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Inicio / Cuenteros Locales / guy / LA JUVENTUD ETERNA

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La secretaria abrió la puerta de la oficina y lo hizo pasar. Él se la quedó viendo unos segundos. La chica tendría entre 18 y 20 años. El escribano se hallaba sentado en su escritorio y contemplaba la pantalla en apariencia sin prestar atención al hombre que había quedado de pie con la vista en el cuerpo de la secretaria.
—Les pido por favor unos segundos —dijo el escribano sin quitar los ojos de la pantalla.
—¿Quiere un refresco? —preguntó la secretaria.
El hombre negó con la cabeza y se movió dos pasos hacia el escritorio. La oficina era un cuarto mediano y luminoso en un piso 26. Había cinco sillas ergonómicas iguales, dos escritorios, una pequeña mesada para la vajilla y la cafetera y un refrigerador.
El escribano era un hombre de no más de 25 años delgado y rubio, con el cabello al ras, de cara redonda, lampiño y de ojos grises vestido más bien informal con una chomba rosada, un saco sport y pantalones negros, y calzado deportivo anaranjado y blanco. La chica quedó parada junto a su puesto, acaso esperando que comenzara la sesión.
—Y bien —dijo por fin el escribano, se puso de pie y extendió la mano al hombre—, ante todo, soy Sam y ella es Dorin, mi secretaria. Sírvase tomar asiento.
El hombre obedeció en silencio. La chica también se sentó en su lugar.
—Vamos a aclarar esto ahora —empezó el escribano—: la información personal y privada que manejamos acerca de usted fue cedida por el gobierno bajo estrictas normas de confidencialidad. Esto quiere decir que lo que se hable aquí no saldrá de este recinto, que técnicamente Dorin y yo no sabremos más nada de usted cuando se retire. Dorin y yo vendríamos a ser algo así como máquinas que clasifican y olvidan los detalles personales de la gente, el historial. Se entiende. A usted le fue asignada esta escribanía al azar por el Estado, mejor dicho, por la Ciudad, y la información requerida será utilizada en esta entrevista y únicamente para este trámite… ¿Alguna pregunta?
El hombre observó a los ojos al interlocutor, quien a la vez lo miraba expectante y con una sonrisa de amabilidad.
—No. Ninguna —contestó.
—Bien. Bien. Como usted sabe, se nos ha proporcionado la documentación necesaria y suficiente para el trámite. Pero como estamos ante una situación única, entenderá por qué este procedimiento, a diferencia de la mayoría de los otros, se realiza personalmente. No es que el Estado pretenda invadir la cotidianidad, irrumpir… obligar a presentarse… En fin. Es más bien una llamémosla cuestión de humanidad, de calidad de vida… El Estado… La Ciudad, en este caso, es sensible ante estas obligaciones que nos toca cumplir a todos los ciudadanos por intermedio de este trámite… que no me gusta llamarlo obligatorio… necesario. Digamos necesario. Digamos que aunque esté todo en el archivo la propuesta es charlar… Esto es simplemente una oficina de una dependencia gubernamental; yo soy un escribano, pero vamos, esto se trata de ciudadanos, de ni más ni menos que personas civiles. Las cosas importantes, las decisiones importantes… se hablan, se charlan entre seres de carne y hueso con comodidad y en confianza. Se acuerda y después se cumple lo acordado ante la ley. A todos nos toca, ya lo sabemos, a todos. Aunque veo que usted es de hablar poco, ¿no?
El hombre esbozó una sonrisa con cierto pudor, se recostó en el mullido respaldo de la silla, estiró los brazos hacia delante y apoyó las palmas de las manos en el escritorio.
—Es que sinceramente todavía no resuelvo algunas cosas…
—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! —lo interrumpió el otro— Es lo que decimos siempre… ¡Por estas imprecisiones que humanamente padecen nuestros ciudadanos es que estamos para acompañar!… ¡para asistir a la gente representando a un Estado que se ocupa de las personas individuales! ¡Es muy normal!… ¡Naturalmente, Antón! ¡Naturalmente no somos robots! ¡Somos ciudadanos responsables!… ¡ciudadanos que pertenecen a un Sistema sensiblemente civilizado! —El escribano se inclinó sobre el escritorio, apoyó el pecho sobre las manos tomadas entre sí en la mesa, vio al otro a los ojos y asintió con la cabeza varias veces con los labios fruncidos. Quedó en esa posición y en silencio unos segundos; su expresión era como la de quien busca las palabras correctas.
