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Inicio / Cuenteros Locales / atolonypico / Accidentes domésticos.

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Había que quitarse el muerto de encima, y nunca mejor dicho, pues éste era de carne y hueso y, hasta hace escasos minutos, respiraba, maldecía… y algunas cosas más y no todas buenas pues en ocasiones, generalmente embriagado, procedía o se empleaba con más violencia de lo tolerable. De cualquier modo, había sido un mal golpe, con que la mujer había querido zafarse de aquél y ahora yacía sin sentido, sin respirar. Nada hacía pensar que un rodillo de madera pudiera convertirse en instrumento tan contundente como había sido. Un juez habría apreciado, posiblemente, legítima defensa por parte de la mujer, pero ésta sólo veía a un hombre con un hilillo de sangre brotándole de detrás de la oreja derecha y pálido como el difunto que era. Tampoco sabía que tenía derecho a oponerse a su acoso sin infringir ningún débito conyugal, y pensó también que sus hijos, que vivían por su cuenta, no le perdonarían haberlos dejado sin padre y aunque hacía años que no se presentaban bastaba con que olieran posible indemnización para que se pusieran a protestar. Y era que María contaba con algún patrimonio que le dejaran sus padres y del que su marido- ahora todo tieso en la cocina- se encargaba de administrar.
Por eso pensó que le convenía no enterar a nadie de lo sucedido pese a la angustia en que se veía sumida, con el cadáver de cuerpo presente, que con el puño derecho cerrado y un aspecto severo que nunca en vida había tenido parecía clamar justicia. Ciertamente a María aquella expresión le amedrentaba como si en cualquier momento pudiese tomar vida. No obstante, como no encontrara variación, fue haciéndose a la idea de que la pose era definitiva y que jamás volvería a conminarla con aquel miedo como reverencial que le tenía.
Paulatinamente, María, fue tornando la angustia con un fondo de alegría del que tendría que remontarse a cuando era soltera para encontrar parangón. Pero, acto seguido, temió que aquel sentimiento pronto la abandonaría en cuanto se conociesen las circunstancias y la Justicia tomase cartas. Y creyó tener derecho a un rato de paz, por lo que trató de idear cómo desembarazarse del cuerpo para lograr, aunque sólo fuese, unos días de sosiego. Luego, ella misma se entregaría.
Le repugnaba la idea de trocear a su marido y desprenderse de él en pequeñas porciones aunque sabía que era el método más discreto y el de mayores garantías para preservar el secreto. María, sin embargo, estaba en temor de Dios y consideraba que tal procedimiento no era acorde con las enseñanzas que recibiera desde la infancia. Por otro lado, apenas podía cargarlo de una pieza. Sólo quedaba la posibilidad de dejarlo allí y solventar por medio de algún procedimiento el inconveniente de su putrefacción y consiguiente reclamo para con la vecindad. Era menester imaginar.
Durante varios días hizo acopio de formol desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Extendió a su ex desnudo en la bañera y lo roció del fluido que pacientemente había logrado reunir. Con aquello- al menos momentáneamente- había solucionado el posible problema de los olores. Pero era presumible que una persona fuera algo más que un olor. Había que contar con la contingencia de que alguien lo buscara y era claro que no podía contestar que lo tenía en la bañera sumergido en formol.
Temía el momento en que pudiera sonar el timbre, causándole, nuevamente, una gran ansiedad. Era evidente que tenía que contar la verdad o idear y ejecutar un procedimiento más expeditivo que le produjese un breve remanso en que poder respirar. Barajó diversas posibilidades que hubo de desechar pues todas pasaban por una u otra forma de mutilación. Entretanto, el gesto de su santo iba adquiriendo una expresión risueña que achacaba al formol.
Mayúscula fue la sorpresa de María cuando aquella mañana, al regreso de la compra, no lo encontró. Entró con el corazón en un puño, comprobando que lo único que había ocurrido era su descorrimiento hacia el fondo de la bañera.
Aquella mañana estuvo presidida por dos sobresaltos pues a eso del mediodía el timbre, finalmente, sonó. María decidió que debía proceder con mayor determinación. Al parecer, en el tráfago de la gran ciudad, nadie echaba en falta a su ex, o bien, aun echándolo, nadie estaba dispuesto a indagar el motivo de su ausencia. Estaba el hombre prejubilado desde hacía dos años y tenía muy pocas ocupaciones que no fueran la de pasear sin demasiado rumbo por la ciudad. Del vecindario, nadie, también, lo parecía añorar.
Por lo demás, la mujer, pensaba que pocos harían algo aunque se supiese la verdad. A nadie parecía importar lo que pasara a los demás, y, a veces, sentía la tentación de contar a la primera, que tenía a su marido tieso en la bañera, noqueado de un mamporro con un rodillo de amasar. Antes que otra cosa, la tomarían por una lunática y rehuirían su compañía. Mas, por si el caso, tampoco consideró la conveniencia de probar.
Con el tiempo desarrolló con el muerto una incipiente conversación. Un afán comunicativo vedado en vida, mayormente, por el influjo del consumo inmoderado de alcohol a que inopinadamente se aficionó. Como un demonio se le iba metiendo en la sangre. Aquella mañana- la de autos que fuera- desinhibido, se abalanzó sobre su mujer, la que no pudo menos que repeler la agresión con el primer instrumental que se le presentó a las manos. Un afán comunicativo que hubiera deseado haber desarrollado, e impelido, sobre todo, tras el accidente. Al menos- ahora- atento a sus palabras, fijamente, ella creía ver el ápice de interés que poco le prodigara y menos desde que el aceite en la cocina le desfigurara la cara. Cómo- pensaba- le hubiera gustado llevarse bien con su marido. María- hasta entonces- había asistido resignada contentándole pensar que era una circunstancia corriente. No obstante, todo se vino a agudizar con su desfiguración. Si hasta aquel momento había permanecido desapercibida para su marido, después pareció representarle un estorbo.
Mientras conservara las facciones había tenido, el suyo, con algo de imaginación, por un matrimonio normal. Luego- tras que le quitaran la venda- comenzó un proceso de intransigencia que acabó aquella mañana.
Primero fue la supresión del paseo dominical con la excusa de haber perdido la fe, la que los condujera a la iglesia todas las semanas, como un ritual. Luego empezó a beber. María veía en ello que, al menos, no le era indiferente e incluso a pesar de las disputas que se iban sucediendo le quería. La animadversión de él iba creciendo. Con el tiempo, con cualquier pretexto la empezó a despachar para no acompañarla nunca a ningún lugar. María sabía que era su rostro el motivo de aquellas evasivas. Tampoco había que ser demasiado perspicaz.
Con el vino, la intransigencia empezó a ser aversión. Aquella mañana- la de autos- María estaba asomada a la ventana de su bajo, lo que tuviera prohibido- pues la aversión se había ido tiñendo de vergüenza- por gustar de ver a las gentes subiendo y bajando y el ajetreo del mercado que instalaban en la plaza, que refrentaba, semanalmente.
Durante el buen tiempo, María, al anochecer, abría la ventana y contemplaba el discurrir de la cola del viejo cine. Luego, “que parecía que le gustara exhibirse”. María renunció a la costumbre. Pero aquella mañana soleada, qué mal podía hacer, máxime cuando él no aparecería hasta la hora de comer.

