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Inicio / Cuenteros Locales / CalideJacobacci / Escrito en la vereda (Incendio)

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Te llega, y en esto no hay vueltas, el día en que ya no programas tu vida ni tus sueños mirando diez años para adelante, ni siquiera un año buscas llenar de ideas, te conforman el realismo de quince o unos días más o un mes, lo hacen más cierto y no sabes a quien mirar cuando decís esto.
La pelota anduvo por el área y viste muy de cerca como pega en un palo y vuelve a la cancha.

Lo veo en la turbia posibilidad que me da la oscuridad de ir, de avanzar, como en el aire, como en un sueño querido y repetido.
Es un vuelo rasante sobre el ripio en el que llego, derrapo, hasta la tranquerita de la calle, así le decíamos todos, un cuadrado de hierros angulados con una malla de alambre romboidal soldada en su interior y una tranca pasador para candado, y está Mamá sentada en uno de los escalones que dan hacia adentro, para la casa, en el declive que es el patio, ese lugar donde jugamos todo el día a lo que venga y que es mi propia fortaleza, mi propio campo de batallas, mi propia ruta de travesías.
Ese lugar de militancia de la niñez y que ahora se nos cruza a diario como una fantasía.

No me veo yo, pero veo a Irma, que aún no es doña y es joven y tiene el gesto de una bella sonrisa en el rostro, no el de ahora de tolerancia al dolor y los peores recuerdos de su vida (esos que no se despegan).
Y a ese día ya lo ahogan las sombras, ya la noche fue remontando secreta como una bandada de pájaros oscuros, infinitos, cada vez más negros, cada vez que mirás el cielo más lejanos y perdidos.
Y es agradable, no hay viento y ella justamente cumple cuarenta años, sí y la veo feliz y sonrío cuando la beso.
Y fulgura el aire anochecido que dibuja el bulevar frente a mi casa, esa que es como mi propia casa (la colonia construida con durmientes de quebracho por el Ferrocarril Argentino General Roca) y que es una forma de decir, una forma de pertenencia, mi casa es ahora una suerte de lugares sueltos de muchas casas (donde viví estos años que siguieron), que aún me cobijan pero no me pertenecen ni a mí, ni a mis viejos y ahora vive otra gente o las derrumbaron por que ya se caían solas.
A mí menos, un paria que le huye a las pertenencias, pero la amontono en los recuerdos como una casa rejuntada donde se acomoda mi historia y la hago mía.
Ese lugar de la casa donde nos apilamos en invierno junto a la cocina a leña, una cocina económica de hierro fundido que en la puerta del horno junto a un relojito que en alguna época marcó la temperatura dice Istilart nº 2 y que mi vieja llena con astillas de algarrobillo y enciende un papel abajo por la puertita de la hornalla y nosotros, con mi hermano, sentados en la misma silla apoyamos los pies desnudos contra el metal hasta que comienza a calentarse, y ella nos va vistiendo para que vayamos a la escuela.
Me acomodo junto a su cuerpo, en el mismo escalón pegado a ella y el ruido del pueblo me envuelve con historias (como fueron los días que cayo el General, la persecución a los compañeros, las amenazas de los contreras y como escondieron el busto) que me hacen sentir como si pisara en la cubierta de un velero listo a zarpar, o en un tren en marcha, que avanza rugiendo.

Dos mujeres, una bella adolescente camina tras quien la precede como aturdida, salen en silencio, sin titubeos desde un portón pegado al edificio de la farmacia que duerme a oscuras con las persianas bajas, son dos sombras que cruzan hacia la estación del ferrocarril. Son madre e hija y fue la última imagen que tendría de ellas.
No pasa mucho el tiempo hasta que surgen las llamas, lenguas gigantes amarillas, rojizas de llamas y chispas que estallan, que superan el borde de las construcciones y los veo en la angustia de los ojos celestes de mi madre.

Cruzo la calle vacía y me pierdo por el mismo boquete oscuro por donde salieron las mujeres. Golpeo con fuerza la puerta que ingreso puntualmente a mis clases de matemáticas, veinte horas ni un minuto más ni uno menos, dos veces por semana y se abre de inmediato. En silencio me escucha el hombre alto y de bigotes blancos que trata despóticamente mi ignorancia, e indiferencia, a las ciencias exactas.

-Doctor, se le quema la casa. Le digo.

En cuatro días cumplo catorce años.

(Ing. Jacobacci, 22 de noviembre 1970)




Texto agregado el 23-01-2014, y leído por 169 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2014-02-04 04:02:22 En realidad eres un escritor de alto vuelo.Siempre que te he leído he sentido,he palpado tus palabras he vivido. Eso no todos lo consiguen. Esta historia es increíble y sus imágenes y la sensación que provocan son impactantes****** Victoria 6236013
2014-01-24 04:10:48 Hermosas imágenes. Una mezcla entre la nostalgia de lo pasado y una realidad accidentada. Un gusto! monik_2491
2014-01-23 14:00:35 Me gustó....*****:) La_Pachamama
 
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