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Inicio / Cuenteros Locales / MCS / EL DIARIO OCULTO

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Un comerciante de muebles compra un sillón de segunda mano. Para su sorpresa descubre que en el hueco del respaldo hay un diario íntimo. La antigua propietaria lo había ocultado.
Por alguna razón -muerte, olvido, fuga precipitada, embargo o desalojo el diario queda allí.
El comerciante, experto en construcción de muebles, lo encuentra al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se queda hasta tarde en el negocio. Su curiosidad puede más que ordenar abarrotadas camas, sillas, mesas y roperos.
Lee en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara lúgubre, inclinado sobre el escritorio.
El diario revela, día a día, los problemas sentimentales de una mujer, sus pasiones y hasta la sus secretos inconfesables para con su familia.
El mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprende enseguida que la mujer vivió disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él ahora la conoce mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario.
No solo porque era de Paternal, sino porque ella también era del gremio.
El mueblero se queda pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pueda tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido --un diario, o lo que fuese--, le parece extraño, casi imposible.
Luego recapacita y se percata, no sin estupor, que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba su existencia.
En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían.
El mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras enciende el letrero luminoso que llena de luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el hombre es asaltado por otro recuerdo: una vieja infidelidad suya que duró varios meses. Cartas y mensajes secretos. Encuentros furtivos por la mañana o por la tarde. Todo documentado sin razón aparente. Mira las fotos. Ella era muy joven aún, usa faldas cortas y siempre sonriente estaba dispuesta para el amor.
El mueblero casi con vergüenza vuelve a dejar rápidamente en su lugar sus propios recuerdos y vuelve al diario de la mujer.
Piensa: bien podría ser su mujer o cualquier mujer. Y le viene a la cabeza la frase maltratada de la muerte y de los cuernos nadie se salva.
Durante la cena, se pone a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le viene a la cabeza la idea de que también ella debe guardar algo oculto. Algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar.
El mueblero siente una especie de vértigo. No es el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hace dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando está en el umbral de la vejez, se encuentra tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él llama su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurre en alguna parte, en lo negro, al abrigo de acontecimientos que desconoce, y que parecen más inalcanzables que el arrabal del universo.
Quizás por eso aquella noche no duda. Toma un cuchillo de los más filosos de la cocina y no para hasta atravesar una y otra vez el cuerpo de los que más ama.
Una y otra vez cada silla y sillón de su mueblería es atravesado por el cuchillo, buscando lo que jamás va a encontrar.

Texto agregado el 29-03-2017, y leído por 125 visitantes. (0 votos)


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