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Inicio / Cuenteros Locales / guy / LO QUE PERSISTE DE NOSOTROS

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Rita lleva puestas una pollera roja que finaliza sobre las rodillas y alpargatas blancas con suela de soga. Acabo de entrar. En la cocina están su madre y su nueva suegra sentadas a la mesa. La puerta que da al jardín está abierta y lo veo a Leopoldo trepado a una escalera podando la yedra con unas tijeras enormes.
—Qué olor a cigarrillo tenés —me dice Rita.
Escucho de fondo el chasquido seco de las tijeras ¡choc choc! ¡choc!
—Dónde está Elián —le pregunto; también luce algo así como una camisola blanca.
La nueva suegra teje al crochet flores rosas, usa unos anteojos grandes de marco verde. Creo que no me saludó cuando entré.
—Arriba —empieza Rita—. Le dije que hasta que no termine de ordenar su cuarto no se va… Y vos podrías no fumar aunque sea el día que venís a buscar a tu hijo… un día, che... aunque sea un día, ¿no? ¿Tanto te cuesta?
Sé que no espera que conteste. Recuerdo cuando dejó de fumar. Desde entonces yo tenía que fumar fuera, en el jardín o en la calle. Ni siquiera en el garaje. Antes de acostarme debía lavarme bien las manos y la cara. O dormir en el sofá. Si dejaba la puerta de la cocina abierta cuando salía a fumar al jardín me armaba un escándalo, decía que entraba el humo, que era como si le fumara adentro, «es como que me fumes acá adentro», decía. «Me fumes», decía. También se hizo vegetariana. Poco después quedó embarazada.
Mi exsuegra lee una revista de cocina naturista. En la mesa hay una jarra con jugo de zanahorias y una botella de aperitivo. Sé que es de zanahorias por el color y sé que nadie ahí toma una gota de alcohol. Hay vasos servidos. Sigo parado junto a la heladera.
—Sabías que venía a esta hora —le digo.
—¡Ah claro! Cierto que el mundo gira alrededor del señor y que todo tiene que ser como al señor le quede cómodo —me recrimina.
La madre de Leopoldo me enfoca desde su tejido a través de esos anteojos unos segundos. Creo que va a decirme algo y la miro, pero vuelve silenciosa a lo suyo. Escucho las tijeras de fondo ¡choc choc! ¡choc! Rita está inquieta, va hasta el comedor y vuelve. ¡choc! ¡choc choc!
—¿No te vas a sentar? —me dice exsuegra.
—No. Estoy bien. Igual ya nos vamos. Gracias.
Me distraigo con los folletos pegados en la heladera. Hay de cursos de Reiki, de clases de Yoga, de clases de canto, de una casa de comida vegetariana, de Tae Bo, de Kick Boxing, de una remisería, un almanaque y un panfleto de un taller literario.
Cuando nos separamos, Rita empezó diversas actividades. Mantenía cierta predilección por las grupales y las de ejercitación física. Hacía meditación. Fue en uno de esos grupos donde parece que conoció a Leopoldo, que también es vegetariano y que, según entiendo, se dedica al coaching. No sé si Leopoldo sabe que estoy.
Rita pasa con un canasto de ropa y sale al jardín. A la izquierda está el lavadero. Veo que desde lo alto Leopoldo le hace señas con las tijeras enormes. Está de short y remera blancos. Es muy alto y muy flaco, debe medir más de uno noventa. Tiene la piel demasiado blanca el muy esquelético. Pienso que esas largas y finas piernas no son confiables ahí arriba, que puede caerse y quebrarse, que podría clavarse las tijeras en la caída. Me recuerda a esos bichos palo o a una mantis descolorida. También pienso que no sé bien de qué va eso del coaching y que si fuera él me quitaría la remera y tomaría un poco de sol.
Ahora Rita sube las escaleras; se la oye gritar:
—¡Elián! ¡Elián, llegó tu padre!
Escucho que abre la puerta, sé que es la puerta de la pieza de mi hijo.
—¡Pero qué estás haciendo!… ¡Te dije que había que ordenar esto antes de irte, Elián! ¡Pero por favor, Elián!… Dame eso, ¿querés?
—Ay ay ay este chico —dice la nueva suegra de Rita.
—A esa edad son así, Antonia, qué va a hacer… son chicos —contesta exsuegra.
Leopoldo sigue en el jardín ¡choc choc choc! ¡choc! Pienso que mi hijo tiene siete años y que es un buen chico a pesar de nosotros y de esta gente nueva.
Aparece Rita con una tablet y la deja sobre la mesa.
—Ahora termina de ordenar y viene —dice como si yo no hubiera oído nada, y traga un poco del jugo de zanahorias sin sentarse.
