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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Tormenta de verano

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Ni mula serrana ni mujer de la Jara, decía el dicho, cuando abordamos el último tramo del camino y ella daba muestras de andar realmente cansada. En ese momento decidí plantar el campamento. Un escueto equipo de montaña compuesto por una tienda iglú y dos sacos de dormir agujereados se veían compensados por el ingrediente que no debe de faltar en excursión que se precie: entusiasmo. El mapa, una edición militar Lambert de los años cincuenta, advertía escrupuloso que justamente donde íbamos a hincar los vientos corría el lecho de un arroyo ahora sólo reverdecido por las lluvias torrenciales y en el que había un surco de terreno sin vegetación. Por lo demás nadie hubiera dicho que por allí pudiera circular agua.
La mujer, que desmontaba de la manera que parecía haberlo deseado desde hacía un rato, aún tuvo tiempo de advertir que según el plano- ella no decía mapa- por allí corría un río. Colocó la brújula sobre las coordenadas del pliego y lo confirmó con la rotundidad aquella que a mí me exasperaba. Recogí los bártulos y debió notar la aspereza pues hasta que empezaron fuertemente las lluvias no despegó la boca. Dentro de la tienda iglú, en la que según el vendedor había holgura para dos, nos retorcimos sobresaltados cuando notamos el lamido del agua. Transcurridos unos minutos y completamente empapados y mientras las bicicletas parecían querer cobrar la vida de un submarino, supe, contra pronóstico, que nuestra relación sería duradera. La muchacha, mientras, me miró fijamente, y adivinándosele el pensamiento( por aquí corría el lecho de un río), no dijo nada y acto seguido corrió, a tientas, afanándose porque aquel torrente no diera al traste con la expedición, poniendo a salvo, mientras yo hacía lo propio con la tienda, las bicicletas. Nos acurrucamos entonces debajo de una tupida carrasca y, ateridos de frío, más por tal necesidad, nos abrazamos.
Yo que tengo la teoría de que la verdadera faz de las personas sólo nos las muestra el azar, vi cómo era la chica al trasluz del relámpago, descubriendo que lejos de cualquier género de temor, su rostro expresaba cierto género de entusiasmo. El resto de la noche siguió lloviendo como si nunca lo hubiera hecho y con tal afición que los relámpagos nos ponían sobre aviso de que la carrasca de la ladera del monte se iba haciendo por momentos también insegura.
Pese a todo contaba con que la situación no se hiciera más insostenible con la confianza que daba el que en caso de apuro nos pudiéramos encaramar a las robustas ramas donde penderíamos como murciélagos si hiciera falta hasta que escampase. Con suerte, lo que podía haber sido un más que grave aprieto podía saldarse incluso sin un mal resfriado. No obstante, en tal momento, en el que me recreaba con un futuro halagüeño, empezó el cielo a desgranar piedra. Con el tamaño creciente de tal material arrojadizo, nuestra provisional techumbre se iba haciendo más precaria, colándose inopinadamente y precisamente las más contundentes. No imaginé, ni en mis más fértiles lucubraciones, que unas bicicletas pudieran ser parapeto frente a la voladiza tormenta que describo. La mujer de la Jara las dispuso superpuestas y, hechos ambos un ovillo, recobramos nuevamente el aliento. Mientras, la crecida del río “grajilla”- que tal era su recobrado nombre- se mantenía en unos niveles alentadores. Tan irreal imagen nos era dado contemplar cuando el aparato eléctrico lo tenía a bien, “encendiendo” con claridad diurna el paisaje. El río grajilla cobraba de esta manera vida, arramblando con matojos y piedras que conducía rodando, despeñándolas un poco más adelante en una cárcava. Enfrente, como en fantasmal película, y al otro lado del fragor, vimos moverse un mamífero de tamaño considerable. Con el nuevo chasquido se nos reveló una pacífica piara de jabalíes que discurrían en fila ascendiendo la ladera opuesta zafándose de las aguas. Los jabatos gruñían. Ella dijo que para orientarse en la noche. No la quise contradecir pero yo veía más razones de canguelo, similar al que a mí me tenía atenazado: un pedal a la altura del estómago clavado( y sin ánimo de proceder contra él).

Texto agregado el 31-12-2013, y leído por 83 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2014-01-03 18:02:23 Tu texto es ligeramente críptico, pero gusta. Felicitaciones. ZEPOL
 
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