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Inicio / Cuenteros Locales / Marthalicia / Libros y aventuras (o La aventura de leer)

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09-11-2002

A los cincuenta y pico de años, todavía sigo preguntándome cómo nació mi pasión por la lectura en un medio aparentemente poco volcado a esa actividad. Según contaba mi madre, aprendí a leer mucho antes de empezar la escuela. Parece que, a raíz de mi interés por saber qué decían las tiras humorísticas de los diarios, llegué a cansarla a ella y a cuanto pariente se me acercara.
-¿Qué dice acá?... ¿y acá?... y... ¿acá?... en este cuadrito?... -decía mientras trotaba detrás de tíos y abuelo. A mamá le preguntaba menos porque ella no tenía paciencia.
Por el vestíbulo, por la cocina y el comedor de la antigua casa, allá donde ellos –los adultos- iban, allá los seguía yo, con el diario abierto arrastrando por el suelo algunas de las esquinas de sus páginas. El tamaño de los diarios me impedía manejarlos con facilidad, pero eso no me detenía. Tal vez por estar un poco cansado de verme en ese plan, mi abuelo postizo se decidió: él me enseñaría a leer. ¡Cuánto le agradezco que haya tomado esa decisión! Y ¡cómo lamento no haber desarrollado a tiempo la conciencia suficiente para decírselo! Reaccioné tarde y cuando lo hice, cuando me di cuenta de las puertas que el abuelo había abierto para mí, ya no pude hacerlo. Él había muerto.
Me enseñó a leer estando ambos de pie, sin cuaderno y sin pizarrón. No parábamos en algún rincón de la casa para no molestar a nadie; él, con la cartilla en una mano y un lápiz en la otra, que, con la punta perfecta, oficiaba de puntero señalando en la cartilla. Mientras señalaba las palabras me las iba leyendo: primero una y yo la repetía. Después, dos y dos repetía yo. Así recorríamos tres, cuatro o cinco renglones, ahora no recuerdo bien cuántos eran en total pero sé que la suma de las palabras formaba una oración. ¡Qué sensación de triunfo experimentaba en ese momento! ¡Había llegado a la cima de la montaña de la mano del abuelo! Desde ahí podía ver lo que el texto me decía. En ese momento la visión era –como para los griegos- el sentido más noble que existía. Experimentaba el inmenso poder de descifrar el secreto oculto en las palabras. Cuando llegaba a esa meseta comenzaba a descender. Ahora tenía que leer dejando las palabras en el camino hasta llegar al punto inicial; debía recorrer el camino en sentido inverso hasta nombrar aquella palabra aislada que pronuncié en primer lugar. No sé cómo se denomina el método que el abuelo empleó, supongo que era el método de oraciones. Tampoco sé si era uno o una mezcla, sólo sé que hubo dos factores importantes: la paciencia del maestro y mi gran interés. ¡Qué magnífico maestro fue para mí! ¡Con qué paciencia señalaba las palabras y esperaba que yo las deletreara, su paciencia era similar a la de Job. No sé cuánto tiempo le llevó lograr que leyera por mi cuenta, pero como un tren que comienza lentamente su andar y lo va acelerando gradualmente, así proseguí yo el proceso de aprender a leer. Cada vez más y más rápido, cada vez con mayor avidez.
Cuando mi madre comprobó que podía leer sola me regaló el cuento Cenicienta de Perrault. Era un libro de tamaño relativamente grande, con tapas duras y bellamente ilustrado. Diagramado en forma apaisada, ofrecía en cada una de sus páginas la combinación de textos e imágenes. Estas últimas se movían cuando subía y bajaba una pestaña que asomaba del borde de sus páginas. Cenicienta cepillaba el piso al compás del movimiento que yo le imprimía; la madrastra agitaba su dedo índice mientra le ordenaba levantar las legumbres desparramadas por el piso. Los pájaros aleteaban a su alrededor mientras recordaba a su madre muerta. El zapatito de cristal entraba y salía fácilmente de su pequeño pie.
