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Inicio / Cuenteros Locales / rauro / En el barrio

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Nunca llegamos a comprender del todo, lo que pasaba con esa familia. El papá era un pescador que nunca pescó, pero sin embargo todos los días iba al muelle a buscarse la vida, y regresaba a casa con las manos vacías pero casi siempre ebrio. La mamá, era una señora sumisa, que había perdido la belleza con el paso del tiempo, además reflejaba en su rostro una resignación por lo que le toco vivir.

Esta familia tenía tres hijos, la primera Marta, una chica guapa de atributos considerables, que nos tenía locos a todos, justo cuando la adolescencia proclamaba su libertad. Hernán y Marcos eran algo más chicos. Yo les llevaba 4 años a Hernán y 6 a Marcos, por lo que nunca o muy poca veces jugaba con ellos, porque tenían su propio grupo y nosotros por ser mayores teníamos el nuestro, al cual ellos y otros de su edad no podían entrar.

Hernán, era el niño más burlón que jamás conocí. Se reía de todo y de todos, si uno le salía un acné (inevitable a nuestra edad) se burlaba inmediatamente, te ponía un sobre nombre, porque traías un pantalón roto, un hueco en el polo, o dejabas ver tu pobreza, o lo que sea, él te ponía una chapa, y lo más desafiante de este flacucho de pelo rizado y risa fácil, era que se burlaba de los más grandes como yo, que a veces irritados lo correteábamos para darle un sopapo, pero inmediatamente corrían hasta su casa, sintiéndose así a salvo. José Miguel era un adolescente del barrio sin personalidad, y quien no a esa edad? Era cuadrado, de cara llena de acné risa torpe y una voz de pajarito, el solo verlo reír o decir algo ya era motivo de risa, por eso no era de sospechar que fuera blanco de las continuas burlas del malcriado niño.

Marcos, regordete, era menos burlón que su hermano, lo que no quiere decir que menos inquieto. Era travieso a morir, les pegaba a los más chicos, y cuando no estaba su hermano para que lo defendiera, solo atinaba a correr a su casa. Estos invencibles hermanos, tenían su punto débil. Estaban prohibidos cruzar la calle, era tan fuerte esta orden dada por su padre, que cuando los más pequeños y algunos grandes se vengaban de ellos, corrían hasta la pista, y ni Hernán ni Marcos podrían atravesar la vereda, se paraban en seco, como si cruzar significara arenas movedizas, lo que aprovechaban los demás para que desde la otra acera le gritaran cosas, y se sintieran reivindicados en algo.

Martita, flecho a mi amigo orejón, que como siempre me pedía ayuda para acompañarlo al colegio donde estudiaba ella, o algún sitio donde se encontrara. Yo siempre serbia de "campana" por si llegará el papá. Yo tenía que hacer un silbido clave que solo nosotros sabíamos su significado. El papá noto que de un tiempo a esta parte los cambios en el comportamiento de su hija, por lo que siempre estaba pendiente de ella. Sabiendo esto, sus encuentros amorosos eran más peligrosos que románticos.

Después de varios días de ruego Martita acepto ir a una fiesta con el orejón, así que tuvo que convencer a su papá para que la dejara ir. Al llegar a la fiesta con luces psicodélicas música pop, humo de cigarros y chicas del colegio, buscamos a la muchacha en ciernes. Conversamos, bailamos, tomamos, nos reímos, hasta que mi pata se puso a besar a la chica, yo ya no podía más, me fui a buscar alguna chica que quizá se podría figar en este mozalbete, y de paso vigilaba si venia el papá de la susodicha. Hipnotizado por el baile de la niñas y el buen rock, no me di cuenta que un enorme señor de más de dos metros cruzo la pista y se dirigió al fondo, en donde mi pata pulposamente disfrutaba agradecido de tan bendita fiesta. Salió Martha primero, luego su papá que me miro como identificándome, y el orejón riéndose, que arreglándose los pantalones me choco la mano.

El tiempo fue pasando en el barrio, cada uno fue creciendo inexorablemente, poco a poco se fue sintiendo una tranquilidad que al cabo de unos meses caímos en cuenta, que aquel niño burlón y fastidioso no estaba. Nunca supimos ciencia cierta, qué paso, aún hoy nadie le ha preguntado. Lo cierto es que Hernán desapareció de la faz del barrio, su hermano decía cuando se le preguntaba- ahí esta- . Las preguntas de su paradero siguieron por meses, años, hasta que dejamos de preguntar por él. La mayoría de los que crecimos juntos nos hicimos adultos. Yo deje la adolescencia y me fui en un barco a recorrer el mundo, otros viajaron para ya no volver, a otros los devolvieron por querer irse tantas veces. Pero después de más de diez años supimos que Hernán, estuvo todo el tiempo encerrado en su casa. Lo que nos imaginamos que paso es que como a todos, el acné lo persiguió ferozmente y se instalo en él como un castigo o como una ironía, y creyéndose ser pagado con su propia medicina, se negó salir,
Hernán salió de su encierro después de diez años, un día domingo de fulbito, que lo vimos asomarse por la ventana y lo invitamos. Al salir no dijo nada, se sentó junto a nosotros. Lo miramos, aparentemente no tenía nada, jugó como si nunca lo hubiera dejado de hacer, en cambio Marco el inquieto y travieso hermano menor, ahora ya podía cruzar la vereda hasta la otra acera, parece como si el destino le hubiera prohibido cruzar esa línea, esa línea que para algunos resulta nefasta. Marco se volvió un hombre hosco lleno de ambición, poco a poco como un juego, se convirtió en un micro comercializador de droga, odiado por todos a aunque no lo admitamos.

La mamá sigue como siempre con esa belleza ida y esa resignación, de aceptar lo que le toca. El papá, ya sin porte de pescador regresa aun tambaleándose a casa, cansado de una faena que nunca hizo. Como cada domingo, Herman solo responde con monosílabos o participa muy poco en las conversaciones, Marcos se esconde por las esquinas o saluda tratando de ser aceptado. Y como extrañamos a esos chicos odiosos que se burlaban del mundo y que nunca cruzaban la zona prohibida.

Texto agregado el 15-06-2012, y leído por 104 visitantes. (1 voto)


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