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Inicio / Cuenteros Locales / guy / EL ARROYO

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Diego se sentó adelante y quedó con la vista en el río unos segundos. Descubrió las tiras naranjas fluorescentes y sucias a sus pies, levantó el chaleco salvavidas y se lo ató al cuerpo como pudo. Era jueves. A las nueve estaba nublado y ya hacía calor. Germán acomodó el bolso, la mochila y la heladera portátil sobre los tablones del piso bajo los que podía verse un poco de agua movediza cubierta por una aureola aceitosa de tonalidades violáceas y algunas colillas de cigarrillos que flotaban. Finalmente se sentó frente al otro y quedó sosteniendo con las manos el atado que hacían las cañas de pescar en posición vertical. —El pronóstico decía que iba a haber sol hasta el domingo —dijo mirando el cielo.
Diego no contestó, acaso por no haberlo escuchado o por estar distraído con el paisaje que hacía el marrón oscuro del río rodeado por la ciudad. La embarcación metálica era rústica, sin techo, no muy rápida y para no más de diez pasajeros. El motor diésel sonaba fuerte a la manera de un martilleo continuo. El piloto timoneaba en popa sentado en una silla bajo un toldo de lona sobre cuatro parantes. Al alejarse un poco de la costa aceleró y hubo una nube de humo espesa y oscura. Se dirigían hacia las islas río arriba. La marcha rápida y cercana de un catamarán hizo un oleaje considerable. El lanchero saludó con un brazo en alto al del catamarán, que hizo sonar la bocina. El pontón se bamboleó un poco de lado y el agua salpicó a Diego en la cara. A unos 30 metros la costa se elevaba aún en muros de concreto, y arriba podía verse la gente y los autos.
—Cuánto tarda esto —preguntó Diego.
—Una hora más o menos. Eso si no levanta gente antes, creo —contestó Germán—. Dijeron que iba a haber sol y mirá —insistió y volvió a barrer con los ojos el cielo de este a oeste. Ambos hablaron en voz alta.
El lanchero era un hombre con facciones caucásicas entrado en años, con poco cabello rubio entrecano y enrulado, barba escasa y desprolija, ojos celestes y piel oscurecida por el sol. El hombre corpulento y alto iba sentado con la espalda derecha y la vista fija. Sacó del bolsillo de la camisa un cigarrillo, lo encendió con la colilla del que terminaba y en la acción se desprendieron pequeñas brasas que cayeron sobre el pecho descubierto. Observó un instante el cigarrillo encendido y finalmente dejó caer la colilla al piso, dio un par de pitadas y siguió sosteniéndolo entre los dedos mientras volvía a tomar el volante. Había poco tránsito fluvial y poco viento, apenas una brisa fresca.
—¿Qué onda tu primo? —dijo Diego.
—No sé. Parece macanudo. —Germán había estado observando al conductor y ahora prestó atención al amigo.
—¿Hace mucho que no lo ves?
—Uf —dudó Germán como desinflándose por los labios—. Como veinte años hará. Íbamos a la primaria juntos hasta que ellos se mudaron a Santa Fe. Ponele que tendríamos ocho, nueve años. Éramos bastante unidos porque vivíamos cerca y nos veíamos mucho. Mis viejos mal que mal a veces hablan por teléfono con mis tíos, viste. Pero yo ni idea, no supe más nada de ellos hasta que me encontró en Facebook hace unos meses y pegamos algo de onda de nuevo...
—¿Y qué está haciendo en la isla?
—De vacaciones supongo. Qué sé yo. Me dijo que llegó después de las fiestas, que es la casa de unos conocidos de Santa Fe que se la dejaron por la temporada para que haga lo que quiera con tal de que esté ahí y arregle un poco y cuide que no se les vaya a meter nadie. No sé si hasta no le tiran unos mangos, mirá lo que te digo.
—¿Está solo?
—Creo que sí. No le pregunté. Subió unas fotos y la casa parece vieja o medio venida abajo pero zafa, está a la orilla de un arroyo, algo así. Me dijo que tuvo que cortar los yuyos y cambiar unos cables, un par de boludeces… Ya lo vamos a ver.
—Esperemos que tenga luz. —Diego se rio.
—Dale. Cómo no va a tener. Parece que lo que no tiene es internet, pero usa los datos móviles del celular.
—Qué paja, boludo. Hay que tener ganas de venirse hasta acá solo y sin internet, ¿eh?
