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Inicio / Cuenteros Locales / Julia_Flora / Psiquis

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Amaneció, la escueta sala estaba alborotada por diversas pilas de libros que reposaban a un costado de la cama de Julia. Todo se hallaba en silencio, los postigos de la puerta entreabierta dejaban asomar gruesas líneas de luz. El estival amanecer jugaba en la cima de las nubes blancas para proyectarse sobre las arboledas de una ciudad de semblantes ausentes y nostálgicos.

Julia despertó a las once de la mañana, era domingo y decidió quedarse un rato más en el calor que contraían, junto a su cuerpo, las sábanas. Nadie en el mundo demandaba de su presencia, nadie arruinaría la armonía libertina de su soledad.

Como un acto de desasosiego y de rebeldía, la noche anterior había cortado su cabello moreno, un pequeño remolino nocturno reposaba sobre su cabeza. Se sentía liviana, liviana de ropas, de cabello y de uñas, liviana de deseos absurdos que trascendían en estadios de ansiedad y culminaban en un sentimiento de desapego y de frustración. Ella se percibía con la paz invadiendo su mirada y la carga de su cruz no le pesaba, porque liviana ¡también! estaba su alma.

Bien se sabe, que a la parsimonia absoluta se le puede precipitar una estridente tormenta.

Tomó de un cuenco de arcilla una naranja y la saboreó, succionó el jugo de la fruta entre sus labios y sintió cómo recorría el interior de su organismo mientras que el sabor le llegaba hasta las células del sistema nervioso y era absorbido con gran bienestar.

-¿Sentimiento parecido se sentirá, echar a volar el alma sobre las aguas de la mar?- Julia se interrogó.

Eligió de la pila de libros la Antología Poética de Alfonsina Storni, De Profundis y otros escritos de Oscar Wilde, Un libro rojo para Lenin de Roque Dalton y El miedo a la libertad de Erich Fromm. Casi siempre se tomaba el trabajo de llevar una libreta, una birome y dos o tres libros envueltos en un pañuelo de seda para oficiar de testigo ante la calma de las calles solitarias. Ese domingo no anunciaba entretenimiento alguno, y más aún, porque era época de vacaciones y casi nadie había quedado en la ciudad.

Cruzó la avenida en dirección a la plaza principal, bautizada ésta con el nombre de “Faustino Rocha”. El sol de media tarde era un oropel pálido y ameno, éste se vertía sobre la hierba verde, bañando de luz la frondosa madre selva y dorando los jacintos que habitaban en un rincón de la plaza.

Julia se sentó de cuclillas en el pasto y examinó la eterna ciudad, los árboles, los majestuosos edificios de cemento y carteles luminosos -pensó en el barro-, dejo que la atravesara el canto de los gorriones, observó las mariposas de alas blancas que mitigaban curiosas sobre su pañuelo de seda y eximió a su mente en la calma de ese día.

Entre los espacios donde se hallaban ubicados los bancos había pocas personas, de vez en cuando pasaba algún transeúnte que la mirada, envidiando su tiempo sin demandas, admirando la libertad de su soledad que flameaba, junto al viento de la tarde, dentro de su camisa escocesa.

Julia escribió, el alivio del no SER la inspiró para traer a ella un centenar de versos que, circunstancias futuras, fueron la premonición de una ofrenda a las divinidades ocultas.

Era peligrosa, la idealización que Julia urdió en sus pensamientos dio lugar a que por las grietas de su mente se vertiera una sombría melancolía, una inmodesta nostalgia, una tenaz tristeza que no pensaba irse sin antes llevarse un pedazo de su alma.

La tarde comenzó a dilatarse en la beatitud de ese domingo, y las personas comenzaron a llegar, dos adolescentes enamorados se posaron frente a Julia e hicieron de su amor una ofensa hiriente para nuestra aficionada poeta. Los quinceañeros irreverentes jugaron al amor y la felicidad fue ¡otra vez! una emoción proyectada, una emoción que estaba a instancias de ella y jamás podría alcanzarla, no le pertenecía. Decidió retomar la lectura de Storni, decidió hallar en las hojas de un libro un refugio para poder enfrentar a esa melancolía que crecía monstruosamente en su interior.

