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Inicio / Cuenteros Locales / tsk / Los fumata. Aventuras, y uno.

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Para ser un fumata había que reunir una serie de condiciones. Y no se trataba, como la gente creía, de hincharse a porros. No. Para ser un fumata había ante todo que no saber tocar muy bien cada instrumento. Y contra todo pronóstico aquello funcionaba. Vaya si funcionaba. Hacíamos buenos conciertos. Se ve que el conjunto de todas nuestras imperfecciones producían algo armónico, pues nuestros directos eran celebrados casi desde el principio.
Pero no queda aquí la cosa. También había que tener una relación adecuada calidad- precio. Un fumata, ante todo, era un tipo incorruptible. Un tipo íntegro vamos. Desde el batera hasta los que montaban los andamiajes del espectáculo.
Pronto nos llegaron las primeras ofertas comerciales. Nos querían hacer unas estrellas. Unos peleles, apuntaba Blas. Y como si nada, seguimos con nuestras letras incendiarias y nuestra precariedad técnica con los instrumentos.
No nos haríamos ricos con aquello, pero tampoco nos dictaba nadie la agenda. Como teníamos ofertas suficientes, tampoco nos preocupaba el método y manera de llenar la andorga.
Musicalmente éramos bastante correctos. Hacíamos un rock limpio sin grandes estridencias, y con letras de contenido y cuidadas. El resultado a la vista estaba. Grabamos nuestro primer disco al año de estar por ahí dando tumbos. Lo han adivinado, llevaba el nombre de fumata.
Una auténtica declaración de principios de lo que vendría después. La primera canción se llamaba fumata blanca.
El disco pasó bastante desapercibido. En la radio lo dieron poco. Se convirtió en un objeto de culto, pero sólo para nuestros más fieles seguidores, no muy nutrido pero bastante fiel grupo a todo aquello que representaba ser un fumata.

Eramos un grupo joven de rock. Empezamos a dar nuestros primeros pasos donde nos llamaban. Había que hacerse un nombre. Nos hacíamos llamar los fumata blanca: los fumata para los amigos- ya se dijo. Habíamos incorporado a nuestro espectáculo- fue idea de Blas, el batería- un número al inicio de la actuación con humo blanco o niebla- como la de las discos de los ochenta. En aquel pueblo no debía de haber discoteca, pues sacaron en seguida los extintores y nos rociaron con ellos antes de decir palabra. Es la primera de nuestras aventuras reseñables, a lo largo y ancho de la patria.

Texto agregado el 27-12-2016, y leído por 23 visitantes. (0 votos)


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