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Inicio / Cuenteros Locales / Julia_flora / Junior s

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Junior's fue un niño que vivió con su tíos entre los 3 hasta los 11 años de edad, nació en marzo de 1982, era un lactante de rasgos armónicos y alegres, nació con VIH. Su madre lo condenó de por vida, maldita enferma inconsciente, lo parió para aliviarse del peso de la conciencia dormida. Era una mujer con una vida promiscua y drogadicta, el padre de Junior´s pudo haber sido cualquier tipo de turno que la penetró.

Cuando se alivió del bebé, éste fue dado a un orfanato hasta los 3 años, sin dudas, el estímulo y la nutrición del primer año fue bastante bueno, pero faltaba el calor de mamá, ese calor que nunca tendría porque estaba destinado a cargar con el peso de la ausencia, lo único que su madre le dejaría, para condenarlo, sería su enfermedad, como si no bastara más sufrimiento aun.

El orfanato quedaba por la calle Lenin al 1400, en las periferias de la ciudad, éste era un instituto que albergaba niños de 45 días hasta los 15 años de edad, aproximadamente, también era sustentado por el municipio, sabiendo de antemano las condiciones precarias y el bajo capital económico que atravesaban al instituto. Era un edificio hostil y bastante desagradable, morada existencial para el hueco que dejaría la inocencia arrebatada, ésta que aun dolía en los cueros de aquellos infantes.

Junior's se fue con sus tíos en la primavera de Octubre de 1986, Adela y Raúl se llamaban éstos, hacia más de veinte años que estaban casados, tenían hijos pero éstos habían sido llevados a hogares provisorios por los abusos violentos y sexuales de las reacciones pedófilas que Raúl ejercía sobre ellos.

Adela era una mujer infeliz e ignorante, sin instrucción alguna, había sido la hermana mayor de la mamá de Juniorís, se casó de joven y jamás intentó buscar nuevos horizontes para un mejor porvenir.

Juniorís estaba solo en el mundo, muerto de miedo, su inocencia se iba dilatando en la marginación e indiferencia que la humanidad había ejercido sobre su ser agónico.

Los risos que ornamentaban su hermoso rostro moreno, sus pupilas almendradas, sus mejillas embarradas de barro que ocultaban una ruborización temprana, su semblante bondadoso y melancólico, sus labios como pétalos que abrigaban el rocío de la mañana, daban el aspecto de una flor de loto, abriéndose y brotando en medio del inmundo pantano.

Raúl fue un monstruo sin restricciones, todo el calvario de Juniorís comenzó una tarde de invierno, una tarde de cerezos y de amapolas azotadas por el viento. Ese día particular, la tía del ďpariaĒ se fue a trabajar de sirvienta como siempre lo hacia, único y mesurado ingreso que le servía para matarle el hambre a la masa amorfa de su marido y al niño.

Luego del almuerzo del mediodía, arroz y frijoles pasados por agua, con su actitud sumisa la figura encorvada y esquelética de Adela se vislumbró saliendo por la puerta oxidada y de chapa del escueto recinto, por las cercanías del basurero se perdió ésta. Entre aquellas calles de polvo y de piedrecillas que ostentaban un aspecto neutral al paisaje, presidido por la presencia de un invierno siniestro e implacable se presintió en el quedo sumido una tragedia.

Adela volvería al caer el sol de la tarde. Juniorís estaba apilando unos caracoles que había traído del mar el día anterior mientras que el viejo fisgón dormitaba una siesta.

Raúl se levantó ocioso y se dirigió hasta el patio, pegó un grito de reproche al muchacho y le exigió que fuera en su llamado.

-¿Vos sos idiota o qué te pasa? Vení a juntar los platos, que esta choza está llena de moscas. ¡Y ya!, dejá esas porquerías que amontonas en tus bolsillos que no te servirán para nada, estorbo. Ė El viejo le revisó al niño sus ropas y le tiró con desprecio los caracoles que éste había traído de mar.

Juniorís tenía 4 años de edad, nunca había dispuesto de un juguete como los demás niños, también descreía de los Reyes Magos y de Papa Noel, no tenía día de Niños ni de Pascuas. Tenía la comida diaria y una muda de ropa para cambiarse, para los días festivos su tía le había conseguido, en una feria, unos zapatitos de mocasín que a pesar de su uso estaban en buenas condiciones.

-¡Vení te dije! ¿O sos sordo, mocoso?- el fastidioso anciano lo tomó del brazo al niño y lo llevó a un pequeño cuarto que dividía la cocina con una cortina de aspecto desaseado.

-Sácate la ropa, nene. Ėle ordenó Raúl.

-No Ė replicó en un murmuro Juniorís mientras se tragaba la amargura.

- ¡¿Dijiste que no?! Pequeño aborto de la vida, no entendés que nosotros somos las únicas personas que tenes, que si no fuera por nosotros no tendrías ni para comer, pendejo desagradecido. Que si no fuera por tu tía que te compra los remedios te morirías como un perro, no servís para nada. Ahora sácate la ropa o te agarro con el cinto. Vos ya sabes cómo duele. Ėel viejo prendió un cigarrillo que le produjo un exceso de tos.