—¿No le vas a decir? —le dice exsuegra.
Ahora Rita se palmea la frente como quien se molesta por haber olvidado algo importante y deja el vaso vacío en la mesa.
—Tu hijo tiene piojos, Franco. ¡Tiene piojos otra vez! —Mi exmujer me habla a menos de un metro, súbitamente tensa y huele a crema para masajes.
—Se agarra los piojos en el colegio —le digo.
—Se agarra los piojos en el colegio porque está bajo de defensas y porque el cuerpito tiene toxinas porque vos le das de comer cualquier porquería y le fumás al lado, Franco. Pero claro, yo siempre hablo con las paredes.
Me viene a la mente una escena de Elián conmigo comiendo pizza y jugando a los videojuegos en mi departamento sin nadie que grite ni haga escenas con olor a crema de masajes ni viejas mirando revistas ni tejiendo florcitas y me pregunto qué tendrá que ver eso con los piojos.
Aparece Leopoldo con las tijeras enormes en la mano.
—Oooooh miren quién está acá —exagera contento el tono amable. Está transpirado y tiene cositas en el pelo. Su remera está manchada de verde. Se acerca a la mesa y se acaba un vaso de jugo.
Ahora viene y me da la mano fría y pegajosa. Este contacto me da asco; siento que se queda una eternidad apretando mi mano con fuerza mientras observo los pelos negros que le salen en el pulgar blanco. Huele a savia o a lo que sea que sangren las plantas.
—¿En qué andás, querido? —me dice.
—Acá andamos… Bien, che. Todo bien.
—¿Te contó Rita lo de los bichitos?
Lo miro extrañado. Pasan unos segundos y entiendo que se refiere a los piojos de mi hijo.
—Le dije. Le dije que cuide al nene, que no le dé porquerías para comer —interrumpe Rita.
Me choca que un urso de dos metros sudado, manchado y con unas tijeras enormes en la mano diga que mi hijo tiene bichitos. No entiendo por qué no dejó las tijeras afuera.
—Y bueh. Qué va a hacer. Ya se le van a ir. No es la gran cosa —dice el urso.
—La gran cosa —empieza Rita— sería que este deje de fumar y de tomar aunque sea para no darle un mal ejemplo al chico —parece que les habla a todos.
—Si no dejó hasta ahora, nena —exsuegra no termina la frase. La nueva suegra niega apenas con la cabeza sin dejar el tejido.
Leopoldo echa jugo en el vaso con la derecha. Tengo ganas de decirle que nada le impide largar las tijeras y usar ambas manos. Me distrae el movimiento de la nuez cuando traga.
Rita está de pie apoyada en la mesada y juega a envolverse con una toalla el puño derecho. Ahora Leopoldo sale al jardín, parece que a continuar con la poda.
—Ya que estás, hay que ver algunas cosas tuyas que quedaron en el garaje —me dice Rita. Acabo de notar que se ha cortado el cabello, que está más corto que de costumbre.
—Qué cosas —pregunto. ¡choc! ¡choc choc!
No recuerdo haber dejado cosas en el garaje. Ella resopla como reprochándome que no la entiendo y mueve los ojos hacia arriba, se muerde el labio superior, inspira hondo y mueve la cabeza como negando. Aún tiene el puño derecho envuelto con la toalla.
—Vamos a ver —me dice y me indica la dirección del garaje.
Voy por el corto pasillo y abro la puerta. Ella viene detrás de mí. Ingreso y veo que no está el auto de Leopoldo. Considero probable que algún día el urso se mude aquí, a esto que vendría a ser mi excasa, con mi exmujer y mi hijo.
—A ver qué hacemos con estas porquerías —grita, siempre detrás de mí.
No sé de qué habla. Volteo y recibo una patada en el estómago que me quita el aliento. Levanto la cabeza; ahora un piñazo en la sien izquierda y pierdo el equilibrio. Me cubro la cara.
—Tomá —me dice y me tira una toalla.
Entiendo que debo hacer mi guante, y lo hago. Me enderezo ya en guardia. Rita bailotea, camina de costado como los cangrejos, menea el torso de un lado a otro. Yo la estudio directo a los ojos cubierto por los antebrazos, puedo sentir su furia contagiosa. Quiero que se acerque y darle en la cara bien. Está fuera de alcance y se mueve, me rodea en su baile ridículo, se acerca. Le lanzo un derechazo que no llega. No sé cómo, recibo un rodillazo en el flanco derecho bajo las costillas. Retrocedo con torpeza y consciente de que deberá ponerse a distancia y podré golpearla bien, como se merece y como desea que suceda. Me llama con el puño envuelto mientras el desnudo sigue en guardia. La espero.
—Voy a tirar todo esto si no te lo llevás —dice en voz alta, como para que en la cocina crean que aquí hay una mera discusión.
