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Inicio / Cuenteros Locales / Clorinda / EL TESTAMENTO

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EL TESTAMENTO

Esa tarde, don Adrián Arqueaga se había sentido realmente mal. Le dolían los huesos de tal manera, que casi no podía moverse. Su espalda, que últimamente se asemejaba a la letra "C", era la más resentida. El dolor lo agobiaba, y lo que más le preocupaba era no poder atender la administración del campo que, poco a poco se le estaba yendo de las manos.
- Los años se me han venido encima casi sin avisar – pensaba preocupado.

Hombre de campo y dueño de aproximadamente quince mil hectáreas en la Provincia de La Pampa, ya había perdido la cuenta de la cantidad de cabezas de ganado de las que era poseedor.

Soltero; era el último de seis hermanos de una familia de origen francés, que se había radicado en esa zona hacía muchos años. Sus hermanos, solteros también, ya habían fallecido, y don Adrián era el dueño absoluto de esa propiedad, denominada “El caldén”.

La casa de familia no era gran cosa, pero el campo y los animales tenían un incalculable valor.
En otros tiempos, cuando faltaron sus padres, el mayor de sus hermanos era el que se dedicaba a gestionar la venta de animales, vacunación y a todas las tareas pertinentes a la administración del campo. Luego, esa tarea fue pasando de mano en mano hasta que quedó él a cargo de todo.

Ahora, don Arqueaga se sentía enfermo y limitado para realizar esas tareas. Afortunadamente, desde hacía muchos años contaba con los servicios de Catriel, un hombre de ascendencia aborigen, que vivía en concubinato con Rosaura, una mestiza que había sido cocinera durante muchos años en el establecimiento, y lo seguía siendo, aunque ya no cobraba por su trabajo. De no ser por ella, que todos los días le alcanzaba un plato de comida, le lavaba la ropa y le limpiaba la casa, don Arqueaga no habría podido desenvolverse mínimamente en los últimos tiempos.

Catriel realizaba los trabajos propiamente dichos del campo, y dirigía, en algún modo, la peonada. Además contaba con la plena confianza del patrón.

Ese día, Catriel le comentó a un vecino que tenía una pequeña parcela, heredada de su mujer, su preocupación por el estado del patrón.
-No sé qué le pasa, pero anda con la pata a la rastra. Lo viera, don Emilio… Ya no es ni la sombra de lo q’ era…y yo no entiendo mucho eso de la “aministración”…
-¡Déjelo por mi cuenta, no más! Ni bien termine con lo mío, ahicito paso por ” El caldén” -Don Emilio Castillo imitaba la tonada de Catriel para infundirle confianza.

Al rato cayó en la casa de don Arqueaga, acompañado por otro vecino que vivía en el pueblo: Don Deodato Fuentes. Entre los dos lo instaron a visitar al médico.
-Nosotros lo llevamos en la camioneta, don Adrián. No se preocupe.

-Artrosis deformante severa –había dicho el médico, cuando tuvo los resultados de los estudios. -Va a necesitar cuidados personales intensos.
-¿Y qué mejor que nosotros? –respondieron casi a la par los dos circunstanciales amigos.

A partir de ese día don Emilio Castillo y don Deodato Fuentes lo acompañaban a todas partes. Lo llevaban al médico, le compraban los remedios, lo paseaban por el poblado y le hacían los pedidos de los víveres y todo lo que necesitaba. Hasta lo llevaban a misa los domingos.

Pero el pobre iba para atrás. Los medicamentos para la artritis le habían comprometido el corazón, y su deterioro era notable. Tuvo que abandonar “El Caldén” para ser hospitalizado e internado en sala de terapia intensiva.

Viendo llegar el fin del viejo, los dos amigos redactaron, con la ayuda de un notario amigo, un testamento en el que se disponía que por voluntad de don Adrián Arqueaga, todas sus tierras, con los animales incluídos pasarían, a su muerte, a nombre de don Emilio Castillo y don Deodato Fuentes.

-Firme aquí, don Adrián – lo intimaron. Al lado estaba el notario amigo y dos testigos que darían fe del acto.
-Hay tiempo –decía don Adrián Arqueaga.
Y el trámite se postergaba. Así todo los días.
-Firme, firme, don Adrián –así estará seguro que sus bienes pasarán a buenas manos… Usted seguro va a vivir hasta los cien años, pero… ¡Firme aquí, por favor, don Adrián!

Pocos días después don Adrián Arqueaga moría.

Horas después apareció el notario del pueblo con el testamento que don Adrián había firmado con bastante anterioridad, donde se dejaba constancia que, por propia voluntad, legaba la totalidad de las tierras a su capataz Catriel Ñonquepan, y los animales, a la cocinera, doña Rosaura Flores.

Todos se extrañaron que don Emilio Castillo y don Deodato Fuentes, tan allegados, no habían hecho acto de presencia en el velatorio del último de los Arqueaga.
Y algunos de los que conocían esta historia aseguran que unos parientes lejanos que vivían en Francia que ni siquiera lo conocían, se presentaron para cobrar la herencia que, dijeron, les pertenecía por legítimo derecho, pero tuvieron que pegar la vuelta ante la legalidad del testamento presentado por el notario.




Texto agregado el 10-05-2016, y leído por 177 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2016-05-10 21:01:13 El hombre sabía lo que hacía ***** grilo
2016-05-10 19:09:31 Parece que hubieras estado mirando telenovelas y de ahí sacaras los nombres. Arqueaga me suena vasco, no sé, me distraje con estas pavadas. Me pareció vulgar. guy
2016-05-10 18:07:58 Uhhh, si contara la historia de mi abuelo y su herencia! jajajaa...Imagino que tu historia es verídica. Bien contada!***** MujerDiosa
2016-05-10 14:50:17 Ahhhh la ambición humana.. Estupenda narrativa, la disfruté mucho. Un abrazo! sheisan
2016-05-10 14:48:29 Muy interesante relato que, por los detalles, se toma como verídico. Un beso, Carlos. Carloscaro
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