Alguien lo había dicho en el bar. “Hay una tía ahí delante…qué careto… está asomada a la ventana como si fuera un guiñol”. El hombre, embebido de “fundador” se apresuró. La atajó y la empujó hacia adentro delante del público variopinto, tras acogotar su rostro hacia la plaza al grito de “no te basta con humillarte, que lo quieres hacer conmigo también”. Angustiada, acorralada en la cocina y medio atenazada por su marido creyó poder recobrar un ápice de dignidad en el extremo de aquel útil de amasar.



Con el tiempo desarrolló con el muerto un monólogo- conversación, que fue como retomar los primeros días cuando paseaban los domingos y hacían planes para ahorrar y poder comprar algún capricho a los niños, y el hombre pareció asentir y hasta desarrollar, creyó ella, una sonrisa, como si el aceite no hubiera caído sobre la cara de María, ni el vino hubiera empezado a deslizarse sobre el esófago de Miguel.
Aquella mañana, ya muerto Miguel, sonó el timbre. A punto estuvo del desmayo su ex mujer cuando vio al municipal desprenderse de la gorra para saludar. Al parecer, alguien de los que presenciaran el espectáculo, había acudido a la municipalidad por si había en la morada malos tratos o algún tipo de vejación psicológica. El tema era debatido en la prensa, radio y televisión y existía una especie de sensibilidad, desarrollada en parte por los medios de comunicación.
La mujer, repuesta del golpe inicial, no pudo por menos que exculpar a su marido de cualquier manifestación en aquel sentido, “que todo eran las normales disputas domésticas entre un hombre y una mujer”.

Texto agregado el 30-12-2013, y leído por 105 visitantes. (0 votos)


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