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El Renunciante

-¿Por qué bebes tanto?- Me preguntó Estela. Ayer estuve mal el día entero, fue la noche anterior que me embarque en soberbia farra. Hoy me siento mejor.
Estela tiene razón con esto de beber copiosamente, puesto que desde el mes que trabajo en la compañía importadora me dedico de lleno al trago. Continuamente habito en la pega acompañado de los efectos residuales del alcohol y me siento mal por el entorno que me rodea, observando que soy blanco de las miradas y los cuchicheos.
Esta situación tuvo inicio un viernes que regresaba a casa, por razón poco explicable fue que ingresé al bar de La Carmelita, sabiendo de antemano que al interior no esperaban por mi y menos conocer a sus parroquianos. Omití este detalle e ingresando ordené una cerveza fría.
Más tarde fue que llegaron esos tipos, intercambiamos ligero saludo de cortesía Parece estas solo- me dijo el más gordito y me invito unirme a la mesa. Curiosamente formé parte del inédito grupo. Caí en cuenta que consumían rápido los vasos, se dedicaron a charlar sobre tópicos generales, cuando participé, copié este comportamiento y no profundicé el contenido de las cosas. En tal ambiente no deseaba identificarme con ellos, sentí cierta desazón observándolos con el rostro morado y el señor de la izquierda portando la nariz inequívocamente chueca. Concluí que esta gente hacía del trago el pan nuestro de cada día. En todo caso, el hídrico grupo se comportó amable, señalando de reunirse habitualmente como forma de platicar. Después de esto no hicieron mención alguna de actividad o inclinación particulares.
Transcurrió varios días de esa vez. Otro viernes tuve ocurrencia de orientarme con dirección del bar. Se hallaban brindando como de costumbre y de esa manera no requerí buscar compañía.
Los siguientes días visité el bar a menudo. Entrando hoy al local automáticamente soy un reconocido habitúe.
De estos compañeros a los cuales califico en sentido oficioso de amigos circunstanciales, conozco casi nada, transito sin interés de conocer más. Solo estoy al tanto de los nombres y algún otro detalle pegado subrepticio.
En razón de este escaso recordatorio, puedo decir como único ejemplo que el Cortado carece de agua en la vivienda, y su amigo y confidente se presta prestarle la preciada ducha. Disponen de horario, pues irrumpen limpios y con el cabello húmedo cuando pasan por mi trabajo. Advertirlos aseados produce intempestiva aceptación. Después de ello, el resto de la relación se encuentra dentro un desasosegado submundo.


Estela me contó que el señor Dominguez sabe del estado que atravieso por mi frecuentada borrachera. Lo veo en la forma de tratarme y la indulgencia de su voz. Es posible que otro jefe hubiese informado a los superiores y con ello me corriesen en trámite ágil.
Resulta adecuado para que gente arribista en tan solo instante decida hacer la delación y luego escudarse de los reproches bajo la bandera socorrida del mal ejemplo y la venerable moral
El trato del señor Dominguez logra alivio para la resaca. Me anima cumplir con el trabajo reducible a tareas sencillas, ausente de agotadora actividad física o esfuerzo mental. Digo que también esta simplicidad repetida me produce soberano aburrimiento.
Como sencillo se distingue el trabajo también simple resulta el sueldo que recibo por él. Con este dinero, opino que con familia y la responsabilidad de su manutención, estaría en curricular aprieto.
El encogido sueldo da para comer y farrear. Estela dice que si no bebiese tanto podría hacerme cosas, en serio y en broma respondo a Estela diciendo que pierda cuidado, que seguro me haré ropita.
Sin embargo de expresar este absurdo, el problema no me lo saco y caigo en cuenta el daño que sufro. Más que preocupar por este daño, es importante buscar la raíz que lo causa. Esto está clarísimo, evidenciado no en otra cosa que el hecho de trabajar.


Sucedió lo que se venía venir. En la mañana el señor Dominguez trajo el memorándum de despido. Compungido como se hallaba hube de levantarme para recibir el papel. En medio esa atmósfera fue alivio ver que escuetamente agradecían el servicio prestado e indicaban aproximarme por caja para recibir la liquidación.
Aproveché estar en pie y no guardando en el escritorio efectos personales, me fui directo a la oficina contable.
El señor Dominguez vino a despedirse desviando la mirada y esfumándose enseguida a vuelta del pasillo.
Seguía mi camino y percibí en los empleados aires de condolencia, tal muestra repentina y solidaria me conmovió pensando de palabras y discursos que generalmente se hallan demás. Agradecí a los compañeros con una caricatural sonrisa este discreto gesto.
Fue la calle donde pude respirar tranquilo, abandonaba ambiente pesado que encerraba el incierto destino de quienes estaban dentro, con responsabilidad de soldarse y encorvarse en los escritorios.


