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Inicio / Cuenteros Locales / guy / BOCA DE LOBO

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—Ay no sé, Male. ¿No te digo que estuve todo el santo día en el juzgado, que todavía estoy acá?… Qué sé yo. Después veo —la mujer hablaba con el celular en la mano izquierda. Se limpió con un rectángulo de papel higiénico, lo tiró al cesto a un costado y quedó sentada en el inodoro con la bombacha aún en las rodillas.
—Dale, Natalia. Tenés que salir un poco, amiga. Es viernes.
—Pero no te estoy diciendo que no —insistió la mujer.
—Mirá, van a estar los amigos de Ignacio…
—Che, ¿qué onda vos con Ignacio? ¿Están bien ahora?
—Y… viste. Vamos tranquilos. No nos queremos apurar… pero dale, Nati, en serio. No te cuelgues, venite esta noche y así de paso chusmeamos.
—Bueno. Bueno, no te estoy diciendo que no, amiga —se olió los dedos de la mano derecha, de pie se puso la bombacha torpemente con la misma mano ayudándose con las piernas y la cadera, y salió del cubículo. Se paró frente al espejo y se acomodó como pudo el vestido. Había dejado la cartera sobre la mesada entre los lavatorios.
—No. No me jodas —retomó la voz del teléfono—. No te voy a cortar hasta que me digas que venís… Además parece que va a estar David, ese que te caía bien. Te acordás de David, ¿no?
—¡David! Claro, el pajero ese. Me acuerdo, sí.
—Ah pero no hay nada que te venga bien, amiga. Por eso estás sola. Ves.
—No. No. No. David es un pajero, Male… un histérico. Me tiró onda en la fiesta del Colo hace unos meses… vos estabas, ¿no? ¡Ah! Otro pelotudo el Colo…
—¿Te tiró onda? ¡No me contaste nada, guacha! ¿Qué pasó?
—Para qué te voy a contar, amiga. El típico divorciado que además de ser un infeliz y un narcisista se cree un buen partido. ¡Ah! No sabés lo que me pasó hace un rato acá. Quedé como una tarada.
—Decime que no fue con un tipo.
—Sí. Sí. Con un tipo. Un divino, mirá. Un flash. Me temblaban las manos.
—Jodeme. ¿A vos? ¿A vos te temblaban las manos, amiga?
—Sí. Sí. Yo iba en el ascensor y llevaba unos biblioratos. En eso sube este chabón que te digo con un abogado de acá, el doctor Prat, que es un viejo… lo conozco de vista y dicen que es un capo. Supongo que este pibe debe ser un abogado nuevo del estudio del viejo porque iban juntos. No sé. La cosa es que ¿viste cuando te pasa que cruzás la mirada con un tipo y parece que te falta el aire de golpe? No sé cómo decirte. No me pasan estas cosas a mí. Ojo, ni se inmutó el pibe, claro, como no podía ser de otra manera. Y onda que me acaloré un poco, me quise arreglar el pelo y se me cayeron los biblioratos al suelo ahí mismo, en el ascensor.
—Lo hiciste a propósito, Natalia. No te hagas.
—¡Pero no, boluda!… ¡de verdad! Se me aflojó todo. No sabés lo que era ese chabón. Una mirada, los hombros, la ropa… ay no. No te puedo decir…
—Ah, listo. Tenés quince años, amiga. No te conozco.
La mujer se rio fuerte. Anduvo unos pasos como mirando que no hubiera alguien más en el baño.
—Pero en serio, Male. Hacía rato que no me pasaba eso.
—¿Hace mucho que no cogés?
—¡Ay! ¡No seas conchuda, Malena! ¡Te estoy diciendo que me enamoré a primera vista o algo así!
La mujer del otro lado rio y quedó en silencio como esperando.
—Y te reís, guacha. Dale, reíte nomás. Ya vas a ver… Ojalá te pase a vos —dijo la mujer.
—Pará. Pará, boluda. Decime una sola cosa. Una sola cosa te voy a preguntar.
—A ver.
—¿Cuántos años tiene el tipo?
—Uf… un lomazo, metro ochenta… no sé… 26… 28… por ahí… a 30 no creo que llegue.
—¡Lo sabía! ¡Siempre con pendejos vos, Natalia! ¿Ves por qué nunca conseguís novio?
—¿Y qué tiene de malo?
—Tenés 40 años, amiga. Estás en edad de otra cosa. Pongámonos un poco las pilas, ¿eh?
—Tengo 39. A los 40 hablamos, amiga. No seas envidiosa.