—Bien —prosiguió—. Vayamos de a poco. Nadie nos corre… ¡Desde luego que nadie nos corre! Veamos… Usted tiene 34 años, Antón. Está aquí la fecha… ¡Claramente no es un niño! —señaló la pantalla con la cabeza— Bien. Cuénteme un poquito cómo los lleva… ¡No son pocos, eh! ¡No está nada mal!… Esa edad… ¡La permanencia no se trata de años, ¿eh?! ¡Claro!, ¡claro!… Veamos, sí… lo escucho.
—Es que según mis chequeos de ADN, creo que podría… Bueno, digo, según los estudios, ¿eh? No es que lo afirme yo… parece que mi configuración genética es normal, digamos, de normal un escalón más arriba… cómo decirlo… que podría ser buena para engendrar, no sé… y esto me hace pensar que tal vez pueda, más adelante…
—¡Más adelante! —interrumpió el otro— ¡Ah! ¡Ah! ¡Más adelante! Y bueno, hombre. ¡Y bueno!… Nuestra Ciudad no lo decidirá por usted, ¡claramente que no!, pero deberá ajustarse a la normativa vigente de planificación, y eso es una operatoria impersonal… Entiende, pero vamos, que eso no es lo que nos reunimos a plasmar aquí, ¿eh?
—Ya, pero eso podría influir en lo de la permanencia, ¿o no?
—No sé si lo entiendo correctamente, Antón. Hay un punto, sí, ¡claro que lo hay!… En su archivo dice que usted no ha requerido asistencia de salud. Bueno, sí chequeos de rutina, lo recomendado, y sus estados físico y neurológico son buenos de verdad. Están las evaluaciones psicológicas por requisitoria laboral que arrojaron resultados aceptables… en fin, que vamos, hombre, que usted no ha ocasionado a esta Ciudad gastos… no ha necesitado, mejor dicho, de la salud pública y esto es un punto, qué digo un punto, es un puntazo a su favor, y por lo tanto y como ya se le ha informado, usted por ley dadas sus estadísticas personales podría pasar a retiro a los 55 años… Y digamos que 55 años es para pensarlo, ¿no lo cree? Máxime teniendo en cuenta que algunos a su edad ya se retiran, me entiende… problemas de salud, físicos, neurológicos, psicológicos… en fin…
—Sí. Entiendo. Es por eso que he considerado engendrar… y de ser esto posible tomaría seriamente el hecho de continuar la permanencia hasta los 55.
El escribano mostró acaso involuntariamente un gesto sombrío, como de repentina decepción. Se echó hacia atrás en la silla y quedó observando la pantalla unos segundos.
El hombre entonces continuó hablando: —Es que me gustaría conocer a un niño… me entiende, al menos hasta diez años. Creo que eso me traería mi infancia. En esto estoy pensando antes de decidir el retiro… Le estoy siendo muy sincero, escribano.
—Sam. Llámeme Sam, por favor.
—Sam. Bien, si esto fuera posible, y según entiendo lo es, estaría dispuesto a firmar mi contrato de retiro a los 55 años.
El escribano irguió la espalda y se llevó las manos a la nuca, las retuvo un instante y extendió súbitamente los brazos hacia los costados.
—Bien. ¡Está bien! ¡Cómo que no! Es su deseo, Antón, ¿eh? —dijo mientras bajaba lentamente los brazos de manera tal que, siempre con la misma lentitud, apoyó los codos sobre la mesa y en el mismo movimiento entrelazó los dedos de ambas manos—. ¿O aún no está convencido? Quiero decir… ¿Está plenamente seguro?… ¿Es una decisión tomada?
—Parece que sí. Digamos que, según la ley, está concedida a cualquier ciudadano la posibilidad de retirarse antes por razones privadas que al Estado no interesan —respondió el hombre.
—¡Ah pero claro! ¡Seguro que a la Ciudad no le interesa lo que un ciudadano haga de sí mismo antes del plazo estipulado por el contrato social de retiro! ¡Evidentemente, Antón! ¡Mire si el gobierno va andar entrometiéndose en esas decisiones dentro del plazo legal de actividad de cada uno! ¡Y cómo podría además! ¿No? ¡Sería ridículo! ¡El Sistema! ¡Una payasada grotesca!… Y no estamos aquí para acordar eso, mi estimado. ¡Desde luego que no!…
—Sí, claro. Es una observación nada más. Estamos charlando —interrumpió el hombre.