Germán no dijo nada, sacó el teléfono y tuvo que inclinarse bastante sobre sí mismo para escribir y enviar un mensaje. Cuando llegaron a la desembocadura del río tomaron hacia el norte. Un barco que transportaba troncos con el casco apenas a flote pasó en dirección contraria y el lanchero maniobró como para alejarse lo máximo posible. Ahí la costa mostraba el verdor oscuro de los altos árboles y los sauces llorones y las fachadas de algunas casas lejanas entre sí; en cada una había un muelle de madera; los lotes ocupados se mantenían con el césped corto y arbustos y árboles lisos como claros artificiales rodeados de más árboles altos y chuecos que se apoyaban unos en otros, plantas de hojas grandes y árboles que invadían el río hasta casi lamer del agua como animales amontonados. Luego el río se ensanchaba en una gran curva con playas de arena visible acaso por la bajante y juncales. El pontón se mantenía cercano a la costa. De a poco el cielo se despejaba.
Cerca de las diez volvieron a ver otra franja de playa larga de juncos. La quilla oxidada de un naufragio: un barco de gran calado sobresalía del agua tumbado; Diego sacó el teléfono e hizo un par de fotos. El agua cobraba un color extraño, un amarillo oscuro que se mezclaba de a poco con el usual marrón claro de río abierto y ancho. Diego vio algo que se movía espasmódicamente a flote: era un pez enorme y plateado que nadaba de flanco, le avisó al otro, que se hallaba absorto en la pantalla del celular como buscando sombra que le permitiera ver con claridad. Cuando el pontón estuvo más cerca el pez desapareció bajo la superficie unos segundos para volver a emerger. El barco tumbado había quedado atrás a unos pocos cientos de metros cuando el pontón viró a estribor hacia la entrada de un afluente. El agua seguía siendo amarilla y oscura, más amarilla y más oscura. Germán comprobó en la pantalla que según el GPS estaban a menos de un kilómetro del destino.
—Este es el arroyo —dijo mientras ingresaban en el estrecho curso de agua ensombrecido por los árboles. Marcó un número y esperó ser atendido.
El arroyo era de entre quince y veinte metros de ancho según el trayecto, probablemente un canal dragado con algún propósito y no muy bien conservado, y daba la impresión de ser profundo. El agua estaba relativamente baja según las marcas oscuras de la orilla irregular. Diego se inclinó y estiró el brazo hasta tocar con los dedos el agua. Observó la mano mojada, se restregó los dedos con la palma y pudo ver cierta grasitud que le manchaba la piel, estuvo ocupado con esa experiencia unos segundos. Después se secó la mano con el jean. En popa el movimiento de propulsión producía espuma amarillenta. A Germán le saltó el contestador; entonces se puso a mirar otra vez la pantalla. En un tramo el arroyo se hizo más angosto y adelante, antes de ser movida por el andar de la embarcación, el agua se hacía un espejo ocre oscuro del que sobresalían una especie de grumos esponjosos. Había en el barro de la orilla izquierda unos cuantos peces ya putrefactos, y cuando pasaron por ahí el hedor era penetrante.
—Qué olor asqueroso. —Germán se enderezó de golpe sosteniendo el celular con ambas manos.
—¡Adónde me trajiste, boludo! —contestó Diego. No pareció esperar respuesta— ¿Viste el agua cómo está?
El lanchero seguía erguido e inmóvil con la vista hacia delante. Diego se quitó el chaleco naranja.
—Fijate si a la derecha se ve la casa. Este huevón no me atiende el teléfono —dijo Germán—. A la derecha. Tiene que estar del lado derecho según esto. —Volvió a marcar el número.
Entonces Diego le hizo una seña y pudieron ver un pequeño muelle de madera a unos cien metros. Germán canceló la llamada. —Debe ser ahí —dijo.
El corto muelle de tablas se elevaba de la costa y se adentraba un par de metros en el agua. El lanchero sin pronunciar palabra apagó el motor y dirigió la inercia hasta que el pontón tocó la pequeña escalera de costado. Dejó su lugar y con destreza agarró una amarra y la enlazó con uno de los parantes, de modo que la embarcación permaneciera quieta y paralela a la costa. Germán entonces vio el cartel de madera que decía «La Negra» en letras rojas.
