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Inicio / Cuenteros Locales / kotyr1 / Proyecciones- de espaldas a la luz.

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Las manos, pequeñas y frágiles, en el único momento en que parecían inmensas y fuertes era entonces, pero no eran ellas: Las sombras en la pared formaban paisajes y personajes… personajes.
En el tumulto en que era movida, sin intención ni falta de ésta, vagaba con el rostro siempre perfecto. Recordaba esas manos; las manos de su madre actuaban en su memoria y se hacían inmensas frente a la luz, contando historias para la niña. Pero la niña ya no estaba; ahora los ojos miraban altaneros desde el maquillaje brillante. ¿Dónde estaría la niña? La mujer, aquella, despreciaba hasta el recuerdo: “No soy un pequeño ser”, se decía; “No soy un pequeño ser”, decía el hombre que estaba a la izquierda; “No soy un pequeño ser”, el de la derecha. Y toda la masa, al unísono, alzaba los ojos y abría la boca declarando y deseando creer las palabras pronunciadas: Uno tras otro, ninguno era débil frente al resto… El “resto”, término excluyente, que cada uno creía aplicable; estaban Ellos y “el resto”.
La mujer tenía un nombre, una familia, muchas sonrisas, un buen trabajo y una hipocresía; era un trozo de normalidad sobre (o bajo, entre, al lado…) el universo, también “normal”. Normal mujer, como normal es la lluvia, normal la flor y normal cada maravilla que ya no nos sorprende… faltaba más…
-¡Eh, chica! ¡Haz tu trabajo de una vez!.. No sirves para nada…
-A mí no me grites, imbécil!
Paso a paso sonoro, iba alejándose con altivez: No era débil, ya lo había dicho. El amargo corazón latía como trizándose en su pecho, ¿Y qué a eso? El corazón ya no importaba, desde hace mucho que no.
En toda esa gran ciudad pululaban “normales”. Los que aún daban importancia al corazón estaban encerrados escuchándolo latir. Cada normal caminaba dando golpes a sus rostros contra los otros cuerpos; cada uno firme andaba, recto, altivo; cada uno con su propia hipocresía monocromática; cada uno, ataúd andante, cargaba en su interior algo más humano ya muerto.
La mujer, mirada fija, taconeando por la acera, se estrelló con un anciano, éste la miró como quien mira un gran templo frío y arquitectónicamente incomparable; le causaba algo de temor inquisidor.
-¡Ten más cuidado, viejo!- pronunció ella con ojos airados, y siguió su camino.
La figura de la mujer, pequeña y frágil, en el único momento en que parecía inmensa y fuerte era entonces, pero ya no era ella. ¡Qué normalidad, una más entre el resto!
Una a una, las figuras de espaldas a la luz, eran inmensas…¿ Cuál más grande que la otra? Cada una formaba- como las manos frágiles- personajes fantásticos y oscuros, todas cubriendo la blanca pared primera.
De espaldas a la luz, cada pequeño normal se sentía inmenso proyectando su debilidad en personajes: Cada uno, una sombra.

Texto agregado el 11-12-2016, y leído por 48 visitantes. (1 voto)


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