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Inicio / Cuenteros Locales / tsk / Papeles pintados. Novela.Uno.

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Uno.

Tras la prematura muerte de papá quedamos las tres como desangeladas. Aunque, si bien se mira, nuestra vida era tan trivial que el luto nos confirió- ahora que lo aprecio desde lejos- cierta profundidad.
Era esa desgracia la que el destino nos reservaba para empañar una, no digo dicha, más bien confortable linealidad. La vida- su preservación- no se piense que nos hizo reaccionar. Los ahorros del banco nos permitían, al menos durante algún tiempo, seguir como hasta entonces; es decir: sin preocupación por el dinero.
La solemnidad no pasó de lo que podríamos llamar una dimensión social. Solamente el luto- entonces- nos hacía contrastar con la cal perpetua del poblachón del sol, envuelto en una calima perpetua el verano que enterráramos a papá.
Nuestro padre lo había dicho frecuentemente y reconfortaba apreciar la entereza de su persona frente a la muerte.
- Espero que no haya llantos cuando muera. Si lloráis en mi sepelio lo sabré y me disgustará. Quiero que mi fallecimiento, salvo que se de en extrañas circunstancias o muy anticipadamente, no sea motivo de tristeza sino el momento de culminación de una vida de cuyo balance sólo es responsable... Esto, claro es, cuando el fallecimiento se de en tiempo y es consecuencia de un desgaste de la vida.

Lo que no había previsto era la actitud idónea cuando la muerte se produjera en circunstancias intermedias, pues realmente cincuenta y seis años- la edad a que falleciera- tampoco podía considerarse una edad en la que como él decía, la muerte se produjera como consecuencia del desgaste de la propia vida, con lo que pese a nuestra disposición en no contrariar su voluntad nunca llegamos a saber si nuestra actitud fuera de su agrado, pues más tarde, en la soledad de casa cuando hubieron desaparecido las visitas, acordamos llevar un luto hasta que las circunstancias señalasen la idoneidad de prescindir del mismo. En casa, sin embargo, y en cierto modo cumpliendo los deseos de nuestro padre, vivimos todo aquel tiempo distendidamente. Solamente fuera observábamos cierto rigor entre otras cosas porque lo contrario hubiese sido interpretado como ligereza y no estábamos dispuestas a dar pábulo a comentarios por lo que adecuamos nuestra conducta a los usos de la población no obstante ser nuestro carácter, como descendientes de quienes fuéramos, contrario al enterramiento en vida- metafórico, pero ilustrativo- de las viudas fundamentalmente y, también, en ocasiones, de las hijas no niñas.
El sol de nuestra tierra nos impedía admitir en su pura exactitud la actitud debida que empezaba con un riguroso negro y continuaba con esa modificación de costumbres que determinaba un antes y un después en la vida de una mujer cuando de esposa se pasaba a ser viuda de quien fuera. Nuestra tierra: la de donde habíamos venido con nuestro padre, acaso para olvidar aquella especie de viudedad en que lo había sumido el abandono de mamá, entendía el duelo pero no exigía a las viudas toda esa renuncia que parecía preponderar aquí.

Por otro lado, con la muerte de nuestro padre, nada nos retenía, pues no había bienes o tierras siquiera que fuera preciso vender salvo la casa en que vivíamos que , en todo caso, hubiéramos querido conservar; pero, por demás, tampoco teníamos lazos en la tierra de la que de muy jóvenes hubimos de marchar, con lo que la comodidad la que nos impulsó a dejar las cosas como estaban.
Los años habían hecho que la tierra se convirtiera en nuestro único hogar pese a todas las distancias, pese, fundamentalmente, a no contar aquí con más familia que la que formábamos las tres, la que, por otro lado, tampoco llevaba visos de ampliarse, de tal forma que- como quedara dicho- no fueron lazos sentimentales los que aquí nos anclaran sino la tendencia a no variar, la inercia, la costumbre y, acaso, la memoria de papá, cuyo recuerdo al menos para mí- la más joven- era imposible de separar de la tierra a la que con cuatro años había venido, con quien había quedado a nuestro cuidado para siempre y en exclusiva y que acababa de dejarnos aquel verano tenaz cuyo sol hiciera reverberar la cal.

Texto agregado el 29-07-2016, y leído por 32 visitantes. (0 votos)


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