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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / LA FAMILIA DE AMPARO RAMBAL.

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Uno.


Sólo unas palabras para narrar unos hechos que considero han de ser de conocimiento general- que dan este género de escrituras.
El parque móvil que teníamos los españoles por aquellos tiempos bastante hacía con rular- de rulo-, del de las eras de pan trillar (aún en boga también por la época, pero en sus últimos estertores). Que ya poblaban los campos aquellos aparatos de tracción mecánica, que- del inglés- se les llamó tractor. Del inglés, que a su vez- apostaría- había cogido del latín. Como fuere, coexistían con el ganado mular que había arado el suelo patrio desde tiempo inmemorial.
Por entonces ya me había habituado a ver el mundo sin el asombro de los niños.
No recuerdo el momento exacto en que se sustituyó en casa la tracción animal por la mecánica, pero creo que debió ser en el setenta y cuatro o por ahí. Con la muerte del dictador se acabó con el último vestigio que nos conectaba con el arado romano y la tracción animal. Con tal cambio, el mundo dejó de ser lo que era para no volverlo a ser jamás.

Nuestro padre, entonces, compaginaba su salario con aquellas escapadas los fines de semana a los rochos, que con esfuerzo mantenía productivos. Yo trataba de agradecerle aquel esfuerzo con otro paralelo de mi parte. Todos estábamos resueltos en mejorar. Eran años en los que cundía la impresión de que merecía la pena el esfuerzo. Era corriente ver a la gente afanarse. No tomaba yo aquel denuedo como moda sino como algo consustancial a la naturaleza humana, y pensaba que había que estudiar pues se suponía que en el esfuerzo estaba la recompensa; por una pura relación matemática, sin ponerse en duda que aquella relación no se dase, ni siquiera en el más aislado de los casos. También podía ser el más falaz de los espejismos, pero, en cualquier caso, lo creía a pies juntillas, por creerlo del mismo modo nuestro padre.
Demostróse luego que aquel ímpetu no obedecía más que a la zanahoria del desarrollismo: que el esfuerzo no llevaba aparejada recompensa que no fuera la que uno mismo a sí se pudiera proporcionar. Y en ello empleamos toda la vida, siendo lo peor de todo que, sin ningún tipo de incertidumbre, se quedó nuestro entusiasta padre por el camino. Que igual hubiera podido caerle la proverbial teja- trataba de razonar durante años con mamá, que se culpaba por haber insuflado el espíritu laborioso, del que la mujer extraía la fatalidad que se lo llevara, en nuestro progenitor. Creo que nunca, a sí misma, se lo pudo perdonar.
De aquellos años, me viene a la memoria, el parque móvil antiestético, cuyo modelo parecía haber sido variaciones sobre un cajón.


Dos años antes de la muerte de nuestro padre me fui a estudiar a un lugar del que sólo tenía la constancia, hasta entonces, que proporcionaba el envase de una marca de gaseosas- que se fabricaban allí.
Arribé en la creencia de que se preciaba la inteligencia y a tal efecto- para potenciarla- se nos congregaba. El habitáculo no podía obviar cierto aspecto de prisión, pero consideraba el haber sido clasificado como mayor signo de distinción. Luego caí en que ni a los presos se les niega el sustento, y a nosotros, además, se nos pedía trabajar.
Los más inteligentes- probablemente- fueron quienes yo en un principio consideré como una especie de desertores. Llegaron, vieron que aquello no les interesaba, y, previa reclamación, se marcharon. Alguno no esperó siquiera las claras del alba: en la primera reunión que hubo, y en un proceso de agilidad encomiable, decidieron que no querían estar allí; quizá por estar tan lejos de su casa y no por otra cosa. En el lado contrario me alineaba yo: entre los partidarios. Hice, o creí hacer, un amigo la primera noche, al que ya no vi más. Iba sensibilizado por mi estatura- ciertamente desmedida- con propensión a relacionarme con los de mi talla. El desertor de la primera noche- lo he pensado ahora que escribo esta verdadera historia- acaso no fue ajeno a la impresión que de mí sacó para proceder como procedió.

Como leva de setiembre embarcábamos o nos embarcaban en lo que para mí gozaba de categoría de proyecto. Un proyecto al fin de convertirnos en hombres de provecho- como si detrás de la esquina anduviese agazapado el desprovecho a la espera de alguna oportunidad: esa sima en la que una vez caído ya no se podía volver uno a izar. No sé de dónde había pergeñado tal instinto de responsabilidad, como invirtiendo la regla por la que un niño no tiene sobre lo que le rodea ningún género de culpabilidad.
Asomó setiembre con su hocico romo interrumpiendo juegos y otros avatares por el estilo.
Al año siguiente, mi hermano Lorenzo, empacaba también. El Estado benefactor había resuelto- como a mí- sufragar sus gastos de residencia, y a tal efecto le hicieron la maleta y le compraron sus primeros pantalones largos.
Fue como si la mala suerte se conjurara contra los dos niños que emprendíamos una suerte de exilio, abandonando el pueblo por el sendero grande hasta el cruce con la carretera y acompañados por nuestro padre portando las dos maletas sobre los hombros, tan saludable como parecía estar.
Ya no lo volvimos a ver y a Lorencito no hubo dios que lo lograra convencer de que había que resignarse a tamaño revés. Un coche negro nos devolvió al pueblo y mi hermano ya no regresó hasta el comienzo del curso siguiente, solo, pues yo, tempranamente, me hube de poner a trabajar.

