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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Historias del internado.

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Allí entrábamos unos y salíamos otros. Yo recuerdo que entré siendo un chico tímido de pueblo y salí hecho un delincuente. El primer asalto serio fue un par de años después: vamos, cuando aún me gustaba más la coca-cola que la cerveza.
El éxito de las primeras operaciones fue la causa de mi ruina.
Las razones las desconozco: pues allí no se nos alentaba para nada a la vida delictual. Se ve que el contacto con tantas culturas, regiones y modos de ver las cosas produce ese efecto. El caso es que cuando me quise dar cuenta estaba organizando el primer atraco a una cafetería. Nada serio: sólo provisiones (mayormente bebidas).
Durante el día seguía estudiando pero por la noche me convertía en una bestia corrupia.
Cuando terminé magisterio en la “normal” tuve que tomar una determinación. Al no haber logrado el acceso directo ( en parte debido a las correrías nocturnas referidas) en lugar de preparar la oposición consideré más oportuno profesionalizarme en el mundo del hampa.
No hizo falta que transcurriera mucho tiempo para dar con mis huesos en prisión. Durante mi estancia entre rejas en lugar de ocupar mi tiempo en actividades reeducativas fui perfeccionándome en el arte de bordear el código Penal.
Todavía recuerdo el día en que cumplimentaba junto a mi padre la solicitud de beca para el internado. Muchas veces lo pienso: si no fue aquella experiencia la que me determinó o que uno era así y lo hubiera sido de cualquier manera. Tampoco ha sido una vida desaprovechada. Cuántos profesores y otros dignos empleados hacen menos por la sociedad. Y siempre con mi lema a cuestas “deus et voluntas mea”( el de la institución educativa- que me tomé al pie de la letra), recuerdo ya retirado aquellos días felices de la infancia en que transformábamos una taquilla de chapa en un acordeón por menos de un quítame allá esas galletas enchocolatadas.

Texto agregado el 03-02-2015, y leído por 122 visitantes. (0 votos)


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