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Inicio / Cuenteros Locales / maparo55 / De las inconveniencias de mudarse

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Este texto es un reciclaje, que había aparecido ya por aquí con anterioridad. Ojalá disfruten de él.

Regresar a la casa y enfrentarse con los recuerdos, era insoportable; así que Sandra decidió que lo mejor era mudarse de ahí, rentar un departamento pequeño y vender la casa donde la soledad y el vacío no le vinieran a recordar en todo momento, la dolorosa pérdida de su madre. Estaba muerta y a pesar del dolor profundo, lacerante que la embargaba, aquel hecho no iba a cambiar. A sus 35 años, Sandra miraba la vida como algo que se le había escapado; hubiera preferido morir con su madre y no estar como se encontraba ahora, con el dolor de la pérdida clavado muy hondo, una desesperación infinita que no se calmaba con nada y los hechos consumados mordiéndole el alma.
El padre las había abandonado siendo Sandra muy niña, se fue así, casi sin decir nada y su madre tuvo que enfrentarse a la situación dolorosa de no saber qué hacer para proporcionarle comida y bienestar a su niña. ¡Cómo lloraron las dos la ausencia del padre! Recordaba muy bien el día en que su padre se marchó; las había invitado a comer en un restaurante muy concurrido y elegante, que tenía decoradas sus paredes, con grandes mosaicos vidriados, de colores muy vivos: azul rey, rojo, ocre, verde limón, naranja. Cuando más alegres y risueños se encontraban, una mujer muy guapa, más joven que su madre, se acercó a saludarlos; su padre perdió la risa y el buen humor con aquel encuentro y luego que la mujer se fue, a pesar de estar ella presente, sus padres escenificaron una dolorosa disputa de palabras, gritos y manoteos, que terminó con la marcha definitiva del padre y lo alejó para siempre de sus vidas. Mientras ellos reñían, Sandra tuvo mucho miedo y para aguantárselo, se puso a mirar los colores chillones de los mosaicos. Con el tiempo, llegó a odiar todos aquellos colores tan vivos, instintivamente, los asociaba con la partida de su padre. Desde entonces su madre nunca volvió a ser la misma; pero Sandra la quería sinceramente, por eso sentía como una llaga viva, la muerte de su madre. Ya vería que hacer con la casa familiar, si rentarla o venderla, para acallar la nostalgia amarga de su ausencia.
Así lo hizo. Se mudó a un departamento pequeño y probó infinidad de medios para ahuyentar el dolor, el resentimiento feroz que sentía contra la vida, por haberle arrebatado a su madre. Como maestra de escuela que era, no podía tirarse completamente al abandono, tenía que trabajar; cada vez que pensaba en su madre, le parecía imposible que ya no estuviera. ¿Por qué se había ido, dejándola tan sola? Quería morirse, también.
El arrendador vendría cada mes a cobrar la renta; el hombre desconfiaba de la administración de los bancos y por ello hacía sus operaciones personalmente. Aún no llevaba Sandra dos semanas instalada en el departamento, cuando lo llamó por el móvil, para decirle lo de la puerta. Para acceder al departamento, había que recorrer un pequeño pasillo y al final del mismo, casi frente a su entrada, en la pared blanquísima, estaba la otra puerta, de aparente inútil existencia, pues parecía conducir a ningún lado. Reparó en ella por primera vez, dos días después de haberse mudado. No recordaba haberla visto el día de su llegada; seguramente estaba ahí, pero ella no se había dado cuenta. Parecía imposible que eso hubiera sucedido, porque era una puerta de madera pintada de un rojo muy vivo, de pésimo gusto, uno de los colores que ella más odiaba. No le concedió mayor importancia a la puerta hasta el tercer día, cuando escucho leves ruidos que parecían provenir del interior, suaves cuchicheos, como si alguien estuviera recargado detrás y gimiera con el rostro pegado a la misma. Estaba abriendo la puerta de su departamento cuando los oyó. Se quedó expectante y asustada, alguien o algo estaba detrás de aquella puerta, casi se podía escuchar su respiración. Sandra se acercó cautelosa a la misma y aplicó el oído sobre la madera pintada de rojo. Contuvo un gesto de repulsión ante el contacto pegajoso de la pintura; prestó mucha atención, pero ya no hubo ruido ni nada, sólo silencio. A partir de entonces, empezó a vigilar la puerta roja; cuando salía a trabajar o cuando regresaba, la puerta estaba ahí, como todas las puertas, inmóvil, muda. Sandra recordaba perfectamente los ruiditos escuchados y una inquietud creciente la poseía, aunque en los días transcurridos después, no escuchara nada.
Fue cumplida la semana en el departamento, cuando volvió a suceder. Era viernes y una compañera de trabajo había invitado a Sandra para comer; entre comentarios y confidencias se les fueron largas horas y pasaba ya de la medianoche cuando regresó. A punto de abrir la puerta de su departamento y no sin haber echado de reojo un vistazo a la puerta roja, escuchó perfectamente una voz grave, susurrante, que pronunciaba su nombre: “Sandra...” Saltó aterrada; apoyando la espalda contra su puerta; miró con espanto la omnipresente puerta roja. No había duda posible, aquella voz la había nombrado. No quiso saber más, nerviosa, tensa, se metió al departamento como un relámpago y cerró con el seguro. ¿Qué o quien estaba ahí, por qué la llamaba? Ella no creía en fantasmas ni espíritus vagabundos que se manifestaran en la vigilia para asustar a cualquier gente; pero la voz llamándola era un hecho y parecía haber venido de aquella aborrecida puerta. Quizás había un ladrón o alguien que sabía su nombre y hubiera querido asustarla; pero ¿para qué? Además, de momento, de sus conocidos, casi nadie sabía su nuevo domicilio.
El sábado se levantó tarde, apenas si había podido dormir. De repente se dio cuenta, que le daba miedo tener que salir, no quería ni ver la odiada puerta de enfrente. No pasó nada, el fin de semana y el lunes, terminaron sin ruidos ni susurros. Por si acaso, cuando llegaba, al abrir la puerta de su departamento, siempre lo hacía mirando varias veces tras su espalda. Se fue calmando, hasta llegó a pensar que quizás se había imaginado lo de la voz y lo de los ruidos. Con la enfermedad de su madre, los trámites del sepelio y la soledad golpeándole inclemente, sus nervios habían sufrido lo indecible, tal vez, lo de ahora, era consecuencia de todo aquel sufrimiento contenido.
Casi todas las noches soñaba con su madre, a veces con la imagen borrosa del rostro de su padre, muchas veces, con sombras grises y negras deambulando a su alrededor; pero invariablemente al final de cada sueño, los colores vivos, chillones, opresivos, la perseguían incansablemente; aparecían de algún lado, sigilosos, malignos y se le acercaban burlones y amenazadores para atraparla, así que el despertar, era un alivio deseado con fruición.