-No, tío, yo no te hice nada, no quiero. Ė como una súplica de su inocencia hablo el niño.

El anciano lo agarró de los hombros y lo tiró contra una cama desvencijada, antes de vejarlo lo azotó con la hebilla de su cinto sobre la espalda, la remera que tenía se fue abriendo y tiñendo de sangre. Juniorís suplicaba y pedía por su tía, pedía por ese ausente y omnisciente Dios pero nadie fue en su auxilio ni lo preservó.

Quedó sumido por el llanto y por el ardor en su espalda, más que la carne le dolía el alma. Mientras el viejo lo desnudaba y dejaba al descubierto su frágil y desnutrido cuerpo, él trataba de abstraerse en las aguas de aquel mar que había visitado el día anterior, revivía cada imagen, cada sentido se predisponía a percibir su aroma y su sonoridad.

La contracción que ejercía sobre su escuálida fisionomía el deforme y grasoso cuerpo del viejo lo hacía perecer, y se tragaba las lágrimas, también los mocos, pensaba en que quería haberse muerto antes de nacer y sufrir ese calvario. Deseaba morirse con todas sus fuerzas y no volver nunca más.

Estaba tan solo como la luna en lo alto del firmamento, estaba tan lejos de todo que ya no deseaba nada, desconocía el amor y también la compasión hacia el prójimo, él no tuvo la piedad de nadie, él fue una excusa para el látigo y las miserias de los otros.

Adela volvió al caer la tarde, eran las 19:30 horas de un invierno lacerante e indiferente. Trajo en una bolsa de plástico las sobras de pescado que le habían regalado sus patrones. Se desprendió de su precario saco de lana, de su bufanda y de sus guantes deshilados y rotos.

Le preguntó al viejo ocioso por Juniorís, éste le fue osco mientras se rascaba la entrepierna con la mano metida en la bragueta. La mujer había podido juntar la totalidad del dinero para comprar el medicamento que abrevaba los dolores del niño. Hacia más de dos meses que no los tomaba y había que aguantarse, ya que los tiempos que acontecían eran malos para los pobres, se decía a si misma para darse aliento.

Traspasó la cortina que dividía la infraestructura, y vio al niño somnoliento sobre la cama, ubicado en posición fetal y desnudo, con la obertura de sus heridas sucumbidas por el roer de las moscas. La anciana le acarició la frente y notó que tenía temperatura, para aminorar la fiebre le preparó una infusión casera, hecha de tomillo y de manzanilla, luego de mezclarlos en una taza de agua caliente se lo dio de beber al niño.

Le fue poniendo paños fríos en las heridas externas
e higienizó con paciencia las heridas internas.

Juniorís la miraba, la devoraba con la suplica que titilaba en sus pupilas cansadas. Le preguntó por qué a mí , y la vieja fue esquiva ante su interrogante. Le dio de beber la infusión por segunda vez, luego del plato de arroz y de frijoles, en esta ocasión, acompañado con un trozo de pescado.

Los abusos siguieron, con amenazas y flagelos, los años también pasaron y la inocencia fue lapidada, la niñez fue la pérdida más horadada por los tormentos mentales del muchacho. Su espíritu se fue forjando en la adversidad, de vez en cuando se escapaba al mar y contemplaba su libertad, y se preguntaba si ahí reposaba el sueño de Dios.

Juniorís falleció cuando tenía once años, se libró de su suplicio y del peso del mundo, ¡por fin Dios había acudido a su llamado!. En Marzo de ese año contrajo una neumonía denominada Chlamydia pneumoniae, convaleció tres meses en un coma hepático por el exceso de medicamento, hasta que murió, con una mueca de alivio en su semblante adolescente.

Yacieron estas palabras en su lápida:

Estamos condenados a las desdichas del mundo, ya que la felicidad es una estrella fugitiva que palpita en los holocaustos del corazón nocturno, mientras la conciencia despierta pero es la languidez del inconsciente que se impregna por las fracturas entre el porvenir y la existencia de los seres, fracturas abiertas que preceden al despertar de la razón o a la muerte.

Texto agregado el 26-03-2017, y leído por 100 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2017-03-27 18:40:54 Uffff. Amiga. Qué cosa más cruel esta historia. Siento mi corazón lacerado por el dolor. Lloro porque esto es tan real como buena tu narrativa. Mi niña hermosa, quiero creer que es invento tuyo, pero sé que no lo es. Hay tantos desgraciados en el mundo que deberían ser alejados de la sociedad. Un abrazo, te quiero. SOFIAMA
2017-03-27 07:13:41 Relato este tan triste, la muerte fue una bendición para ese niño. za-lac-fay33
2017-03-27 00:45:07 Cruda y triste historia enmarcada por la miseria económica y lo peor que tambien por la miseria y ruindad del ser humano, en época de guerra y revolucion. vicenterreramarquez
2017-03-26 23:23:01 Ay! Soledad...+++++ crazymouse
2017-03-26 23:18:49 Un texto durisimo. Muy bien escrito ***** grilo
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