—Decime que por lo menos le diste tu número… O no. No. Dejá. Mejor decime que no y que ya se te pasó, o que se fue del país el pibe.
La mujer rio con ganas otra vez. Usaba un vestido negro de mangas cortas y poco escotado que terminaba sobre las rodillas. Seguía pendiente del espejo.
—Ay ojalá me hubiera pedido el número, Male. Para comérselo a petes estaba… No. Me ayudó con los biblioratos y cuando salió del ascensor ni me miró. Medio tímido… tenía un perfume riquísimo, una elegancia sencilla y unos zapatos… tan de hombre… no sabés…
—Nena, nenita, yo sé lo que te digo. Dejá de calentarte con pendejos y venite esta noche. Si no te va David, hay otros hombres. Los amigos de Ignacio son buenos tipos… son macanudos y, sobre todo, no son unos pibitos que no entienden nada.
—Ay. Quién quiere entendedores, Male… Me veo en el espejo y estoy hecha una vaca… La verdad, yo no sé…
—No empecemos con eso. Decime que nos vemos esta noche, Natalia, dale. Lo vamos a pasar bien.
—Bueno…
—¡Ay! ¡ponele un poco de onda, nena!
La mujer se colgó la cartera al hombro y dio unos pasos hacia la salida.
—¡Sí, amiga! ¡Nos vemos esta noche!
—Me estás mintiendo. Ves cómo sos, ¿no?
La mujer se detuvo antes de la puerta, movió bruscamente la cabeza hacia un costado y fijó los ojos en el techo mordiéndose el labio inferior. —A ver. ¿Por qué decís que te estoy mintiendo? —dijo, y su tono voz fue algo antipático.
—Porque ni siquiera preguntaste dónde nos reunimos, Natalia. Ya veo que no pensás venir y me estás sacando de encima.
La mujer resopló y no contestó.
—Nada, amiga. No importa. No te fastidies. Si te arrepentís llamame. Ya fue —dijo la otra con tono más serio.
Ahora la mujer estiró el brazo derecho y apoyó en la puerta la palma de la mano; la cartera quedó colgando del mismo hombro.
—Está bien… ¿sabés qué? No me interesa ir a juntarme con esos estúpidos. ¿Eso querés que te diga? Bueno, te lo digo. Que se vayan a la mierda…
—No hacía falta que lo digas. Somos amigas y te entiendo, Natalia. Está bien…
—¡No! ¡No está bien! ¡Váyanse a la mierda todos! —la mujer volvió hacia la zona de los lavatorios y comenzó a caminar en círculos.
—Bueno. Dale. Otro día hablamos, Nati. No te pongas así…
—¿Y vos quién te creés que sos? ¿Mi vieja? No. Ahora me vas a escuchar a mí. Esos fracasados de mierda, cuarentones divorciados, pajeros, infelices son aburridos… deprimentes son, eso es lo que son. Tu novio es un pelotudo, Malena. ¿Sabés una cosa? No me lo cojo porque no quiero. No le importaría una mierda que seamos amigas, vos no le importás una mierda… si me interesara, me lo cojo cuando quiera a ese falso…
—Bueno. Bueno, amiga…
—¡Bueno nada! ¡Te estoy diciendo que tu novio —hizo unas comillas con el índice y el medio de la mano derecha— se calienta conmigo, boluda! ¡Qué va! ¡Con cualquiera se calienta el pajero ese!… ¿No entendés?
—Sí, te entiendo…
—¡Sos de plástico, nena! ¡No tenés sangre! ¡Te bancás cualquier pajería del forro ese porque no te aguantás estar sola! ¡Por eso querés que me consiga novio! ¡Porque no te entra en la cabeza que yo me arregle bien sola, sin un tipo que me tenga la vela!…
—Nati…
—¡Nati nada!… ¡me querés llevar con esos pelotudos que ya sabés cómo piensan de mí! ¿eh? Lo sabés bien y te importa un carajo, amiga. Lo único que querés es fingir que no pasa nada y quedarte con la conciencia tranquila de que estás haciendo algo por una amiga —otra vez hizo las comillas— mientras que yo sigo siendo la loquita esa de la que todos hablan cuando se va…
—Natalia —la voz del teléfono era muy suave, expresaba delicadeza—. Nati, te respetan así como sos. Saben lo del tratamiento que estás haciendo…
—¡Ah! ¡Claro! —la mujer gritó más fuerte, lagrimeaba y le temblaban las manos— ¡Cierto que además soy un fenómeno triste!… ¡una pobre loquita!… ¿Sabés qué? Váyanse a la mierda, métanse el respeto y la comprensión y la lástima en el culo.