En aquel tiempo el hombre estaba más expuesto a los imponderables y la vida pendía de los más finos hilos: una vida mejor para los que anteponen la aventura, pero inevitablemente contraria, pese al incesante esfuerzo por hacerla discurrir por cauces más seguros. Conforme se fue ganando en seguridad se fue perdiendo capacidad de sorpresa.



El río bajaba crecido y la naturaleza hacía gala de una exuberancia ahora sólo concebible treinta años atrás. Todo en el campo era desmedido. El cereal granaba por haber llovido cuando debía y salido el sol después y el monótono canto del cuco y de la chicharra ilustraban sobre la alta temperatura. La pinada, impertérrita y estática, era la muestra de no circular ni una brizna de aire. Se segaba a mano la lenteja y, empacada, circulaba en el carro vacilante sobre los imprecisos rieles del camino. La rueda metálica del carro gruñó contra el contrabache y la vertical de la carga- de unos tres metros de altura- hizo derrota del vehículo hacia el suelo. Justo enfrente- no repuestos del susto y como a treinta metros- restalló como un trallazo sobre la casilla el rayo. Entonces se movió el viento y los pinos se mecían al compás, alborotando las torcaces y al cuervo, que emitió su graznido sobre el campo como presagio helado. En la casilla yacía Lorenzo. Compusimos el carro, embarrada la carga sobre el suelo, y nos dirigimos hacia el pueblo, hierático el hombre, rebotando de tanto en tanto, rechinantes las piedras del camino, sabedores de atravesar como con un puñal la paz de la vida, conforme avanzábamos entre el horror de los mayores y la curiosidad de los niños. Cubrimos, por ello, el cuerpo inerte, cuando la viuda nos atisbó girando sin carga hacia su casa. La noticia se extendió desde los primeros tajos, que en las eras aguardaban las descargas. Mientras, nosotros, encogidos, temimos el momento que habría de romper el alma de aquella mujer en cuyo rostro se dibujó la duda conforme nos acercábamos, mohínos.

Al principio, la mujer, miró como con una especie de fascinación inexplicable el cuerpo muerto de su marido. Después- tras unos pocos minutos en que vagaba de una persona a otra tratando de encontrar una respuesta a la muerte que le ofrecía la vida- rompió en llanto. Un llanto desgarrado, como el rayo que venía de matar a su marido, y abriendo, también como el rayo, una interrogación sobre el cielo.
Luego reparó en los niños y todos creímos que había enloquecido de repente cuando se empeñó con el traje de comunión que había sido del mayor y que heredara el pequeño y tenía sobre una percha en el fondo del único armario que tuviera su familia. Con la niña pequeña partió hacia su casa la abuela, y la asediaba a preguntas sobre las razones del extraño proceder de su mamá.
Lorencito estuvo muy bien en su primera comunión- se devanaba la madre mientras plegaba y desplegaba inconsciente una y otra vez el traje. Fue llegar y besar el santo- decía. El día más feliz de su vida en que se acapara protagonismo por vez primera de una forma adulta- peroraba. A partir de ahí los pecados cuentan… lo dijo el cura- proseguía. Hasta entonces es todo provisional; después ya tiene su importancia y así lo ha comprendido Lorencito- no terminaba aún. Su padre, en cambio, no cree en tales admoniciones ni consejos y como si no fuera con él- terminaba incongruentemente. Pero yo bien claro se lo he dicho… cuidado con aguarle la fiesta al niño.
Daba grima oírla.
Calla ya mujer- intervino la madre de Lorenzo-, que podía soportar menos el monólogo inconsecuente de su nuera que cualquier otra cosa. Lorenza Buenaventura era una enérgica mujer acostumbrada a los zarpazos de la vida. No en vano había acompañado en el camino postrero a sus padres y a su propio marido. Con Lorenzo se iba lo único propio- aparte los nietos- que le quedaba en el mundo, y, sin embargo, conservó la calma. Despojó a Amparo del trajecito del niño y pidió a la vecindad que dejara sola a la familia.
Cuando fuimos a hacer lo propio, Lorenza, ceremoniosamente, nos cogió del codo y algo más desencajada nos pidió que la informáramos detalladamente de lo ocurrido.