El lanchero les hizo una seña de brazos para que desembarcaran por donde la escalera. Cuando Germán estuvo arriba le fue alcanzando las cosas. Diego se había quedado parado en la escalera y buscaba en los bolsillos el dinero para el viaje. Contó los billetes y se los dio al caucásico de ojos celestes.
—Gracias —dijo Diego.
El lanchero asintió amablemente con la cabeza. Cuando se disponía a desamarrar, Diego ya tenía los dos pies sobre las tablas del muelle. Mientras metía la mano en el bolsillo de la camisa para sacar un cigarrillo lo llamó:
—Muchacho.
—¿Sí? —dijo Diego y se puso en cuclillas como para estar más cerca del otro, como si de ese modo fuera a escucharlo mejor.
—Su compañero me dijo que los venga a buscar el domingo a la tardecita. —Prendió el cigarrillo y guardó el encendedor.
—Ahá.
—No sé si sabe mi número. Se lo dejo por si, un decir… que se arrepientan… Con luz de día vengo a cualquier hora, ¿sabe? —Le alcanzó una tarjeta arrugada.
—¡Ah! Bueno. Quedamos así. Gracias por todo. —Diego se enderezó y guardó la tarjeta en un bolsillo trasero.
El lanchero soltó la soga, en proa empujó con un remo uno de los parantes del muelle. Con el envión la embarcación giró lentamente en sentido antihorario mientras el hombre se sentaba en su sitio y encendía el motor. Diego quedó parado en el muelle y siguió con la vista el pontón hasta que desapareció. Después notó que en el barro bajo las tablas, junto al escalón que hacía la tierra alta de la orilla, había unas cuantas botellas de plástico, bolsas cerradas como de basura, y varias latas vacías de cerveza. Todavía se oía lejana la marcha lenta del pontón. Había olor a podrido. En la costa de enfrente un muro de sagitarias tapaba el terraplén. Sobre ellas un matorral tupido de arbustos en su mayoría grises y detrás los troncos de árboles sobre los que trepaban enredaderas. Diego se asomó en el otro extremo del muelle, en el opuesto al de la escalera, y vio que abajo había varios peces muertos, lo que parecía ser el cuadro de una bicicleta y, más atrás, un kayak todavía celeste semitapado por el barro que apenas sobresalía del agua. Entonces pudo oír los gritos. Se colgó la mochila, levantó el atado de cañas de pescar y empezó a caminar hacia donde estarían la casa y las voces.
—Qué grande el primo, ¡eh!… ¡Un capo el Germancito que se vino a verme hasta acá, che! —decía Alberto mientras abrazaba a Germán cuando Diego llegó hasta ellos. Alberto tenía una lata de cerveza en la mano derecha ahora apoyada contra la espalda del primo. Diego vio el bolso y la heladera portátil ahí en el suelo de tierra pelada que hacía el sendero que llegaba hasta la casa. Por el terreno había matas verdes y amarillentas aisladas, algunos arbustos y arbolitos.
—¡Tanto tiempo, primo! ¡La verdad!… ¡Cuántos años, che! —Alberto liberó del abrazo a Germán y se lo quedó mirando. De alrededor de treinta años, flaco y alto, acaso excesivamente flaco. Llevaba el largo y enrulado cabello negro atado con una coleta y barba gruesa de unos días. Estaba de bermudas y ojotas con el torso desnudo; se le marcaban las costillas y las clavículas.
Como manteniendo distancia de los otros, Diego apoyó las cañas de pescar en un arbusto y se descolgó la mochila.
—¡Tenés que contarme cómo van las cosas en Buenos Aires! —Alberto tomó un trago de cerveza y lanzó la lata lejos, en dirección al arroyo, y recién entonces vio a Diego.
—¡Hola, porteño!
—Hola —contestó Diego.
—¡Ah! Este es el primo Alberto —dijo Germán—. ¡Y este es Dieguito!
Alberto se apuró para saludarlo. Lo besó en la mejilla y lo tomó de los hombros un instante con los brazos estirados. Lo abrazó y le apoyó el mentón en el hombro derecho.
—¡Bienvenido, porteñito! —Le frotó la espalda entera de arriba abajo con ambas manos. Seguía apoyándole el mentón en el hombro.
Diego quedó quieto con las manos apenas tocando los flancos desnudos del otro, como esperando ser liberado.
