La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / sendero / INGA

 Imprimir  Recomendar
  [C:446372]

Compré el libro de Inga en mi juventud y quedó en los anaqueles como uno más entre los adquiridos por tres generaciones. Había decidido remozar la biblioteca por lo que se tendría que limpiar, seleccionar y resguardar los textos. Esta área se ubicaba en la parte alta y al fondo del extenso patio y era independiente de la nave central de la casa. Colindaba con un callejón poco transitado del viejo pueblo, del cual mi abuelo fue uno de los fundadores. Hombre de trabajo, pero amante de las letras. Construyó su espacio y cuando se enclaustraba a leer, decía a la abuela: -no estoy para nadie. Estantes de cedro, donde dormían cientos de libros, abajo un sofá de piel suave, mullido. Un escritorio resistente, como para soportar el peso de un elefante. Había un baño completo, closet, cuadros al oleo, y breves escaleras, que tenían varias funciones. Una de las paredes del fondo que colindaba con el callejón, tenía un deterioro ocasionado por la humedad.
Pocas veces había estado allí, la verdad, yo soy proclive a la fiesta, a la música, al convite, y no a estar en soledad. Mi padre, siempre fuera del país, o en la capital, pues fue un político apreciado.
Platiqué con mi esposa acerca de remozar la biblioteca.
- Es mejor que la tires y allí podemos construir un jardín de juegos para los nietos. El tiempo se va rápido.
- Preferí el silencio.
- Pero si vas a contratar gente para limpiar libros y quitar telarañas, entonces le diré a mi ahijada, que vino a verme a ver si le conseguía trabajo, pues desea seguir estudiando.
- Dile que sí que venga el próximo lunes.
El trabajo de limpieza de los estantes y libros no estaba exento de riesgos, por lo que deseaba una mujer apta. Cuando la entrevisté, calculé diecisiete años de edad, morena, de cabello corto, cutis manchado por el acné y seria. Llamaba la atención una verruga que brotaba en su hombro derecho y que trataba de ocultar sobreponiendo un saquito de mezclilla. Ese día combinaba una falda que dejaba ver unas rodillas con cicatrices profundas que hablaba de haber sido una niña inclinada a juegos más de varones que de niñas. La contraté. Normalmente ella abandonaba su sitio de trabajo, para tomar sus alimentos, o bien para retirarse. Yo, después de llegar a casa, tomaba un café o una bebida, iba a ver el avance del trabajo y a darle indicaciones según viese. Siempre la vi en su quehacer, algunas veces hojeando libros, o sacudiendo los estantes de la vieja madera. Me daba las buenas tardes, con susurros, y continuaba su labor, la veía y si bien no era una mujer para asombrarse, tenía esa sutil manera de ser que alteraba el deseo de saber de ella. Sin embargo no lo permitía y, discreta se guardaba los pormenores. La vi una vez sobre la escalera cuando quitaba telarañas y aunque llevaba un pantalón holgado, pude adivinar sus formas, pero una vez, cuando no esperaba, la encontré sentada en el sofa, con la pierna cruzada y leyendo a Inga. Tan absorta estaba que no escuchó mis pasos cuando me acerqué.