El martes por la noche los ruidos volvieron. Cenó algo ligero y se disponía a continuar la lectura de Orgullo y Prejuicio de la Austen, cuando percibió claramente fuertes golpes y arañazos que provenían del pasillo. Abandonó el libro y fue despacio hasta su puerta, la abrió con sigilo y asomó la cabeza; estuvo a punto de cerrar despavorida cuando los golpes y arañazos se repitieron tras la puerta roja; ahogó un grito de temor mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y decidía llamarle al casero. Pero ¿qué iba a decirle?¿qué se oían ruidos intranquilizantes y que una voz la llamaba susurrando su nombre?... Pareció conjurar a la voz, porque en aquel preciso instante, la oyó de nuevo. Era muy grave, suave y áspera a la vez, parecía venir de muy lejos y la conminaba a acercarse.
“ Sandra, ven, ven por favor...” Esto ya no era una broma, se pasaba de mal gusto y tenía que terminar a la brevedad posible. Con valentía abrió la puerta y salió del departamento, en ese momento no había ruidos pero la voz continuaba su pedimento. Sin duda alguna, el sonido venía de atrás de la puerta color sangre...¿color sangre? Dio tres pasos y giró con violencia el picaporte de aquella puerta, dispuesta a encontrarse con lo que fuera. La puerta roja no se abrió; estaba perfectamente cerrada y por más esfuerzos que hizo no logró que se abriera. Con el dorso de la mano izquierda secó sus lágrimas y respiró más aliviada. Los ruidos y la voz habían cesado.

