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Inicio / Cuenteros Locales / zumm / Tres muertes

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+Tres muertes.

—No puedo darte más dinero. No te olvides que yo no soy el dueño de la Editorial. Solo soy el encargado de encontrar nuevos escritores y recomendarlos, si me parece que prometen. Y hasta ahora tú eras una promesa en firme, pero ya hace dos meses que tendrías que haber terminado la novela que nos prometiste y solo tenemos los tres primeros capítulos.
—Pero, González. Ya me falta muy poco para terminarla y justamente hoy debo pagar la pensión o de lo contrario no me dejarán entrar. Además me tienen mis cosas y no tengo ni ropa para cambiarme. Todo está guardado en depósito y solo cuando
pague toda mi cuenta, me lo entregarán.
Fue inútil. No me dieron un peso más. En la pensión donde vivía desde hace cuatro meses y solo había pagado dos, no me permitieron entrar.
Hacía frío y debía buscar un lugar donde dormir. Fui a la plaza donde conseguía habitualmente mi hierba y el dealer, al que conocía como Cacho, me prestó cuatro porros y me ofreció trabajar para él, siempre y cuando le hiciera los repartos en tiempo y no usara en mí, la mercadería.
No me quedaba otra que aceptar y me dio cinco direcciones donde debía entregar los paquetitos.
Todo salió bien e incluso un muchacho que revende en un Club bailable me dio propina.
Fui nuevamente a la plaza donde actúa Cacho y mientras lo esperaba, me fumé uno de los cuatro pitillos que me había dado.
—¿Viste que fácil que es?—me dijo Cacho mientras contaba el dinero que le había traído. Separó un par de billetes y me los puso en el bolsillo.
—Puedes ir a dormir a mi casa, en el garaje. Ahí tengo una camita para casos como este —me dijo
Me dio la dirección y una llave y me encargó que no hiciera mucho ruido porque su familia se acostaba temprano.
Ya en el garaje, me acosté vestido, porque hacía un frío de los mil demonios y la cama era solo un viejo catre con un manchado colchón.
Al lado de la cama, un cajón de madera hacía las veces de mesita de luz. Junto al cajón había una botella de anís a medio terminar y que me ayudó a dormir sin tanto frío.
Al día siguiente desperté bien temprano, seguramente por el frío. También tenía hambre porque no había comido nada en 24 horas. Decidí ir a tomar un desayuno decente a un bar cercano. El garaje tenía un pequeño baño y la puerta estaba atascada y no se podía entrar. Cuando luego de un gran esfuerzo logré abrirla y entrar, vi con sorpresa que había un cadáver obstruyéndola.
Era un anciano, sentado en el inodoro y con las piernas tiesas trancando la puerta. Dominando mis temores lo arrastré, sacándolo del baño y me lavé concienzudamente.
El anciano no presentaba heridas y tenía los ojos cerrados como si se hubiera dormido plácidamente sentado en el inodoro.
Era demasiado temprano para despertar a Cacho y preguntarle sobre el muerto, así que decidí ir a desayunar.
Tomé un café con leche doble con algunas medialunas y leí un poco el diario que facilitan en el bar.
Cuando consideré que era una hora prudente, ya cerca de las 10 de la mañana, me fui a casa de Cacho para conversar con él respecto del muerto. Quizás todavía ignoraba que tenía un muerto en el garaje.
Como tenía la llave, entré por el garaje pero no vi ningún cadáver.
Seguí entrando al interior de la casa y en el pasillo que comunica la cocina con el comedor, había en el piso, un bulto tapado con una frazada multicolor. Inmediatamente imaginé que era el cadáver del viejo que yo había encontrado en el baño, pero al destaparlo, vi con asombro que era otra persona. Era un individuo de mediana edad, robusto y tenía clavado en el pecho un enorme cuchillo. Estaba sobre una enorme mancha de sangre.
Golpeé las manos para llamar la atención y que me escuchara Cacho o alguien de su familia. Solo me contestó el silencio.
Con el corazón latiendo con fuerza recorrí toda la casa y en el dormitorio sobre la cama matrimonial, encontré otro cadáver.
Era Cacho. A simple vista se veía una horrible herida que le cruzaba el estómago. Estaba vestido solo con un pijama.
En una silla, a un costado estaba su ropa. La revisé rápidamente, sacando el dinero que tenía y sentí que no podía quedarme allí.
Sería el primer sospechoso de las tres muertes. En el otro cuarto, había una gran mesa donde Cacho fraccionaba la mercadería. Una balanza de precisión y varias herramientas apropiadas para dicho menester. También había unas bolsas con droga que vertí en el inodoro. Tenía que hacer pasar como si hubiera habido un robo. Si no era así, la policía encontraría al culpable, posiblemente. Borré todo rastro de mi presencia en esa casa y me fui a la pensión. Ahora tenía dinero para pagar mi deuda y lo más importante: tenía un buen argumento para mi novela.
Pasaron varios días sin novedades, que aproveché para avanzar algunos capítulos de mi libro. A nadie pareció importarle la desaparición de Cacho, porque fui a la plaza a comprar mi ración y ya había otro vendedor de drogas.
Le pregunté por Cacho y me respondió que lo que él sabía era que andaba por Tucumán, donde tenía a la madre enferma quien se había agravado de pronto.
Si yo quería seguir con mi novela y terminarla, debería averiguar todo lo sucedido en la casa de Cacho. Ocurrieron tres muertes y nadie sabía nada o los que sabían realmente habían hecho desaparecer toda prueba.
Quizás lo mejor sería dejar las cosas como están y tratar de continuar mi vida y sobre todas las cosas, pedir ayuda para abandonar mi incipiente debilidad por las drogas.
En eso estoy.

