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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / Compañeros de piso

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Me había ido a Inglaterra con la intención de empezar de cero, pero no sabía que mi vida fuera a depender tanto de los compañeros de piso que eligiera.

Primero le alquilé una habitación a un músico hippy, que resultó ser alcohólico y maníaco depresivo. Durante la temporada que pasé en su casa intentó suicidarse dos veces y creo que, si en lugar de salir huyendo me hubiera quedado a su lado, yo también habría acabado cortándome las venas. Había empezado a cogerle cariño a aquel tipo.

De allí fui a parar a un piso habitado por dos treintañeros con ínfulas de artista y sexualmente desesperados. He de decir que no me costó nada encajar en ese nuevo ambiente, a los pocos días yo ya era uno de ellos.
De entrada, mis compañeros de piso no podían parecer más diferentes.
Anthony era un chico de Essex, rubio, alto y atractivo, de voz profunda y cara expresiva. Llevaba gafas de pasta y una mini perilla bajo el labio a la que llamaba cariñosamente su «fanny tickler». A pesar de su aspecto inglés, su ego tenía unas dimensiones argentinas. En nuestra primera conversación me dijo que era una persona muy profunda y luego me preguntó si bailaba flamenco. Anthony era un excelente bailarín de salsa.
Jerry era un tipo del norte, muy del norte, bajito y circunspecto, hablaba murmurando y la mitad de las veces no terminaba las frases. Al principio me costó un poco conectar con él, pero acabó convirtiéndose en uno de mis mejores amigos. Era un tipo de grandes principios, incapaz de quedarse de brazos cruzados cuando creía que se estaba cometiendo una injusticia o un delito. El problema es que a veces se equivocaba. Me contó que una vez en el parking del supermercado vio a un negro apoyado junto a un coche de lujo. Jerry fue hacia él en su coche, bajó la ventanilla y le dijo:
-¿Qué haces?
El negro le contestó que estaba esperando a su novia que trabajaba en el súper.
-No te creo óle dijo Jerry, sin apartarle la mirada.
Luego alejó a una distancia prudencial y se quedó vigilando al negro hasta que se fue.
Cuando entró en el supermercado, vio al negro hablando con una de las cajeras y comprendió que había metido la pata hasta el fondo. Con el rabo entre las piernas, se acercó a disculparse. Un «fuck off» fue lo único que recibió por respuesta.

Pronto descubrimos que los tres éramos artistas. Anthony había dejado un trabajo respetable para desarrollar su vocación artística, aún no sabía en qué campo, pero, de momento, se había apuntado a un curso de vídeo. Jerry pasaba horas encerrado en su habitación, luego supimos que pasaba el tiempo pintando, por aquel entonces se ganaba la vida haciendo retratos de mascotas: perros, gatos y algún que otro hámster. Yo hacía dibujitos y en el pasado había escrito algunos cuentos, como «La patata mágica», lo cual ya me cualificaba como artista.
Alguna vez fuimos con Anthony a clase de salsa, pero lo que más hacíamos era quedarnos en casa hablando de arte. Casi siempre acabábamos derivando hacia la misma pregunta: «Pero, ¿qué es el arte?». Entonces la discusión se volvía apasionada. Si, por ejemplo, un artista cogía una zapatilla, la pintaba de azul y la exponía en un museo, ¿eso era arte? Según Anthony sí que era arte y además no podías decir que fuera buen o mal arte, como mucho podías decir si te gustaba o no. Yo opinaba que sí que era arte, porque algo era arte en el momento en el que alguien decidía que lo fuera, pero había criterios por los que evaluar si era bueno o malo. Jerry, por su parte, opinaba que no era arte y que el tío a quien se le había ocurrido aquella mierda merecía que le dieran una paliza.
Jerry empezó a experimentar con papier maché. Un día hizo un huevo y lo colocó junto a la tele sobre una estructura de alambre. Así surgió el proyecto del «huevo creativo». Cada vez que a alguien se le ocurriera una idea creativa debía escribirla en un papel y meterla en el huevo. De allí no salió gran cosa, pero el huevo apareció en muchas fotos y en algún que otro dibujito.

Me había dado cuenta de que, de vez en cuando, Anthony se encerraba en el comedor y mantenía extrañas conversaciones telefónicas, como si hablara con una máquina. Un día nos contó que, desde hacía unos meses, publicaba un anuncio en la sección de contactos de un periódico. Aunque tenía una novia en Canadá, estaba buscando otras experiencias, pero no se conformaba con cualquier cosa, debían ser experiencias extraordinarias. El anuncio era increíblemente sencillo: «Man seeks woman». Y había recibido cientos de respuestas. Cada semana quedaba al menos con dos o tres mujeres distintas. Pero no había llegado a nada con ninguna, porque ninguna le había fascinado lo suficiente. Al poco tiempo Anthony se fue para rodar un documental con un amigo suyo que quería dar la vuelta a Estados Unidos en bicicleta.

Tras su partida la casa se quedó muy silenciosa y nuestros esfuerzos por ligar se intensificaron. Jerry me cuidaba mucho, parecía más interesado en que yo conociera a alguien que en ligar él, se ve que me veía muy solo.
Me enamoré de una cajera del súper al que íbamos a veces. Se llamaba Fiona y era escultora y siempre nos daba conversación cuando pasábamos por caja. Un día fuimos especialmente para verla. Yo tenía que lanzarme y pedirle el número de teléfono. Cuando lo hice, Fiona nos contestó que no tenía por costumbre dar el teléfono a desconocidos. A la salida del súper Jerry me dijo: «Creo que la tienes en el bote». No lo decía de broma.
Otro día fuimos a un pub donde había una reunión de una especie de club de solteros universitarios, pero allí nos encontramos con una gente muy fea y rara y llena de tics nerviosos. Salimos del pub algo preocupados, preguntándonos si nosotros nos habíamos convertido en eso.
Poco después, animado por Jerry, me decidí a poner un anuncio en el periódico. Pensé que lo mejor era inspirarse en los clásicos, así que publiqué un anuncio prácticamente idéntico al de Anthony, pero con una pequeña mejora que estaba convencido de que me conseguiría muchas más respuestas. Mi anuncio decía: «Latin man seeks woman». Nadie me contestó.

Pero de pronto todo cambió. La casa se llenó de mujeres. Mark, un estudiante alemán de metro noventa de altura, se había mudado al piso. Y así empezó una nueva historia.

Texto agregado el 28-06-2008, y leído por 235 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2009-03-26 01:11:01 Muy bueno, como siempre. Uno se queda con ganas de más. Y esperando que Mark traiga nuevas historias. Una cosita: ¿cómo es eso del ego con dimensiones argentinas? Me tocó el ego. Saludos arqui
2008-08-04 09:53:33 .. Y levantas las ganas del siguiente capítulo. Así como quien no quiere la cosa. Saludos. nomecreona
2008-07-04 16:13:08 Como se nota que eres el autor de la patatita mágica. Lo digo por lo del anuncio versionado del de Anthony. Mucho mejor, donde va a parar. Veo que te estás manteniendo fiel a ese estilo naturalista e irónico. Muy guay. Onanista_por_palabras
2008-06-30 14:57:01 Me gustan tus crónicas británicas. Esto podría ocurrir en cualquier país, pero tus personajes tienen ese toque excéntrico-bohemio... sophie
2008-06-29 15:10:35 La vida sin problemas, a ver cómo sigue. doctora
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