- Comimos en el campo, pues aunque tuviéramos aviado el carro con la mies, se nos habría de hacer tarde si esperábamos llegar a la era. De pronto y sin esperar nada igual empezaron los primeros relámpagos y con la lluvia no nos quedó otra alternativa que buscar refugio si no nos queríamos calar. Como a doscientos metros estaba la casilla de Pedro, que dicen, y a ella nos dirigimos precipitadamente, pues nos interesaba evitar ante todo que se mojase la carga. Con la premura no nos apercibimos del saliente del camino, y mientras volcaba el carro con la mula, ante nuestros ojos, se produjo el inmenso resplandor del rayo contra la casilla. El olor a chamuscado nos puso sobre la pista de que la casilla, semiderruida del impacto eléctrico, ocultaba el cuerpo, de, en el mejor de los casos, una mula. Cuando llegamos el de un hombre estaba aplastado sobresaliendo sólo las piernas tras la roca, que lo medio cubría, por lo que no supimos en un primer momento de quien se trataba. El resto es conocido.
Sólo en ese instante la mujer lloró inconsolable quedando abrazada a la nuera, que parecía repuesta de la locura e inanidad del principio.

No hay que tardar más en decirlo, nuestra madre, al poco tiempo, enloqueció.




Si hubiéramos podido dar vuelta atrás a las cosas- pensaba en el sentido de que de no haber salido a estudiar, nuestro padre, por no sé qué relación casual, no hubiera estado esperando el rayo echado tranquilamente sobre uno de los trojes en la casilla- lo hubiéramos hecho.
Se había aposentado en uno de los amplios graneros, recostado sobre la saca de paja que siempre llevaba en el tractor. La abuela, que había perdido a demasiada gente quizá, nos dijo que era hora de meter poco ruido y de ser obedientes con mamá. No la habíamos de defraudar. Pasamos, obligados por la circunstancia de la muerte de nuestro padre, de la niñez a la edad adulta, con no más transición que aquel extraño viaje que nos condujo al funeral y en el que el chofer del internado demostró un tacto que sólo apreciamos años después. A mi hermano ya no volví a llamarlo con el diminutivo, y Amparín, la más pequeña, también percibió la gravedad de los hechos en que se veía inmersa la familia, dejando de dar el tostón que suelen dar los niños de su edad. Había, ante todo, que rodear a nuestra madre de la tranquilidad suficiente que le permitiera recuperarse. Entonces no lo pensábamos, pero nos iba en ello bastante, pues las abuelas eran mayores y no teníamos fuera de las dos ancianas más valedor en el mundo.


El retén de la Guardia Civil- acompañado de un señor con levita y buenas maneras- apareció con la incongruente misión de devolver el cadáver de nuestro padre al lugar de que procediera por haberse levantado sin autorización judicial.

Dos.


Entonces el pueblo se componía de cuatro casas habitadas y otras tantas abandonadas, como otros del interior que habían sufrido el éxodo a la ciudad. Sólo quedamos unos cuantos y con ello, curiosamente, la situación de los que quedamos también se desahogó: al haber menos competencia subió algo el jornal: verdadero motor de la economía local. Con el excedente, se animó la actividad constructiva y las cuatro destartaladas viviendas dieron paso a una arquitectura diferente. Asimismo, las de los emigrantes, con el desarrollo, se fueron recuperando como alojamientos vacacionales.


El quince de Junio de aquel año, la primavera había dado paso a un verano radiante y sin exceso de calor. A la tarde se movía una brisa que sanaba el espíritu más desabrido. Como un bálsamo diario, hacía acopio- aquel viento- de las tierras frescas del norte derramándose sobre las nuestras.

A mi hermano Lorenzo lo pasaron de curso, pese a que no había acudido a la última convocatoria. A cuyo efecto, durante el verano, repasó las materias del último trimestre, en unos apuntes que le hicieron llegar a vuelta de correo. Lorenzo y yo- hasta entonces- éramos, como estudiantes, correctos: pasábamos los cursos con los conocimientos que se consideraban suficientes y algo más. Sin descollar íbamos asumiendo los saberes que dosificaban los planes de estudio, haciéndonos una idea cabal de la realidad. Lo primero sobre lo que la curiosidad de mi hermano recayó fue la cartografía. Tenía fascinación por los nombres de los pueblos y consideraba importante conocer unos cuantos de cada provincia. También gustaba de ir rellenando mapas mudos de España que se utilizaban a fin de demostrar los conocimientos sobre la materia. Asimismo tenía- el hermano Lorenzo- el compromiso de nuestra familia con el esfuerzo, que no sé si había insuflado el Régimen o qué. El caso era que se suponía- ya se apuntó- que merecía la pena trabajar, por ser la puerta abierta al éxito, habiéndose demostrado que no estaba vetado nada a nadie que quisiera progresar, y nuestro hermano así lo había entendido también.

Nos atavió nuestra madre a los niños con un lazo negro al cuello de una camisa blanca y cuando la tarde acudía en socorro de los hombres con la ración de viento fresco acostumbrada, en el camposanto, se abrió sobre los dos niños y sobre mí una profunda sima de desilusión.





Tres.