Cuando llegó el momento de asistir al colegio, yo ya estaba preparada en la lectura y sólo me faltaba incorporar la escritura. De ahí en más, sólo era necesario que buscara libros y revistas para internarme en mundos lejanos y exóticos. Antes de asociarme formalmente a una biblioteca, leí todas las historietas que circulaban por el mercado revisteril. Alternaba su lectura con cuentos infantiles: Caperucita Roja, La sirenita, Las tres princesitas, Hansel y Gretel, Barba Azul, El Gato con botas, Pulgarcito, Blanca Nieves, La Bella Durmiente, El sastrecillo valiente, Los cisnes salvajes y El patito feo, El flautista de Hamelin...
A los nueve años, mi madre me dejó en casa de su padre. El abuelo Menna, nacido en Italia, había heredado una chacra pero –debido a préstamos poco ventajosos - había perdido todo sus bienes en un remate. Viudo dos veces y con más de una decena de hijos de ambos matrimonios, tomó una chata, cargó todo lo que pudo de su casa en el campo y, –acompañado y ayudado por su madre-, se fue a vivir al pueblo. Cuando mi madre me dejó en su casa, el abuelo estaba rodeado por los hijos de su segundo matrimonio. Uno sólo quedaba soltero del primer matrimonio, tio Donato. Era el hermano mayor y como a tal se lo respetaba; era el único que podía cuestionar las medidas arbitrarias que tomaba el abuelo. Más adelante, también mi tia Chola comenzó a hacerlo.
Con mis pocos años -sólo tenía nueve - me acomodé entre toda esa gente de la forma en que pude. Sin darme cuenta fui entreverando mis días con los personajes y aventuras de los cuentos. Muchos de ellos fueron huérfanos, otros eran abandonados por sus padres debido a la pobreza o a un segundo matrimonio. En fin, los libros infantiles me dieron argumentos para entender mi propia historia. El año lectivo ya había comenzado así que -de pronto- todas eran caras nuevas; en la casa, en la escuela y entre los demás parientes. Traté de olvidar la ausencia de mi madre y me entregué con curiosidad y placer al estudio. En el colegio N° 7, colegio al que habían concurrido todos mis tíos y tías, y en el que había trabajado como portera mi madre cuando yo nací, me sentaron con la alumna más estudiosa del grado: Elsa Miguel. El mismo día en que nos conocimos nos hicimos amigas; era la hija del director y vivía en el primer piso del colegio con sus padres, la hermana mayor, Mabel, y el hermano menor. Con ella estudiaba y jugaba; aprendíamos versos y los recitábamos aplaudiéndonos mutuamente. La víctima obligada de nuestros juegos era su hermano menor. Según la situación que inventábamos, él pasaba a ser: el hijo, el vecino, el público, el policía o el ladrón.
. Después de haber leído todos los libros que cada maestra tenía en la Biblioteca de sus respectivos grados, los que me regalaba mi tia Amelia y mi tio Osvaldo, descubrí que el vecino de mi abuelo, el señor López, tenía una biblioteca en su casa. ¡Qué maravilla! Venciendo mi vergüenza y, basándome en que era el padre de un compañerito de grado de nombre Jorge, todos los días le pedía prestado un libro. Cuando lo terminaba de leer, se lo devolvía y sacaba otro. Al señor López le gustaban los libros de aventuras y acción. También las novelas policiales y las biografías de personajes históricos: Enrique XVIII, Ana Bolena, Catalina de Médici, Lord Hamilton, Napoleón Bonaparte, Oliverio Cromwell, y tantos otros que ya no recuerdo. En el último año de ese primer ciclo me hice socia de la Biblioteca Popular.
Al terminar la escuela primaria, con mi amiga Elsa empezamos a estudiar en el Colegio Nacional. ¡Con qué entusiasmo nos largamos a esta otra aventura! ¡Cuántas caras nuevas¡ y... ¡cuántos y qué lindos nuestros nuevos compañeros! Personalmente me gustaba tanto estudiar como leer por distracción, y como mi amiga era una buena alumna, pronto ambas teníamos los primeros y segundos puestos en nuestra división. Empezamos a tener fama de “tragas”, pero eso no me disgustó. Más bien lo consideraba como un valor más de mi persona. Después de haberme identificado con los personajes de los cuentos infantiles, con los de las historias noveladas, ahora disfrutaba en mi nuevo papel de “intelectual”. A mediados de año, Elsa Miguel -mi amiga de la infancia- se fue del pueblo con sus padres y jamás la volví a ver. Con ella y su hermana nos habíamos confeccionado, las tres con el mismo molde, la primera falda “tubo”. Nunca olvidaré el día que salimos a estrenarlas, las rodillas tenían tan poco espacio para moverse que sentíamos que nos frenaba los pasos y nos daba una tremenda sensación de inseguridad. Cada una de nosotras ensayó ante las otras dos caminar normalmente, sin que se notara el trabajo que nos daba mantener el equilibrio. Cuando nos pareció que dominábamos la situación, salimos a dar la “vuelta del perro”. Supongo que ese día nos sentíamos émulas de Marilin Monroe, y yo, yo creo que hasta intenté reproducir el suave ondular de sus caderas.

