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Por Jazbel Kamsky.

EL SANTO HEREJE

Esta historia que deseo narrarles sucedió en Septiembre, hace muchos años atrás, a mis cortos quince años de edad, al dejarme convencer por un compañero del colegio “Champagnat”; donde cursábamos el quinto año de secundaria, de involucrarme con un grupo de jóvenes de ambos sexos, y coetáneos, de diversos colegios de procedencia, quienes eran dirigidos por padres católicos y apostólicos de origen español. Se hacían llamar “La Comunidad de la Casa Hogar”, cuyo lema rimbombante de “Jesús es verbo y no sustantivo” me hace recordar ahora a una canción de Ricardo Arjona.

Siendo parte de la Comunidad, realizamos una actividad en especial; consistía en un viaje a Sama las Yaras, un hermoso valle ubicado a una hora de recorrido por la carretera panamericana desde la ciudad de Tacna.

En ese viaje a Sama, un grupo de veinte jóvenes de ambos sexos junto al padre Simón y a la madre Sor Ana, complementaban el ambiente primaveral. Recuerdo aquella aventura como si hubiera sucedido ayer. La primariosa necesidad de movernos a cada instante, de jugarnos bromas, de expresarnos sin tabúes; ya sea cantando, bailando, o riéndonos sin sentido. Así pasamos esa eterna hora conociéndonos un poco más de lo habitual.

Una compañera de la “casa hogar”, de nombre Roxana, era la debilidad de mi querido amigo Juan Carlos, mejor conocido como Juancho; quien se atrevió a apostarme que en ese día en especial le robaría un beso apasionado a la bella Chana; así la llamábamos entre compañeros. Claro que yo no era adepto a las apuestas, pero sabía que si no lo hacía mi amigo quizás nunca se atrevería a acercarse a “Chanita”, a quien no sólo mi amigo Juan Carlos le había echado el ojo.

Al arribar a Sama las Yaras, nos encontramos de pronto, rodeados por un majestuoso bosque de árboles frutales a ambos lados de la carretera. La pregunta que me hice en ese momento seguro se la hicieron mis demás compañeros: --¿Dónde está la gente? El padre Simón nos explicó que estábamos en época de cosecha y que los pobladores estarían en sus tierras, recolectando los frutos de lo sembrado en los meses anteriores. Nos dirigimos subiendo por un pequeño sendero hacia la capilla del lugar; a unos quince minutos de donde estábamos. En fila india recorrimos el sendero y finalmente llegamos a una antigua construcción de paredes de barro con techo de madera y paja.

Al abrir el portón de latón, las bisagras chirriaron de lo oxidadas que estaban, poco a poco la luz deslumbraba algunas imágenes de santos cubiertas de polvo colgadas en las paredes, unas cuantas bancas de madera con telarañas en las esquinas y, al fondo de la habitación se alcanzaba a observar un pequeño altar con un cáliz dorado tallado en la madera de la que estaba hecho, el cual para nuestra sorpresa empezó a bambolear de un lado a otro. –Jimmy, ¿Estás viendo lo mismo que yo? –me interrogó Juancho. Mientras Sor Ana se persignaba en el acto. --Son los espíritus de los muertitos que rondan en este lugar –Me aseguró “Chanita” con su cara de asombro. Sigilosamente me acerqué al altar y para mi sorpresa observé dos perros pegados, cada uno mirando en dirección opuesta, los cuales al tratar de escapar de su escondite hacían tambalear su nidito de amor.

El hombre de la sotana nos reunió afuera del templo. –Pues hombres, es hora de poner en práctica nuestro amor a Dios, empecemos esta actividad emparejándonos primero. Su carnoso lunar rojo en la punta de su nariz se hacía cada vez más turgente y visible cuando se exsaltaba, asemejaba un pedazo de carbón al fuego vivo, un semáforo en rojo que difícilmente uno podía dejar de notar.

El padre Simón nos dio también la libertad de escoger con quien emparejarnos. Mi amigo Juancho se levantó y buscó con la mirada a Roxana, pero la muy descarada estaba tomándole la mano a Miguel. Juan volvió con su mirada de perro arrepentido a sentarse a lado mío, y con una sonrisa forzada me aclaró su estado sentimental del momento: destrozado; como un pollo en el mercado de abastos. Con el corazón desangrándose entre sus manos me dijo como quién te responde con una pregunta para dejar las cosas claras y sin tapujos: --¿Ni creas que me gusta mucho? Tratando de consolarlo le respondí: --Te has dado cuenta que tiene un lunar en el cuello que parece un mosco, pobre Miguel. Juan sonrió.

Sor Ana se acercó a cada pareja formada y nos entregó una botella de plástico de medio litro llena de agua, luego nos aclaró que era agua bendecida por el padre Simón. Sin misterios, nos encomendó este último finalmente que bendigamos a todos los pobladores que deseen ser bendecidos y a sus pertenencias; sean estas materiales o no. Las diez parejas formadas nos separamos, unas cuantas parejas se dirigieron hacia el norte, otras al este, y finalmente con Juan nos decidimos irnos a probar suerte por el sur.