Han pasado tres meses desde que fui a dormir al garaje de la casa de Cacho. Ya tengo terminada mi novela y el editor está feliz con ella, pero me ha traído una lista de arreglos que debo hacerle para que sea más comercial.
Aprovecho para pedirle otro adelanto de dinero y me pregunta secamente que es lo que hago con la plata. Dice que me ha entregado bastante y que le llegaron rumores que paso drogado y bebiendo en cuanto piringundín o bar de mala muerte exista.
Rechazo indignado tamaña acusación y le cuento una mentira. Le explico que tengo a una mujer embarazada y tiene que hacerse un aborto, porque es casada y el marido resultó ser estéril. No podrá jamás tener hijos y ella no puede abandonarlo porque el tipo es muy rico y además la ayuda a mantener a su madre enferma y a su hermana paralítica.
Mi editor, Jesús O. se llama, se rió de buena gana y me felicitó por mi inventiva. Acaloradamente le respondí, indignado, que no era mentira esa historia y parece que me creyó, porque me hizo un cheque, aunque desconfiando si era verdad o mentira lo que yo le había contado. Me exigió a cambio que empezara a escribir otra novela, que sea toda ficción, pero que la historia se apoye de a ratos en el filo de la realidad.
Inmediatamente le dije que sí, aunque en realidad no había entendido nada de lo que pretendía. Pero, pensé, cuando inhale un par de líneas de cocó, tendré la mente más clara y entenderé todo.
Lamentablemente hoy es sábado y no hay Bancos. No podré cobrar mi cheque hoy y necesito la plata con urgencia. Tendré que caer en manos de alguno de los dos usureros que conozco: Carlos “el viejo” que me descontará un 10% por lo menos o el tal Pablo Fernández, que si lo encuentro sobrio me sacará de un 10 a un 15%. Ahora si no está sobrio, es muy capaz de no cobrarme intereses por hoy, pero mañana si vuelve a estar con la Templanza, me agarrará del cogote y me exigirá un 20%.
Pero debo conseguir el dinero para pagar mis deudas.
El cantinero del Café donde para Fernández, me dice que no lo ha visto en el día de hoy. “Mala fariña” pienso para mis adentros. Seguro que debe estar sobrio.
En un rapto de sinceridad le cuento al cantinero mis cuitas y le muestro el cheque. Silba de asombro al ver la cantidad y lamenta no disponer de ese dinero, pero me confía, conoce a un viejo que me lo podría cambiar, aunque ignora cual es el interés que cobraría por hacerlo.
Estoy desesperado. Necesito mi ración y no me importa lo que me cobre. El buen cantinero me anota la dirección del prestamista en un papel y hacia allá voy.
Camino velozmente las siete cuadras hasta la casa del tipo. Es una casa enorme, vieja, descuidada, que alguna vez debió ser grandiosa. Lo dice el número de ventanas que tiene. Seis en el segundo piso, otras seis en el primero y cuatro más en la planta baja.
Golpeo la puerta con fuerza y al rato siento unos pasos lentos, como de alguien que arrastra los pies.
Se abre la puerta y una anciana vestida a la moda de hace 60 años, me mira con altivez y me pregunta que es lo que quiero.

—Debo ver al Licenciado Giusti— le digo con amabilidad

Sin decir palabra la anciana me indicó que la siguiera por el largo pasillo lleno de espejos de todo tipo y tamaño. Alcancé a contar veintiséis espejos. El más pequeño era del tamaño de un libro y desde ahí para arriba había de todas formas y medidas. Con marcos dorados, otros de madera negra, otros de metal y lo único que tenían en común era su antigüedad.
Me indicó que esperara en un pequeño recibidor y enseguida el Licenciado me atendería.
A los cinco minutos apareció un hombre mayor de facciones conocidas. Casi me desmayo cuando lo reconozco. Es el viejo que estaba muerto en el baño del garaje, en la casa de Cacho.

