidad yo debería haber venido antes, hace algunos meses. Pero usted sabe, el trabajo, las diligencias, en fin, una cosa fue tirando a la otra y las semanas fueron pasando...

Vacilante me detuve esperando encontrar en aquel rostro saturado de indiferencia alguna señal de entendimiento que nunca vino.

– Lo importante es que ya estoy aquí ¿no es cierto? Verá, yo soy reportero. Si, persigo noticias. Donde hay un desbarajuste, ahí estoy yo con mi cámara y mi libretita – Sonreí de lo que yo consideré un chiste y acerqué más la silla – El caso es que hace seis meses me encontraba haciendo un reportaje sobre los peligros que corren los que atraviesan la frontera ilegalmente, cuando a eso de las tres y media de la tarde fui testigo del asesinato de un joven que infructuosamente trató de... Bueno, usted sabe, de cruzar al otro lado.

Moribundo, sacó de su bolsillo esta carta dirigida a usted y me hizo prometer que la entregaría personalmente. Lamento no haber venido antes, pero… bueno, aquí la tiene.

La anciana, como llegando de una tierra fantástica poblada por duendes, mágica, lejana, gris y escondida entornó los ojos. Una estrella fugaz de inteligencia cruzó el firmamento oscuro de sus pupilas y se perdió en el horizonte de su indiferencia.

Sin prisa tomó el sobre, lo rasgó, sacó la carta y la leyó. Contrariamente a lo que cualquiera esperaría, Doña Guadalupe sonrió y mirándome con ternura como si estuviera viendo a su propio hijo, preguntó:

– ¿Dice usted que mi hijo murió a las tres y media de la tarde?

– Si… El sol todavía estaba muy alto…

– Bien, me alegro por mi Juancito. El cielo cierra a las cuatro.


Texto agregado el 25-12-2017, y leído por 0 visitantes. (25 votos)


Lectores Opinan
2018-01-06 14:40:47 Tiene una magia especial...si. Tejera
2017-12-31 02:15:24 Veo que para enriquecer mi escritura mucho debo leerte Zepol. Realmente me produjo imagenes instantaneas en cada descripción, es un trabajo bello. Felicitaciones. yeanclos
2017-12-26 22:43:57 Este cuento, amigo, fue escrito para perdurar en el tiempo por el alto grado de sensibilidad que encierra. Bravo, MAESTRO! Siempre destacas. Un abrazo full. SOFIAMA
2017-12-26 21:32:29 vale, muy bueno. Amarra de principio a fin. 5 ***** Atayo
2017-12-26 16:47:52 Leído y releído,me sigue gustando.Excelente.UN ABRAZO. gafer
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