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Inicio / Cuenteros Locales / tsk / Papeles pintados. Novela. Cinco.

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El abandono de la mujer sonriente del cuadro era posiblemente el único tema que no se podía tratar en casa y no es que expresamente se hubiese ello dispuesto- al menos de forma verbal- sino que constituía uno de esos secretos familiares tan secretos que durante algún tiempo llegué a pensar que a diferencia de los otros niños yo había venido al mundo por una especie de generación espontánea. Esta era la versión exagerada. Tenía otras que iban desde la muerte de mamá hasta por la que llegaba a creer que tanto Inés como yo no éramos sino hijas de Laura( imposible cronológicamente respecto de la mediana pero sí de mí y creíble a todas luces por los cuidados y mimos que a ambas nos dispensaba). Un caso familiar que no iba en beneficio de mi claridad mental y que posiblemente obedeciera a una pretensión, endogámica, de protección familiar, que de cara a los otros no dejaba de generar suspicacias por la irregularidad de faltar una mujer de cierta edad pareja a la de nuestro padre o, al menos una explicación sobre su ausencia que éste nunca dio como tampoco diera sobre su parentesco con Laura en el que se centraba la febrilidad imaginativa de quienes no tenían otra cosa con que ocupar sus pensamientos. Posiblemente si hubiéramos precisado de apoyo para nuestra subsistencia, de alguna forma, se hubiese hecho intolerable nuestra situación y papá habría de haber exculpado la ausencia de mamá incluso mintiendo puesto que hubiese sido peor decir la verdad: que había abandonado a su marido y a sus hijas por propia voluntad( inadmisible en las cotas en que nos encontrábamos). Como papá no precisaba siquiera trabajar, se podía permitir el lujo de guardar silencio sobre el episodio sin tener que mentir- manchando en este caso su honor de hombre de palabra y sin verse precisado tampoco a contar lo realmente ocurrido al permitirle su situación económica no ser tributario de ningún favor en relación con nuestra subsistencia. Más tarde hube de reflexionar sobre el hecho llegando a la conclusión que en el trabajo estaba el honor de los pobres mientras que la salvaguardia de éste en los ricos depende de su saber en mantener la compostura como creo que papá lograra felizmente. Mirando el abandono como con su silencio nuestro padre lo diera a entender no había en nuestro estado nada por lo que tuviéramos que avergonzarnos. Su actitud no dejaba de estar provista de cierta elegancia, que era la elegancia de no haber emitido queja sobre su situación y, sobre todo, de no haber caído en la tentación de considerar justificada ante su desdicha una palabra o un mal gesto. Papá no era un Menelao alborotador ni tampoco un Narciso que olvidara de su corazón exangüe nuestra porción.

Murió bien mirado demasiado joven en relación con el hecho de no tener dolencia alguna conocida, ni de propiciar con sus hábitos desarreglo alguno. Sólo de vez en vez encendía un cigarrillo casi más como afición papirofléxica- liaba unos cilindros perfectos- que por gusto a la nicotina pues lo lanzaba al fuego al poco de darle dos o tres chupadas y sin, creo recordar, inhalar el humo. Por otro lado mantenía una figura medio esbelta sin que se pudiese afirmar siquiera que fuese recio. A todos sitios se desplazaba andando y toda su vida como si se tratase de un rito de observancia obligatoria cuando la veda estaba abierta caminaba todos los domingos prácticamente de sol a sol. Por eso su muerte, por inesperada, fue sentida hasta decir ya no podemos más. Un mal día se fue y de él, como por demás pasa siempre, no volvimos a saber. En su funeral el cura se mostró elocuente revelando unos conocimientos sobre mi padre insospechados pues la relación que había tenido en vida con la Iglesia era prácticamente nula. Y no escribo totalmente pues tampoco daba la espalda irreconciliablemente con la institución y su representante a quienes trataba como cualquier otro. De nombre valeroso que supo sacar hacia adelante a sus tres hijas sin la ayuda de nadie, lo tildó.
Durante los veinte años que aquí vivió tuvo ocasión de granjearse no grandes amistades mas sí cierta consideración de algunos de los vecinos de la población con lo que su funeral, inesperadamente, fue concurrido dándonos la imagen de no ser necesario estar constantemente recibiendo palmadas sobre los hombro para ser de alguna consideración de los demás. Nuestro padre se había caracterizado por la falta de búsqueda de protagonismo. Con haber sido admitido aquí sin más preguntas e inquisiciones se sintió feliz y no faltó ocasión en que pudo mostrar ese sentimiento de gratificación concurriendo con su apoyo a alguna iniciativa que comprendiera pudiera ser en beneficio de la población. Pero no por ello pretendió obtener ventaja o beneficio desigual.
Estas circunstancias hicieron que también nosotras decidiéramos hacer de la población nuestra casa e incluso yo que con diferencia había resultado la más viajera finalmente tras cada alejamiento recalaba aquí con el objeto, quizá inconsciente, de saturarme de hogar que sólo entre estas calles lograba por ser seguramente las que me habían visto crecer y en las que pendían como sujetas de escarpia mis ensoñaciones y el sentimiento de libertad que, según creo es consustancial a cierta edad de la vida y, también, cómo no, mis apuros y mis angustias y, en definitiva, gran parte de los elementos que habían concurrido a la formación de mi carácter. De todas formas tampoco me abandonaba la sensación de ser sangre nueva en la villa ancestralmente poblada desde los tiempos de conciencia de identidad o, al menos, eso decían estudios lo suficientemente contrastados como para pasar del magín de su autor a la letra impresa( verdadera frontera en ocasiones entre lo apócrifo y lo real).
A veces papá decía que era tan vieja la villa como para albergar su historia cualquier leyenda que sobre ella se pretendiese predicar. Y lo justificaba diciendo que habían pasado tantos años como para que los sucesos en ella registrados desbordaran las entendederas más fantasiosas e incluso se permitía retar, dando prueba de alguna reminiscencia, a cualquiera que porfiara sobre la novedad u originalidad de algún acontecimiento.
Cuando alguien dijo ser imposible que hubiera en la historia alguna suerte de encantamiento "porque no eran sino los encantamientos cosa de imaginaciones calenturientas que no se daban en la realidad", nuestro padre tardó en contestar pero contestó.

Texto agregado el 02-08-2016, y leído por 29 visitantes. (0 votos)


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