—¡Los amigos del primo son mis amigos, che!… ¡Qué bueno que viniste! —Lo besó en la mejilla otra vez. Se apartó y ahora lo tomó con ambas manos a la altura de las sienes; su labio superior temblaba y cada tanto se arqueaba de súbito hacia arriba como si fuera a tocar la nariz, evidentemente sin intención alguna—. ¡Qué bien que estés acá, porteño! ¡Qué grande!… ¡Qué bueno que estén conmigo, loco!… ¡Die, gui, to viejo!… ¡Qué bien este Dieguito, loco! —No lo soltaba. Hablaba como mirando por sobre la cabeza del otro alguna cosa que hubiera más atrás, tenía los ojos lacrimosos, las pupilas dilatadas y las escleróticas amarillentas.
Diego lo tomó de las muñecas con suavidad sin decir nada. Entonces Germán gritó desde atrás:
—Che, tenés carbón, ¿no? Mirá que trajimos carne de la buena, eh.
—¡Ah! ¡Carbón!… ¡Claro!… ¡Carbón! —Alberto soltó por fin la cara de Diego y se dio vuelta—. ¡Mirá si el primo no va a tener carbón! ¡Claro! ¡Claro que hay carbón!… ¡No sabés el carbón que tiene el primo para el asado!… ¡Lo trae el de la lancha! ¡Y el pan y la cerveza!… ¡Un fenómeno el de la lancha almacén!… ¡No sabés, primo!
Diego levantó la mochila del suelo.
—¡No! ¡No! ¡No!… ¡Dieguito!… ¡Usted deja todo ahí, eh!… Deje nomás, que el Albertito lo lleva. —Le arrebató la mochila y se la colgó al hombro de una sola tira—. ¿Cañas de pescar?… ¡No hacen falta!… ¡Acá en este arroyo no se pesca nada! —Fue hasta donde estaba el bolso y se lo colgó del otro hombro. Empezó a caminar hacia la casa. Los otros lo siguieron.
—Pero vos subiste la foto del pescado ese, ¿no? Pensé que lo habías pescado acá —le dijo Germán desde atrás.
—¡Flor de carpa!… ¡No la pesqué!… ¡La cacé!… ¡No es lo mismo, primo!
Diego agarró a Germán de un brazo, como para retrasar la marcha y permitir que el otro se adelantara.
—¡Fue el día de la tormenta!… ¡La creciente! ¡El agua llegó hasta abajo de la casa!… ¿Sabés, primo?… ¡Machaza carpa!… Los bichos se meten al arroyo con la crecida… Vaya uno a saber, ¿eh? ¡Y se cagan muriendo!… ¡Ah, pero el Alberto la sacó antes con la red!… ¡Estaba viva la carpa guacha!… Atontada nomás, ¿eh, primo?… ¡Me costó bastante!… ¡Se me resbalaba tan pesada y babosa!… El pescado muerto del agua no se come, ¿viste? No da… Machaza carpa era, che. De no creer el bicho ese…
—Este está en pedo, ¿no? —dijo Diego en voz baja.
—Andá a saber desde cuándo desayuna con birra… es macanudo… No sé. —Germán no lo miraba.
—¿Le viste atrás de las rodillas? ¿Qué onda eso? —insistió Diego y señaló abajo con la cabeza.
Alberto tenía morada e hinchada esa zona de manera simétrica en ambas piernas. Los muchachos quedaron en silencio.
—¡Comí pescado dos días seguidos! ¿Sabés, primo?… ¡Dos días seguidos comiendo del monstruo ese! —Alberto se alejaba de a poco como ajeno a la distancia que lo separaba de los otros.
La casa era un rectángulo con techo a dos aguas que se alzaba sobre pilotes de material a dos metros del suelo. Subieron la escalera y tras la puerta estaban la cocina y el comedor. Una heladera vieja, un horno a microondas, la mesada con la bacha en medio y un anafe con cuatro hornallas. En la bacha trastos apilados y atrás una ventana de hojas corredizas con mosquitero daba al monte de los árboles altos y chuecos ahora bañados por el sol. Diego se apartó a un costado, se sentó en una silla y se dispuso a quitarse las zapatillas mientras los otros ingresaron a lo que sería el living.