-¡Cálmate, cabrona!- se grito a sí misma, en un grito silencioso que desarmó los altos muros de su corazón.

Sintió miedo, revoloteó una mariposa blanca entre sus manos y anheló irse con ella, le pesó la vida en las pupilas. Un hombre pasó por delante y la advirtió con inquisición, la intimidó extraviado, y ella deseó que él comprendiera la génesis de su dolor, pero el hombre retomó su paso, indiferente y entre la muchedumbre se disipó.

El miedo y la tristeza se apoderaron de su preciada y frágil calma, sintió a ese pálido oropel como la muerte en la mañana, lo sintió como un desconocido dolor en el alma. Quiso volar y le faltaron alas, quiso escapar pero su cuerpo se quedó inmóvil ante la austera mirada de los transeúntes. ¡Los libros y la maldita infamia de una vida tan lata, el amor y la miseria, la carencia perversa de los afectos sin procedencia! Sintió brotar de su interior horribles espectros que la desgarrarían al tomar conciencia de cada sentimiento.

Su Ser se contrajo en el cuerpo estrechado y reconoció el lamento de quién padece el encierro agonizando, su Ser moría de tanta vida y ¡su psiquis! se agrandó grotescamente, estrangulando la frágil esperanza que carecía de estabilidad en sus creencias diarias.

El miedo desbordó a su Ser, y quiso escapar. Julia tomó descuidadamente los libros y volvió apresurada al encierro de su habitación, las lágrimas rodaban como diminutos diamantes ante la obsoleta persecución de los destellos de luz. La claridad de la tarde enfrentó a la muchacha con la verdadera apariencia de sus demonios internos.

Rememoró a su primer novio en las tiernas rosas de su juventud presurosa, siempre vivió ansiosamente; evocó a mamá y quiso abrazarla pero su corazón la rechazaba; extrañó a los abuelos y los vislumbró en el pueblo de su infancia; percibió el aroma a pan horneado, el que papá amasaba con sus manos en inviernos de críos pequeños y penurias; y concluyó que sus sentidos le estaban jugando un terrible engaño.

Llegó abatida a su cuarto, necesitaba de la reflexión y el amparo con que la dotaban las penumbras del crepúsculo, ¡pero era de día! Y esa maldita tarde no quería morir, la estaba matando lentamente y sus lágrimas brotaban con la angustia de la turbación, del pánico de perder la parsimonia de la conciencia.

Cerró postigos, ventanas, se encerró con llaves y trabas, se refugió bajo las frazadas que cubrían su lecho y se miró compasiva desde el interior de su alma que yacía arrodillada.

Lloró desesperada, su corazón quedó en las mezquinas garras del dolor y se sintió abandonada. Recuperó de sus recuerdos la imagen de un pájaro que aquella tarde volaba, sintió envidia de la lejanía de esa ave e imaginó por dónde su vuelo apaciguaba; imaginó que le quedarían pocas horas de vida a las mariposas de alas blancas que a su lado y con picardía revoloteaban. Observó a la soberbia muerte recorrer la escueta sala donde sus libros y pinturas reposaban y representaban de esas ruinas una tibia morada.

Sintió pena de sí misma y quiso escribir pero su cuerpo no le respondía, nada la salvaría de esa crisis y habría que enfrentar con honrada humildad el derrumbe que le acontecía. Sus manos se aferraban con fuerza a la estructura de madera de su cama, sus ojos estaban desnudos en el oscuro diluvio que inundaba las certezas con las cuáles despertó esa mañana, y sus miserias se retorcía de espanto y agonía en los intersticios de las persianas cerradas, su pequeño amor fue arrastrado por la parca para un sacrificio que no escatimaba en flagelaciones e incestuosos recursos de tortura.

Se derrumbó y quiso morir en la perpetuidad del silencio en la que habían transcurrido todos los días de su vida. Su alma le pedía que aguantara, que pronto pasaría el resplandor de la tarde y que llegaría la noche para apaciguar tanta desesperanza y derrame.

