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Inicio / Cuenteros Locales / tsk / Eliseo Bim Clores, y cinco.

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Uno.
A Bim Clores le habían regalado una linterna- boligrafo aquel día en un mercadillo callejero, un vendedor ambulante al que le había hecho gasto. Entablaron conversación. Le preguntó varias cosas, como si tenían patrón y cuál era.
- San Judas Iscariote- le respondió el hombre muy serio.
Reflexionó, por el camino de vuelta, que todos o muchos entramos en la denominación. No ya dar por precio cierto, pero qué no es la vida sino comerciar un poco con las amistades que se nos acercan- se planteaba Bim Clores.

" Va un incauto y se le ocurre escribirnos una carta, o incauta. Craso error, pues a la vuelta de la esquina le estamos poniendo la puntilla. Por eso admiro a los que no tienen a nadie. No hay nadie tan íntegro como quien es objeto de chanzas de la mayoría."( Se decía a sí mismo Clores).
Se hizo de noche y puso la linterna. Comprobó que iba de maravilla. De pronto le empezó a parecer la casa una caverna. Con el sonido de sus tripas y sin más reflejos que los del aparato lumínico, se retrotrajo a los tiempos prehistóricos de las cavernas.
Dos.
Bim Clores tenía unos vecinos que bien podían ser contextualizados en aquella época. Eran gente que no tenía freno en la boca. A poco que les dejaras, te taladraban la cabeza. También tenían puertas percutoras dignas de castillos del medioevo. Eran gentes con necesidad de espacio vital, como Alemania en la Segunda Guerra. Gentes para cuya catalogación correcta se habría de inventar una nueva palabra.
Bim Clores tenía la sensación de ser un hilo conductor del sinapismo. Allá donde iba se encontraba molestias. Se planteaba a veces si a aquéllo se le podía sacar alguna rentabilidad económica. También le asistía la poderosa sensación de que le imitaban; de que le copiaban las ideas. Clores era una especie de ariete local de nuevas tendencias. Sin embargo, sus seguidores eran más bien, en ello, gente modesta, pues a ninguno se le ocurría ponerse a escribir historias; más bien se conformaban con tratar de impedir que él las hiciera. Se arracimaban bajo su ventana a disertar de teoría lingüística. Eran sus más importantes críticos. Si superaba esta primera criba lo demás era camino trillado.

Un día, Bim Clores, se alegró de no tener licencia de armas, ni oportuna reglamentaria, por no haber tenido más remedio que emplearla. Se puede decir que era un hombre libre por ello. Por el momento- reflexionó para sus adentros.
Pero también, pensó, era cuestión de capacidad de resistencia. Incluso los más avezados tabarristas- ese era el neologismo que se le ocurrió así a bote pronto- tenían sus propios límites. Era imposible estar más de dos horas o tres seguidas dando la murga. Por límites de capacidad pulmonar y- quería pensar Clores- de vergüenza propia. Pero se equivocaba en esto Clores, y no tuvo más remedio, aun a su pesar, que abrir la ventana y regar las plantas.

Texto agregado el 03-08-2017, y leído por 19 visitantes. (0 votos)


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