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LA CITA




El hombre aquel, curtido en las faenas del campo había logrado con mucha persuasión y mano férrea cuando fue necesario, domeñar a su antojo aquel hato de bestias. Les impuso un horario y una señal para que acudieran en su presencia cuando y donde él lo indicara.

Ese mediodía convocó con un silbido altisonante a los distintos animales que andaban dispersos, algunos ya lo esperaban, fieles a la querencia impuesta por el vaquero. Una burrita de ojos lánguidos, llorones a la primera oportunidad, paraba sus orejas y movía la colita apenas apareció el hombre. La fiel burra llevaba en la grupa —era de grupa ancha— marcada a fuego la divisa de su propietario, una serie numérica que sumaba veintitantos.

También ya estaba en espera del hombre, un burro manadero de fingido trote marcial que según se decía del animal, lo adquirió cuando fue bestia de carga en el ejército. Este jumento siempre aparecía junto de la burra llorona, puede decirse “encima de ella”. A este asqueroso asno se le daba por acosar, lleno de celo, a la burra de mirada triste. Quería el indecente burro, borrarle al menos el cero que mostraba aquella burrita — que bien que se dejaba querer— entre los numeritos de la nalga. A este semoviente, el vaquero lo nombraba “Generalito” y el burro resoplaba de contento.

Luego llegó un buey viejo y jorobado, lento pero dócil al llamado, también un caballo extremadamente flaco, tan esquelético, que si los animales padecieran la tuberculosis, se podría afirmar que ese caballo tan enjuto la padecía. Por cierto que a este animal el vaquero le dio el nombre de “Poeta”, porque el animalejo se pasaba la noche completa mirando las estrellas con las mandíbulas abiertas. Además se presentó al oír el llamado una yegua joven, hocicona y juguetona de tres años de vida, edad propicia para aparearse, algo que no podía suceder, porque la yegüita padecía incontinencia precoz y a cada intento de un macho, la yegua terminaba por mearse y solo recibía del pretendiente una coz.

El vaquero se dio cuenta que faltaban algunos animales del hato. Él sabía cuáles eran esos. Lanzó otro silbido, al final, dándose a desear se presentó un jamelgo viejo, patizambo y medio ciego. Con paso lento que desesperaba al vaquero, el cuadrúpedo remolón creyéndose la divina mierda —ególatra que era— se incorporó al grupo de animales para atender al llamado del amo, finalmente él también era cautivo de los caprichos del vaquero. Tras del penco sarnoso y pretensioso llegó su pareja, una yegua vieja y pellejuda, de trote tambaleante y babeándole el hocico, venía borracha como de costumbre, pues solo se alimentaba con fruta silvestre fermentada por la acción del sol.

Reunida la mayor parte del hato, el hombre elevó la voz y, como si las bestias en su estupidez natural, propia de su género, entendieran, les dijo:

—Mañana no podré convocarlos, otros asuntos más importantes me lo impedirán.

—Pero pasado mañana, seguro los vuelvo a reunir, a la misma hora y en el mismo lugar, tal vez se incorporen otros animalitos. ¡Qué bueno sería! Pues me divierte mucho verlos comer de mi mano y satisfacer sus más apremiantes necesidades de notoriedad con los mendrugos que les aviento.

Un coro de rebuznos, relinchos apagados, resoplidos y un escandaloso pedo que no pudo contener la yegua borracha, fue la confirmación del hato de que sí acudirían puntuales a la cita.

El vaquero sonrío socarrón, sabía que los tenía en un puño.

Texto agregado el 20-07-2017, y leído por 264 visitantes. (14 votos)


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