M. M. podía haber pasado a la historia como el inventor de la semana de quince días. Sobre la base de entender que siete es una distancia corta para todo propósito de trabajo serio, establece que cada quince el descanso es positivo en lugar de interruptor. No tiene más inconveniente- decía- que el apartarse de los usos y costumbres de nuestra sociedad actual del week end. También pensaba que los días debían de expresarse en números sucesivos para evitar la circularidad que se sigue de los cómputos anuales, con los mismos meses y con las mismas conmemoraciones y festividades. Pasaba después a la pregunta: a quiénes interesa que las cosas transcurran tal que así; estando claro que en la mente humana cabía mucho más que el tradicional ciclo de trescientos sesenta y cinco días.
M. M. también había sido seleccionado para aquel proyecto educativo- correccional. No obstante esto último, nadie lo hubiera podido en aquel tiempo apreciar, por ser los barrotes invisibles y los carceleros muy civilizados, hasta el punto de parecer personal profesional. Había, sin embargo, un detalle que daba al traste con tan monumental insidia: la malla de alambre. Nosotros dos, sin embargo, estábamos convencidos del justo sacrificio de la libertad en el ara del saber y como que no nos importaba la valla de alambre que, aunque holguera y baja, teníamos alrededor. Hubiera hecho falta un loco para apreciar la auténtica naturaleza clausural de la institución, por perderse el cuerdo entre tanto aditamento de cierto buen gusto arquitectónico. Era injusto- diré por último- mantener a tanto inocente apartado de la vida, con sus sinsabores, bien es cierto, pero también con sus satisfacciones. M. M. había venido de la nueva york de levante y, desde su perspectiva, las cosas eran siempre más pequeñas. Era normal que los que teníamos otra dimensión no pudiéramos cotejar como él la extensión de las cosas. Que Benidorm- estaba claro- no era Benaguacil. A M. M. pronto se le empezó a llamar el polilla. Pronto es decir tarde, pues nada más deshacer la maleta, un olor a naftalina se encargó de motejarlo. A M. no le gustó aquello, más que nada por haberle pillado de improviso y se acordaba de la madre cada vez que alguien a su vez lo hacía del impresionante maletón y sus efluvios. No estaba el mote en consonancia con el orgullo del muchacho, aunque pronto aquél se hiciera sinónimo de astucia y entendimiento, con lo que tampoco desmerecía. Al final, como suele suceder, casi nadie tenía constancia del origen del epíteto, convirtiéndose en una forma por la que se identificaba a alguien aunque ese alguien fuese ni más ni menos que Feliciano Martín Marcos, el tipo más listo, probablemente, de todo Levante.
No nos hizo mucho tiempo falta para pergeñar la metáfora que quitara hierro a la situación y así dimos con que “las levas de septiembre”.
Aquellas levas de setiembre no éramos más que el tributo inocente de los pobres por obtener una educación siquiera un pelín especial y a tal fin enfilábamos la carretera con el hatillo al hombro, de espalda al pueblo cada otoño, dejando todos el estanque y la torridez de la siesta, con la sensación de estar haciendo lo debido para ingresar en aquella luz que algo tenía de barracón. De barracón y de milicia, en consonancia con los gustos cuarteleros imperantes. Por lo demás, tampoco creo que estuviera en disonancia con el resto del país, sobre todo- como se dice- si se tiene en cuenta que lo imprescindible es gratis.
Todo el acopio de ilusión con que emprendí la misión se fue gastando. Otras veces el nivel de entusiasmo subía, a menudo, con las buenas calificaciones, por ese afán mío por progresar.
La tarde del domingo, en cambio, acababa convirtiéndose en un recordatorio de que había algo de antinatural en aquella situación.

Mi hermano me inspiraba una piedad rayana en el llanto. Alguna vez lo veía aparecer andando el largo pasillo y sólo el hondo cariño y la alegría ahuyentaban el nudo en la garganta que su imagen de soledad me producía. Nos teníamos el uno al otro y eso era Dios y no toda esa mojigatería de ser buenos y ayudar a los pobres. El polilla bien nos había instruido sobre lo importante y lo que no lo era, y en muy último plano- decía- andaba una caridad que no era más que el desahogo del inicuo antes que parche- incluso- de la injusticia.
Lorencito y el polilla se llevaban bien y no estábamos ya en viernes que preguntaba sobre cuándo iba a venir mi hermano. En general tenía, éste, predicamento en nuestro colegio- de los varios de la institución, según edades- y enseguida que asomaba su silueta al fondo del pasillo me hacían partícipe los otros de la noticia.
Por Lorencito era también tenido, y hacía las veces, para casi todos, del hermano pequeño que quedara en el pueblo. Con el tiempo, venía, me veía y acto seguido se escamoteaba de mi vista a jugar con el polilla y otros de mi habitación. Mamá enviaba por entonces sus largas cartas y sin saberse el momento exacto, mi hermano empezó a sentirse allí bien. Con la noticia, la mujer se quitó también algo de encima. Un día- el de los padres- ya no vino de negro de aquel largo luto de años por el abuelo.