Por la mañana, desde la escuela donde trabajaba le llamó al casero y lo puso al tanto de la puerta y de la situación que estaba viviendo en tan pocos días de residencia.
-¿Una puerta? ¿Una puerta color rojo? ¿Está segura, señorita? En el lugar que me indica, sólo hay pared. Ahí nunca ha habido puerta alguna.
Sandra le aseguró al casero varias veces que la puerta estaba ahí; que ella era una persona perfectamente cuerda y que viniera a comprobar lo que le decía.
- Iré mañana jueves por la tarde, señorita, no puedo antes.
No resultó grato para Sandra saber, que tendría que pasar una noche más, antes de que el casero trajera la llave y abriera por fin la misteriosa puerta, para saber que iba a encontrar del otro lado.
Se encontraba ya acostada cuando la voz llegó, entre sueños alcanzó a percibirla; primero muy lejana; después con tal certeza, que se incorporó violentamente y se quedó escuchándola. La misma voz grave, que lentamente comenzó a tener una tonalidad más aguda hasta parecerse a la voz que recordaba de su padre. No, aquello era imposible; su padre estaba muy lejos, a lo mejor muerto también y ella no podía estar oyendo la voz de su padre llamándola. La voz seguía su plegaria, se hacía más aguda; ahora era la voz dolorida y quejosa de su madre enferma. No había duda. Era su voz.
“Sandra, hija, ven a hacerme compañía, me encuentro muy sola en este lugar...”
No, su madre no podía hacerle esto, sin importar que Sandra hubiera deseado morir también y quisiera acompañarla en la otra vida. Se cubrió el rostro con ambas manos y se puso a llorar quedito, luego más fuerte, hasta soltar verdaderos alaridos de angustia y dolor.

