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Inicio / Cuenteros Locales / Buckethead / Payasadas.

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Alfredo se subió sus enormes y anchos pantalones rojos con puntos amarillos y pequeñas estrellas verdes que le colgaban por los costados. Cabían a lo menos dos personas dentro de esos pantalones. El lugar era bastante oscuro y solo lo iluminaba una pequeña ampolleta de escaso voltaje. No muy lejos de ahí se escuchaba un tipo extraño de música, algo alegre y cada ciertos ratos los gritos de un grupo de personas.
- Oye huevón, no debiste pegarle tan fuerte – dijo Silvio.
- ¿Y qué querías, qué siguiera acaso ?...
- Parece que la mataste huevón…, se te pasa la mano a veces.
- Ya no te pongaí cuático ahora oh. No veí que está respirando. Dejalá así que ya pronto va a despertar.
Silvio también terminó de arreglarse su ropa de colores chillones. Luego ambos se sentaron sobre unos cojines y se quedaron mirando a la mujer que estaba tirada en sobre una colchoneta, desnuda y toda moreteada. Respiraba con alguna dificultad, pero al fin y al cabo respiraba.
- Pásame la botella – dijo Alfredo.
Silvio se levantó y sacó del baúl una botella de aguardiente a medio terminar. Alfredo la destapó y comenzó a beber tragos bien largos. A ratos se chorreaba por el costado de los labios y se le corría la pintura. Cuando terminó de beber, se pasó el antebrazo por la boca y terminó por despintarse ya toda la cara. Le pasó la botella a Silvio, que la tuvo harto rato entre sus manos antes de tomar.
- ¿Acaso vai a tomártelo tibio? Si no tomai pásala pa´ca mejor. Estoy seco.
Silvio bebió pero sin ganas y devolvió la botella a su compañero. Alfredo la vació de un solo trago y se levantó. Con paso inseguro fue al baúl y saco otra botella llena. Se volvió donde Silvio y se dejó caer en los cojines. Destapó la botella y le tiró la tapa a la mujer, que seguía inmóvil. Continuó bebiendo tragos muy largos. Volvió a pasarle la botella a Silvio pero éste ahora no aceptó.
Alfredo tenía toda la cara despintada y Silvio se lo dijo. Entonces agarró un espejo cuadrado que tenía cerca y se miró. Silvio tenía razón.
- Pásame la pintura.
Silvio le dio una caja llena de pequeños potes de colores. Alfredo metió los dedos en uno y luego en otro frasco y se los pasó por la cara. Alrededor de los labios se pintó una gran mancha roja, una estrella azul en ambos ojos y el resto de la cara se lo dejó completamente blanco. Estiró la peluca verde que tenía sobre la cabeza, volvió a mirarse al espejo y quedó conforme.
- Ya huevón estamos listos – dijo mientras miraba a Silvio.
Silvio le tiró una nariz de plástico de color rojo que Alfredo agarró en el aire. Se la puso con un elástico que le rodeó la cabeza.
- ¿Y por qué no seguimos con nuestra amiguita?, propuso Alfredo.
- Porque ya esta por llegar ese enano odioso. Y la veo que está como medio muerta y así no tiene ningún brillo. Tomemos el trago que nos queda y esperemos mejor.
- Si se despierta cagamos.
Alfredo se acercó a la mujer, le abrió la boca y le embutió la botella. El aguardiente entró con alguna dificultad y la mujer tuvo convulsiones. Al final ingirió lo suficiente.
- Listo socio, con esto nos aseguramos que duerma hasta la vuelta.
Se escuchó un silbido. Alguien se venía acercando. Rápidamente, Alfredo cubrió el cuerpo de la mujer con una manta. Silvio se miró en el espejo para ver si la pintura y la peluca lucían bien.
Tocaron a la puerta y Alfredo abrió. Apareció un tipo de menos de un metro de estatura, con cara redonda y músculos en los brazos. Su vestuario era una malla gris como esas que usan los levantadores de pesas.
- Pero si aquí están los perlas, “Tomatito” y “Calugín” – dijo con un tono medio estúpido y poniendo cara de imbécil. Luego con una voz que no correspondía a su porte agregó: les toca salir al par de huevones.
El enano volvió a salir seguido de Alfredo y Silvio que se despeinaban sus pelucas. El diminuto personaje los dejó en la entrada. Alfredo abrió las cortinas de género grueso color burdeo y entró en rápida carrera al escenario con una gran sonrisa que ocupaba toda su cara. Silvio iba tras él en loca persecución mientras lo golpeaba con un palo de espuma plástica al son de una ridícula música entre los aplausos del lleno absoluto del recinto.
Estuvieron dentro de la carpa por espacio de treinta y cinco minutos dándose gritos y cachetadas falsas. La gente reía a carcajadas pero ellos dos se reían con más ganas. Sabían muy bien que el asiento vacío, en la galería, era de la mujer que había salido a buscar al baño antes que empezara la función.

Texto agregado el 06-02-2009, y leído por 92 visitantes. (1 voto)


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