Martín Marcos sostenía que el hombre de gabardina que visitaba a Sábato no era su padre sino una suerte de espía con el propósito de averiguar el paradero del último maquis (éste sí, progenitor de alguno del internado- según la misma versión de nuestro amigo). No, en realidad, el hombre de la gabardina sólo suscitaba curiosidad por estar alejada su imagen de la que podíamos atribuir al obrero tipo. Por averiguaciones se extrajo, que aquel hombre misterioso que se acercaba como de plática con Sábato, no era otra cosa que un médico; rural por más señas, de su pueblo. El padre de Martín Marcos, en cambio, no portaba gabardina cuando finalmente apareció, dando al traste con la teoría que circulaba de su inexistencia conocida.



Cuatro.

Son curiosos los vaivenes a que se sujeta el alma de un niño. En dos años habíamos pasado los tres, por, probablemente, todos los estadios de la indefensión. La orfandad, sin embargo, también aporta perspectiva y obliga a olvidar que la vida no está supeditada más que a la utilidad que uno pueda aportar a los demás: el ave fénix que resurge sobre sus propias cenizas: el momento que inicia a uno en la consideración de que se encuentra solo en el vasto mundo. También sin la rémora que impide descubrir el mundo sin tamices, por uno mismo. Dicho así, todo pueden parecer ventajas, aunque todos los hipotéticos favores en relación al hecho de obligar a hacerse, se oscurecen con el de haberse presenciado, aunque hubiese sido por referencias, la imagen rígida del padre muerto, que reflejaba nuestra propia imagen de agonía.


El hombre de la gabardina aparecía subido en un Citroën, suscitando la envidia en general de los concurrentes al espectáculo de aquellos vehículos aplanados, de los más sobresalientes que en aquellos años se veían por las carreteras patrias. No le andaban muy a la zaga los 1430- vehículo bronco que padeciera del tubo de escape.

Cinco.

A menudo seguir como uno está ya es bastante y para apreciarlo hace falta que algo lo trastoque. Aquel verano- el de la muerte de nuestro padre- estuvo la desgracia a punto de entrar de nuevo en la casa al confundir la abuela Amparo unos polvos para el tratamiento de las viñas con harina de lentejas con los que poco faltó para intoxicar al resto de la familia. Al parecer Lorenzo las llegó a probar pero al advertir de su extraño sabor y olor se aclaró el misterio del guiso sin que la cosa llegara a mayores. No me hicieron del hecho conocedor hasta que transcurrido un tiempo prudencial lo consideraron oportuno. Se trataba de unos pequeños ajustes en la maquinaria familiar necesarios para echarla a rodar definitivamente y con garantías. Con buen criterio pensaron no alarmarme con unos hechos que afortunadamente no habían trascendido. Luego los sacaron a relucir cuando la falta de inmediatez desdramatizaba lo que de haberse producido hubiera sido tenido por un eslabón más de la cadena de desgracias de la familia de Lorenzo Tomás, y, en realidad, una simple confusión de unos polvos amarillos. La torpeza de la abuela no formaba parte de un proceso sistemático, sino, al contrario, de una excepción dentro de una trayectoria general diligente. En su cabeza, se ve, circulaba de continuo la suerte de la hija enferma. En los tiempos, la locura, como la vergüenza del suicidio, eran lacras que se extendían también a la familia. Inevitablemente el pariente cercano del orate estaba también bajo sospecha, al igual que el suicida dejaba sobre la familia un sentido de deshonra. No era lógico que toda una vida de desvelos y abnegación se viese recompensada con aquel puñado de arena que se escamoteaba entre las manos. Igual pudieran haber sostenido ambas mujeres cuyas siluetas negras y en compaña empezó a ser una de las estampas perennes en la villa.
Aquella comunidad de dolor caló en otras esferas y las dos viudas, que en vida del hijo de una y en salud de la de la otra mantuvieron una relación distante, empezaron a ser una. Aquella unidad era muy del agrado de los dos hermanos, por esa tendencia innata que tanto satisface a los niños. Entretanto, la vida circulaba a nuestro alrededor, y otros eran los que recibían entonces reveses de la fortuna como favores de ésta. Aquel año, antes que el del rayo y el de la locura de nuestra madre, se recordó, fuera de nosotros, por su gran cosecha. Las lluvias de la primavera y los soles del principio del verano, habían hecho que los cereales se desarrollaran y granasen bien. Las abuelas se pusieron de acuerdo y vendieron las cosechas en curso, sin deshacerse de las tierras, que aunque no eran muchas su favor harían. En los años sucesivos me encargaría yo de ellas. Los abuelos no habían pagado el seguro y la pensión de mamá era insuficiente para la casa. Pusimos a rento la tierra en blanco para cereal y a mí me colocaron al frente del cultivo de las viñas. Con el sueldo de la cantina- no se ha dicho, me empleé en una cantina-, los rentos, la vid, y la viudedad de nuestra madre, podíamos costear los gastos. A tal efecto no era necesario que Lorenzo se quedara para trabajar.
Como hubiera hecho nuestro padre conmigo, aquel primero de septiembre, con la valija de mi hermano al hombro, recorrí el camino de la carretera. Con todo, Lorenzo, afloró una sonrisa a través del cristal del autobús que lo condujera al internado. Me constaba que si había un anhelo profundo en mi hermano, éste era el de ser alguien en la vida. Pasaron los días y, cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos hecho la recolección de las uvas.
Al poco recibí carta del polilla en la que me alentaba a seguir adelante, y escribía que por lo que se refería a Lorenzo lo dejara de su cuenta. Por él supe que finalmente se había aclarado que el misterioso hombre de la gabardina y el Citroën- contrariando la teoría del médico rural, que habíamos dado por definitiva- era el encargado de las requisitorias de embargo de un juzgado, y añadía, que siempre había, entorno a tal cuestión, sospechado algo… que aquel rostro de vinagre sólo lo podían producir escasas suertes de oficios, como aquel ir y venir de exhortos. Se despachaba también con otros compañeros en ese afán característico de hacer reír del que por circunstancias es desgraciado. A vuelta de correo le hablé de mi nueva vida dándole cuenta de las anécdotas- que no faltaban- presenciadas desde mi nuevo observatorio privilegiado de mozo de barra.


