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En Derqui





Cuando bajé del tren suburbano que me trajo desde
Buenos Aires a mi pueblo, Derqui, me dí cuenta que algo anormal sucedía.

En la estación la gente estaba reunida en corrillos y
comentaban a viva voz lo sucedido.

En el tren anterior, había arribado un grupo de unas cien personas. Muchos vestían uniformes militares algo extravagantes, llenos de medallas y condecoraciones. Los taxistas y remiseros que esperan en la estación se frotaban las manos de satisfacción al ver llegar tantos clientes que seguramente necesitarían de sus servicios.

El grupo de personas cargado de valijas no tomó ningún taxi y se encaminaron caminando hacia el pueblo abandonado, donde se decía habitaban fantasmas y era el lugar de veraneo de ilustres escritores y poetas ya fallecidos.

La sencilla gente del pueblo no osó seguirlos. Sólo
miraban desde lejos como se alejaban por la calle Toro hacia quien sabe donde.

Yo no me pude quedar quieto. Traté de tomar un taxi y al pedirle que tomara el camino al pueblo abandonado de Tibor Gordon (un famoso manosanta), el taxista se negó a ir a ningún precio. Me miró horrorizado cuando vió que yo me iba caminando.

—¡Edy, Edy, no vaya allá! Su hermana me va a matar si se entera que lo dejé ir solo.

—¡Llévame entonces! —le dije

—No puedo ir con el auto para allá. El dueño me lo
prohibe...pero lo acompañaré.

Dejó el auto estacionado al comienzo de la calle Toro y vino junto a mí.

Caminamos en silencio una media hora, por entre los
árboles del bosque que rodea al pueblito misterioso. Juan se llama el taxista a quien conozco desde que ambos éramos chicos, iba reconociendo los majestuosos árboles.

—Este es un tilo. Tiene unos cincuenta años. Ese es un alcanforero, de la misma edad. Esos eucaliptus sí que son viejos. Deben tener más de cien años. Esos pinos..

—¡Cállate, Juan! Me tienes mareado con tu charla. Lo que yo creo es que hablás de puro cagón que sos.

Se detuvo haciéndose el ofendido:

—¡Yo no soy ningún cobarde, Edy! Si no te retractas de lo que dijiste, me vuelvo....

—¡Está bién! Me retracto, perdoná...

En ese momento se escuchó el chillido de una lechuza.

—¡Me vuelvo igual! ¡Estoy muy ofendido!

—¡Volvete, cagón! —le grité

No me hizo el menor caso y se volvió caminando rapidito. De pronto comenzó a correr, hasta que en una curva lo perdí de vista.

Recién eran las seis de la tarde, pero ya se escondía el sol. Yo no sentía el menor temor, porque ya había estado ahí, aunque después me convencí que había sido un sueño. Ahora al mirar el camino y divisar el pueblito abandonado, reconocí que no había sido un sueño y que ya había estado allí, fingiendo ser nada menos que Juan Dallman. El personaje de Borges del cuento “Hombre en la esquina rosada”.

Recordaba vagamente haberme batido a cuchillo con otro personaje del mismo cuento y terminado la pelea con una cuchillada afortunada en pleno corazón del malevo.

Lamenté no haber traído un chumbo, porque
conociéndolo a Borges, me iba a hacer pelear
eternamente con el compadrito.

En el Bar Tortoni había una muchedumbre. Eran los que habían arribado en el tren anterior.

Pero...¿quiénes eran?

Yo no me animaba a entrar y me acerqué a uno de los ventanales del Café para mirar hacia adentro, pero tuve que salir de mi lugar de observación, porque el revoloteo de las alas de unos gallinazos que se pararon en el borde del ventanal me impedían acercarme al vidrio.

Entré cuidando de no llamar la atención, aunque yo era el único civil que estaba en el Café. Todos los demás eran militares con uniformes rimbombantes.

Una linda señorita que estaba sola en una mesa, me hizo una seña y me acerqué curioso. Me indicó una silla y me invitó a sentarme. Así lo hice y me presenté:

—Edy Castillo, para servir a usted...

—Yo soy Manuela Sánchez y hoy comienzo mis
vacaciones...

—¡Perdone usted! Pero estos militares ¿quiénes son?

—¿No los reconoce? Y mi nombre ¿No le dice nada?

—¡Sí! Me suena el nombre Manuela Sánchez, pero no logro recordar de donde...

—Le voy a dar una ayuda. Ese hombre coloradote que está bebiendo un cognac con pólvora es el General Jacinto Algarabía. Junto a él, está el embajador Palmerstone.

—Señorita Manuela. Todos esos nombres los leí alguna vez, pero no logro recordar en qué novela..

—Le daré más ayuda. ¿Vé a ese General con un cartucho de dinamita en la mano y con aspecto femenino? Pués es el Comandante Narciso López.
Más allá están el general Jesucristo Sánchez y Monseñor Demetrio Aldous.

—Señorita Manuela. Tengo el nombre de la novela en la punta de la lengua. Dígame, ¿quién es esa viejita que está pintando pajaritos en el mantel?

—Ella es Doña Bendición Alvarado, la mamá.

—¡Ahora caigo! Ustedes son los personajes de García Márquez de la novela “El otoño del patriarca”. ¡Claro! y allá en el mostrador está el propio General...

—¡Nó! Ese no es el General. Ese es su doble, el General Patricio Aragonés. Junto a él, está Letizia Nazareno, la única y legítima esposa del Benefactor Benemérito.
Todos comenzaremos nuestras vacaciones esta noche después de celebrar la Cena Anual del Santo Angel Custodio, patrono de los guardaespaldas. Después de medianoche todos olvidaremos quienes somos y por quince días, viviremos otra vida, nadie sabe cuál. Este pueblito, Derqui, es especial para nuestro propósito.

—Dígame Manuelita...¿el Hombre cuándo viene?

—Debe estar por llegar. Salió a revisar el pueblo con José Ignacio Saénz de la Barra. Le aconsejaría que se marche, porque si usted leyó la novela, ya sabe como las gasta José Ignacio, sobre todo con los desconocidos.

Salí corriendo y volví a mi casa.
Mi hermana estaba en la puerta esperándome.

—¡Ya vuelves borracho otra vez!!! —me gritó

No le pude decir nada porque corrí a la compu a tipear esto, antes que se me olvide.



Texto agregado el 07-08-2012, y leído por 141 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2012-08-08 00:42:52 Buena "anécdota" sin duda...***** achachila
 
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