Me encuentro recostado en la oscuridad de la habitación, el tiempo discurre en tránsito sereno. El despido no me afecta con signos de abatir o desesperarme. Es posible que inconsciente haya esperado este desenlace.
Esto es resultado de la calidad de trabajador desenlazado con la responsabilidad, recibiendo la empresa solo actividad e inteligencia de corte abotagado.
Desanimo consolarme recurriendo a la manida excusa del desapego con horarios fijos, incompatibilidad con los jefes y observancia con normas establecidas.
Planteando alternativa de trabajo con la impresión personal de mi estilo, generando iniciativa y creatividad que constituya poderoso trampolín para glamoroso futuro.
Asumo postura crítica, es claro el divorcio con el ámbito laboral.
Preguntar cómo subsistiré en esta sociedad, careciendo de familiares, padrino o perrito que se permita ladrar por mí.
Decir que presintiendo la vecindad del suceso, decidí alquilar el teléfono del abuelo. Cubriré el gasto de alimentación y el hecho de alguna vez adquirir ropa sencilla, incluso con sobrante realizar gasto recreativo sirviéndome una copa de cerveza.
Señalar que no hay diferencia con el sueldo ganado en la importadora. Es maravilloso heredar un teléfono para entregarlo en alquiler. Ahorra la relación con exigente grillete laboral.
Afirmo que mientras trabajamos recibimos sueldo breve, compensado con el imaginario de llevar vida de subyugante estilo y contentarnos con el final feliz de cada radionovela.
El alquiler me pone en paz con el mundo.


El caso que rezongue del trabajo es insuficiente motivo para tener que avergonzarme con la sociedad y sus virtuosas instituciones. ¡Viva la libertad de elección! Excelsos quienes lo abracen con cariño y vocación.
En paralelo, como vemos otros individuos acusamos extrema incomodidad durante el embargo de este ejercicio; por tal motivo la sociedad debe considerarnos inocentes del pecado.
Si somos inadaptados para el deber, sucede lo mismo con aquellos locos por el trabajo. Ambos presentamos signo ostensible de desadaptación en relación a la sociedad que cobija nuestra inminente presencia.
Está, lejos de distinguir el mencionado desarraigo de los devotos del trabajo, se encarga de ensalzar cual ejemplo fulmine.
Bombardea con persuasivos mensajes como este: El trabajo como ministerio de vida
La sociedad debiera ver en nosotros una pasividad vegetal. Somos los infaltables pepinos en este pintoresco carnaval.


Desde que dejé el trabajo me bato admirablemente con el pequeño ingreso, desarrollando meticulosa estrategia a partir del modelo. Firme en la decisión de mantener la distancia con las filas de amansados trabajadores de la ciudad.
La vivencia se facilita con mi austeridad franciscana y aprovechando a pleno placer el fabuloso tiempo libre.
Resulta natural que las satisfacciones bajo esta condición emerjan de cosas simples, como observar el vuelo de las aves o las hojas arrastradas por el viento de otoño, caminar despreocupado por calles y plazas de la ciudad. Leer cuando cae algo y otras actividades que la gente ocupada se niega oportunidad.