—¿Qué se le ofrece? —me preguntó amablemente el muerto.

No podía contestarle porque estaba atragantado por la emoción. Saqué de mi bolsillo el cheque y se lo mostré. Se le agrandaron los ojos como el dos de oros al imaginar una transacción comercial y como todo usurero se frotó las manos en forma automática. Sacó las cuentas mentalmente y me ofreció una cantidad bastante irrisoria. Acepté porque no me quedaba otra y reaccionando le dije que yo lo conocía.
Me miró con los ojos entrecerrados tratando de ubicarme en su memoria.
—No lo recuerdo en absoluto y creo que jamás lo he visto —me dijo con seguridad.

—Cuando yo lo vi, usted estaba muerto, sentado en el inodoro de una baño, en el garaje de la casa de Cacho.

Se sobresaltó y se puso blanco como el papel (como el papel blanco, naturalmente).

—¿Usted me vio ese día? —me preguntó estupefacto

—Yo lo saqué del baño y también vi a otro tipo muerto con un cuchillo clavado en el pecho y también vi a Cacho, muerto en su cama con una enorme herida en el abdomen.

El Licenciado me hizo pasar a su oficina para explicarme que había sucedido ese día. Entré con cierto temor, porque la casa del viejo me resultaba aterrorizante.
El anciano abrió una pequeña caja fuerte empotrada en la pared y sacó un fajo de billetes que empezó a contar despaciosamente mientras me miraba de reojo, como calculando si no estaba cometiendo un error al dejar que yo viera todo el dinero que tenía. Contó la cantidad que me había ofrecido y me la dio con un suspiro, como si estuviera despidiéndose de un hijo que va a la guerra.

—Le contaré lo que sucedió esa noche.. Yo estaba esperando a Cacho quien tenía que pagarme cierto dinero y mientras lo hacía fui al baño que tiene al lado del garage y tuve la desgracia que la puerta se cerró. No pude abrirla desde adentro y me quedé dormido. En ese momento llegó usted y dedujo que yo estaba muerto. Pero no era así.
Cuando desperté, estaba tirado en el pasillo y a mi lado estaba un tipo muerto al que tapé con una frazada multicolor que estaba por allí. Me dio mucho miedo y salí de la casa de Cacho casi corriendo. Después me enteré que Cacho también estaba muerto. Desde entonces no regresé más a esa casa maldita.

—Entonces hay un asesino libre que lo conoce a usted y que lo matará ni bien lo encuentre. Debe ser un criminal a quien no le gusta dejar cabos sueltos…

—El asesino también podría ser usted— me retrucó el viejo, con los ojos muy abiertos.

Tenía razón. Le enterré el pequeño puñal, en medio del pecho, tal cual hice con el primer muerto.
Junté todo el dinero que había en su caja fuerte y lo guardé en mis bolsillos. Con mi pañuelo traté de borrar todas las huellas que pude haber dejado. Corrí a la salida de la casa por el largo pasillo lleno de espejos, que creo que eran 26 y en todos ellos se reflejaba una figura como sacada de otro tiempo que me seguía. La figura me señaló levantando su mano y me pareció ver que de su dedo salía una llama.
Se me doblaron las piernas y sentí la quemadura del disparo a un costado de mi pecho…

—¡Vieja maldita! —alcancé a mascullar —Seguro que me dio en el bolsillo donde guardo los porros…
Escuché otra explosión junto a mi oreja, y sin poderlo evitar, caí muerto.

Texto agregado el 26-08-2011, y leído por 191 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2011-08-27 15:10:30 Atrapante historia, llena de fascinantes y precisos detalles que llevan hacia el final, casi sin darnos cuenta. 5* Susana compromiso
2011-08-26 04:02:37 Buena narrativa. buena la forma de jugar con el lector al darle un desenlace totalmente inesperado. felicitaciones antonio1972
2011-08-26 03:09:55 Traicionar es un trabajo mal pago, además de impreciso. A veces las cosas no salen del todo bien. Buena narrativa. Escribir novela negra no es fácil. Tienes un estilo a Juan Sasturain o un recopado Salinger, pero bien Argie... deojota51
2011-08-26 02:32:26 Lectura fluìda de unas letras muy interesantes y muy bien narradas.Con estilo propio.Vuelo de estrellas y un beso de luz, Ma.Rosa. almalen2005
 
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