—¡Esa es la actitud, mi amigo! Esa es exactamente la actitud aquí y ahora.
El escribano tomó su dispositivo y se puso a operar con los dedos la pantalla con aparente atención, como si algo imperceptible para los demás hubiera surgido de allí en ese momento, algo de suficiente importancia como para enajenarlo.
Entonces el hombre volteó hacia el costado y reparó en la secretaria, que estaba atenta y silenciosa en su sitio. Ella le dedicó una sonrisa como de aprobación, evidentemente estaba al tanto de la conversación que acababa de suceder.
—Y bien —retomó el escribano—, tal parece que no nos queda mucho más… ¿Qué opina usted, Dorin? —se levantó de la silla y fue hasta la ventana.
—Está bien —contestó la secretaria—. Es un caso poco usual según las estadísticas, pero según el archivo está apto… Igualmente yo creo que los 45 años son lo ideal…
—¡Ah pero seguro! —la interrumpió el escribano— ¡Seguro que es un momento justo los 45!
—Pienso en el cuerpo; para mí es fundamental, no es el mismo después de los 40 —dijo la chica.
—¡Desde luego, Dorin! ¡Todo un detalle la cuestión biológica! ¡Que no se nos pase! —El escribano anduvo hasta el refrigerador y sacó un refresco.
—¿Le alcanzo uno, Antón? Tenemos de frambuesa… de lima… veamos… multifruta…
—De lima, por favor —respondió el hombre desde su silla.
—¡Buena elección! ¡Adoro el de lima! ¡Sí!… ¿Y usted, Dorin, se va a servir algo?
—No. Le agradezco —dijo la chica.
El escribano alcanzó el refresco al hombre y volvió a sentarse, esta vez en otra silla a un costado de modo que ya no se interponía entre ambos el escritorio.
—A ver. En qué estábamos… Ah claro. En lo de engendrar —dijo y sacó el dispositivo de un bolsillo y volvió a consultar el archivo.
El hombre bebía el refresco y parecía aún distraído en la chica. —Me resulta algo misterioso la niñez —dijo ahora mirando al escribano.
—¡Y para quién no!… Y para quién no, mi amigo. Miremos un poco esto juntos —ahora proyectó el archivo en la pantalla del escritorio y la giró de manera que ambos pudieran verla.
—Veamos que usted legalizó el vínculo conyugal… ahá, y con una mujer… Y ejercieron la crianza de un chico ¡por cinco años! ¡Bien! ¡Es un hombre de constancia ¿eh, Antón?!… Según estadísticas la mayoría de las parejas no dedican más de tres años a la crianza…
—Sí. Sí —interrumpió el hombre como si no quisiera seguir oyendo acerca de sí mismo—. Ella lo pidió y nos fue otorgado por la Ciudad. Es que no queríamos engendrar, pero queríamos probar la experiencia por si acaso… La rutina del trabajo… Usted entiende.
—¡Ah! ¡Ah! Claro que sí… ¡Cómo no!
—Después lo incorporamos al Sistema… Fue una buena experiencia para los dos… o para los tres, espero… no estuvo mal.
—¿Y su pareja?… ¿Qué le pareció la vida conyugal?
—Bien. Bien.
—¡Y que lo diga, Antón! ¡Ya veo!… acá dice que tuvo ¡siete años de convivencia!… Según estadísticas la mayoría de los contratos conyugales se establecen por cuatro años y se rompen antes de los tres… La gente tiene cosas que hacer ¿eh, Antón? ¡La permanencia es para disfrutarla! ¡El ocio!… ¡La actividad productiva! ¡La Compañía!… porque veo que aún trabaja para la misma Compañía… ¡Bien! ¡Mírenos a Dorin y a mí! ¡Para el Gobierno de la Ciudad!… ¡Mire lo hermosa que se ve la ciudad desde esta oficina! ¡Mírela!
El hombre volteó hacia la ventana. El escribano hizo silencio mientras acababa su bebida y quedó viéndolo con cierta expectativa como si el otro fuera a levantarse y efectivamente contemplar la ciudad, pero el hombre quedó en su lugar y no dijo nada.
—Disculpe, Sam. Parece que se nos está haciendo la hora —dijo la chica atendiendo su dispositivo móvil, desde el cual proyectó un cronograma en su pantalla.
