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Inicio / Cuenteros Locales / sendero / Después de Cox

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Un día ya no estuve en Cox, pero regresé a él. Se hizo cierta la voz de la gente: “aquel que bebe agua de los veneros del pueblo, regresa”. Volví. Lo vi de nuevo, de hecho pienso que nunca me fui, lo llevé siempre conmigo. Sugerí que Cox debería de tener un centro de salud. Rebasaba con creces el mínimo para tenerlo. También era cabecera del municipio. Tiempo después, el Gobernador del estado, ordenó que todo municipio tuviese servicio médico. Cox tenía ya edificio, personal, farmacia y estaría coordinado con el sistema de hospitales.
Para regresar, me fui de mi ciudad, llegué al Estado de México, ingresé a una maestría en salud pública, que después sabríamos los alumnos que no tenia validación oficial. Iniciamos una protesta que llegó hasta las altas autoridades, y dentro de sus consecuencias, se me otorgó el irme a la escuela nacional de salud pública. Terminé la maestría. Se me confirió la distinción de un cargo que contenía como prioritario la supervisión médica. Dentro del área geográfica incluía a Cox. En el puesto tuve que tratar con médicos pasantes que venían de distintas universidades. Uno de ellos tiene una historia singular.


Un pasante fuera de serie

Designado como responsable en salud de un área de veintitrés municipios, con más medio millón de habitantes y poco menos de la mitad, viviendo en comunidades de menos de dos mil quinientos . Tenía que atender miles de cosas, pero una de ellas era a los pasantes que se incorporarían en un nuevo programa para dar atención médica a poblaciones en el olvido.
Allí estaba el pasante Mazón, diciéndome que su lugar de adscripción era una población llamada Santa María.
Cierto —le contesté —, pero de ese lugar te moverás a seis poblaciones más. Será tu base. De Santa María tendrás los recursos, allí vivirás, pero diariamente visitarás a una de las comunidades que están alrededor.
—¿Entonces no daré consulta en ese lugar?
—No. Tendrás un calendario, y de acuerdo a la fecha, visitarás a la población elegida, donde te ayudará una persona que es oriunda de allí y que llamaremos auxiliar de comunidad.

— Tengo aquí tu expediente y veo con asombro que tu promedio es de 9.7, en la UNAM. No me explico cómo es que llegaste a este lugar tan retirado.

— Pude haberme quedado en donde quisiera, mi promedio era suficiente razón. Pero desde hace mucho tiempo deseaba estar en la Huasteca Veracruzana, pues mi lugar de origen es el estado de Guerrero que mira al Pacífico y la Huasteca, lo hace al Golfo de México. En el momento de escoger la plaza, le dije a un compañero de estudios, que es nativo del estado de Veracruz, que me acompañase y me escogiera un lugar que se situara en la Huasteca. Mi amigo apunto a este lugar: Santa María. Y aquí estoy. Claro, pensé que se trataría de un pueblo comunicado y que sería responsable de la atención médica de sus habitantes, pero por lo que explica, allí sólo pernoctaré.
Me sonreí. La Huasteca, es una región basta que incluye varios estados, así que pude inferir, que su amigo hizo un acto de azar. Mazón en cuanto llegó enseñó sus destrezas, resolvió un parto difícil y se dio a la tarea de tomar el toro por los cuernos. Era admirable, pudo haber renunciado y no lo hizo. Un día llegó a la oficina.
—Necesito que me de permiso, para no estar en Santamaría

—¿Te peleaste con la doctora?