Inga era una novela. Fue un hallazgo, la compré en un tiradero de libros viejos cuando estaba en la capital estudiando. Trataba de una joven rubia, impetuosa, muy bella, que vivía en una ciudad sueca con una tía madura a quien confiaba buena parte de su vida, sus novios, sus dificultades. Novela que me llevó al cielo en noches de soledad y que casi memorice. Ella seguramente leía el capítulo tres, donde Inga conversaba en la sala con su tía:
— Deseo tener relaciones sexuales.
La tía no se inmuto, para su óptica, estas cosas que son tabú en una buena parte de las sociedades, para ellos, son parte de la vida.
— Que te ha motivado?
— Las lecturas, tus libros y aunque eres discreta, me he dado cuenta de tus cambios de humor cuando llega Iván. En otras ocasiones escucho tus quejas y suspiros. Y yo deseo saber y sentir también.
— Estás en edad. No puedo evitarlo si así lo has decidido, sólo debes de hacerlo con responsabilidad y cuidarte de un embarazo no deseado.
Soy exacta en mis menstruaciones y puedo precisar el día que estoy ovulando. Así que reconozco cuando podría estar en riesgo de un embarazo.
— Imagino, que tendrás candidato, procura ser muy cuidadosa en la elección y ya sabes, los feos no están permitidos, le dijo bromeando.
Lo que Inga no dijo a su tía fue que el Candidato favorecido era Iván, el amante de ella.
Una Noche Cuando recién terminaban de preparar la cena, y esperaban a Iván, la Tía Romi recibió una llamada de su jefe, para indicarle que pasaría por ella en media hora y que viajarían a la capital para resolver un negocio que estaba cayéndose. En un santiamén la tía preparó maletas y encargó a la sobrina que recibiese a Iván.
Inga le abrió la puerta con una blusa holgada, sin corpiño, donde los pechos al caminar se insinuaban bajo la tela. La falda a través de la luz, dibujaba los muslos y ropa interior. Iván percibió el olor de la belleza y cuando supo que su compañera había tenido que viajar intempestivamente, quiso retirarse, pero Inga le dijo que la cena ya estaba servida.
— Cómo deseas tu whisky – Pregunto a Iván, desde el mueble donde guardaban las bebidas.
— Un poco de agua y dos hielos.
— Así sabe sabroso,
— ¿Podrías prepararme el mío? Mientras busco la música.
Iván se acercó a la cantina y en silencio preparó la bebida. No se había percatado de la sobrina, pero cuanto parecido tenía con Romi. Cuando Inga caminó hacia el aparato de sonido, se dio cuenta de la amplitud de la cadera y el andar sinuoso de una adolescente que empieza a sentirse parte del mundo.
Después de la cena, él consideró prudente retirarse. Le dio las gracias, elogió el sabor de los alimentos y al besarla en la mejilla, ella lo atrajo y le dijo cerca del oído, quédate un rato más. Supo entonces que un mundo de problemas vendría a su vida como un avispero. Pero la fragancia también peleo un puesto y en esa cara de indecisión, resonó la voz de ella y atacó al titubeo.
—Es que me siento sola.
Ya no dijo nada, la abrazó como dándole compañía. Pero ella no se apartó. Y estirando sus piernas, acercó su boca al oído y cuchicheándole en la oreja le dijo: No te arrepentirás.
Volvió con dos platos con bocadillos. se escuchaba un saxo .
—¿Me sacas a bailar?
Él sabía, por su experiencia, en lo que terminaría. Ella no ocultaba su intención, y la ocasión era propicia. A él le molestaba una idea. Pero ella la deshizo.
— Sólo sigo los consejos de mi tía, además ella no tiene por que enterarse, al menos que se lo digas tú.
— Explícame.
— Nada, no deseo que te sientas culpable, ni tampoco deseo que dejes de ser amante de mi tía.
— Debes de tener muchos amigos de tu edad
— Son torpes, mal educados y bobos. Tú sabes tratar, veo y escucho como seduces y complaces a Romi y eso se juzga.
Él siguió bailando, la atrajo más, y ella aceptó. Mucha de la tensión había desaparecido. Afloró en él un flujo cálido por piernas y manos. Tanto, que se atrevió a deslizarlas por las caderas y, percibió en la yema de los dedos, el siseo de la tela cuando los glúteos tensaban y aflojaban a cada paso del baile.
Cuando su respiración cuchicheo en su oído, percibió la respuesta. Ella mordía su labio y un rubor en oleadas planeó por sus mejillas.
Ella sabía que esa noche dejaría de ser virgen. Él supo que ya no había retroceso.


Cuando me vio al lado de ella, se asustó en demasía, la calmé y le dije que siguiera la lectura, que leyera en voz alta, mientras iría a la cantina a preparar unas bebidas. El abuelo, había dejado muchas, así que no me fue difícil encontrar una para mi, otra para ella. – una suave crema de almendras- Cuando regresé apagué las luces generales y prendí una lámpara de pie, suficiente para continuar leyendo. Después de brindar y darle confianza, la insté a que siguiera la lectura en voz alta.

Iván era rodeado por los brazos de ella. La boca de él hacia recorridos desde el cuello hasta el lóbulo, se detenía en la mejilla y en la comisura. Ella abría la boca esperando los labios, pero él sólamente llegaba a los linderos. Inga ansiaba aquel beso y el beso no llegaba. Así cuando la boca estuvo muy cerca, ella abrió fuego.
—Bésame.
Obedeció a la palabra, pero sus labios antes de empalmarse a los de ella, los humedeció con su lengua , labios que después mordisquearon, y de un beso sutil , paso poco a poco a la sensación reciproca de unirse más y encontrarse con el calor, la textura, y admirarse de los tumultos de oleadas que van recorriendo los vericuetos del cuerpo. Hasta llegar a enlazarse las lenguas y ambos, succionaron con cadencia y movieron en la profundidad la fuerzas de lo inevitable, el no retoceso.
Se habían detenido en la mitad de la sala.
—apriétame.
El obedeció y una segunda oleada empezó a caminar. Ella percibió su erección entre sus piernas e instintivamente la cadera de ella ofrecía abriendo el compás de sus piernas. Él la acompañó con movimientos encontrados.


