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Inicio / Cuenteros Locales / miguelmarchan / El piso 28

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Esas tres palabras pintadas en un rojo tan chillón como si lo estuvieran mandando a la mierda asustaron a José.

Estaban puestas en un letrero blanco con manchas de polvo, encima del ascensor. FUERA DE SERVIVICO. Decían.
José vivía en el piso 28 del edificio de departamentos de 35 pisos. Normalmente hubiera subido las escaleras quejándose desde el primer paso. Ahora también haría lo mismo, solo que esta vez sí que tenía un motivo.

José se agarraba la rodilla de su pantalón gris teñido en rojo, le dolía como el carajo y dar un paso era como clavar tres espadas en su rodilla.

No le quedaba otra, tenía que subir las escaleras.
A medida que caminaba, mejor dicho cojeaba, y subía cada escalón con una voluntad de oro su cabeza llena de rabia recordaba a esos malditos desgraciados mocosos infelices de mierda.

Veinte minutos antes José había salido de su casa para comprar un cuarto de pollo a la brasa para cenar, la pollería estaba a solo tres cuadras. Pan comido.

A medio camino vio a dos jóvenes parados frente a frente en una posición de batalla, con un tubo oxidado para cada uno. Parecian unos guerreros dispuestos a morir por alguna causa absurda de orden mayor. Uno de ellos tenía la frente manchada de un rojo seco, parecía una improvisada pintura de guerra y el otro una gorra igual de roja.

El joven de la pintura de guerra golpeó con todas su fuerzas en el lado derecho de la cabeza del tipo de la gorra roja haciéndole caer hacia ese lado, sin pensarlo dos veces comenzó a atacar de nuevo golpeándole en la espalda con el mayor salvajismo que sus manos sucias manchadas de sangre pudieron.

No había nadie, solo estaban los dos guerreros de temprana edad y Jose como espectador. El chico de la gorra roja recibía golpes en la espalda y las costillas, José miraba como si del mejor espectáculo de su vida se tratase, una experiencia irrepetible. El de la gorra roja agarró una piedra, la más grande y dura que vio y la arrojó hacía su atacante. El de la pintura de guerra se hizo a un lado, parecía que hubiera predicho el ataque. Sin embargo es espectador no supo que iban a lanzar una piedra.

El “Crack” con la rodilla de José, solo la escuchó José, sin embargo el grito que soltó se pudo escuchar en todo el barrio, parecía el barrio lo hubieran desalojado ya que nadie salió de sus casas. Jodidos cobardes, pensó José mientras se sobaba la pierna en un mísero intento de hacer que el dolor desaparezca.

Tras cinco intentos fallidos de ponerse de pie, en la sexta lo consiguió y en la séptima comenzó a dar sus primeros pasos.

Ya estaba en el segundo piso. Se daba animos a si mismo para continuar diciendo que si el hombre había llegado a la luna y habían construido monumentos que impresionaron a las antiguas generaciones… y a las nuevas, de seguro podrá subir los 260 escalones que faltaban.

Con una perseverancia que solo un puñado de hombres podría jactarse de tener José siguió subiendo escalón, por escalón, piso por piso. Ya estando en el piso 10 la perseverancia que solo un puñado de hombres podría jactarse de tener empezaba esfumarse, ya en el piso 13 la rodilla estaba hinchada y el pantalón cada vez cambiaba de color, se volvía más rojo con el pasar de los pasos.

Un piso más, ya no pudo más.

Estando en el piso 14 a José no le quedó otra que tragarse su orgullo, nunca le había pedido nada a nadie, e ir a pedir ayuda. Llegó al primer departamento que vio: el 1405.

Y empezó a tocar la puerta. Nadie le abría. Tocaba más fuerte y más desesperado, parecía que una multitud de demonios lo estuvieran persiguiendo dispuestos a degollarlo vivo y que solo la persona dentro de ese piso podría salvarlo, además no quería tocar otra puerta.