Era aún temprano a pesar de los calurosos rayos del sol, sin declinar y con paso firme seguimos buscando algunos pobladores a quien bendecir. En el camino encontramos un especial árbol de moras, tenía algunas ramas centrales podadas, sin titubear me decidí a escalarlo. Sentado en una de sus ramas principales, mis pies alcanzaban a tocar dos de las ramas mutiladas, me sentí de pronto que manejaba una nave espacial. A mi derecha una rama de las podadas estaba al alcance de mis manos, era imaginariamente la caja de cambios de las velocidades, de pronto cerré los ojos y me sumergí en una aventura interplanetaria… Juan Carlos sentado en una piedra cerca al árbol, terminó con mi gran aventura diciéndome: –Jimmy, escucha… Parece una vaca mugiendo y al final suena como que tuviera hipo. --¿Cómo, una vaca con hipo? Nunca en mi vida había escuchado que las vacas pudieran tener hipo. Miré intrigado desde lo alto del árbol y a unos doscientos metros visualicé un establo, el sonoro sonido de la brisa del viento y la vibración de las hojas no me dejaban escuchar claramente, bajé inmediatamente del árbol, y decidí poner mayor atención a esos sonidos extraños.

--En marcha. Le ordené a Juan Carlos, y empezamos a caminar hacia el establo. –Mira la puerta está entreabierta. Me advirtió mi amigo. Con mucha sutileza ingresamos a aquella infraestructura rural. Una luz tenue dejaba visualizar a medias el panorama. Algunos caballos cercados a su izquierda, otras cuantas vacas a la derecha, una de ellas mugía continuamente, y al final de su mugido volvimos a escuchar aquel ruido extraño. Con cautela, decidimos avanzar, mis pupilas ya se habían adaptado a la poca luz del lugar, y sin tener idea de lo que podía estar sucediendo, seguimos adelante. Bueno yo adelante y Juancho a unos dos metros de mí.

Con cada paso que dábamos el sonido era cada vez más intenso. Juan Carlos abrió la botella con agua bendita, y le hice una señal para que avance junto conmigo. Si se tratara de un vampiro estábamos con suerte, teníamos la botella con agua al tope, pobre que se nos acercara siquiera, sería su fin… Por mi cabeza pasó como un destello la imagen de aquel espantoso vampiro, todo quemado y derritiéndose a pedazos, arrodillado, suplicando para que lo dejemos vivir. Mi ensueño terminó bruscamente, recuerdo lo que vi como si lo hubiera grabado en mi mente en cámara lenta, al padre Simón de espaldas con los pantalones a la altura de las rodillas, montando a la madre Sor Ana, quien traía el hábito levantado hasta el cuello, media doblada de la cintura, con los brazos cruzados y sobre la cerca, gimiendo de placer, como una gata salvaje. Mi reacción en ese momento fue voltear a ver a Juan Carlos, haciendo un ademán con mis manos sobre mis parpados inferiores, como quien dice ¿Estás mirando lo mismo que yo? Para mi sorpresa, Juan Carlos estaba estupefacto, con el pico de la botella en la boca, dando sorbos y dejando caer un tanto…

Así como entramos al establo, nos dimos media vuelta y salimos de allí. Con Juan Carlos no cruzamos palabras durante el retorno, el silencio imperante era más atormentador que el llanto de un niño, solo seguimos caminando, y caminando, hasta llegar al viejo templo.

Las parejas iban acercándose una tras otras, pronto estábamos todos reunidos otra vez. El padre Simón tomó lista, e invitó a cada pareja a conversar sobre su experiencia, felicitando a cada una de ellas por su trabajo con la comunidad. Hasta que nos tocó a nosotros exponer frente al grupo. Juan Carlos me miró y me dijo: --Jimmy, yo no voy… Moviendo su cabeza de un lado a otro. El padre se adelantó a felicitarnos porque éramos la única pareja con la botella totalmente vacía, tomándome con una mano el hombro me dio palmaditas. –Pues hijo, explícame como han conseguido hacer tan buen trabajo. –Bueno padre, la verdad es que en nuestra travesía vimos algo increíble. Le respondí. –¿Y qué es lo que vieron que fue tan increíble? Me volvió a interrogar. Mis piernas empezaron a temblar involuntariamente pero igual respondí: –Con Juancho sentimos por un momento estar llenos de pecado, y nos tomamos toda la botella de agua que usted bendijo. --¿Cómo es posible?, pues el agua hijos era para bendecir a los pobladores, no para tomársela. Las risas inundaron el inhóspito lugar, hasta los frondosos árboles perecían ocultar una ligera sonrisa troquelada en sus troncos tras el suave movimiento de sus ramas. Continué: –padre Simón, vimos un Santo Hereje. –¡Un Santo qué!… ¿Qué es eso por el amor de Dios? Me respondió frunciendo el ceño y levantando la voz. Terminé diciéndole: –Sino me cree padre entonces pregúntele usted a Sor Ana, ella lo conoce mejor que nosotros. –Pu-pu-pu-pues hijos, un fu-fu-fuerte aplauso para sus compañeros que supieron hacer lo correcto. El padre Simón tartamudeando, con su lunar incandescente como un carbón, sin darme más oportunidad de hablar, concluyó con el paseo y con esta breve historia que guardo en mis memorias.

Texto agregado el 09-10-2016, y leído por 220 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2016-10-20 02:55:16 menos mal que se desaghogaban entre ellos, sino pobres chicos satini
2016-10-09 20:48:45 Es un lado más de un tema recurrente, pues la iglesia no es territorio exclusivo de santos. Saludos! TuNorte
2016-10-09 16:40:40 Un tema interesante. Una prosa que promete. Mención especial merece el oximoron contenido en el título. Agradezco la lectura a Besos. Saludos. sagitarion
 
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