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Miraba hacia la izquierda, a la derecha, al centro, a través de los ojos de mi conciencia y veía a un tipo siempre perdido, solo, triste y siempre con una tonta sonrisa en los labios. Todo cuanto quise ser, jamás pude realizar. Me miro a espejo y no me agrada cuanto veo... Debo haber sido creado con falla. Jamás debí existir. Todo lo hice mal. Mis hijos, esposa, nietos, amigos ven a una persona que no existe. Si me vieran un poco, seguro que llorarían de pena. Un desastre humano que lo único que sabe es respirar, pensar tonterías y soñar... Aquella mañana pudo haber sido diferente si mi padre hubiese salido tarde. Me veo y veo a mi padre besando a esa mujer escondida tras una esquina mientras mi madre duerme. Mis hermanos también. ¿Por qué seguí allí? Mirando aquel cuadro que tanto dolor me causó, sobre todo porque conocía aquella mujer, que era mi maestra de ingles. Mi padre besando a una parte de mi corazón. Mi padre se hizo estrella roja empotrada en mi alma. Mi padre se fue de mi alma. Luego de aquella mañana mi madre empezó a llorar sin parar, sin saber por qué. Todos los hijos sentíamos cada gota que mojaba sus mejillas como si fuera agua hervida. Ella no miraba a nadie pero dejaba sus lágrimas y seguía su vieja tarea hasta que aquella tarde en que volvía del colegio la vi sentada en su cama, sola, con una carta arrugada en las manos... Mi padre, pensé. De pronto se puso a reír, sola, como si fuera una gansa. Reía y lloraba. Callaba. Miraba sus manos, el papel arrugado, se lo ponía en la boca, se lo tragaba, lloraba... Mientras yo veía aquel cuadro eterno que no deja de mostrarse en los ojos de mi conciencia que todo lo ve malo, perdido... Luego, ella, cayó como un globo sin aire. Algo de mí se fue hacia su cuerpo pero sentía que era ya no era ella. No. Ella estaba lejos como aquella carta arrugada en medio de sus entrañas. La miré y supe que sus ojos no podían ver, pues, estaban cerrados con los ojos abiertos. Miraba algo lejano y eterno... Su alma salía de aquel brillo hacia lejanas conciencias. Aun veo a mi padre, hermanos, tíos, amigos llorando en su muerte. Todos menos yo que no podía hacerlo... Mi madre estaba dentro de mí, como si fuera aquella carta en mis entrañas... Desde aquella vez no volví a llorar por nada.

Cuatro

Esa fue una de las historias de mi padre. Y ahora con las letras con que fueron escritas puedo entender su seco amor para con nosotros. Quien iba a pensar que uno de sus grandes amigos fuera un perro llamado Ricardo. Aún le veo a mi padre con aquel perro. Era todo negro con algo de blanco en el hocico. Lo llevaba a pasear todas las mañanas, antes que saliera el alba. Lo quería más que a nosotros. Le hablaba. Le amaba más que a nadie. Recuerdo aquella mañana en que salió con el perro y no volvió hasta después de dos semanas... Todos preocupados le buscamos por medio mundo. Cuando llegó nos dijo que había viajado lejos, hacia el campo. ¿Por qué?, le dijo mi madre. La miró y se dio media vuelta. Metió a Ricardo a su corral y luego de darse un buen baño salió hacia el negocio que mamá cuidaba y que nos daba con qué sobrevivir. Ricardo para arriba, para abajo. Una mañana fui a verle, antes que mi padre. Le miré y me dije: ¿Qué veía en aquel animal que no ve en nosotros?. El perro movió la cola y empezó a saltar con tanta alegría que me hizo sentir su misma alegría. Entendí su mensaje y volví a mi cuarto antes de que mi padre saliera a pasear a su perro...

Texto agregado el 30-09-2008, y leído por 134 visitantes. (1 voto)


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