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Inicio / Cuenteros Locales / sendero / El tratamiento

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Las noches en el departamento se fueron complicando. Mis programas favoritos de televisión dejaron de serlo. Sentí gusto por la música clásica, pero no soporté la tristeza del violín. Vine a esta metrópoli, huyendo del abandono y la pobreza, y lejos quedaron los parientes, que con el paso del tiempo ya se habrán olvidado de mí, como yo de ellos.

Por la tarde me entretenía viéndome: alto, delgado y caminando ligero frente a los espejos de las boutiques. Un día percaté de que el departamento se reducía y por las noches iba de una ventana a otra. Sufrí de insomnio y con él, mi vicio de fumar. Si no tenía una cajetilla repleta salía a comprar cigarros donde hubiese. Una noche el portero del edificio tocó al departamento, pues escuchó un grito. Le dije que había sido yo, que tuve un mal sueño. Opté entonces por dejar la radio prendida.

Para contrarrestar la somnolencia abusé del café. Me sentía bien una o dos horas, pero después sobrevenía la fatiga. Un día cuando compraba, la dependienta preguntó si estaba enfermo, le dije que no. Me siento bien y doblé el brazo para enseñarle mi “conejo”, Pero la verdad, era que no rendía y hablaba sólo lo indispensable, dejé de ir a fiestas. De vez en cuando hacía ronda con Alberto, un amigo del trabajo; ambos tomábamos el mismo autobús. “Andas enamorado” me decía y yo movía la cabeza, entonces, “ya no te la jales mucho” y se carcajeaba.

La sensación de caerme al vacío, el aleteo, y ese olor a incienso, se hicieron frecuentes e insostenibles en mis sueños: tenía pavor cerrar los ojos. Fui con un médico y después de una entrevista breve recetó, vitaminas, pastillas para los nervios e inyecciones que odio desde pequeño. No surtí la receta y confesé que me pasaba a mi compañero. “Se te metió la tristeza y no es bueno, dicen que es el alma de una mujer que anda en pena. Yo no sé si creas, pero sería bueno que consultaras”. “Por mi pueblo hay una mujer que conoce lo que te pasa y lo sé porque mi tío Jacinto empezó a hablar en las noches y le dio por vagar por el pueblo a deshoras. Ahora está por casarse. El lugar está lejos pero vale que te des una vuelta”.

Llevé lo indispensable, dos mudas de ropa, cepillo de dientes y zapatos tipo bota. Casi un día de viaje para llegar al pueblo de Sábila y de allí a pie, hasta divisar una loma y sobre ella, una choza de tarros, " No puedes equivocarte, pues afuera está un nogal tan viejo que del tronco le han salido barbas y bajo el árbol habrá una pila de gente que espera. Llévate una manta por si tienes que pasar la noche a la intemperie”.

Sábila es un pueblo viejo, con calles empedradas y una iglesia hecha de cantera y cal y donde el tiempo platica con el musgo y el sonido de los cascos de los caballos. Los vientos que bajan de los cerros traen olor a piedra y a terrones de tierra húmeda cuando cosechan la papa. Del pueblo hasta la choza hay media hora de camino a pie. El camino es monótono, sólo crecen zacatillos que en el día duermen. A mi lado venía gente de diferentes partes, hablan tan bien de la curandera, que me veo sorprendido y un olor a fe se tumbó en mi alma. En el cielo graznaban algunos patos y soplaba un vientecillo molesto.

Desde mi inconsciencia, soportando el peso de la tierra, la recuerdo con su mechón de pelos en la mejilla, y mientras ella trajinaba seleccionando sus hierbas, la luz de la luna caía sobre un árbol desramado. Me atendió cuando todos se habían ido. La vieja cubrió mi cuerpo con hojas y raíces y el humo de aromas adormeció mi vigilia. Cuando desperté, el sol era intenso, pero mi alma sentía el frescor de la menta. Me dio la botella “sólo tomarás cinco cucharadas por la noche, y ni una gota más y vuelvo a verte en una semana” -eso me dijo.