Seguimos aquel año a trancas y barrancas entre los recuerdos y la ilusión de un futuro autosuficiente. No se había hablado, constituyendo una cuestión tabú, pero se quería obviamente evitar a toda costa que intervinieran las autoridades en relación a nuestra orfandad. No era un secreto que viviéramos a niveles de subsistencia; siendo también cierto que a nadie importunábamos. En el pueblo- y eso se le ha de agradecer- cayó un pacto de silencio sobre nuestra situación, y al parecer nadie dio cuenta a nadie de si habían en nuestra casa estrecheces o se comprometía la salud y cuidados de unos niños. Sin las dos mujeres y su abnegación no hubiera sido posible, y, probablemente, se nos hubiera separado a los hermanos en algún internado para huérfanos o en alguna casa de acogida, pues ese era el destino de quienes quedaban desamparados.
Nuestra madre sabía, comprendía y estaba de acuerdo con lo que se había resuelto, y nosotros- tal y como se había dicho- estábamos deseando contar con excedentes para poderla llevar a casa. Tampoco se dijo, pero nuestra madre ingresó al poco de la muerte de padre en una casa de reposo. Sobre Amparo Rambal sólo pesaba, aunque no fuera poco, la desilusión por la vida; una desilusión que la mantenía ensimismada en la propia contemplación de su abandono. Por lo demás, nada obligaba a que tuviera que permanecer entre aquellos muros encerrada, ni impedía en consecuencia que alguien la pudiera rescatar haciéndose cargo de ella. Habíamos decidido y nuestra madre asentía, que en la primera ocasión en que económicamente fuera posible vendría a la que era su casa. Ya se le había quitado la manía por la que nosotros no éramos su familia sino agentes disfrazados. De no haber tenido aquel aspecto afligido y con que el aire y el sol hubieran bañado, aun tenuemente su faz, ningún signo externo la hubiese diferenciado del común. Claro, un común no prevenido que viese el rostro de nuestra madre por primera vez o que no siendo así no conociese nada de los hechos que habían dado con ella en el olvido.

Tampoco se nos escapaba que tres niños de catorce, doce y diez años y dos mujeres que suplían con entusiasmo los achaques de la edad, éramos un equipo por el que en condiciones iguales nadie hubiese apostado.
Sin embargo, el tiempo jugaba a nuestro favor: de transcurrir con salud, aún faltaban muchos años para que pudiéramos temer por no poder ganar nuestro sustento. Nosotros tres éramos la salvaguardia de aquellas dos mujeres que en los primeros momentos aportaron principalmente apoyo moral iniciándonos en el tránsito hacia la vida. De alguna manera nuestras necesidades eran recíprocas, se complementaban: si los chicos poníamos la fuerza de la juventud, ellas la de la experiencia y la verdad del camino andado; un camino que cobraba su peaje y que difícilmente admitía rodeos.

Seis.


Nuestro padre nos había alentado a estudiar porque pensaba que era la mejor manera de prosperar en la vida. Aseveraba que él, de haber podido, lo hubiera hecho, pues suponía que todos los misterios tenían respuesta entre los libros y las explicaciones de los doctos profesores. No imaginaba nuestro padre el maremágnum en que se perdían los conocimientos, ni pensaba en la posibilidad de que cuanto más se sabía más incógnitas aparecían sin despejar.
De tal espíritu insuflado ideé un sistema que habría de permitir tanto a mí como a Amparo el acceso a la cultura. El hermano nos remitía los apuntes con los que yo previamente me informaba y posteriormente hacía las veces de profesor de nuestra hermana. Como quiera que el sistema tuviera fallos y sobre la base de entender que coger de prestado un libro no era nada reprobable, nuestro hermano nos fue proporcionando textos que eran cumplidamente devueltos tras ser usados. Pensaba que, niña y huérfana, nuestra hermana no tendría otra redención que la cultura y a tal labor me dediqué presto en los escasos ratos libres que encontraba entre la viña y la cantina.
O era yo demasiado simple o la niña aprendía con facilidad, mostrándome en ocasiones cómo realmente las cosas eran. Sobre todo en cuestiones matemáticas para las que tenía facilidad o, como dijera, era yo demasiado obtuso. Con los manuales de texto me vi liberado de una tarea docente en gran parte, y sólo me tenía que ocupar de que Amparín no cejara en el empeño; lo que al poco no fue necesario por la afición de la chica al estudio. Me quebraba entonces la cabeza la posibilidad- dadas las muestras de entendimiento- de que, siguiendo la tendencia general, se desocupara del estudio, pues al igual que en mi hermano veía en ella un diamante en bruto.