A Estela la encontré después de mucho tiempo, realizando mi paseo rutinario. Esa vez intercambiamos afectuoso saludo.
Ella observó de soslayo mis zapatos y entusiasta tuvo la amabilidad de invitarme un trago en el paseo de El Prado. Abordamos uno de los numerosos restaurantes. El paseo tiene árboles frondosos. Acompañaba un sol adormecedor de la tarde.
Trajimos al recuerdo diferentes pasajes compartidos en la compañía importadora. Estela dijo que ese tiempo bebía con asiduidad y profusión. Asertiva dijo que trabajaba, ganaba y bebía.
Llano en el comentario atine simplemente a sonreír y observarla con afecto hablándome de las cosas sin apenarme.
Le agradó saber mi abandono del trago y el alejarme de ambiente que remataba en la perdición. Sin embargo, observó que no desarrolle actividad relacionada con un oficio o empleo estable.
Entendió de no gustar de trabajos bajo subordinación. Vería en el mercado laboral personas con asequible trabajo independiente. Visto el asunto hacia falta el último empujoncito para realizar trabajo por cuenta propia.
Dijo que podía escribir tomando en cuenta la afición que desde antiguo guardo por los libros. Empezaría produciendo un cuento corto, como bienaventurado principiante.
Estela escuchó que desestimaba desarrollar trabajo particular al igual que gente portadora de reconocido servicio comunal. Repetí que únicamente gusto transcurrir los días distribuidos entre quehaceres y dejando que el tiempo fluya libremente sin otro compromiso. El entorno da a la lectura universo temporario. El encanto radica en la libertad de elección del momento y tiempo espontáneos para leer. Una situación es hacerlo con placer diferenciado de producir oficiosa literatura como hacendoso escriba, pulsando tema que no he vuelto a poner en práctica desde los tiempos de colegio. Al presente sencillamente lo escrito es de contenido cero.
Estela no se impresionó con mi enredada exposición, giró y rescató seductora la sugerencia del cuento. Un ejercicio diseñado para captar el estado anímico de abreviados personajes. Ordenó otra ronda de cerveza y cauteloso adelanté el zapato empolvado. La tarde y la noche se unieron como ríos que van al mar. El restaurante contenía total de parroquianos y la atmósfera irradiaba bullicio vocinglero. Recuerdo los halos amarillos de cada auto, semejantes a luciérnagas inquietas que abrieran surcos luminosos en la impronta oscuridad. Llamé un taxi y embarqué a Estela, nos despedimos siempre afectuosos. Ese momento decidí desactivar la actividad del día.
A la débil luz de una última tiendecita observé nuevamente el polvo que cubría los zapatos.


Transcurre exactamente un año desde que fui echado de la compañía importadora. Evoco detalle de la entrega del memo y la despedida con el señor Dominguez.
Señalar que a más de recordarlo, flota la presencia de un sentir de íntima satisfacción, a partir me liberé de enorme carga como para aguantarla indefinido. El despido significó no otra cosa que la repentina formalización de esta estimable sensación de paz y libertad que llevo desde entonces.
No siento ya deseo de beber. Me parece que fue un hábito bárbaro, el destino en su gentileza lo metió en mí y desde la desesperanza tuve fortuna de poder divorciarme.
Carente de síntomas adictivos, en definitiva el ambiente de trabajo me hacía sentir a disgusto y degradado a nivel de galeote romano.
Cierto también que viviendo de la manera que vivo, reproduciéndome como feliz holgazán, alcanzo llevar apenas existencia velada dentro los circuitos que conforman el ámbito social, cubriendo necesidades y vivencias como si fueran cuestiones minusválidas.
Recalco no sufrir aquel terrible embotamiento e indisposición que me rondaba en cada despertar, no hay la urgencia de reincidir, conforme como esas veces, se acercaba el final de jornada.
En este aniversario visitaré secretamente la oficina importadora.


Salió Estela y se me ocurrió no acercarme, continué apostado en el puesto de vigía. Después emergieron grupitos de oficinistas que trabajan en distintas secciones, disgregándose cual almitas cansinas por calles subyacentes y semi oscuras. Finalmente abandonó la vieja estructura el señor Dominguez, transmitiendo impresión de haberse encorvado más desde la ocasión que lo vi. Igual que los compañeros portaba estampa fantasmal.
Confié en profundizar con esta visita el discurso que me aleja de la inefable incorporación del mercado de trabajo. Y observando más bien, encendió sentimiento de legítimo sinsabor por estos compañeros. Que en el noticiero gubernativo informan que su presencia laboral forja para cada uno pequeño espacio en el cielo.