—Nati…
La mujer cortó la llamada y metió el celular en la cartera. Abrió la canilla y esperó que el agua saliera caliente. Se lavó la cara y salió del baño.
En el pasillo se llevó por delante a dos hombres que le pidieron disculpas y cuando entró al ascensor oyó el teléfono dentro de la cartera. Lo sacó, miró el número de la llamada entrante, lo apagó y volvió a guardarlo. Todavía temblaba. Exhaló el aire con fuerza por la boca, buscó el apoyo de la pared de la cabina y se tapó la cara con ambas manos. La cartera colgaba del codo. Contenía el llanto. Salió en la planta baja y caminó hasta la parte trasera del edificio, donde estaba la salida hacia la playa de estacionamiento. Ya era de noche y había unos pocos vehículos. Anduvo por la vereda junto a la pared. No se veía a nadie. Llegó a la posición de su automóvil y se puso a buscar las llaves en la cartera. Alguien, un hombre, la tomó por atrás, le tapó la boca con fuerza y le hizo sentir hasta el dolor una punta dura en el flanco derecho bajo las costillas.
Hubo un forcejeo y ambos fueron a parar al suelo; el hombre quedó sobre ella, con las rodillas en los hombros, y le aplastó la mejilla contra el piso con la misma y poderosa mano. La mujer pataleó en vano unos segundos.
—Quedate quieta porque te mato —la voz masculina le susurró muy cerca.
Quiso responder, pero la presión en la cara no se lo permitió y le salió un chillido apagado.
El hombre dejó el abrecartas de bronce a un costado fuera de la vista y del alcance de la mujer, se abrió la bragueta y se quitó el cinturón con una mano. Ella chillaba agudo, resoplaba y pataleaba. Él agarró el abrecartas sin soltar el cinturón y la pinchó fuerte en la nuca. Aflojó la presión que ejercía sobre el rostro de la mujer con la otra mano con el objeto de usar el cinturón para amordazarla.
Si bien no había un poste de iluminación cercano, la penumbra en esa posición no era contundente. Cuando el hombre intentó pasar el cinturón entre la mejilla de la mujer y el suelo, durante un segundo ambas miradas se encontraron. Ella vio la cara de su agresor con el ojo izquierdo entre el hueco que dejaban los dedos, y él acusó ese contacto. Fue entonces que algo ocurrió.
El hombre soltó a la mujer y se sentó en el suelo ahí mismo. Estaba visiblemente agitado.
—Perdoname… Perdoname, flaca. No te voy a hacer nada… Estoy enfermo —le dijo. Aún sostenía el cinturón y el abrecartas en la mano.
La mujer se apoyó sobre los codos y valiéndose también de las piernas se apartó del hombre hacia atrás, hasta que chocó la cabeza contra la parte posterior de su auto, a poco más de un metro de su posición original. Intentó gritar, acaso decir algo, pero se quebró en un llanto sordo, con la cara apuntando al suelo y los brazos apretados, entrelazados en el vientre, y las piernas flexionadas, cruzadas, con las rodillas a la altura de la nariz. Por unos segundos fue incapaz de reaccionar.
—Perdoname, flaca. Estoy enfermo —volvió a decir. Parecía que ella no lo escuchaba, que no podía volver en sí.
—Gritá, flaca. Llamá a la policía. Hacé lo que quieras… No te voy a hacer nada…
—¡Callate! ¡Callate! ¡Callate!… ¡Callate!… ¡Callate! —Esta vez ella gritó con fuerza, con la cara roja y mojada de mocos y de lágrimas.
El hombre hizo silencio. Intentaba mirarla a los ojos como esperando algún movimiento, alguna reacción.
Ella buscó la cartera, que había quedado adelante, se estiró un poco hasta que la alcanzó y volvió a su posición. Forcejeó con la cremallera, aún temblaba y los dedos eran torpes. No obstante metió la mano dentro y se puso a buscar a tientas, esta vez con la vista fija en la cara del hombre.
—Vos sos el del ascensor —le dijo.
—¿Qué ascensor?
—Con el doctor Prat esta tarde. Se me cayeron unas cosas y me ayudaste —la mujer recuperaba de a poco la respiración y la lucidez.
—No sé, flaca. No sé. Estoy enfermo —pasó a la otra mano el abrecartas, lo alzó para obtener la atención de la mujer y lo lanzó hacia ella despacio al ras del piso.
