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Inicio / Cuenteros Locales / kotyr1 / El tercer extremo

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El tercer extremo
Cuando llegué a aquel lugar lo hice sin desearlo. Y aunque digan algunos que me esforcé más que el resto, es necesario saber que el “resto” como tal nunca existió. ¿Cómo lo comprenderán? “El resto” sí estaba, pero aquellos eran yo mismo. Este era mi destino: El lugar solitario al que fui a vegetar tenía mi nombre y mi porte grabado. Todos éramos el mismo, ese “yo” que significa tanto y tan poco…tanto para pocos y poco para tantos; ése, ése llegó casi empujado por… ¿Por qué? Pues, porque sí; es lo que diré, ya que nunca comprendí cómo me condené por medio de esos otros a la prisión más libre que conozca ojo alguno.
Eran un desierto los colores. El agua que me rodeaba parecía un océano, un océano que fue haciéndose cada vez más pequeño… ¡No! ´Realmente se hizo más grande, pero también yo; y quedé inmerso en un paisaje líquido diminuto y tremendo a la vez. Podía ver la arena que mi paso hubiese levantado en aquel Desierto acuoso, pero eso sería si contara allí con arena o si pudiera dar un paso: Mi paso no existía y quizá nunca debió existir; él me guío por la senda más polvorienta y árida, sin embargo ¿Está eso mal?
Sea como sea quiero aclarar que no fue mi voluntad llegar a ese refugio. La voluntad ajena me empujó y allí se radicó todo un “yo” dentro, un yo poco valorado y un “él” por el exterior. El era el centro de atención ¿Y eso le importa al “Yo”? ja…Yo me burlaba, porque a él lo querían ellos…Ellos, los creadores, los que invitaron al extranjero que por moverse en ese mundo era considerado maravilloso.
Y hoy estoy en la posición de “Ellos”, uno más. El uno aquí no vale, es “La masa” la que cuenta. Y bien puesto está el nombre…sí, la masa… Cuenta pero no desde uno: para contar a la masa hay que partir por dos, como los dos que ahí me abandonaron y creían acompañarme. Fue sólo un pasaje que compraron, y compraron también al pasajero ¿Quería él llegar al destino final? Ah! ¡Quién le iba a preguntar! Yo debía viajar, vivir y embriagarme con el sol bajo el mar.
En un principio el paisaje era grande para mí y yo estaba solo nadando en él. Hoy no es tan distinto; hoy que no soy él sino parte de ella, de la masa, soy y somos ¿”Nosotros”? No, no…Somos “Ellos” así parece más lejano y frío, y así es. Pero a diferencia de mi paisaje primitivo que contaba de comunicación directa con el sol, aquí no está vacío… ¡jajá! ¡“Aquí no está vacío”! Aquí si están vacíos…ellos, ellos que soy yo. Esta masa es vacía. Aquí se está vacío y sólo se repite la historia.
Son tantas las similitudes entre esta vida y la otra ¿Y qué sigue? Algo parecido seguramente: Volver a hacerse viejo a la fuerza en un mundo extraño, siempre de obstáculos difíciles pero superables.
Así me ocurrió primero: Me encontraba solo (como ya he dicho y, si el decir tiene un valor, ustedes ya saben de aquella soledad), el tiempo avanzaba lento a veces, con el sol siempre unido a mi cuerpo húmedo. ¿Había luna allí? Todo era luna, todo era agua, tierra, sal…no existía la composición exacta para ese “todo” con el que éramos uno; era mío el universo y yo de su soledad y su silencio. Éramos también colores, y como ya saben (y amo decirlo y que lo sepan) “Eran un desierto los colores”, todo era sueño allí. Los tonos de los que se componía mi mundo, mi destino en el pasaje comprado a medias por los esperanzados creadores, eran anaranjados…Rojo el astro pero siempre opaco. Ésa es toda la descripción: Mi mundo cabía en la mano de los que miraban desde fuera sin comprender. Luego el universo se puso en expansión…Mi cuerpo se expandía con él y no noté cómo, pero pasó el tiempo por mí.