Alberto dejó el equipaje junto a un sillón. —¡Gracias por venir, primo!… ¡En serio, che!… ¡Qué bueno verte después de tantos años! —Lo abrazó y le apoyó el mentón en el hombro. Los cuerpos quedaron pegados. Germán intentó apartarse con suavidad, acaso en un acto más bien involuntario intentó girar el torso hacia su derecha y apartar la cabeza de la otra, pero Alberto no se movía en su postura. Entonces Germán sacó el teléfono del bolsillo izquierdo y con la mano derecha se apartó unos centímetros de modo tal que lo interpuso entre ambos.
—Eh, qué arisco el primo —dijo Alberto, y le tomó las muñecas como si fuera a quitarle el celular.
—Pará. Pará que tengo que avisar que llegamos bien. —Germán se soltó, le dio la espalda y se puso a manipular la pantalla.
—¡Faaa tiene novia el Germancito!… ¿eh, primo?… ¿Tiene un filito el primo? —Le acarició la cabeza con ambas manos. Luego, siempre desde atrás, le rodeó con los brazos la cintura y quedó mirando al frente.
Había en el piso y sobre los sillones cosas tiradas: ropa, vasos, restos de frutas, revistas, zapatillas, uno oso de peluche de gran tamaño y más atrás, contra la pared contigua a una ventana, se erguía una estantería con adornos y utensilios y frascos y aerosoles de insecticida. Germán guardó el teléfono, no sin algo de esfuerzo separó las manos que aún lo tomaban por la cintura, se dio vuelta y miró al otro a la cara.
—¿Qué te pasó en los ojos? —dijo con la expresión súbitamente sombría, como si no esperara lo que vio y esas palabras no fueran las que tenía en mente.
—¿Qué pasa con mis ojos, primo? —Alberto se mostró sorprendido; le sobrevino el movimiento convulsivo de levantar de un golpe el labio superior.
—No sé, chabón. Como que te lloran. Tenés un color amarillo raro.
Alberto hizo una sonrisa como la de quien resta importancia a algo. —Debe ser por el humo de los espirales. Viste, está lleno de mosquitos acá. —Se restregó los ojos con los dedos.
—Mejor si te lavás un poco la cara. Mirá si tenés conjuntivitis o algo… Además tenés las manos sucias. —Germán mostró preocupación y negó apenas con la cabeza.
En efecto en el recinto se mezclaban los olores a humedad, a comida vieja y a espirales. Alberto levantó del suelo una remera y con una manga a modo de pañuelo volvió a dedicarse a los ojos; le temblaba el labio. Germán se tiró en un sillón. Apareció Diego y sin decir nada abrió el bolso y se puso a buscar algo. Alberto se sentó en el otro sillón.
—Che, el día está buenísimo, ¿se van a quedar acá adentro mirándose las caras? —dijo Diego.
—Habría que ir haciendo el fuego —contestó Germán, recostado y con las manos en la nuca.
Diego se quitó el buzo que llevaba puesto y lo guardó en el bolso de modo que quedó en remera, se puso unas ojotas, miró la hora en el teléfono: once menos cuarto —dijo—, y quedó ahí parado unos segundos, como a la espera de que los demás reaccionaran.
—¿Alguien quiere una cerveza? —dijo Alberto. Se amasaba el labio superior con los dedos.
—Yo no. Gracias —se apuró Diego a contestar—. Mientras ustedes piensan qué hacer yo me voy a dar una vuelta por ahí. Cualquier cosa me avisan.
—¿No estarás chupando mucho vos? —le preguntó Germán a Alberto.
—¡Me hace bien, primo!… ¡Me pongo raro con los dolores de cabeza!… La birra como que me despeja. —Alberto se levantó, agarró del suelo el oso de peluche y lo apretó fuerte contra el pecho con ambos brazos.
Diego anduvo hasta el muelle y encontró un sendero de tierra dura paralelo a la orilla. Se puso a caminar en dirección contraria a la desembocadura que ya había visto. En el camino ahora seco había viejas huellas de bicicletas y de animales pesados, acaso caballos, y humanas. Por momentos la vegetación alta lo encerraba en una galería de sombras. Después de unos cuantos minutos pudo ver un muelle donde el terreno hacía un claro de pasto corto, y a la derecha una casa. Rodeada de césped una mujer se lavaba el pelo en una tina de chapa sobre una mesa. Una mujer gorda de cabello muy largo vestida únicamente con un short y corpiño. Cuando Diego pasó por ahí aceleró la marcha y mantuvo la vista al frente.
—¡Buen día! —Gritó ella desde su posición, a unos veinte metros, mientras se cubría la cabeza con una toalla.