No pasó mucho tiempo antes de que dos nuevas amigas aparecieran en mi vida: Nora y Susana. Nora, hija de árabes, (para el pueblo: de turcos), era compañera de colegio y con ella hicimos todo el secundario. Cuando la conocí ella ya había perdido a su mamá y vivía con su papá y su hermana mayor, quien se encargaba de mandarla al colegio, coserle la ropa y peinar su largo cabello que le recogía en una briosa “cola de caballo”. Susana, no pudo estudiar más allá de la escuela primaria y no fue por falta de medios. Su padre –un campesino italiano que seguía manteniendo las costumbres de su lejano país- consideró que una mujer no necesita estudiar. Con aprender a “llevar bien la casa” y atender a su marido e hijos, estaba cubierta la cuota de saberes necesarios para una mujer. También tenía una hermana mayor que estudiaba corte y confección. Algunas veces solía ayudarme para que pudiera hacer algún vestido para el próximo baile. Mi amistad con cada una de ellas alternaba con la de otra amiga, Olga, la hija de un puestero. Si bien no eran amigas entre ellas, las tres eran amigas mías. Por separado, compartí con cada una de ellas distintos aspectos de mi vida. Con Nora, los estudios, con Susana las peripecias de la vida cotidiana y las historias amorosas. Con Olga compartí muchas noches de baile y toda la emoción de las vísperas.

Paralelo a mi experiencia en los estudios secundarios, devoré todos los libros destinados a los jóvenes de mi edad que la bibliotecaria, celosa de su misión, me sugería bondadosamente. Nunca la olvidaré. La señorita Santagada, era el paradigma de “solterona” de un pueblo. Usaba zapatos de bajo tacón y anteojos de gruesos cristales, necesarios para su acentuada miopía. Los que la conocían atribuían su casi ceguera a largas horas de lectura, y hasta llegaban a vaticinarme un futuro parecido. Creo que ella amaba los libros igual que yo y debía haber leído todos los de la Biblioteca Popular. Yo la envidiaba: ¡tener tantos libros al alcance su deseo!... Ella fue quien puso en mis manos la aventura de la Kon-Tiki, contada por su protagonista, Thor Heyerdahl. En sus páginas uno podía perderse en mares remotos, naufragar y vivir para contarlo.
“Cuando nos dimos cuenta de que las olas ya habían hecho presa de la balsa, cortamos el cabo del ancla y nos quedamos libres. Una ola se levantó debajo de nosotros y sentimos que la Kon-Tiki era lanzada al aire. Había llegado el momento supremo; corríamos sobre el lomo de la ola a una velocidad tremenda; nuestra desvencijada balsa crujía y gemía, retemblando bajo nuestros pies. Una nueva ola creció altísima detrás de nosotros, como una centelleante pared de vidrio verdoso; en el momento en que nos hundíamos, vino enroscándose como una garra gigantesca y en el mismo segundo en que la vi, inmensamente alta sobre mí, sentí un choque violento y quedé sumergido entre torrentes de agua. Sentí la succión en todo mi ser con una fuerza tan inmensa, que tuve que poner todos mis músculos a su máxima tensión y decirme a mí mismo: "¡Agárrate! ¡Agárrate!" Yo creo que en semejantes situaciones de desesperación, cuando el resultado es tan evidente, pueden ser arrancados los brazos antes que el cerebro consienta en desasirse. Entonces sentí que toda la montaña de agua iba pasando y aflojando de mi cuerpo su garra endemoniada...”