—Pero trabajás con Prat —la mujer aún conservaba la mano dentro de la cartera, pero ya no revolvía. Ni siquiera miró hacia el abrecartas. Ya había recuperado cierto dominio de su cuerpo, la postura erguida, y hablaba con fluidez, aunque seguía sentada en el suelo.
—Es el boga que pagó mi viejo para que me sacara de la cárcel… pero yo sé que no merezco salir, soy un enfermo… Ya ves… no puedo… no me puedo controlar, flaca. Te pido perdón… no sé… no sé por qué justo acá me vino eso…
La mujer lo interrumpió con una risa socarrona y extraña, repentinamente aniñada.
—¡Ay!… ¡pobrecito el nenito violador de papi que no se puede controlar! ¿Hoy te dio culpa defraudar a papi?… ¿Qué pasó? —la voz también emulaba la de un niño.
Él se paró y empezó a colocarse el cinturón. No contestó. El lugar era un rectángulo sin techo encajonado entre edificios, iluminado por cuatro torres altas; el espacio de aparcamiento eran los lados, y el centro para la circulación en ambos sentidos. Del lado de enfrente una pareja subió a uno de los pocos autos que quedaban. El hombre pudo verlos desde donde estaba.
La mujer sacó de la cartera un cilindro negro. Cuando se oyó el ruido del motor se incorporó y quedó frente al hombre y dejó la cartera sobre el baúl de su coche. Ambos quedaron viendo cómo el auto se alejaba despacio hacia la salida.
—¿Estás bien? —dijo él.
La mujer miró el suelo, a sus pies había una mancha de humedad reciente en el ripio alisado.
—¡Uuuufff sí! Genial, nene. Gracias —lo miró a los ojos. Él reparó entonces en el charco absorbido por el suelo.
—Perdoname, flaca…
—Perdoname, flaca. Perdoname, flaca… soy el nene enfermito de papi… —ella usó otra vez el tono aniñado— ¿No te sabés otra, boludo? Me das asco —ahora el tono fue distinto, grave, como de quien manda.
El hombre bajó la vista y anduvo dos pasos como para retirarse. Pero la mujer lo detuvo.
—Todavía no te vas —lo apuntó con el cilindro negro.
—Qué…
—Nada. Va a pasar esto. Te voy a coger —lo enfrentó y estiró el brazo hasta que el cilindro quedó a unos 30 centímetros de la cara del hombre.
—Qué es eso —preguntó él, probablemente habiendo intuido de qué se trataba.
—Un combo. Gas pimienta y picana eléctrica. Vos elegís.
—Hacé lo que quieras —dijo él y encaró la retirada con todo el cuerpo.
Ella bajó el brazo, amagó alejarse, se volvió y lo golpeó con el cilindro en el estómago. La descarga eléctrica lo tumbó y lo puso a temblar en el suelo. Entonces le pateó la cabeza con el taco cuadrado del zapato varias veces, lo pisoteó, y él se cubrió el rostro con las manos.
La mujer dejó de patear, se quitó la bombacha mojada, se agachó y la pasó por la cabeza del hombre, aún aturdido por la descarga.
—Chupá esto, nene de papi. Chupala bien, porque después te la voy a hacer tragar.
Pero el hombre era corpulento y fuerte, pudo reaccionar un segundo y la apartó de un manotazo. No obstante, todavía las piernas no eran hábiles para que pudiera incorporarse. Y ella volvió a electrocutarlo. Él quedó en posición fetal, de lado, y trataba de decir algo.
—¿Sabés una cosa, nene? —jadeaba— Nunca entendí cómo es que los violadores se la hacen chupar… no me entra en la cabeza que las minas no les arranquen la pija con los dientes. ¡Yo te la mastico… te la corto aunque me mates, infeliz! ¿Entendés lo que te digo? Nunca, nunca entendí eso de las mujeres violadas. Así que lo voy a probar porque yo pija no tengo, pero tengo a un nenito de papi.
Se acuclilló sobre la cara del hombre.
—¡Chupá, tarado! ¡Suave!… ¡Dale! ¡Serví para algo, maricón! —lo golpeó varias veces en el pecho con el cilindro negro, hasta que cayó en la cuenta de que el hombre lloraba en su entrepierna tapado por el vestido. Entonces se apartó como para verlo.
—No puedo. No puedo hacerte nada, flaca —lloraba y se tapó la cara con el antebrazo derecho.
—Escuchame bien, infeliz —hablaba bajo como si temiera ser oída por intrusos—, si no se te para, te voy a hacer tragar el gas pimienta y después voy a llamar a la policía y les voy a decir que me quisiste violar, ¿entendiste?