El dueño del inmueble vino por la tarde del jueves como lo prometió. Sandra lo esperaba con ansia. Cuando tocaron a la puerta y comprobó que era el casero, abrió de golpe dispuesta a mostrarle la odiosa puerta roja. En el otro lado del pasillo, casi frente a su puerta, sólo estaba la pared blanquísima, ninguna puerta roja ni de ningún otro color. Seguramente puso cara de espanto y debió desfallecer , porque el hombre la miró y extendió los brazos dispuesto a ayudarla.
-¿Está usted bien? Estoy aquí para ver lo de la puerta.
-Ya no está. Se ha ido.
-¿Cómo?¿Bromea usted?
- No. Hace un rato ahí estaba.
Se sintió obligada a invitarlo a pasar y ofrecerle una taza de café. Ella también necesitaba uno, muy cargado.
Armado de paciencia, el hombre la escuchó. Le narró con voz nerviosa, todos los pormenores de los pasados días sin omitir nada, ni siquiera el dolor por la muerte de su madre y el rencor siempre escondido, por el abandono de su padre. El casero la escuchó con simpatía e incluso ni siquiera se burló cuando ella le fue contando todo lo de la puerta, ahora inexistente.
-Con seguridad, es el exceso de trabajo o sus nervios, señorita. Debiera tomar algunos días de descanso. Viajar, olvidarse un tanto de sus problemas personales. Le hará mucho bien.
- No puedo por ahora, darme el lujo de vacacionar; pero trataré de relajarme. Gracias por venir y atender a mi llamado.
El hombre se fue cuando empezaba a oscurecer. Sandra se quedó sentada a la mesa, pensativa, perdida en muchos revueltos pensamientos que giraban en su cabeza, que iban y venían como un remolino monstruoso. Decidió dormir un poco; pero antes quería asegurarse que la pared frente a su puerta, seguía siendo pared. Abrió su puerta y soltó el alarido. La puerta roja estaba en el lugar de siempre, como si estuviera esperándola. No hubo ruidos, ni susurros de voz alguna que la llamara; pero no pudo dormir en toda la noche. Por la mañana, partió al trabajo, sintiéndose como una autómata. Si pudiera quedarse en la escuela o en cualquier otro lugar y no regresar al departamento. Tampoco quería ir a la casa paterna. Buscaría aunque fuera por esa noche, una habitación de hotel.
Así lo hizo, el viernes por la noche durmió en un hotel y el sábado por la mañana, regresó al departamento, dispuesta a contratar una mudanza y llevarse sus cosas a donde fuera, abandonando el departamento y la siniestra puerta roja. Llegó cerca del mediodía y en el pasillo, la puerta la esperaba como siempre. En un acto casi reflejo, se abalanzó sobre la manija del picaporte y lo giró con fuerza. La cerradura cedió, quedando la puerta abierta y entornada. Se armó de valor; ya no era el momento de dudar. Lentamente abrió la puerta y entró.
Había luz en el lugar. Una luz mortecina, amarillenta, apagada, neblinosa. Era una habitación solitaria de regulares dimensiones, cuya pared del fondo se perdía entre la neblina de aquella luz fría, casi sólida, ominosa. Al centro de aquel espacio una mesa redonda con dos sillas en extremos opuestos, eran el único mobiliario.
“Siéntate”, ordenó la voz de su madre. Ella se sentó en una de las sillas. Una sombra indefinida, que pareció surgir del fondo de la habitación, tomó asiento en la otra.
“Este es el momento que tanto has deseado”, murmuró la sombra, a veces con el tono de la voz de su madre y por momentos pareciéndose a la de su padre.
“Tienes ahora la oportunidad de terminar con todo y venir con nosotros, tu padre y yo estamos juntos y te esperamos. No desperdicies esta oportunidad única. Nunca más volverá a presentarse. Sólo necesitamos que tu aceptes”.
Sin voluntad, casi en estado hipnótico escuchaba la voz, las voces mezcladas y superpuestas de sus padres.
“Tu madre sería inmensamente feliz de tenerte aquí. Quédate para siempre”.
Mientras escuchaba, pudo percibir que de alguna parte y revoloteando, enormes mosaicos de vivos colores rojo-azul, verde-negro, azul-ocre, naranja-violeta, se acercaban a ella rodeándola, queriendo acariciarla, adhiriéndose suavemente a su cuerpo. El mirar los odiados colores, la mantuvo paralizada, sin capacidad alguna para intentar moverse o correr. Ya las mosaicos se adherían plenamente a sus brazos, a las piernas, alrededor de sus senos, de su cadera. Sandra deseaba gritar, pero no podía; un nudo enorme la atragantaba y le impedía emitir cualquier sonido. Sus lágrimas, que resbalaban profusamente por sus mejillas y boca, eran la única respuesta ante aquel pedimento y el asalto de las mosaicos coloridos que la martirizaban y la hacían sufrir. Decidió no luchar y abandonarse. No podía más. La ausencia de su madre, el abandono de su padre, la misteriosa aparición de la puerta roja, todo la sobrepasaba. Intentó balbucear un “sí”, para aceptar todo lo que la sombra informe le sugería. No pudo hacerlo; sin poder resistir más, se desvaneció.
El casero la encontró desmayada en el pasillo, como muerta; por más que la sacudió para que reaccionara, Sandra no se despertó. Por supuesto, en la pared no había ninguna puerta roja. Cargó a la muchacha como pudo, la llevó hasta el departamento y la recostó en el sofá de la sala. Trató de reanimarla con un poco de agua. Cuando ella por fin abrió los ojos, lo hizo de una forma extraña, muy tranquila, como si despertara de un sueño profundo, reparador.
-Me tenía usted muy preocupado-, dijo el hombre.
-¿Qué hace usted, aquí?
- El jueves que vine a verla, la observé muy nerviosa y desesperada. He venido a saber cómo estaba y la he hallado tirada a medio pasillo. ¿Se encuentra bien?¿Qué le sucedió? ¿Quiere que llame a un médico?
- ¡No, no lo haga! No sé qué me pasó; pero estoy mucho mejor. A partir de hoy, estaré mucho mejor -, dijo muy solemne y tranquila.
-¿Puedo ayudarla en algo más?
- No, con lo que ha hecho, es suficiente.
El hombre se extrañó de que ella no le hablara más sobre la puerta. Permaneció unos minutos más cuidándola; luego, se marchó.
Sandra estaba serena, ya no había razón para más llantos y gimoteos. Todo se encontraba en el sitio correcto. A solas, reflexionó un poco en todo lo sucedido. Lo peor había pasado ya, ¿o no?...Se incorporó del sofá, fue hasta la puerta del departamento y sin abrirla, la atravesó limpiamente. El verdadero horror, había comenzado.

Texto agregado el 21-01-2013, y leído por 160 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2013-01-22 17:11:15 Uhmmm. Amigo, qué historia tan macabra. Qué gran estilo empleas en las descripciones para que el lector sienta la historia real y, sobre todo, para que se involucre y se identifique con el suspenso tan limpiamente creado. Eres de los grandes narradores de la página. Mi admiración y mi respeto por un texto tan excelente. Uyyy… Lo de los mosaicos aún lo siento. Fuerte muy fuerte esa escena. Un abrazote super gigante y super fullisimo SOFIAMA
 
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