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Inicio / Cuenteros Locales / Marthalicia / Al mediodía

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Encontré la puerta entreabierta y sentí como si un temblor me recorriera el cuerpo. Después de asegurarme que no había nadie, entré a hurtadillas. Un olor a desinfectante saturó mi nariz. Mi mirada se abalanzó hacia la cama. Ahí estaba, con su rostro amarillento, el pelo ralo y opaco, sus manos -más delgadas que nunca- abandonadas a los costados del cuerpo. Los ojos cerrados hacían pensar que dormía. La ventana tenía las cortinas bajas: silencio y poca luz. Apenas di unos pasos, Marcos abrió los ojos y me miró. Al reconocerme creí notar cierto alivio en su rostro. Me acerqué sonriendo y le besé la mejilla.
– ¿De dónde venís?– preguntó.
– De la oficina. Se me hizo tarde y no pude traerte el remedio. Cuando salí del trabajo estaba todo cerrado. Pero no te preocupes, ahora cuando abran, voy a buscarlo.
– Está bien –Se quedó callado por unos minutos y luego agregó: -Hoy vino la vieja y me dijo que Carlitos le había comentado que mi enfermedad era grave.
– Y… ¿vos qué le dijiste que tenías? ¿No le habrás dicho la verdad?
– ¡No! Solo le dije que no tenía una gripe fuerte.
– ¡Menos mal! ¡Pobre mujer, no creo que pueda resistir!
– En este momento, negrita, con la única persona que puedo hablar es con vos.
– Sí, lo sé. A mí también me jode lo que te pasa. Si a vos te hace bien que yo venga…
– ¡Claro que me hace bien! Hoy vinieron con la vieja, unos parientes que no conocés y me preguntaron si podían rezar por mí. Pertenecían a los Testigos de Jehová o algo así.
– ¿Y?
– Les dije que si querían hacerlo, que lo hicieran. Yo no tenía problemas.
Mientras hablábamos, notaba que cada día estaba más pálido. Un color amarillento que al mezclarse con su piel cetrina se transformaba en verdoso. Tenía menos pelo, su barba se iba encaneciendo desprolijamente, sus ojos perdían brillo…
– No me puedo quedar mucho; hoy me toca dar clases en la facu.
– ¿A qué hora volvés?
– En cuanto me desocupe. Mañana que es feriado, si querés vengo con un libro y leemos.
– Como vos quieras, negrita. Me jode no poder escribir. Justo ahora que me estaba yendo bien con lo que escribía… ¿Le pediste a la vieja lo que te dije? Decile que te dé los papeles que tengo en la valija. Me gustaría que leyeras los cuentos que me publicaron.
– ¡Sí! ¡Sí! Los voy a leer. No te preocupes, en cuanto pueda hablar con ella se los pido.
¡Cómo decirle que su madre estaba tan mal justamente a él que tenía los días contados! Con todo el dolor que sentía, me asombraba -y lo admiraba por eso- la serenidad con que aceptaba su fin. ¿Será así para todos o solamente en él? No me veía a mí misma caminando hacia la muerte con esa entereza. Miré por la ventana del dormitorio. Era un primer piso y el sol iluminaba la vereda de enfrente. En septiembre los días son neutros: ni calor ni frío. Son como esperas entre horas vacías. Horas en las que no se sabe qué decir.





Texto agregado el 29-09-2016, y leído por 128 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2016-11-20 03:38:44 Siento que estar en paz con la vida permite estar en paz con la muerte. Qué intenso y humano me ha resultado tu relato. Te abrazo dulcemente. gsap
2016-11-16 23:08:10 Exquisito relato. ***** deojota51
2016-10-15 23:59:09 Me encanta como relatas. Gracias. En cuanto al concepto de la muerte: estimo que es como... "DESNACER". Es decir, se cumple el ciclo... calara
2016-10-07 10:19:09 Describes a alguien que me enseñó la muerte igual. Admirable llegar a ese estado y pienso son pocos quienes lo logran. Morir en paz. rhcastro
2016-10-01 17:18:15 Bueno. Dejo 5 elvengador
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