—Llamalos, flaca. Por favor te pido… que los llames. Que me lleven. Soy un enfermo. No me gusta ser lo que soy… Me quiero matar. ¿No entendés? —el hombre no se quitaba el antebrazo de la cara y seguía acongojado.
—¡Entonces mostrá la cara para hablarme, pelotudo!
Él obedeció. Vio que ella se levantaba el vestido, adivinó en la penumbra la vagina tendida sobre su cara, el olor profundo y fuerte, caliente y penetrante de la mujer que hacía unos pocos minutos se había orinado encima y que ahora lo amenazaba con una picana apoyada en su pecho. Sacó la lengua y ella puso los dedos entre su boca y la vagina, comenzó a mover la pelvis en círculos, pero no encontró una respuesta apropiada.
—Dale, nene. Hacé. Va a pasar alguien y voy a tener que fumigarte y empezar a los gritos.
—Así no puedo —alcanzó responder.
—La puta que te…
—Callate.
—¿Qué?…
Entonces el hombre volvió a quitársela de encima con un empujón de brazos y se levantó a los tumbos. Ella accionó el gas pimienta, pero falló el blanco y produjo una nube en el aire. Él alcanzó a tomarla con ambas manos de la cintura y la tiró contra el automóvil. Le golpeó el brazo y el cilindro cayó al suelo. Algo aturdido por el gas, lagrimeando y tosiendo la acostó de cara al baúl, le levantó a tientas el vestido y le introdujo dos dedos en el culo. Con la otra mano le aplastó la cabeza contra la chapa gris. Mientras tanto se retorcía en espasmos de tos. La mujer emitió un quejido ronco, pero ya no tenía movilidad suficiente ni fuerzas para salirse de esa posición.
—¿Te gusta así, puta?… ¿Querés así?… Porque yo funciono de esta manera, conchuda —le sacudía las nalgas con los dedos metidos bien adentro.
La mujer emitía un gruñido ininteligible.
—No entendés nada, forra. No sabés lo que es estar enfermo… es una mierda, ¿sabés? Es una mierda volver a tu casa y tratar de convencerte de que lo que hiciste es exactamente lo que quisiste hacer… de que eso es así… de que por algo será… de que no tenés la culpa, de que no elegiste nacer así… y para eso tenés que escabiar, tenés las pastillas y las caras de lástima y de asco a la vez de tus familiares al enterarse de lo que hiciste —esta vez le habló al oído, acostado sobre ella con el peso muerto de su cuerpo, con la tos intermitente y con los dedos moviéndose en círculos dentro del culo dispuesto de la mujer—. Pero hoy… Esta vez me importa una mierda volver a la cárcel. Prefiero eso y no seguir suelto y sin poder relacionarme con una mina como hacen los demás, sin poder mirarme en el espejo y sin poder mirar a mis viejos a la cara, ¿me entendés? Ahora gritá, llamá a la yuta, a Prat o a mi viejo. Hacé lo que quieras. Yo no te voy a coger.
Retiró los dedos del culo de la mujer y la soltó. Ella quedó jadeante unos segundos. Se incorporó y le tiró un puñetazo a la cara, que él interrumpió con el antebrazo. Entonces lo escupió y lo insultó a los gritos.
—Ya fue, flaca. Morite —dijo él y se retiró a paso lento por la parte central del predio donde las luces lo bañaban desde la ubicación simétrica de los postes.

Texto agregado el 01-04-2016, y leído por 395 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2016-04-02 04:09:05 Los dos enfermos, pero al menos él lo reconoce. Muy bueno lo del diálogo telefónico, aunque la segunda parte de la historia creo que está algo forzada, y no me refiero a la hebra narrativa, que manejas con maestría, sino al encuentro patológico sexual de los personajes. Con todo es un cuento excelente, como siempre. kroston
2016-04-01 21:57:30 Decir bueno es poco. No le falta ni le sobra nada. Un relato como expresión de alguien que tiene algo que decir. Excelente. Pato-Guacalas
2016-04-01 08:44:20 Los diálogos se desarrollan frescos, naturales, sin alambicamientos, y a pesar de la extensión, el interés no decae. Se percibe una gran experticia, mucho oficio y un talento muy particular. -ZEPOL
2016-04-01 04:37:06 Cuánta miseria. eride
2016-04-01 04:29:35 Tremendo. Quedo con la sensación de que esto puede continuar. Eso tal vez indica que está perfecto así, sin más. ivanoski
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