Ese mismo año Amparo hubo de tomar la comunión, que por edad era uso le correspondiera. Andábamos tan estrechos que el vestido de la niña, si nos sumábamos al oropel ya en boga, nos quedaba fuera de presupuesto. Ensayó la abuela Lorenza a coserle el uniforme, mas pese a la buena voluntad de la mujer, tras una revisión de la familia, se apuntó que estaba terminado tan burdamente que la alternativa se planteó en los términos de hacerla con un vestido corriente, pues no era en ropa en lo que la familia gastaba, o esperar un año con cualquier escusa, por si mejoraba la fortuna familiar. Así se hizo, explicándole a Don Miguel Ángel, a la sazón el sacerdote, que la chica consideraba, así como la familia, que dada la cercanía de los acontecimientos luctuosos, se esperaría al siguiente año. No era que no fuera cierto que el fallecimiento de padre no nos afligiera, pero tampoco fue esta la razón principal para que Amparo hiciera la comunión con la promoción posterior con una vestimenta que no llamó por ningún motivo la atención entre los de las otras comulgantes, como nosotros queríamos. No iba a ser un detalle tan insignificante el que ajara la fiesta y quién sabe qué más a la chica. Con paciencia y con ayuda de la madrina se confeccionó un vestido que estaba rematado de una forma, digamos, profesional, que merecía el calificativo de vestido e, incluso, me atrevería a decir que dentro de su simplicidad reflejaba cierto gusto. Nadie dijo esto o lo otro sobre cómo iba Amparín. Por lo demás, apuntaré, que era la única que yendo elegante no parecía una novia, pues ni le llegaba a los pies ni iba cuajado de perifollos y volantes como, mayormente, acababan terminando estos convites vestimentalmente hablando.
Luego llegó, radiante, otra primavera.
De haber sabido que sumarse al camino de las apariencias era un camino sin salida, me lo hubiera más que pensado. De saber que se sabía dónde se comenzaba, pero no la salida, probablemente, la niña habría tomado la primera comunión con la ropa que nuestra economía permitía e incluso, de haber ahondado más en la vida, no la hubiera tomado, y no por otra cosa que no fuera indiferencia hacia la religión y hacia las costumbres por las que el ropaje hacía a la persona. Sólo era una vez en la vida- se argumentaba- pero precisamente esa no era una razón de peso para marcar o tratar las diferencias; que el decoro era circunstancia que se llevaba por dentro o no se llevaba, por más que se quisiera dar afeites y otros paños calientes, y que nuestra hermana, como pocos, para tomar a Cristo, no necesitaba más que ir limpia por fuera, que por dentro ya lo iba. No sabía que si se empezaba a parchear se entraba en un camino de cosmética que, quizá, no mereciera la pena, por más agotador que el simple mostrar la pobreza descarnada por no constituir tal ningún tipo de infamia.

Siete.


Lo único que se ha de llevar a la cárcel es esperanza, y la esperanza como se transmite es con la esperanza del afán de resistir. La abuela, en tiempos de la guerra última que ha tenido España, no se había visto en semejante trance, ni nadie, al parecer, le había informado del tema de la esperanza y allí se presentaba con la cara toda apagada y el canastillo lleno de comida; que ya en toda la vida se lo pudo perdonar. Pero, claro, al abuelo no lo mató mayormente la falta de esperanza sino el frío del penal y el reconcomo sobre el porvenir de sus hijos.
Nuestra cárcel, construida con los barrotes de la incertidumbre, la única esperanza que admitía era el buen florecer de las cosechas y que la salud no faltase. Todo lo demás: las malquerencias o bienquerencias de los otros constituía cuestión residual. Quizá la falta de apego nos blindó, al menos durante algún tiempo, de odios y rencillas populares. Sólo se odia a lo que descuella produciendo algún tipo de sombra. Mientras nuestro enemigo fuera la propia supervivencia, nadie vendría a importunar con sus maledicencias a una familia cuya única lucha era la de llevarse algo comestible a la boca, pudiéndose decir que las malquerencias las generan más bien los excedentes. Sólo son vilipendiados quienes cuentan con algún excedente sea mayormente de orgullo o autoestima que no encaja en lo que se espera de su posición. Así la hembra desdeñosa que se paga con su belleza es execrada si no compensa tal actitud con riquezas materiales, como el varón que no achanta con el destino de su condición y aspira a lo que no sea lo más inmediato. Sólo la fortuna material nos podía situar en el disparadero y estaba tan lejana que del pueblo sólo podíamos esperar indiferencia.


