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Inicio / Cuenteros Locales / tsk / Papeles pintados. Novela. Tres.

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Había también alguien de quien no hablé o quizá hubo( mejor) pues su presencia- tras mi rechazo- en los últimos tiempos se hizo "plomiza", medio persecutoria, patética, pesada o, al menos yo la veía así. Ese niño tosco, callado, malamente aceptado, del que se puede hablar casi como estereotipo y cuya compañía admitía para mostrar a los demás que no había nada contagioso en frecuentar con él. Juanito era todo esto pero además se daba la circunstancia de ser consciente de cómo era y de cómo los demás le veían y, por si lo anterior fuera poco, conservaba un fondo de orgullo envidiable por el que se manifestaba selectivo respecto a la compañía que pudieran ofrecerle los otros. Era un bastión, un grupo de uno solo frente a los grupos de, al menos, más de uno. Por ello, antes de que se prendara de mí excesivamente, en claro y flagrante abandono de aquello que lo hacía atractivo, lo llegué a admirar. También parecía contar con una cualidad extraña, una especie de don de la ubicuidad que le permitía aparecer cuando mi pensamiento lo evocaba; cualidad que no le abandonara- respecto a mí al menos- jamás, mientras el espacio, claro es, no fuera obstáculo a sus presencias repentinas. Siempre aparecía solo, sin ruido que lo delatase, y, como si se tratara de un gato, sus pasos apenas eran perceptibles hasta el punto de haberse podido decir que lo más ruidoso en él, acaso, podía ser( no obstante no hablar solo) sus pensamientos.
Y con todo fue el primer chico que me besó. Era agradable compartir horas enteras con él mientras nuestras bocas parecían jugar a buscar el más difícil todavía en cuanto a posturas que casi podríamos catalogar de pintorescas.
Un día, alguien, aprovechando el retraso de la maestra quizá, gritó: Pepita Aguado se besa con Juan y por primera vez tuve la sensación de que en ello había algo más que un inocente juego pues la respuesta al unísono de la clase me hizo entender que el juego lo era también de sociedad.
Había de alguna manera que romper el silencio prolongado postrero a la algarabía seguida al grito delator.
- Sí, es mi novio y nos vamos a casar.
(...)

- Sólo si es cierto lo que dijiste en la escuela te lo puedes quedar.

Prolijo en regalar animales, me alargó un ratoncillo blanco y diminuto que, contrariamente a las expectativas que él había albergado, me repugnó hasta el punto de no poder disimular la sensación que su visión me había producido.

- Está bien: si tú no lo quieres, otra lo querrá, seguramente.

Y matizó la frase. Cosas como esa lo hacían especial por lo que seguimos "prestándonos el pico" aunque, creo, con una pasión inferior y posiblemente debida a la contemplación del roedor bullicioso en su mano. La importancia de algunos detalles...
Conforme fuera en aumento mi indiferencia, él fue perdiendo paulatinamente su frialdad emocional o quizá el sentido de la distancia que lo hacía atractivo para mí. Pero ésto fue mucho tiempo después del tiempo a que me remito. Papá aún estaba con nosotras y no había cosa en el mundo que me hubiera hecho tirar hacia atrás.

En cierto modo mi padre me había educado de una forma neutral. Sólo Laura se había encargado de andar conmigo a base de perifollos y bucles en el pelo, aunque no pudiera hacer nada frente a la influencia resuelta de papá que no parecía tener en cuenta que fuese una mujer a así, pasé todos los domingos de mi niñez acompañando a mi padre al campo, cuando la veda de caza lo permitía. Todo el mundo se reía de papá cuando lo veían marchar de caza con su hija pequeña y el pastor alemán que nos regalara la madre de Juan y aunque tenía noticia de ello- pues me lo había contado éste- nunca le sugerí siquiera la posibilidad pues con el tiempo llegué a pensar que sólo en esos instantes se sustraía del abandono de mamá.

Texto agregado el 01-08-2016, y leído por 34 visitantes. (0 votos)


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