La voz de ella daba el acento adecuado a la lectura, pero entre silabas se notaba otro tipo de inflexión. Había percibido, pese a lo tenue de la luz, el enrojecimiento de sus labios y cómo sobre su blusa abría la erección de sus pezones; la piel erizada de sus rodillas y sin pensarlo, puse mi mano sobre su muslo, si ella aceptaba, seguiría en la lectura, y si no, se levantaría indignada y afrontaría las consecuencias. Un Segundo después la quité. Me levanté y fui de nuevo a la cantinita. Al regresar con las copas, me acerqué a su oído y le cuchichee, “continua” Si bien mis labios no tocaron su piel, si pude percibir el siseo de la testa y la tibieza emanada en una areola de perfume dulce que circulaba por su nuca.
Decidí mantenerme de pie, detrás de ella, mientras seguía leyendo. Tenía a mi alcance la letra impresa del libro, el perfume, y la elevación acompasada de los pechos, que subían y bajaban, e irrumpía un silbido discreto, proveniente de la nariz, que ocasionaba fugaces claudicaciones atribuidas al fuego intimo de la lectura, o bien a esa suave intensidad cuando se vierte el licor en la sangre. Puse ambas manos sobre sus hombros y las dejé allí.

Las manos de Iván eran dos abanicos delicados que acariciaban desde la cadera hasta la redondez, suaves yemas alisando terciopelo. Las bocas descansaban, ella en el cuello y él lamiendo el lóbulo de sus orejas. La voz del saxo caía y se levantaba.
—Apriétame con más fuerza.
La atrajo hacía él, las manos se volvieron más enérgicas y abarcaron la redondez de sus nalgas y apretaron con pellizcos pausados y susurró “así” Ella, suspiró. Y él entendió que podía soportar las envestidas.


Volvi boca a su oído y le cuchiché: “que bien lees” y puse mis labios en el lóbulo de la oreja, bajando después hacia la curva del cuello, las manos deslizaron por los hombros y sutilmente acariciaron sus brazos. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar la lectura, pero siguió.

-Tienes unos pechos increíbles-, bajó la testa y mordisqueo la tela por donde sobresalían
- Bésamelos. – al mismo tiempo sus manos sacaron del cuello la blusa quedando dos lunas en floración.
Quedaron al centro, la orquesta acompañaba al saxo, el bajo apenas perceptible susurraba compases. Ella con sus manos acariciaba el pelo ondulado y rojizo de Iván, y levantaba enérgica sus pechos y guiaba su pezón hacia la humedad de la boca. Se dio cuenta en ese momento que la excitación entraba por su piel, por sus ojos y su oído era un receptáculo de placer.


Mis manos dejaron de acariciarle los brazos, subieron a los hombros y lentamente descendieron hasta llegar a la suavidad de sus pechos. Se le quebró la voz. Mi boca abrevó en sus oídos, mis labios apretaron uno de sus lóbulos, ella subía los senos, para que mis manos pudiesen sopesarlos. Ella ya no era ella, yo tampoco. Éramos palabra, lectura. Luz tibia que ardía entre libros, madera y olores que se despertaron de un tiempo ido.

La mano de Inga bajó hacía la entrepierna y bajó el cierre del jean. Metió la mano y palpó, lo que sólo conocía por imágenes de libro. No imaginaba que fuese así, tan duro, tan febril, como un pequeño ser vivo. Él ayudó, la destrabó del bóxer y dejó que saliera. Los dedos finos apretaron y se deslizaron para reconocer lo que ella sabía que estaría dentro de sí. Recordó entonces los gritos de su tía y se estremeció.

Ella leía con voz quebrada, yo arrodillado mordisqueando sus muslos. Al tiempo que desabrochaba la blusa para liberar los pezones del sostén. Mi boca buscaba la entrepierna y la voz se calló cuando mis labios acoplaron a sus labios íntimos y mi lengua atropellaba delicadamente sus interiores.
Yo sabía por lecturas previas al libro, que Inga había preparado todo para que Iván no se sintiera culpable. Recordé letra por letra. Mientras corría la humedad de Isa abriéndome surcos en mi paladar.

Sentados en el sofá, era besada en sus areolas y ella aprisionaba entre sus dedos la piel genital. Como sintiéndose asfixiada, se levantó, bajó sus bragas con rapidez y se sentó en su regazo. Ella guió el glande hasta su centro e introdujo centímetro a centímetro, sabiendo que había que romper una barrera, a la que cerrando los ojos y arrastrada por la pasión, fue rebasando, cruzando la frontera, cerró los ojos y sin pensarlo se dejó caer sintiendo que el pubis de él era acompañado por el de ella. Iván no daba crédito, al mirarla encontró en sus ojos un regato de lagrimas. Inga se dio cuenta que también se llora de placer y le dijo al oído. “no te muevas, déjame gozar y bésame”

