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Inicio / Cuenteros Locales / maparo55 / A propósito de la soledad, las mujeres de ficción y las que no lo son

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Recuerdo a Cristina tal y como la imaginé a mis 16 años. Esa ventaja tienen los personajes de ficción, que pueden conservar su edad aunque el tiempo transcurra inexorable. Apareció poco después que Ana María me “mandara a volar”, que con sencillez me dijera que no podíamos ser ni siquiera amigos, que le gustaba otro muchacho. Por supuesto me porté como un necio y en mi desesperación poco faltó para terminar llorando como una Magdalena (¿o no faltó nada y realmente lloré?). Hacía poco había comenzado a escribir “Los Amigos”, un texto largo que pretendía ser mi primera novela y que no era otra cosa que las disparatadas aventuras de Esteban y Miguel, 2 jóvenes de 16 años (¡qué casualidad, ¿no?) que conocían chicas, las hacían sus amigas y a veces terminaban enredados con alguna de ellas. Así que en dicho relato volqué toda mi frustración y tristeza presentes, inventando los amores que ya no tenía. El texto quedó terminado en un par de meses y el original íntegro (unas 80 páginas manuscritas), fue a parar a las manos de Mirsa, una niña preciosa con pecas en el rostro y una sonrisa de sol, que iluminaba con su presencia y amistad mis días escolares.
Resulta extraño que luego de la dolorosa ruptura y alejamiento de Ana María y la grata cercanía de Mirsa, me haya refugiado en contar aventuras ficticias (y algunas reales) en aquel esperpéntico relato donde lo mejor de todo fue la invención de Cristina. Según la historia, Miguel caminaba por una calle relativamente cercana a su casa, cuando observó sentada en la banqueta a una chica que lloraba quedamente con las manos cubriéndose el rostro. De inmediato le dolió verla en aquel estado y se detuvo unos segundos a contemplarla. Algo había en su llanto que lo conmovió. Despacio, dudando un poco se acercó junto de ella y la tocó en el hombro. Ella volteó instintivamente y se le quedó mirando inquisitiva con los ojos húmedos por el llanto y las lágrimas escurriéndole por el rostro. Miguel quedó impactado, aquella niña era bellísima: tenía unos brillantes ojos color miel, una fina nariz que combinaba perfectamente con los labios delgados ligeramente rosados y unas largas piernas que un vestido sin mangas, color verde, dejaba ver hasta los muslos. Había en su rostro tal armonía que por un instante Miguel no supo que decir. Finalmente alcanzó a pronunciar: “¿Estás bien? ¿puedo ayudarte en algo?” “No, gracias. Estoy bien”. “Es que llorabas con tanto sentimiento que no pude más que acercarme para saber qué te sucedía”. “Nada en particular. Problemas familiares”. “¿De véras no puedo ayudarte?””No, es algo pasajero”. Miguel no quería alejarse dejando a tan bella niña en aquel estado. “¿Cómo te llamas?” preguntó. “Cristina. ¿Y tú?” “Miguel. ¿Puedo quedarme unos minutos contigo hasta verte más tranquila?” Miguel no pudo dejar de observar que el vestido que llevaba Cristina le caía tan bien al cuerpo, que su juvenil belleza resaltaba radiante. Además, el revuelto cabello castaño era el marco perfecto para aquel rostro bellísimo.
Se quedó conversando con Cristina bastante tiempo, suficiente para saber que su madre la había regañado por culpa de su hermana menor, sin que tuviera razón; que estaba estudiando la escuela preparatoria y que su ambición era ser psicóloga; también que estaba por cumplir los dieciséis: que le gustaba bailar y lo principal, que no tenía novio. Lo del novio no se lo creyó, pero le gustó escucharlo.
Todo este episodio fue fraguado con fruición y con unas ganas inmensas de olvidar la realidad, la pérdida de Ana María (¡ay, Ana María, cómo dolió tu ausencia!) y hacer menos triste la soledad que se avecinaba hasta que apareciera una nueva niña que consolara mi pobre corazón roto (¡pero que melodramático y cursi me he puesto!, como si aquello de hace tantos años siguiera doliendo). Y quedó plasmado ahí, como un pequeño sol que entibiara realmente, cálido, sereno, tierno, lleno de la belleza de Cristina, de sus ojos de miel y sus largas piernas juveniles.
La soledad pegó con enorme fuerza durante todo el tiempo que duró. Ni siquiera la invención de Cristina fue capaz de mitigar el tedio, las tardes aburridas, solitarias, las ansias contenidas de tener el cariño de una chica con quien compartir secretos, sueños, dudas, miedos. Durante ese lapso no hubo nadie. Todavía faltaba bastante tiempo para la llegada de Violeta y del cálido cariño de Rosa Ana. Mientras, pienso que en esa época, de haber encontrado una chica de carne y hueso, habría querido que fuera como Cristina, la novia que me hubiera gustado tener en aquellos días.

Texto agregado el 25-03-2012, y leído por 153 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2012-03-27 12:11:36 La soledad, siempre pega, amigo querido, sin importar cuándo, ni dónde. Magistral tu relato, conmovedora tu historia. Un abrazo. SOFIAMA
2012-03-26 19:27:08 Cierto la literatura siempre ha estado vinculada al onanismo. Tanto el propio como el ajeno. Bien anotado. Con delicadeza Egon
2012-03-25 06:34:19 ¿Qué será de Cristina? Muy entretenido tu relato amigo. Entre ficción y realidad va pasando la vida.***** girouette
 
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