—Para nada, sólo que la población de San Pedro, pide que duerma en la localidad, pues es una comunidad grande, y en la noche hay urgencias y no tienen quien los atienda. Acá en Santa María se queda la doctora y su servidor. Podría ser útil en San Pedro.
—No me pareció mal la idea.
—La autoridad de salud de San Pedro desea construir un consultorio. Ya compraron y les llevaron el cemento y la varilla, hasta la localidad. Pero la arena hay que buscarla en el río y acarrearla es costoso. Necesito arena.
Recién había llegado una camioneta con tracción delantera y apta para trabajo pesado. Nos pusimos de acuerdo y algunos lugareños nos esperarían a la vera del río. La unidad motriz también llevaba insumos y medicinas. la arena llegó a donde la necesitaban.
San Pedro es una localidad grande que tiene una iglesia antiquísima y un reloj incrustado que la gente vieja no había visto funcionar en su vida. Seguramente se preguntó, ¿qué tenía el reloj? Mazón residía en el Distrito Federal, y no le fue difícil encontrar la pieza dañada. Un día el pueblo se despertó con las campanadas del reloj de la iglesia. La comidilla de todos los días era el médico, que fue asociado con las campanadas.
Un acierto del médico era que a todas las reuniones que hacía la comunidad, siempre estaba presente. Un día le recriminaron que a todo, él daba la misma respuesta. ¿Por qué se enfermo mi nieto?, ¿por qué tengo diarrea?, ¿por qué mi hijo no sube de peso?, ¿por qué mi niño no aprende?; él siempre daba la misma respuesta: “es por la caca”. Más de alguna vez le presionaron para que ampliara la explicación y cuando iba a contestar, una partera empírica, pidió la palabra:
—Claro que es por la caca, porque todos hacemos nuestras necesidades entre el monte y algunos muy de mañana, antes de que claree, se van a la orilla del arroyo y allí dejan su recuerdito. Ensuciamos la tierra, el agua y el viento se encarga de esparcirla y caerle a los alimentos. O sea, comemos caca aunque no la veamos, si queremos estar bien, al menos hagamos como los gatos: enterremos nuestra mierda.
Así se inició un ambicioso programa de hacer letrinas para la comunidad. Cuando se retiró de su servicio social dejó un consultorio equipado, una comunidad menos enferma y el reloj de la iglesia dando campanadas todos los días a las seis de la mañana.


El regreso

El jeep, un sobreviviente de la segunda guerra mundial, gruñía como animal asmático presintiendo la proximidad del vado. El río estaba cerca; podíamos sentir la humedad que soltaba el cuerpo de agua. El “niño” —que así llamábamos al jeep—se había portado bien, pero su ronroneo zumbaba en los oídos y, el calor que desprendía el motor, se sumaba al sol vivo de un trópico, a las tres de la tarde.
Traíamos las nóminas de pago del personal de salud de la sierra. Habíamos resuelto con relativo éxito la primera parte; para la segunda, era necesario cruzar el río. Detuvimos el jeep en la orilla y salimos a estirar las piernas; me alejé, y vi al niño casi metido en el arroyo: a la distancia, parecía una bestia metálica bebiendo agua.
Hicimos cálculos e identificamos huellas del paso de los vehículos que habían rodado sobre el vado. Reinaldo accionó una serie de palancas y entró la tracción delantera correctamente. Avanzamos a vuelta de rueda y, a la mitad, el niño se fue llenando de agua. El vapor se hizo denso y corría por nuestra cara mezclado con el sudor y la ansiedad.
Reinaldo se desordenaba, gesticulaba; se mentaba la madre y, con los ojos desorbitados, le daba ánimos al niño. Un sudor lo envolvió, como si él mismo fuera parte del río, y estalló.
—Me siento mal doctor.
—Saca la cabeza fuera de la ventanilla y respira profundo; yo aplastaré el acelerador para que no se mate la máquina.
Mi pierna izquierda sustituyó a la de él; en el momento del cambio, una avalancha de agua sobrevino y el motor convulsionó dando un último gruñido que nos dejó a merced de la corriente.
Vino un frío silencio y después escuchamos el chapoteo del agua, haciendo minúsculas olas en el regazo de nuestros cuerpos. Las veía sin poder apartar los ojos de ellas, pero la voz de mi compañero me volvió a la realidad.
—Ya nos llevó la chingada doctor... ya nos llevó.
Poco a poco, veíamos con angustia cómo el agua se balanceaba y hacía perlitas y burbujas que estallaban en espumas.
—Doctor, este río crecerá cuando pardee la tarde, pues al sobrante del agua de la presa que está río arriba la expulsan y, si no salimos, les dará más trabajo encontrarnos mañana.
A esa hora no se veía nada: el sopor de la tarde callaba el ruido de los vaqueros y hasta el aleteo de las garzas; por más que estirábamos los ojos no se veía ningún cristiano, y sólo uno que otro vientecillo nos llegaba de la sierra. El sol fulgía las piedras, el silencio sesteaba con el ganado y nosotros goteábamos incertidumbre cada vez que se inflaban las venas de la frente.
Una hora después oímos el primer zumbido y, momentos más tarde, apareció un tractor Ford tumbando agua. Eran zancadas sin temor a la corriente; se aparejó al jeep y, sin detener la máquina, nos gritó.
—¿Tiene problemas, doctor?
Se adelantó, amarró las cadenas al chasis del niño y, como a chamaco malcriado, lo sacó de la oreja hasta la ribera.
—¿Todavía te sientes mal?
—Se me fueron las fuerzas, parece que soy de trapo.
—Es por el susto.
—Yo creo que es por el humo chamuscado que desprendió el motor.
—Vamos, por ahí debe de andar el remedio.
Mientras al niño lo secaban en el taller, Reinaldo y yo nos curábamos el susto con una caña que los lugareños revuelcan con una frutilla para darle un sabor dulzón, y un olor, que se te pega a la boca aún después que ha pasado el trago.
Dice la gente que sirve para curar fiebres, y los brujos la untan para sacar los sufrimientos de la soledad. Nosotros la ingerimos y, en cada trago de fuego, nos daba por rescatar de la memoria a los amores lejanos; en el sueño, concluíamos lo que, en el recuerdo, se dejó de hacer.