Recordé varios días el encuentro con Estela. Evidenciando mi simpatía, cada detalle viene cargado de consentido afecto. También consiguió tome en cuenta el reclutarme para escribir el cuento.
Creo poseer favorablemente el disponer de voluntarioso uso de mi tiempo libre. Continuando yo empleado en la compañía, bastante improbable el interés para realizar el escrito. Conocemos como el trabajo absorbe el tiempo y vida de los individuos subyugados a él.
Con este impulso puedo muy bien escribir cada día un período corto; alcanzando el cuento matizado y grácil.
Igual puedo escribir de corrido, quedando felizmente cansado hasta obtenerlo enteramente. En este caso, solo me limitaría el tiempo necesario para dormir y comer. Puedo alargar este tiempo y también leer cada borrador durante la estancia en el cuarto de baño.
Escribiendo podré alcanzar instancia radiante cuando me presente donde Estela. Seguro que ella se alegrará de corazón y reforzará mi alegre trance.


Sostengo la puntabola de plástico observando la hoja de papel que permanece fija sobre la pequeña mesa. Escribo el cuento.
Quizá el campo literario me reserve algún espacio del cual aún no doy cuenta, aflore en mi persona vigoroso estilo contribuyente a la producción literaria de esta pequeña ciudad, convirtiéndome en novedoso escritor invitado cordialmente al selecto círculo local.
Más aún, con suerte participar del concurso anual y ganar el premio permitiendo crecer las filas de mi ingreso. Seguro que este monto renovará el vestuario y podre añadir un frasquito de agua de colonia. Con algún saldo comprar puntabolas que permitan seguir escribiendo.
Sin embargo, necesito hacerlo. Una hora y la puntabola y el papel no alcanzan a contactarse. Permanece inmaculadamente blanco, mudo en espera se plasmen las líneas frescas del cuento.
Me animo de encaminar el proceso con la lógica de los escritores experimentados; no obstante, carezco de la amistad y lo que apenas conozco es la fotografía del autor que entretiene con personajes anecdóticos. Quizá conviene razonar como personaje de gran novela, representando alguien peculiar. Tendría mucho para estar contento, gustaría agradecer al autor por el esfuerzo y dedicación de acicalar cada párrafo del que participo.
No interesa el contenido de la historia, es suficiente saber que solo estoy presente.
Apartando este rimero, comprensible que guarde el caro deseo de iniciar el cuento. Voy emocionado tras la fuente de inspiración para poner un título.


Para realizar actividades triviales como ingresar al baño, gusto de acompañarme con amena lectura. Transcurro entretenido y me permito regodear el espíritu.
Las lecturas realizadas con apreciable entusiasmo las obtengo de diversa fuente. Se encarga de proveerme de un surtido interesante mi querida Estela. Acompaña valiosos comentarios sobre cada prestigioso volumen.
Otra fuente esta en el mercado chino. Sus casetas y puestos de exposición brindan títulos de primera a precio de gallina muerta.
Una tercera fuente, agotada ya, constituye la pequeña biblioteca instalada en el último rincón, los ejemplares leídos varias veces que opté por el airoso tramite de sencillamente dormitarla, volviendo su presencia el día de hoy que la pienso al comentar sobre libros.
Vez que consigo una obra clásica se repite la escena del niño con el chupete grande. Por otro lado, capturado por la tranquilidad de mi entorno fluye mágico el devenir de los relatos.
Excelente combinación la tranquilidad con mi persona vocacionalmente desocupada.


Estela se puso contenta al leer el cuento, cuando llegó a casa creyó que era broma el anuncio. Lo leyó de inmediato y animosa celebró el escrito Puliendo con calma alcanzaras lo mejor-
Enseguida trajo del almacén una botella de vino y festejamos el inicio de esta labor. Conversamos la tarde acompañados del tinto y de melodiosas canciones de moda, matizando de sentirnos realmente a gusto.
Coincidiendo de hallarnos solos y contar únicamente el uno con el otro. Cada encuentro sella un ambiente de celebración especial, oí decir a Estela que quiere casarse conmigo.
Las cosas sucedieron inesperadas y además como si fuera fantasía. Hablamos emocionados del tema y decidimos celebrar la boda en primavera, apenas regresen las rozagantes mariposas.
Me encuentro todavía bajo este hechizo porque el complemento con ella es ideal. Sorpresivamente de identificarme hacia la iniciativa que sin pensarlo me hace feliz.
Asumo con responsabilidad esta aparición y más aún si Estela se quedó a pasar la noche en casa. Sencillamente su entusiasmo es desbordante, me dijo que soy su gran amor, palabra que hace décadas no la oía dirigida hacia mí. Pienso y digo: ¿Puedo pedir más a la vida?


Texto de mapan agregado el 13-09-2017.
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