El escribano reaccionó, se aclaró ruidosamente la garganta y habló. —Y bien, Antón. ¡El tiempo lineal es tirano, eh!
—¿Hacemos el contrato entonces? —propuso el hombre.
—¡Sí!… ¡Sí! ¡Claro! ¡En eso estamos, mi amigo!… Nos quedan unos detallitos… Cómo decirlo. A ver, hombre. Según entiendo usted firmará aquí la cesación de actividades, digamos su retiro, para dentro de… 21 años. Bien. Bien. Déjeme aclararle que para el gobierno esto es algo inesperado… me entiende, inusual…
—¿Inesperado? —interrumpió el hombre con cierto gesto de asombro.
—Tranquilo. La ley es la ley; acá no hay nada ilegal. Sin embargo el Sistema funciona normalmente con un plan de retiro que estadísticamente rara vez excede los 45 años… me entiende… la gente no necesita, y esto son estadísticas, más de 45 años de permanencia en el Sistema… ¡está comprobado! ¡Súper comprobado que la calidad de vida se optimiza según estos parámetros de actividad!… Como sea, el suyo es un caso más bien aislado aunque perfectamente legal según versa su historial… Mi deber de funcionario público es instarlo a considerar un retiro más… ¿razonable? No es esta la palabra, pero algo así… En fin, Antón, que lo hablado hablado está. ¿Tiene algo más para charlar? ¿Imagina algo que pueda hacerlo cambiar de parecer?
El hombre quedó callado. Después de unos segundos negó con la cabeza al escribano que lo miraba con atención.
—Bueno. Bien. Estamos. Nos queda ver el asunto del método de retiro… Mire, entre nosotros, le recomiendo dejar que la Ciudad se encargue. Ha visto los métodos que ha venido perfeccionando el Gobierno… ¡Y ni imaginemos dentro de 21 años!… ¡Ni hablar!… Vamos, que hoy día nadie se entera. No hay dolor alguno, sobre todo con las técnicas de la Ciudad. Usted se olvida. Simplemente llega el día; ni se entera. No duele. No hay la mínima pizca de sufrimiento ni nada… hoy día, eh. Yo optaría por el de la Ciudad, que además es totalmente gratuito, y no por los propios medios… uno nunca sabe… ¿Me entiende?
—¿Y en caso de que quisiera retirarme por mi cuenta? —dudó el hombre.
—En el caso de hacerlo por sus medios sería descontada de su salario una pequeña suma por el seguro de terceros, se entiende, para prevenir que su accionar pudiere afectar la integridad física de alguien más, lo cual, dicho sea de paso, no es tan raro que ocurra aunque parezca extraño.
—Me parece extraño, ciertamente…
—¡No tanto, Antón!… La semana pasada… sin ir más lejos… el tipo que saltó y cayó sobre una operaria de la Compañía… nada tenía que ver… ¿lo recuerda?
—No. De todos modos elijo el método de la Ciudad.
—¡Bueno! ¡Bueno! No nos dispersemos. Usted firmará el contrato de retiro con el Estado en tiempo y forma. Siendo que la edad máxima para plasmarlo es de 35 años… Bien. Y por intermedio del presente documento y dado su historial usted accede a la cantidad máxima que admite la ley, que es de 55 años —el escribano manipulaba su dispositivo, y el hombre podía ver en la pantalla cómo se completaban los casilleros del formulario.

Texto agregado el 25-08-2016, y leído por 408 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2016-10-10 01:12:27 Dejando de lado el estilo, la sensación que produce la historia semeja a la de: "En la colonia penitenciaria", de Kafka. En momentos es casi insoportable. La nulidad del ser ante fuerzas infinitamente superiores, que no entendemos y nunca podremos combatir. Pato-Guacalas
2016-08-28 10:00:34 Tenía ganas de hablar el escribano no? El que mencionara la palabra dolor humaniza el texto. Egon
2016-08-26 20:45:08 Entiendo que tienes rato dándole vueltas. rhcastro
2016-08-25 22:55:45 Escalofriante por lo burocrático. Una distopía más brutal que el mundo feliz, no? kroston
2016-08-25 21:12:42 Buena la idea...A ratos cansa el exceso de diálogos sin avances en las acciones. El manejo del personaje del escribano despierta rechazo...bien logrado. Nazareo_Mellado
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