Un viaje que había sido tan fatigante, me hizo decidir que era mejor quedarme en aquel pueblito y me rentaron un cuarto amplio y ventilado. Los tres primeros días seguí con fidelidad su prescripción. “Vivía en la noche otra vida, cuantas veces percibí la fragancia de los sándalos, el color aduraznado de la luna que me llenaba de vitalidad y me hacía cantar como si la melodía hubiese nacido en mi garganta. Tenía otros ojos. Yo me veía, no sabía cómo pero me divisaba en una procesión de fe, llevaba en las manos una vela y una rosa rosa. Y aquella rosa me hacía recordar mis amores tristes, esos donde pones toda tu intensidad y en el doblar de una esquina, ella se retira, abrazada de otro calor. Los cantos de las gentes daban paz a mi oído. Y a la luz de las velas y el hincar de los pasos, la noche parecía abrirse y guiarnos hasta una pequeña loma donde se levantaba un santuario abrazado por altísimas palmeras. Cuando llegábamos, bajamos la testa, pero pude en un instante divisar a la sacerdotisa. Los ojos de ella oscuros y tibios de luz al mismo tiempo. Su rostro se perfilaba a través de la gasa que la cubría hasta sus rodillas, un rostro pequeño que invitaba al deseo de mirarla. Fueron pasando uno al frente y de ella percibían su voz y una discreta caricia. Y sucede que al estar frente a ella yo despertaba. Despertaba en el sueño y volvía a otro acomodo para seguir ensoñando y continuar. Lento muy lento avanzaba en mi deseo de mirarla. Un sueño repetido no sé cuantas veces, pero sentía que el tiempo corría presuroso como un rio que no se detiene. Mi pelo se hacía largo, y la barba se poblaba”.
Por las mañanas recorría los caminos o divisaba las cabras cuando trotaban y formaban selvas de polvo y silencio. Comía vorazmente. Para un estomago lleno, llegaba el bostezo, luego el sueño y me acurrucaba en la cama dispuesto a viajar. Esa vez el sueño se quedó muy lejos de mi deseo y me vi desesperado, envuelto en un remolino que me asfixiaba y sin pensarlo, tomé la botella y di más de un trago generoso. En la profundidad del sueño volví a verme.

Ella me llevó a su choza, hizo que me acostará y llenó de vivencias cada milímetro de mi piel, su olor de vida, su voz de silencio, transformó y mi alma fue una danza. Afuera los rezos, el olor del narciso, el suave arrullo del viento sobre los árboles. Viví un siglo con ella y zarandeamos a la montaña con nuestros juegos, el placer interminable de irla recorriendo con mis labios, con mi vida. Después el alma desfallecía como el agua de un estanque que espera. Pasaron muchos años, recorrimos cientos de paisajes y a una sonrisa siempre seguía otra: forjamos un cielo de agua y flores.
Las buenas gentes del pueblo me encontraron dormido, tal vez moribundo, o quizá en su apreciación sin vida. Mí inconsciencia recuerda los rezos, el vientecillo de cera y rosas y el aleteo de los patos, se sienten tan cerca que pareciera que vuelo con ellos. Por más que abro los ojos sólo percibo neblinas. ¡Me llevan!, camino con los cantos, palpo mi cara y el olor del cedro me apabulla, es como si estuviese dentro de un gran árbol, sé que me enterraran y golpeo con furia la tabla. no me hago escuchar y es que los patos no dejan de pasar, es una bandada gigante que anuncia un invierno atroz.

Texto agregado el 13-10-2009, y leído por 243 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2009-10-21 03:15:02 NO puedo explicarte porqué tu escrito que llenó de angustia... no lo sé...pero si puedo trasmitirte ´mi profunda admiración por el modo en que lográs acercar tus vibraciones en cada detalle que despierta al sensorio. Un abrazo maestro . lilianazwe
2009-10-17 00:19:37 Tienes soltura para hilvanar los textos y conducir paso a paso. ULEIRU
2009-10-16 00:04:23 Me encanta leerte aunque tarde un poco porque nos enseñas esos acontecimientos con gusto a pueblo, a pueblo viejo con sus costumbres, eso de la yerbatera con sus hojas, esa narración pausada, reflexiva, tiene mucho de poético ty trabajo, 5 estrellas pobres para un texto rico online
2009-10-14 07:47:23 Puede que la tristeza que embarga a unos tenga nombre de mujer en la distancia no lograda, pero hay otras si cabe tan amargas: el convencimiento de que nuestra vida a la corta o a la larga es la "parva" de la era por el viento disipada: una mentira azotada por el "invierno atroz" de nuestra muerte cantada. azulada
2009-10-14 02:00:59 Me gustó lo narrado, más por la forma que por la resolución, algo previsible. Se agradece el empleo correcto del idioma y las palabras. hay frases enteras que res catan todo el texto. Felicitaciones. tiralineas
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