“Una pasión inexplicable” dice uno de los grandes trapos (banderas) que cuelgan de la bandeja superior del Cilindro de Avellaneda (estadio de Racing Club).
Y si. Es inexplicable, como toda pasión.
El sábado fuimos con mi hijo a la cancha después de tres años. Ir a la cancha juntos siempre fue nuestro lugar de encuentro. Íbamos casi todos los fines de semana. Fue, y aparentemente vuelve a ser, nuestro espacio para compartir una pasión incomprensible, un sufrimiento inigualable, una alegría desmesurada, una euforia que sólo las pasiones permiten. Un rito con 35.000 personas que comparten ese estado de demencia colectiva que nos hace sentir absolutamente vivos, formando parte de algún tipo de fenómeno social que muchos han estudiado, cuestionado y analizado hasta el hartazgo y seguirán haciéndolo infinitamente; porque la pasión no tiene una explicación estrictamente científica.
Cada hinchada tiene características particulares que las hacen únicas, que les dan identidad. De todas maneras creo que es posible unirlas en dos grandes grupos: las más pasionales (seguidoras, “ponga huevo”, “aguante”), que siempre están asociadas con un origen más “popular”, de clases “bajas” y “medio-bajas” (digo “origen” porque ahora ya todo está bastante mezclado). En este grupo están: Boca, Racing, San Lorenzo, Gimnasia, etc. En el otro “gran grupo” están las mas digamos… “intelectuales” (“pecho frío”, “paladar negro” (gusto por el buen juego), “no tenés aguante”, “amargos”), originalmente relacionadas con los sectores mas “pudientes” de la sociedad. Obviamente en este grupo están, en su mayoría, las “antagónicas barriales”: River, Independiente, Huracán, Estudiantes, etc.
Dentro de las hinchadas barriales antagónicas (como pasa en La Plata con Estudiantes y Gimnasia) el caso de Independiente y Racing es único en el mundo. El 90 % de la población de Avellaneda (ciudad separada de Buenos Aires por el Riachuelo) es o de Racing o de Independiente. Lo increíble y único es que cada club tenga su estadio… ¡a cuatro cuadras de distancia! uno del otro.
Dentro del grupo de las “más pasionales” la hinchada de Racing tiene una característica particular: su “exceso”: excesivo sufrimiento, excesivo apoyo (el equipo va mal, juega mal y la gente llena la popular) excesivo canto de hinchada: “… siempre estuvimo en las malas, las buenas ya van a venir, a Racing lo hace grande su gente…” o “… ¿en que tribuna estás? ¿Qué hinchada alienta más? ¿dónde está el carnaval? Lo mejor que tiene Racing es su gente, no somo amargo como es Independiente” o “… todavía cantamos, todavía alentamos, vamo vamo Academia, vamo vamo Academia; aunque gane, aunque pierda, no me importa una mierda, sigo siendo de Racing no lo voy a cambiar, somo “La Guardia Imperial”…”. Otro gran trapo en la hinchada dice “Mi vieja me dio la vida, Racing el corazón”.
Me costó que mi hijo fuera de Racing. En momentos (muy reiterados, por supuesto) de derrotas y malas campañas tuve que apelar a trucos infames para que no se me “escapara”: él tenía 6 o 7 años y cada tanto amagaba con “dejar a Racing”, influenciado por algún triunfalista amigo de River o Boca. Yo guardaba secretamente un VHS de emergencia con el histórico Racing 6 - Boca 0. Lo ponía, lo mirábamos juntos y después muy contento corría a ponerse la camiseta celeste y blanca, con Racing correctamente ubicado nuevamente en su corazón.
Raro esto de la cancha. Es como una puesta en escena de la vida. Los jugadores (como en todo juego colectivo) muestran cómo son como personas: generosos, tacaños, inteligentes, distraídos, fríos, pasionales, etc. etc, y en las tribunas, en poco más de dos horas, se produce el simulacro de esa especie de montaña rusa que es la vida: estar arriba, estar abajo, “gozar” al rival, enojarse con uno mismo (con los propios jugadores), con las propias contradicciones (el que está al lado de uno dice que Fulano es un burro y a los cinco minutos hace un gol y pasa a ser el mejor), estallar de furia o felicidad, o deprimirse y que nada tenga sentido. Un gran “teatro”, un psicodrama que se convierte en una especie de “enseñanza”, un entrenamiento para la vida.
Nunca me voy a olvidar del día (mi hijo tendría 11 o 12 años) en que después de una bochornosa goleada en contra (¡tuvimos tantas!) me miró con un enorme odio y me dijo con lágrimas en los ojos: “¿Por qué me hiciste de Racing?”. Por suerte, ahora que es grande y sabio, ya entendió de qué se trata esto de ser de Racing.
El sábado fuimos con mi hijo a la cancha y ¡la pasamos tan bien! Estuvo el infaltable rito de los papelitos con la salida del equipo, el choripán después, etc., pero “algo” esta vez nos faltó: Racing le ganó 3 a 0 a Rosario Central (el equipo del gran Negro Fontanarrosa) y no sufrimos en ningún momento. Creo que por eso tuvimos una crisis de identidad que nos impidió llegar al cielo y abrazar a Dios.
De todas maneras, obviamente, hoy sigo afónico.
Si ser hincha de futbol de alguna manera es ser “pasional”, es una suerte ser de Racing y transitar el extremo de la pasión futbolera para, como ocurre en la vida, sufrir (la mayoría de las veces) y por contraste gozar como nadie, como nunca, esos grandes, incomparables, orgásmicos momentos de felicidad absoluta. |