Al decimo toque alguien abrió la puerta. Era un viejo calvo, con una chompa roja con cuadritos mostazas y unos pantalones color marrón demasiados grandes para él.

A penas se vieron José se metió su dignidad donde mejor le cupo y con un paño de lagrimas le contó todo su martirio al abuelo. A medida que avanzaba su relato la expresión del anciano aumentaba en sorpresa e incredulidad, lo expresaba poniéndose la mano en la boca y con los ojos bien abiertos.

Cuando terminó el abuelo le ayudó a entrar, rogándole a Dios en mente para que no se cayeran. José se sentó en el primer sofá que encontró, le dio las gracias, mientras se secaba los ojos con su camisa blanca.

-Sabes, yo estoy muy viejo para ayudarte a subir ¿Qué te parece si esperamos a mi nieto? De seguro él puede ayudarte

José asintió. No le importaba si lo mandaban a volar en catapulta, solo quería ir a su casa.

-¿Quieres una taza de café?- Preguntó el viejo.

-Si, muchas gracias- respondió José esbozando su mejor sonrisa de vendedor.

El viejo desapareció dejando a José solo para inspeccionar la casa, quizá había algo para “Pedir prestado”, siempre tenía esa idea cuando estaba en cualquier casa, pero estaba vez decidió quitarse esa idea, estaba herido, el viejo lo estaba ayudando, no podía hacerle eso. Además solo había basura nostálgica en toda la casa.

Hasta que lo vio.

Era un monito dorado, tan dorado que parecía ser la única cosa que alumbraba la casa, a José le parecía raro no haberse dado cuenta a penas entró. Vio que estaba detrás de un muñequito de plástico y una cajita musical rosada.

Era muy pequeño, pero debe de valer una fortuna. Cogió el monito y se lo puso en el bolsillo de su pantalón y, con mucho esfuerzo volvió a sentarse.

El viejo regresó, y al parecer estaba maldito, porque todo un enjambre de moscas salió y comenzaron a zumbar por toda la casa realizando una especie de diabólico concierto en honor a una de las plagas de Egipto. José trató de espantarlas, el viejo se disculpó por las moscas, dijo tambien que se estaba hartando de todo esto y que quizá se vaya a mudar.

Tal vez haya un cadáver escondido, pensó José porque en su departamento habían moscas pero no tantas, digamos que aquí habían 100 veces más moscas. El abuelo le entregó su café y bebió el suyo. José no quería tomar algo que parecía sacado de un lugar infestado de más moscas que cualquier pueblo moribundo de Africa. Sin embargo lo bebió por pura y jodida cortesía, ademas estaba rancio y sabía horrible, estuvo a punto de devolverlo a la taza pero el viejo no debaja de mirarle con unos ojos evaluadores.

Ambos bebieron un trago.

Ahora quería irse con muchas más ganas. A que hora iba a llegar el nieto ese. Tenía un mono de oro en su bolsillo, un viejo asqueroso con un café todavía más asqueroso y un nieto, que de seguro es algun pelele que José podría detener de un solo golpe. Las dos semanas en el gimnasio podrían tener sus frutos.

Hablando del rey de Roma.

La cerradura cedió y la puerta se abrió. La figura cubría casi toda la puerta. Su prominente barriga nublaba la vista de José, sus brazos llenos de músculos y venas azules aterraban a José, la barba que cubría más de la mitad de su cara divertían a José. Este tipo parecía una imitación de Brutus de Popeye.

El viejo y el nieto se dieron un abrazo. José se sorprendió que el nieto no le haya convertido los huesos del viejo en polvo. El viejo le contó sobre el problema de José al nieto y este aceptó ayudar.

- Me disculpan un momento- dijo José.

- Claro voy a cambiarme- respondió el nieto yendo hasta el fondo de departamento y desapareciendo por un puerta.