Nuestro tiempo- pese a ser jóvenes- era antepasado. Quizá en consonancia con el futuro al dar la vuelta el ciclo, pero momentáneamente, ajeno a los acontecimientos. Así, mientras nuestra situación abocaba a la supervivencia no podía decirse que tal fuera la circunstancia general. Justamente entonces la gente empezó a disfrutar de los excedentes. Con el excedente la gran mayoría olvidó lo realmente importante. En casa se siguió viendo la vida como, esencialmente, lucha. Ahora con el motivo de ver a nuestra madre recuperada al que asociaba el ímpetu por ganar dinero sin límite, sabedor de que tampoco estorbaría a los fines primeros. Quedó luego muy claro que la relación era real y que la consideración social de nuestra madre no era elemento baladí del que se pudiera alegremente prescindir. De hecho uno estaba más o menos cuerdo según la consideración de los demás y que a la idea más obtusa no era indiferente el sujeto en cuyo magín se formara. Que no se sabía por qué, influía el prestigio de quien la profiriera sobremanera. Quizá en eso consistía la vida: en saber que nuestras ideas estaban abocadas al fracaso en un mundo rapaz y mísero. Con tal bagaje acostumbré a no precipitarme por tratar de poner de manifiesto, como decía Cervantes, mi discreción, lo que- paradójicamente- vino a hacer de mí una persona avisada. Pero eso fue mucho después, cuando los dineros podían inferir en los calificativos, pues quiso la fortuna que aquellos primeros desvelos se viesen compensados con su fruto, y como la salud no faltó cuando no debe la familia dio un viraje hacia el éxito.

Ocho.


No sé cómo había llegado a la conclusión de que la mujer de mi gusto habría de ser de cabello largo y no cegata. Luego supe que tal modelo me había sido inducido pasando de lo particular a lo general. Y era que la mujer del cantinero subliminalmente se había introducido en mi vida con su larga cabellera y sus bonitos ojos. Quizá proyectando una imagen- la de la madre- que se echaba en falta. De su vera veníamos la niña y yo más abatidos que fuéramos, pues, sobre todo en los primeros tiempos, no se apreciaba en nada mejoría. La mujer nos miraba de la manera en que dentro de su cabeza parecía no circular pensamiento alguno. Con el tiempo fuimos recobrando la esperanza de recuperar en algún sentido a nuestra madre. Entretanto nos fuimos haciendo a la idea de que inevitablemente no volvería a ser la misma.
Pensé, muchos años después, que la circunstancia del paso del tiempo determinaba, más que las recobradas o no facultades de mamá, el que nada volviera a ser lo que fue. Cuando finalmente se incorporó a la vida, un destello extraño en su mirada indicaba que el turista en el país de la locura siempre deja algo allí. Pensé también que tal viaje producía en el fondo un ápice de fascinación en quien lo emprendía. Absorta, Amparo, parecía en momentos tratar de rescatar aquello que había dejado en la visita, como si le faltasen unos pocos datos para componer un puzle interior en el que cuando lograba encajar alguna pieza otra u otras se le desdibujaban. En realidad la muerte de Lorenzo Tomás Buenaventura- nuestro padre- no había sido más que el precipitado de la locura de madre, pues desde tiempo había sufrido achaques, a los que no habíamos dado, sin embargo, importancia.
Con el tiempo, no obstante, fui minimizando tales efectos y comprendí que habían sido los acontecimientos los que habían labrado su futuro, más que un defecto de fábrica. Ahí entraba el imponderable azar- respecto del que se suelen minimizar sus efectos- en forma de rayo sobre el cuerpo de nuestro padre y sobre el alma de Amparo Rambal (que aquella tarde aguardaba cosiendo sin sospechar que el destino estaba tejiendo el resto de su vida). Posiblemente, nuestra madre, sin ese soplo divino no hubiese enloquecido y de resultas nuestra vida junto a nuestros padres se hubiera aproximado a la de los chicos que no se ven privados de la compañía ni de los cuidados de sus progenitores. Acaso también- es pensable- hubiese de resultas flaqueado nuestro carácter y el futuro hubiera entorpecido el deambular cotidiano en forma de lo que suele conceptuarse como fracaso.


Lo cierto: que el niño apretó en los estudios haciéndose un hombre de provecho, a lo que asistí con la delectación usual del padre que ve cómo se desenvuelve fácilmente la vida del hijo sin importarle si la suya ha discurrido sobre carriles acres.
Lo que, no obstante, colmó las mejores expectativas que hubiese fraguado, fue que la chica creciera frente a las previsiones iniciales, con salud y desenfado, sin irle a la zaga académicamente a Lorenzo- el primer miembro de la familia, de que uno tuviera constancia, que pisó una Universidad.

Texto agregado el 21-03-2016, y leído por 60 visitantes. (0 votos)


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