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Inicio / Cuenteros Locales / guy / LA ALEGRÍA DE NUESTRA CASA

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Todavía hoy y con todo lo que hemos pasado a veces recuerdo que dudé sobre mudarme a esta casa con Jorge; y eso, el solo hecho de haber dudado, me produce más felicidad, más estímulos, como quien dice ¡ey, mujer, no te equivocaste y este es el resultado! Es que a veces una duda de todo, aun cuando tiene la felicidad al alcance de un sí. Casarme con Jorge, el vestido, la fiesta, dejar mi departamento en Capital y venir a esta casa tan grande como hermosa en este barrio alejado de todo aquello fue un conjunto de decisiones que en su momento me costó mucho asumir. También tuve que dejar el trabajo. Hoy puedo decir que somos felices y que no nos equivocamos. No me equivoqué. Jorge está muy contento con su trabajo aunque tenga que pasar mucho tiempo fuera de casa. Eso es progreso, dice siempre, y siguiendo el ritmo de este progreso llegará el día de acceder a un cargo aún más importante y de elegir cómo disfrutar aún más de nuestro tiempo o, lo que es lo mismo, de nuestra felicidad.
Pero también estuvieron y están Menta y Gael, que son parte de todo esto. Me gusta pensar que cuando conocí a mi hoy marido ellos eran muy chiquitos y que fue una suerte que se adaptaran tan bien, habiendo prácticamente nacido en un departamento en plena ciudad, a esta casa tan grande y con un jardín cuyos límites pueden traspasar sin mayores dificultades. Tuve tanto miedo los primeros meses que no los dejaba salir. Jorge siempre decía que yo exageraba con ellos, sobre todo con Menta. Para mí todo lleva su tiempo y todos tenemos que adaptarnos a los cambios. Solíamos discutir sanamente porque él decía que Menta era mi consentida; y yo que no, que cómo se le ocurría siquiera pensarlo. Claro que se trataba de un juego, de un juego de una pareja que convive y hace todo lo posible por ser feliz en el día a día.
Ahora Menta y Gael son los dueños de los tejados de toda la manzana y se llevan muy bien con Tina, Luz y Neil, que vinieron después. Porque a Tina, a Luz y a Neil alguien los abandonó de bebés en la calle en una caja de cartón. No me entra en la cabeza que puedan existir personas capaces de semejante atrocidad, y menos en este barrio que se supone es de gente educada y de bien. Su estado era fatal; nos costó mucho a mí y a Jorge atenderlos y rehabilitarlos. Sobre todo a Jorge porque siempre está trabajando, pero que así y todo nunca bajó los brazos y me acompañó de veterinario en veterinario y me ayudó como pudo con los tratamientos. Jorge es un sol. Y yo es que pasé muchas noches desvelada por ellos, y al mismo tiempo intentando que Menta y Gael no se estresaran por alguna involuntaria falta de atención de mi parte, cosa que me angustió y de la que me cuidé mucho en su momento.
A veces me pregunto qué habría sido de Tina, Luz y Neil si yo no hubiera accedido a mudarme a esta casa con Jorge. Creo que en el mundo una está conectada a cosas que ni se imagina, y que estas cosas, cualesquiera que sean, tarde o temprano le llegan a una. Una está conectada aunque no lo sepa y la clave está en acceder a ese saber. Todo pasa por tomar conciencia. Puedo estar horas sentada en el sofá contemplándolos, entendiendo sus gestos e interpretando sus inquietudes, asumiendo no sin cierta vanidad cómo aprendieron a hacer sus cosas en sus lugares, a comer en sus horarios y a respetar y disfrutar la armonía de la casa, pero al mismo tiempo soy consciente de que toda esta maravilla de la vida que nos ha tocado es parte de algo mucho más grande y maravilloso, de un universo de cosas del que participamos con las más pequeñas acciones y con mínimos pensamientos. Me gusta saber que pensar y sentir son casi la misma actividad, y digo casi porque a veces una siente algo que todavía no asimila porque viene de fuera repentinamente, como cuando una se da un golpe contra un mueble y siente dolor y después piensa en eso que acaba de suceder y lo comprende, o como el dolor en el alma que sentí cuando encontré esa caja abandonada con esos pequeños e indefensos seres que sufrían y después el alivio de pensar que llegué a tiempo, que nuestras vidas se cruzaron como si alguien lo hubiera planeado, que después de todo yo estuve ahí y hoy elegiría haber estado ahí. O cuando solía extrañar un poco a mis amistades y con el tiempo entendí que todo lo puede compensar la felicidad de llevar adelante esta casa. Y por estos días también extraño aquellas charlas que manteníamos con Jorge a su regreso del trabajo acerca tal hazaña de Gael, de los berrinches de Menta o de sus celos para con Tina, de los pequeños desastres que ocasionaban los juegos de Neilů y es que todo eso un poco se opacó con la llegada de Ernesto.