-Voy por más café- el viejo también desapareció de la vista de José.

Con mucho esfuerzo y a punta de cogeos llegó hasta el lugar donde lo encontró, le miedo nublaba su codicia, devolvió el mono de oro en su lugar, el problema fue que cuando volteó su brazo chocó con la cajita musical haciéndola caer.

El impacto se escuchó en todo el lugar, la alegre cancioncita adornaba la miseria de José, la pequeña bailarina de una sola pierna ahora estaba rota por la mitad, seguramente estaba llorando, era su último recital.
José ahora si estaba jodido, ya se imaginaba a Brutus amasando su cara como si fuera una pizza con sus propios puños. Cojeó hasta la puerta pero la voz del viejo interrumpió su viaje.

-¿Qué está pasando?- preguntó con voz neutral y sencilla, no parecía enojado.

Era mejor afrontarlo todo, quizá lo convencería como la última vez. Le contó la verdad, le dijo que había cogido la cajita musical porque se parecía a una que le había dado su mamá antes de morir y que tuvo que empeñar para pagarse los estudios de la universidad, solo le alcanzó para un mes.

El viejo le dijo que era solo una porquería y la iba a botar de todos modos, fue por una escoba y comenzó a recoger los restos de la bailarina, la canción no dejaba de sonar, incluso en el tacho de basura.

El nieto regresó con una diferente ropa y ayudó a José a salir de la casa, se despidió del abuelo y le dijo que le iba a devolver lo que costó la cajita musical. El viejo le dijo que no se preocupara, que todo estaba bien. Ambos se
fueron.

Lo que hubieran sido unas cuantas horas de dolor y llanto se convirtieron en solo 30 minutos, tiempo que Brutus, cargando a José, consiguió subir los pisos restantes. Ya en la casa José le dio las gracias y Brutus le dio un fuerte apretón de manos, tan fuerte que dejó la marca de sus gruesos dedos de los dedos delgaduchos de José. Este entró sin decir nada.

Tomó una pastilla y cojeó hasta su cama. Quizá mañana iba a ir a un doctor. Pero ahora solo tenía en su cabeza ese monito de oro, podría valer una pequeña fortuna, fortuna que le iba a servir para desaparecer sus problemas por unos dos meses. Algo era algo.

No pudo conciliar el sueño porque su rodilla, que ya parecía una papa mutante latía como si tuviera vida propia y quisiera salir de cuerpo de José. Minutos despues ambos se calmaron y el sueño comenzó a tomar posesión de José.

El viejo estaba llorando mientras Brutus ponía su mano en su hombro para calmarlo. Apenas se habían ido recogió los pedazos de la caja musical y los puso en su lugar. Era una pieza invaluable que venía de Alemania, fue fabricada en el año 1950. Era un antigüedad que valía entre 20,000 a 30,000 dolares. Eran uno de los últimos recuerdos de Martha, su esposa que falleció hace unos diez años.

Iba a venderlo para comprarse un nuevo piso. Al diablo con Martha, ya estaba harto de esas malditas moscas.

-Abuelo ¿Quieres que le haga una pequeña visita?

El mono era sintetico, el abuelo lo había comprado en un viaje a Ica por 15 soles.

Texto agregado el 02-05-2015, y leído por 58 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2015-05-03 02:39:45 talmente de acuerdo con tus críticos anteriores, pero no te sientas mal, eres bueno y muestras que tienes pasta, cinco copas riosdevino
2015-05-02 05:11:51 Coincido con mi amigo yar, buena narrativa..hay algún texto que por ahí sobra y pone lenta la lectura. Saludos! TuNorte
2015-05-02 04:44:16 Interesante narrativa, llegaste a una cima y después no pudiste mantener la atención, sin embargo segui con interes el relato. El final me parece un tanto fortuito y simple, tal vez pudo ser mas poderoso. Aun asi me gusto el texto. Cinco aullidos subiendo escaleras yar
 
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