Retrocede y tumba una escoba. Está a unos tres metros. Se acerca con decisión. Amago a darle un cachetazo de zurda y le acierto un derechazo que, aunque alcanza a cubrirse con el antebrazo, la empuja hacia un costado. Entonces cometo el error de pretender acabarla, me acerco y recibo un gancho de derecha en el estómago y enseguida una patada detrás de la rodilla que me tira de culo al suelo. Me falta el aire, giro y retrocedo porque espero más golpes, pero Rita está parada.
—¿Y?... ¿cómo te va con la gordita esa? —murmura y sonríe.
No contesto. Arreglo la envoltura del puño y me paro. Entonces arremete. Lanza golpes con furia, pero estoy cubierto y no duelen. Retrocede.
—¿Ya le diste a la gordita? ¿Eh?… Dale… ¿Le diste o no? —me provoca mientras bailotea. Está bien entrenada, es fuerte y rápida; su cuerpo macizo aguanta bien los golpes.
Viene y le tiro otro derechazo que le da en el hombro. Se agazapa para golpearme en el estómago y retroceder, pero la esquivo y trastabilla hacia delante. Entonces le pateo el culo y esto la enfurece. Vuelve a avanzar y tira una patada que me da en el costado. Cometo el error de agarrarle la pierna bajo la rodilla con el fin de inmovilizarla y tumbarla, y recibo un piñazo de lleno en la mejilla. No es que me haya noqueado aunque eso dolió. Pero no la suelto y me dejo caer hacia el costado para llevarla al piso conmigo.
Estoy con la espalda en el suelo y ella sobre mí, la agarro de la muñeca izquierda con la mano izquierda, que es la que tengo sin guante de toalla. Intenta golpearme en la cabeza con la derecha y me cubro con el antebrazo. No quiero que se levante, la sujeto fuerte y tiro de su brazo hacia mí para que su puño libre pierda distancia. Forcejea e intenta golpearme. Se retuerce como un pez fuera del agua sobre mí, me da un codazo débil en las costillas, jadea, gime.
—Larguirucho no te sirve para esto; veo que por lo menos te masajea y te corta la enredadera. Algo es algo —le susurro. Siento su respiración caliente y ese olor a crema para masajes. Tiene la cara endurecida y roja, los dientes apretados, los ojos enormes.
—Soltame, puto —me gruñe. Esto me causa gracia; me río casi triunfal. Entonces me escupe en la cara y me acierta un codazo. Fue una distracción: primero la risa y luego el escupitajo. Aflojé el cuerpo sin querer y acaba de asestarme un codazo que me dejó sin aire. Le doy un derechazo débil en la cara justo cuando se aparta para golpearme bien.
Estoy sentado en el suelo, agitado y recuperando aire. Rita parada a un metro espera que me levante y pelee, se zarandea, inclina la cabeza de un lado a otro, salta en el lugar. Pienso que de no ser por el cigarrillo podría continuar enseguida el round, que podríamos seguir dándonos con todo lo que tenemos. Odio asumir que Rita tenía razón, y es el resentimiento parte de lo que me impulsa a levantarme. Eso y que más allá de cualquier otra cosa nunca quise ni pretendo ahora defraudarla.

Texto agregado el 08-06-2016, y leído por 403 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2016-08-18 01:39:51 No hay nada que decir, la calidad del texto lo dice todo. Sólo queda sentarnos y aprender: estamos ante un versado escitor en toda la extención de la palabra. Pato-Guacalas
2016-06-23 20:05:23 Yo también quiero que esas tijeras Leopoldo se los meta al orto. Genial collectivesoul
2016-06-18 20:55:51 No hay mucho que decir. El sorpresivo golpe inicial, y el relato de la pelea, geniales. Saludos kroston
2016-06-15 21:49:42 Qué puedo decir, yo lo disfrute como Eduardo. Sé que no es de leales envidiar pero envidio esa forma que tenés de salir despacio y de pronto simplemente sorprender. Describir una pelea no es fácil y vos como si hicieras un finta (así se dirá?) lo hacés como si nada. Una de las cosas que más me atrae de tus textos es tu forma de describir lo cotidiano, tan preciso. En fin, me encantó. El título esta fantástico también. Como dicen los gaitas, enhorabuena por tus cuentos. Saludo.M. blue_jean
2016-06-09 01:51:15 La cascada de palabras bien puestas, cosidas con maestría me recuerda, mutatis mutandis, a Verne. Aunque la trama es sencilla, doméstica, cotidiana, sin dramas truculentos ni disparos ni persecuciones policiales, el argumento te atrapa. Doble mérito. Cuando crezca quiero escribir asi. -ZEPOL
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