Isa dejaba, yo hacía y sólo las sombras confusas serían compañeras del desborde de una pasión que nunca había sentido. ¿Era Iván? ¿O era el estudiante que furioso se masturbaba en algún cuarto solitario de la ciudad? Mordisqueaba sus pechos, saboreando el olor de sus manos, pues ella en su arrebato, los tomaba y me invitaba a succionarlos, ofreciéndome el pezón alargado y rubiforme.
Acostados, desnudos, y a la breve luz de la lámpara, pude distinguir la finesa de sus formas: minúsculos pezones, duros los senos, como si estuviese dando de amamantar, piernas largas, gatunas que al sentirlas a los lados de la cintura, me abrazaban con tanta fuerza que nos hacía ser uno. Ella cerraba los ojos, y me ofrecía la boca, la rudeza de su respiración, y hondos suspiros que terminaban en gemidos. Quedamos en silencio, atarantados del exceso de placer y aún sin poder aterrizar la conciencia. Sonó el celular y ella presurosa contestó.
Al tiempo que ella terminaba de hablar con su mamá, escuché que el portón de la casa se abría y por el ruido del motor, sabía que era mi esposa que llegaba de su sesión de los viernes con las damas de caridad. Sabía también que me buscaría y al no encontrarme en la sala de la televisión, vendría a buscarme en la biblioteca. La realidad llegaba pateando las puertas.
Ella entró al baño a retocar su imagen. Yo veía mentalmente los movimientos de mi esposa y planeaba el escape de Isa. Sobre la puerta había una rejilla de ventilación, apoyado sobre la escalera miré y tenía a mi vista la parte posterior de la casa. Bajé de la silla y fui al fondo, pues los ruidos del callejón se escuchaban vivos. Pegué mi oído al dintel deteriorado y un apéndice, evitaba que mi oreja quedara plana a la pared. Vi que era una palanca semioculta en las imperfecciones del revoque. La enganché con el dedo, tiré y tronó, como si hubiese jalado de un gatillo. Por gravedad se deslizó la parte delgada de la pared dejando una salida hacia el callejón. Cuando Isa salía del baño, entré para reacomodarme la figura. Al salir le hice una seña de que no hablará y le mostré la puertecilla. La abrace con ternura, y al oído le dije “toma un taxi” mañana hablaremos y deslice en su bolsa lo suficiente para que pagase el servicio.

Minutos después tocaron a la puerta. Abrí. Era mi esposa. Regresé al escritorio, donde previamente había dejado varios libros.
- ¿Qué haces?
- Revisó los libros del abuelo
- ¿Vas a cenar?
- Claro. ¿Cómo te fue?
- Bien, pero contaron cada cosa. Apúrate, porque la cena no tardo en servirla y deseo acostarme temprano. Estuviste tomando…
- Sólo una crema y un whisky.
- ¿Y de cuando acá te gustan las cremas?
-
No le contesté, cerré la Biblioteca y pensaba en Inga, en Isa, en el abuelo. Y también en su deseo de acostarse temprano. Generalmente se acostaba y ya. Cuando yo lo hacía la mayor de las veces dormía profundamente. Despertarla me costaba más sinsabores…
Con el baño me recuperé. Acostado, la luz de una pequeña lámpara conformaba el perfil de mi esposa. “Estuvieron contando cada cosa, que me puse inquieta y me despedí”. Entendí que a ella se le habían despertado sus deseos y cuando estaba de lado metí mis labios en la nuca, pero después de lo acontecido, no había perdido deseos. Le mordisqué la nuca y dije suspirando: Inga.
Ella se volteo y me dijo:
¿Y quién es Inga?
Inga es una adolescente, que desea saber que es el sexo y decide investigarlo con el amante de su tía.
-Ah es una novela ¿y eso revisabas cuando fui a verte?
-sí.
- ´Pues que abuelo tan caliente tuviste.
Le di la razón. Esa puertecita que da al callejón, debería de tener su historia. Quedé en silencio, pero la verdad en ese momento el caliente era Yo.


Texto agregado el 15-03-2010, y leído por 371 visitantes. (19 votos)


Lectores Opinan
2010-05-10 23:22:57 ya ve? la buena literatura siempre tiene sus recompensas ;) eufemia
2010-04-12 23:27:42 Se me había pasado esta historia. Excelente relato!!! El sexo y sus misteriosos caminos. Mis***** girouette
2010-04-12 23:14:54 Muy buena historia. Te felicito. louyann
2010-04-09 05:41:08 Dos historias, en realidad,mientras leía,no podía entender como Isa podía seguir leyendo. Sin amor logró atrapar a la lectora. Es una increíble historia,llena de sensualidad,siempre lo son TUS TEXTOS********* Excelente. Victoria 6236013
2010-03-26 16:28:01 Muy buena historia. Pura sensualidad y erotismo, no se donde termina la sensualida y comienza el erótismo, pero así me pareció. ***** tequendama
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]