Entre instancias de llanto y revelaciones, Julia se durmió y pudo conciliar el sueño bajo las frazadas que la amortiguaban. Sus paranoias cesaron, sus lamentos se acallaron y el reposo volvió a invadirlo todo, posterior al aguacero que la había arrasado.

En las hendiduras de las persianas ya no pasaba más claridad, el tenue resplandor de la luna atravesó las parcelas de Cronos que a descansar se había marchado, la noche ahuyentó a la muerte con los exuberantes harapos que vestían su calvario. La soledad de Julia renació y la fuerza del universo a sobrevivir la impulsó.

No remendó en las horas que habían pasado desde que logró conciliar el sueño, incorporó su cuerpo y éste yació erguido apreciando la noche, la fresca brisa despabiló sus pupilas humedecidas, el aire ameno jugó con su cabello moreno y entre suspiros de alivio salió a la vereda con una taza de agua. Cada sorbo le devolvió la vida, su mirada fue imparcial ante la ciudad que pasaba ligera, estaba remota y ausente de su mente, nadie le respondía desde su interior, su holocausto se hallaba deshabitado, los muros que preservaban su corazón estaban destrozados, sus demonios reposaban en un sueño liviano, y prefirió no cavilar, espantó los pensamientos con una implacable indiferencia.

Su corazón, por un mal sentir se oprimía en cada exhalación de aire nocturno, tenía en claro que cualquier desventura podría sensibilizarla nuevamente, pero estaba preparada para tal acontecimiento.

Sentía miedo de sí misma, de las monstruosidades que formaban las escamas de su psiquis, no quiso reflexionar para no dar motivos de ataque a su inestable juicio.

Nada le pesaba, porque nada en ella habitaba, el ataque de su mente fue criminal y un golpe duro, no estaba preparada para recomponer a su corazón ni encender su alma, pero al fin de cuentas nunca se nos prepara para tal oficio, el de la vida.

-Su esencia se encontraba esparcida por todo su interior, tal pánico no logró apagarla, tal sacrificio no logró matarla. Pero había que recomponer los pedazos de orbe, a través de un estado de conciencia más elevado que propiciara la vuelta a la calma.- dejo escrita esa reflexión y con una esperanzada sonrisa se recostó sobre el tejado. Necesitaba, con las fuerzas que le restaban, abstraerse en la contemplación de las estrellas y que ascendieran al firmamento los versos ofrendados.

Texto agregado el 01-10-2016, y leído por 119 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2016-10-02 03:11:54 (1) Me deja buena impresión este texto a primera lectura. Cierto es que cada lector interpreta a su manera y lo comenta de acuerdo a las herramientas literarias que posee. Encuentro en la forma una fluida narrativa, con enunciados largos —me agradan— que salvan al texto de tijeretazos, aunque sean estos técnicamente válidos. Agregaría, aunque resulte sofisticado, que encuentro en el desarrollo de la trama la aplicación correcta de la anagnórisis y en el núcleo un cronotopo bien definido. sagitarion
2016-10-02 03:10:46 (2) El tema, expresión literaria a manera de metáfora del procesamiento de la psique humana, sin ser novedad, lo es para mí en este sitio. Lo has tratado ambientándolo con un tono de desesperante control, de la mano de la intriga que causa en el lector develar el misterio del relato. Que no es otro, más que el laberinto de la psique, sin muros ni pasadizos, solo los que va creando en su delirio de evasión el personaje. sagitarion
2016-10-02 03:10:01 (3) Mención especial merece la intertextualidad. Mezcla exquisita de obras y autores bien relacionados con el tema desarrollado. sagitarion
2016-10-02 02:53:52 Tristemente hermoso...he deambulado por un camino similar...quizás no con la belleza que le imprimes a esa melancolía que solo tu puedes expresar tan claramente. +5 Nazareo_Mellado
2016-10-02 00:19:54 Hasta en prosa, escribes versos ********** grilo
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