Las palabras sonaron claras y fuertes con el eco del silencio. Diego se detuvo.
—Buenos días —dijo.
La mujer se dedicó sin más a las cosas que tenía sobre la mesa. Él la acompañó con la vista, como si esperara algún tipo de conversación que no ocurrió, y reanudó la marcha sin darse vuelta. No había caminado demasiado cuando sintió algo detrás, desde el arroyo, tal vez el ruido sordo como una agitación en medio del silencio estruendoso, y cuando apenas giró hacia atrás un enorme perro negro lo tumbó al suelo.
Instintivamente se cubrió la cara con ambos brazos, se agarró la cabeza con las manos y ofreció el flanco izquierdo y la espalda al animal. Pero el perro se acostó sobre él, lo rodeó con las patas delanteras y comenzó a lamerle las manos y la cabeza. Apenas emitía un gruñido agudo mientras vibraba con todo el cuerpo y movía la lengua pesada y babosa. Diego tanteó primero con la mano izquierda, tocó la lengua, el hocico, la frente y las orejas flojas. No hubo hostilidad. Después asomó apenas la cara y pudo ver al animal. Los ojos del perro eran grandes círculos negros sobre amarillo que parecían mirar hacia otra parte.
—¡Max!… ¡Basta, Max! —Se oyó la voz no muy cercana de mujer.
Ahora Diego giró y quedó frente al perro que lo cubría y se restregaba sobre él como si estuviera usando el cuerpo humano para rascarse.
—¡Max! ¡Salí de ahí, Max! ¡Dejalo al muchacho! —gritaba la mujer mientras se acercaba.
El perro hurgaba con el hocico las axilas, el cuello y la figura que hacían las manos que intentaban apartarlo en una especie de frenesí, siempre apoyando su peso entero sobre Diego y aparentemente sordo a los gritos de la mujer. Tenía el negro labio superior levantado en una mueca feroz y grotesca como si quisiera mostrar los dientes o una sonrisa ridícula.
—¡Max!… ¡Por dios!… ¡Basta!
Cuando Diego consiguió zafarse y se incorporó se topó con la mujer, que tironeaba de una soga atada al collar del animal.
—¡Max!… ¡Por dios, Max!
—No pasa nada. Parece que quiere jugar —dijo él.
El perro se paró en dos patas y se abalanzó sobre la mujer; ella le atajó las patas delanteras con las manos en un intento de quitárselo de encima.
—Córrase para allá —dijo y le mostró a Diego la soga que unía el cuello del animal con algo entre los árboles de la orilla.
Diego se alejó unos pasos siguiendo el sendero; la mujer soltó las patas del perro y fue tras él unos metros, hasta donde quedaban fuera de alcance.
—Es cruza con ovejero; no lo aguanto más.
El perro chillaba y tironeaba desesperado con los ojos desorbitados amarillos y negros como ciegos y el labio levantado y tembloroso que le arrugaba el hocico.
—Está bien. No pasa nada —insistió Diego todavía agitado.
La mujer estaba aún en corpiño y con la toalla hecha un gorro, lucía lo que parecían ser marcas de las uñas caninas en los brazos y en la panza.
—Ya ve que no me queda otra que tenerlo atado. Se ha vuelto loco.
—Qué hay para aquel lado —preguntó Diego.
—Acá cerca hay otra casa. Pero ya se fueron. Hace un par de meses ya. Después hay otra más lejos antes de la fábrica.
—¿Una fábrica?
—La petroquímica. A cuatro kilómetros siguiendo el arroyo. Mi marido trabaja ahí.
—Yo estoy en La Negra. No conozco acá.
—Ahí no vive nadie.
—Ahora hay un chico que está cuidando. Vinimos hasta el domingo con un amigo.
El perro movía espasmódicamente la cabeza como asintiendo, daba la sensación de que quería cerrar la boca, apretaba los dientes pero no conseguía bajar el labio, gruñía como en un lamento y apenas parpadeaba.
Diego encontró por fin otro muelle y otra casa cuadrada sobre pilotes, pero esta rodeada por yuyos altos. Fue hasta el muelle y se puso a mirar el agua. Había cosas tiradas en el barro gris entre el pajonal de la orilla: un viejo televisor, una silla plegable, varias botellas, un triciclo para niños, una bolsa de red llena de libros y de diarios, una antigua tabla de planchar; la cotidianidad de alguien semienterrada en el barro gris del pajonal bañada por el arroyo lento y ocre.