Yo ví esa ola y sentí el golpe del agua contra mi cuerpo; yo me hundí en la masa oscura del océano y yo me salvé de morir ahogada; tal era la identificación con el autor que se había operado en mí a partir de su lectura. ¡Disfruté con tanto placer ese azaroso viaje! No recuerdo bien si esa historia me preparó para la aventura o si lo hicieron las historias de Emilio Salgari. No puedo decir qué leí primero pero de todas esas novelas disfruté con pasión. Mucho tiempo después, me enteré que ese autor no figuraba entre los grandes escritores y que era difícil encontrar un estudio serio acerca de su obra y su vida. Eso me llamó la atención porque hasta los cuentos de hadas fueron objeto de estudio de semiólogos, psicólogos y estructuralistas. Sin embargo, he comprobado que la pasión con que me sumergía en sus novelas: La capitana del Yucatán, El León de Damasco, Sandokán, el Tigre de la Malasia, y tantas otras, de las cuales sólo necesito leer sus nombres para que vívidamente regresen a mi memoria, no fue mi exclusividad. Fuimos millones los que caímos víctimas de su encanto; los que aprendimos una serie de palabras ligadas a la navegación como “abordaje”, “proa y popa”, “barlovento”... Otra palabra que jamás olvidaré, tal vez por lo exótica, fue “cimitarra” Este “veronés” de la escritura encendía la imaginación de sus lectores y no la soltaba hasta que no llegaba a la última página del libro.
La colección entera de los libros Robin Hood. El principe valiente. Bomba, el niño de la selva. El capitan Veneno . De Louisa May Alcott Mujercitas y Hombrecitos.
No buscaba ni reconocía valores literarios. Me bastaba con la densidad de la aventura, la dinámica de la acción, el sentir de los personajes.
Más de una vez me sorprendía al ver una película de la cual ya conocía el argumento. Me sucedió con los cuentos del japonés Akutagawa. La películas Sangre y arena y Los cuatro jinetes del Apocalipsis, a pesar de ser buenos intentos fílmicos, ni se acercaron a las vibraciones provocadas en mí por los libros de Blasco Ibañez
Gigante y Al este del paraíso, no pudieron reemplazar el placer que me produjo haber leído las obras literarias en las que se inspiraron. En los libros siempre había más apertura de la imaginación de lo que las películas podían representar. Además, mi imaginación producía universos tan multifacéticos que al ver las imágenes, éstas me parecían pobres y limitadas.

Texto agregado el 03-09-2017, y leído por 70 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2017-09-06 21:36:18 Tus recuerdos son una verdadera delicia, amiga. Me retrotraje de inmediato a mí misma, cuando aprendí a leer sola, con un libro: Upa. La letra A fue la primera y me fijaba donde podía encontrarla fuera del libro, luego siguieron las demás. Fui una nena muy precoz. La lectura me enseñó, educó y ayudó a soportar mi infancia. Gracias por compartir, no me equivoqué, valía la pena!!! ***** MujerDiosa
2017-09-06 13:41:58 Me encantó tu experiencia y admiro a ese abuelo postizo y su gran paciencia. Me recordaste mi experiencia...Criada en casa de mi abuelo con tias solteras ,a los tres años sabía leer... Ellas mis tias me enseñaban y ni siquiera se daban cuenta que de tres años,no era mi buena memoria la admirable,era que ellas habían provocado el milagro.... Admiro tu texto,tan bien escrito y tan completo... Un beso***** Victoria 6236013
2017-09-04 00:49:49 corrijo: este método... SOFIAMA
2017-09-04 00:38:01 1. ¡Qué hermosa experiencia has compartido en este Planeta Azul! Creo que la mayoría nos sentimos identificados de muchas formas. Lo que narras es deslumbrante, íntimo, aleccionador y conmovedor. Sabes, Martha Alicia, el método que usó tu abuelo para enseñarte a leer FUE EL DEL AMOR, no te quepa la menor duda porque éste método está patentado en sus corazones. SOFIAMA
2017-09-04 00:37:32 2. En cuanto a lo que dices de no haber tomado consciencia - a tiempo - para comunicar a tu abuelo tu agradecimiento hacia él, creo que todos hemos lamentado situaciones similares. Por ejemplo, me arrepiento todos los días no haber dicho a mi padre cómo lo admiraba. Sin embargo, haber tomado consciencia de ello tarde, me ha ayudado a manifestar a mi madre todo cuanto de ella aprendí y agradezco porque aunque me identificaba más con él que con ella, (…) SOFIAMA
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