Y es que en su momento hubo que esterilizarlos. Fue una decisión difícil pero necesaria. Por un tiempo me dejé estar, lo reconozco, pero supongo que se debió a las ocupaciones diarias y a uno de los ascensos laborales de Jorge que le exigía esfuerzo y tiempo extras. Ya es que nunca llegamos a charlar acerca de mi esterilización, cosa que por supuesto no iba a hacer yo sin su aprobación, y un buen día y sin saber cómo, quedé embarazada. Yo tomaba mis precauciones; tomábamos nuestras precauciones. Entiendo que en general de esas cosas las mujeres saben. Oí a algunas contar en qué momento quedaron embarazadas como si lo hubieran sentido en el acto mismo, o como si lo hubieran planificado de antemano o decidido minutos antes. Yo no. Tampoco habíamos charlado lo de los hijos. Lo cierto es que cuando se lo conté a Jorge se puso muy contento, me abrazó, me besó y enseguida empezó a hacer planes y a hablar de las cosas que tendríamos que preparar. Recuerdo como si hubiese sido ayer que me hizo quedar despierta hasta tardísimo aunque siempre se levanta temprano para ir al trabajo. No me soltaba la mano y me miraba a los ojos como llorando de alegría. Entonces tomé una decisión o, mejor dicho, cambié la que instantáneamente había tomado con el resultado del análisis en la mano. De esto nunca le conté a mi marido porque no tenía sentido, porque ante todo somos una pareja, una familia, y esa decisión correspondía a ambos. Entonces pensé en cuando encontré aquella caja abandonada en la calle, pensé en Menta y en Gael, en todas nuestras alegrías y en eso de que las cosas le llegan a una aunque no las haya elegido porque el universo está íntimamente relacionado con todas las formas de vida, que el universo contiene la maravillosa bondad de interpelarnos a las personas de muchísimas y diferentes formas y que todas ellas tienden a la felicidad en tanto que una esté bien predispuesta y abierta al mundo.
Es increíble lo rápido que pasa un embarazo. Durante esos meses tomamos todas las medidas que se nos ocurrieron y que pudimos para que la vida en casa transcurriese lo mejor posible y para estar todos preparados para Ernesto.
Lo del nombre también hubo que verlo con cuidado. Debo reconocer que hice una pequeña trampa. Es que como no nos poníamos de acuerdo le propuse a Jorge que si era niña él elegiría el nombre y si no yo. Digo que hice trampa porque en secreto yo sabía que era un niño. Y es que no quería que su nombre sonara parecido a los demás nombres de la casa para que no hubiera confusiones. «Ernesto» suena muy distinto que «Menta», «Gael», «Tina», «Luz» y «Neil». Mientras que Jorge proponía «Elián» y «Bryan», o «Belén» y «Viviana», enseguida pensé, porque hay que estar en todo, que esos nombres de varón y «Belén» sonaban parecidos a los otros y entonces decidí tomar cartas en el asunto, aun recurriendo a la clandestinidad, para preservar la armonía entre nosotros. Sé que a Jorge no le gustó en principio mi elección, pero después, cuando el nene vino al mundo por cesárea y todo salió muy bien, entonces estuvo contentísimo con nuestro nuevo hijo.
Ha pasado poco más de un año y no puedo dejar de pensar en todo lo bueno que nos espera. La casa está más viva que nunca. Menta, Gael, Tina, Neil y Luz se han adaptado a Ernesto y él a ellos; somos una familia bendecida y feliz. Jorge sigue progresando en el trabajo y mis días en la casa están llenos de luz. Jorge propuso contratar a alguien que me ayude en las tareas domésticas, pero yo me negué terminantemente a compartir esta hermosa intimidad de mis seres amados. Jorge es un sol. Ahora cuando lo veo a Ernesto tomarse la leche de los cuencos en el suelo de la cocina junto a los demás, cuando lo veo andar hacia el jardín como los demás, cuando lo veo jugar con la pelotita de los demás y escarbar con las manitos entre las piedritas higiénicas como si ya fuera a hacer ahí sus necesidades como hacen los demás, cuando todo esto sucede ante mis ojos, cuando soy realmente consciente de cómo estamos todos ligados al universo pienso y siento que tengo la mejor familia que alguien podría tener, que realmente estoy siendo parte de la eternidad y de la totalidad de las buenas cosas posibles.

Texto agregado el 31-12-2016, y leído por 814 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2017-07-15 01:02:34 Ya no mandes borrar mis comentarios. rhcastro
2017-07-15 01:01:54 Si. rhcastro
2017-07-14 18:48:17 Algo amariconada la historia, pero la pluma funciona bien. remos
2017-03-15 21:12:45 Se me ocurren tantas cosas que no voy a escribir ninguna. blue_jean
2017-01-22 14:22:32 Gorda completa... collectivesoul
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