En el terreno se topó con un colchón de dos plazas y algunas prendas de ropa. Más atrás un perro muerto atado a su perrera con una correa larga. Al subir la escalera cosas rotas tiradas junto a la puerta, y en una esquina el cadáver de un gato atado a las rejas de una ventana. Desde ahí arriba pudo ver un caballo muerto también atado a un árbol en un punto alejado de la casa. Se oía el zumbido de las moscas. Giró el picaporte y comprobó que la puerta estaba sin llave, pero no se detuvo a mirar hacia la oscuridad interior. Bajó la escalera e inició el camino de vuelta.
Desde el sendero pudo ver a unos cien metros a la mujer gorda y su perro. Forcejeaban. Ella lo apartaba a patadas y gritos, y el animal se le metía agazapado entre las piernas e intentaba trepar por su espalda. La mujer giró, forcejeó, cayó de bruces y el perro se le tiró encima. Diego quedó parado. Ella gritaba con la voz aguda, ya no tenía la toalla en la cabeza y el pelo negro y muy largo le cubría la cara y tocaba el suelo mientras gateaba con el perro encima. El sol ya estaba alto y todo era más verde y más brillante. Cuando la mujer logró huir hacia su casa, Diego empezó a caminar. Ya estaba lo suficientemente cerca como para distinguir que lo que traía ella en las manos era una escopeta y que el perro se le acercó asintiendo con la cabeza y con el rabo entre las piernas hasta que la soga lo contuvo a un paso de su dueña. Diego otra vez se detuvo. Ella le disparó al perro en la cabeza a unos pocos centímetros. Entonces Diego vio algo que se movía más atrás, algo que corría hacia la mujer desde la casa, un niño de unos cinco años con remera blanca y pantaloncitos rojos que gritaba ¡mami! muchas veces. La mujer lanzó la escopeta al arroyo y enseguida recogió el corpiño del suelo. El chiquito corrió hasta que la cuerda que le amarraba la cintura se elevó tensa sobre el pasto y cayó no muy lejos de donde su madre minutos antes se lavaba la cabeza y quedó de rodillas gritando la misma palabra una y otra vez con los brazos tendidos hacia ella como si realmente estuviera ciego del resto de las cosas.



Texto agregado el 12-09-2017, y leído por 160 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2017-09-14 11:09:35 Epígrafe. Qué mierda esto de tener que escribir los comentarios a empujones. remos
2017-09-14 11:07:44 Pierde impacto; bastaba la sucesiva que es potente: “... y el labio levatado y tembloroso que le arrugaba el hocico”. Por último la frase donde la mujer le dispara al perro me pareció algo famélica. Te señalo estas cosas porque sé que tú manejas tu escritura con propiedad, rigor y atención a los detalles, al sentido de la frase. remos
2017-09-14 11:07:13 Te los señalo: “Tenía el negro labio superior levantado en una mueca feroz y grotesca como si quisiera mostrar los dientes o una sonrisa ridícula”. El asunto del labio que se alzaba en Alberto era una señal inquietante, como eso de amasarlo con los dedos; peo la frase que te señalo como que le quita fuerza a ese particular. “Mueca feroz y grotesca”, me parece débil, muy explícita, casi truculenta. remos
2017-09-14 11:03:25 La tensión en la cabaña iba en aumento, el personaje de las escleróticas amarillas, perrunamente inquietante con su labio alzado. Todo muy bien, como el impacto ambiental de la fábrica química, devastante, con enfermedades extrañas a peces, humanos, flora. Muy bien logrado todo este asunto, diría chernobylesco. Me permito señalar un par de detalles, donde mi lectura dio un pequeño tropezón. Guijarrillos que yo no sabría como eliminar, aunque no sería de eliminar, posiblemente. remos
2017-09-14 11:00:52 Me pareció excelente la forma en que está escrita esta historia, las descripciones del ambiente impecables. Me dejó la impresión de ser un capítulo de una historia más desarrollada. Aquí como que le soltaste la rienda al caballo de tu imaginación, pero a éste le faltó cancha, y al frenarlo la historia quedó como trunca o débil como final. Un balazo en la cabeza a un perro y un niño que llora amarrado a una cuerda es poco, para mi lectura. remos
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