Llegando a Cox

Cuando llegamos a Cox, me dice Rey: “doctor, miénteme la madre, las pinches nominas del personal se me olvidaron en el centro de salud de Coyutla.” Regresar por la terracería, cruzar el río por la noche era más que imposible. La única persona capaz de ayudarnos, era Celedonio. Cuando le dije, d que los cheques de pago se habían quedado en Coyutla, se rio, movió la cabeza y dijo que había que ponerse en marcha, porque la noche no es buena para caminar.

Aceptó un compañero para que le acompañase. Veinticuatro horas después, las nominas estaban en mis manos. El advenimiento de carreteras en terracería hizo que se perdieran los viejos caminos. Un camino que antes era de 4 o 5 hs ahora fue de doce horas, con riesgo de perderse por los escollos naturales, la hierba que todo lo pierde cruces y el peligro de ser mordido por alguna víbora. Cuando le dije a Celedonio que me dijera cuánto era por sus servicios, contestó:
—Sólo dele a este bueno para nada cincuenta pesos. Conmigo médico, no es nada.
Conocía a Celedonio, nada es nada, nada es amistad profunda. Así son ellos.

Texto agregado el 13-04-2012, y leído por 236 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2012-04-28 19:03:33 Historias de vida narradas con tu estilo personal e intimista.Para disfrutar en esta tarde fría y lluviosa de un otoño invernal.Gracias por compartir. estas letras que pintan tu alma.Mis******* y un beso de luz, Ma.Rosa. almalen2005
2012-04-24 08:10:53 Coxquihui Veracruz, mi pueblo querido totonaca
2012-04-19 16:03:02 Querido Rub, me encantan estas historias tan tuyas, especiales, únicas. Campea por todo el relato, tu humanidad y la belleza de tu corazón. Un beso y todas mis estrellas!!! MujerDiosa
2012-04-18 19:01:07 Amigo, qué historia tan Hermosa. Sentí nostalgia como si yo hubiese sido una de las habitantes de esos pueblos olvidados de Dios. Me emocioné con lo de las campanadas. Amo el repicar de las campanas de las iglesias. Creo que es algo que estremece el alma. Es una historia para leerla y recrearse en ésta. Te felicito Senderito. Estoy conmovida con el contenido humano de este mensaje. Te abrazo. SOFIAMA
2012-04-17 20:29:37 Gracias senderito por compartir estas historias. Esta es vocación de servicio verdadera. Leerte reconforta. Mis***** girouette
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