Un día me sentí de sobremanera intranquilo. “Han sido tantos años, que he aprendido a amar este mundo. Amo su movimiento y sus paredes que son mi cielo, pero ¿Por qué es que puedo tocar el cielo? ¿Estoy demasiado viejo realmente?” y me sentí seguro, como hoy, al poner los pies sobre la alfombra desteñida al amanecer…y del mismo modo ocurrió: Miré mis manos, eran distintas que a mi llegada (Hoy lo noté otra vez). Miré mi mundo: Era más grande, sin embargo me parecía lo contrario. Me sentí viejo, totalmente entregado y… ¡Oh! La sorpresa vino por sí sola, pero aún es muy pronto para saberla.
Hoy me sorprendí del mismo modo. Hoy, en medio de la rutina y de la costumbre de este mundo colectivo me impresionaron los mismos asuntos: Las manos han cambiado, el mundo es muy pequeño, creí saberlo todo, ¿Puedo tocar el cielo? Y me he acostumbrado ahora a la masa compañera que me mira sin detener sus ojos sobre mí…y sin embargo, eso le basta a un viejo para sentirse acompañado y creer que depende de aquello. También en mi primera vejez creí necesitar de mi absoluta soledad; la costumbre la confundí con necesidad y, aunque fuese viejo mil veces, parece que nunca podré aprender.
Ayer me sentí cansado, traté de tomar un libro para entretenerme…no sirvió. Las estrategias parecen nulas cuando tenemos la sentencia escrita… ¿Cómo se llama la enfermedad?.. No puedo recordarlo, ¿Por qué le darán nombres a las enfermedades de los viejos? ¡Es lógica la situación! Cuando el doctor frunció el ceño “preocupado” (“Ética”… ¿Cuántos semestres de estudio perdió ensayando ese rostro falso y la voz temblorosa?) le pedí que se apresurara, ya que su expresión me causaba una gracia tremenda. Él dijo el supuesto nombre del problema que aqueja este cuerpo gastado, ¿Para qué tanto tecnicismo? ¡La enfermedad se llama vida!, ¡Exceso de vida! Y hoy sucede que estoy a punto de sanarme; sin embargo, pienso que eso jamás ocurrirá: Una vez ya lo creí así…sólo me agravé…
Recuerdo aquel día. Me sentía sabio después de tantos siglos viviendo en el mismo sitio; conocía cada rincón, escuchaba a diario el latir agitado del astro guía…como un tambor…El sonido repletaba ese lugar y yo me había vuelto anciano a su ritmo. El agua lavaba mi rostro, yo conocía su caricia tibia: Había recorrido sus dunas, dado la vuelta al mundo tantas veces…a ese mundo en sepia y colores de fuego…Me sentía milenario, y lo era. Alcancé la vejez sin saber cómo, de paseo en paseo por esa luna dormida en la que habitaba involuntariamente pero con amor absoluto.
No puedo creer de qué modo las cosas pueden ser tan idénticas.
Hoy estoy viejo, aquel día también. Hoy sé que mis días en este lugar se desvanecen; aquel día no hubo diferencia. En esa vejez pasada sólo me entregué:
Mi cuerpo dolorido se agita, mis huesos cansados gritan…lo recuerdo, lo recuerdo…parece un sueño lejano…En el primer deceso no sabía qué me esperaba más allá del horizonte pero el dolor era intenso, tal como en este momento… ¡El aire! ¿Qué es de él? ¿Por qué no me alimenta? ¿Qué hay más allá? ¿Y esos colores nuevos? ¡Oh! Ahí está la sorpresa… ¡El aire!, él me duele nuevamente. ¿Por qué me alejan del sol? Es un ser ajeno el que me corta este paso ¿Debo pedir que me suelte? Yo sabía que pasaría…es un hombre…es un ángel…Tal como aquel día, ha llegado la hora, ¿Cuántas más tendré preparadas? No creo en la armonía: Ya viví dos extremos en dos vidas ¿Me acobardará la hoz con que la pintan? Este aire se acaba, ya vendrá otro a consolarme; cierra los ojos como los abriste aquel día ¿Crees en el tercer extremo? Habrá uno más, luego otro…Tal como la primera, ha llegado la hora, la segunda hora: El segundo parto comienza.

Texto agregado el 30-11-2016, y leído por 168 visitantes. (1 voto)


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